Nos habla el pantano 

Foto: Manuel Cuéllar

Llegamos al séptimo relato de esta serie de agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Este año en torno a la literatura de naturaleza. Hoy el relato maneja el enigmático lenguaje de un pantano. “Creíamos que los nidos del abejaruco los había hecho un gigante que dormía en el lago. Que había hundido sus dedos en el barranco. También que era él el que abría los pozos y te agarraba por los pies”.

POR SANDRA S. ROMERO

El pantano se muestra tranquilo, pero bajo sus aguas las carpas se comen unas a otras. Antes nos bañábamos sin pensar si estaban ahí, sólo nos preocupábamos por no pisar una de esas pozas que te atrapaban y te arrastraban hasta el fondo. Mamá nos advertía sobre ellas:

–Como te caigas, no te voy a ir a buscar.

Y nos imaginábamos cayendo en el pocito mientras ella nos despedía desde la orilla.

Al otro lado, el sol cae sobre las montañas. Se puede ver a un grupo de excursionistas siguiendo un sendero que bordea los pinares. Aparecen y desaparecen en su espesura.

Los abejarucos han llegado, y su canto envuelve el atardecer. Los habrás visto cuando venías al pueblo. Su canto es dulce porque comen abejas. Sintieron el zumbido del coche de mamá y me avisaron de que llegabas. Ellos son los tataranietos de los abejarucos que tú conociste. Llevaba años sin verte, desde el día que te montaron en ese coche y te fuiste a desprenderte de trazos de ti en otras partes. Yo me he hilvanado a este paisaje como un retal. Tú vuelves sintiéndote ajena a este mundo.

La uva de gato ha crecido impune en el tejado de casa. Está en flor. Mamá solía quitarla a riesgo de abrirnos la cabeza con una teja. Te has asomado por el hueco de la ventana, huele a cal. Hay una sombra donde estaba el mueble de roble del salón. ¿Te acuerdas del día que encontramos la calavera en el pantano y la colocamos en uno de los estantes? Esa noche se oía a mamá y papá murmurando en la cocina, bajamos las escaleras en silencio para escucharlos:

–Da miedo, Juan… Te pongas como te pongas, esto no es normal en una niña.

–Eres una exagerada, solo está jugando.

–La niña necesita otros niños, sus amigos no pueden ser unas carpas.

Habían puesto la calavera en la mesa. El fluorescente descubría el hueso tiznado por la arcilla del lecho. Mamá fumaba. Dio la vuelta al cráneo y echó la ceniza dentro.

–No me gusta ni de cenicero.

Dormimos tapadas hasta las cejas por si el cráneo venía pidiendo explicaciones. Al día siguiente, había desaparecido.

Bajas corriendo del coche para acercarte al pantano, pero mamá te agarra del brazo:

–Tienes cinco minutos, tengo mucho que hacer en casa –golpea tu reloj de muñeca con el dedo índice–, ¿me has entendido?

Asientes y sales corriendo hacia la orilla. Ella se ha quedado dentro del coche, prende un cigarro que hace brillar su boca.

La última vez que estuvimos juntas te lo dije: íbamos a un lugar donde a nadie le importa donde mueren los pájaros. Llorabas como una magdalena. Decidimos separarnos para mantener una parte de ti aquí, con la esperanza de que cuando regresases volviésemos a ser una. Pero ahora, por mucho que gritas a la negrura del agua, no recibes respuesta. Es normal: hay que ser de este lugar para hablar su idioma.

Creíamos que los nidos del abejaruco los había hecho un gigante que dormía en el lago. Que había hundido sus dedos en el barranco. También que era él el que abría los pozos y te agarraba por los pies. La verdad es que los pájaros desgastan el pico para hacer el hueco en la roca. Yo perdería los dedos para hacernos un agujero ahí. Nos abrazaríamos y te susurraría que nunca has estado sola, que aunque soy una parte diminuta de ti: te esperaba. Pero te olvidaste de nuestro idioma para sobrevivir al monstruo de ese otro lugar. Tu lengua extranjera se retuerce inútilmente sobre la superficie del agua. Yo nunca podré alcanzarte de nuevo. Ahora te frotas los ojitos, miras el reloj y te levantas. Me dejas otra vez aquí, con el atardecer, el canto de los pájaros y un pantano que se muere por atraparme.

El coche arranca, las luces delanteras quiebran el crepúsculo violeta. Montas en el asiento del copiloto y el olor a alquitrán se desliza por tu nariz. Ella te observa como se mira a los animales tras un metacrilato. Ofrece seguridad a todos, pues hasta las tarántulas se sentirán horrorizadas de ver esos seres ininteligibles y sentir los golpes sobre el cristal. Para gente como mamá hay placidez en ver la naturaleza controlada, acorralada. La desean así. Pero tranquila, algún día esa barrera será tan frágil como el humo que os envuelve, y podrás llenarte la barriga de tierra y escarabajos.

Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

No hay comentarios

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.