La nube digital no es tan etérea ni limpia como creemos

La nube digital no es tan etérea ni limpia como creemos

Fotomontaje: Pixabay.

“La nube es realmente muy física, tangible, consume mucha energía; no es tan etérea y pura como indica su nombre”. Coral Calero, doctora en Ingeniería Informática y catedrática de Lenguajes y Sistemas Informáticos, se expresaba así hace unos días en las jornadas virtuales ‘El lado oscuro de la nube. El impacto ambiental de lo virtual’. Llamamos nube a algo que es muy material; por ejemplo, los millones de centros de procesamientos de datos repartidos por todo el mundo que nos permiten ver películas en las plataformas de televisión en internet, hacer reuniones digitales y subir o mandar miles de millones de mensajes en WhatsApp, Facebook, Twitter o TikTok. Según datos de la Comisión Europea, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) son responsables de entre el 5% y el 9% del consumo mundial de electricidad y de alrededor del 3% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Toca por lo tanto hacer un uso prudente de cualquier dispositivo conectado a internet y exigir mayor sostenibilidad a empresas y gobiernos. Preguntarnos: ¿Hicimos bien en reunirnos de forma virtual?”. Leed hasta el final.

Coral Calero forma parte del Green Team Alarcos de la Universidad de Castilla-La Mancha, que se centra en investigar “cómo hacer que el software sea más respetuoso con el medio ambiente”. Dentro de esos trabajos, Calero afirma que “analizamos con uno de nuestros ordenadores la emisión de 65.000 mensajes en Twitter con 280 caracteres o con un GIF –graphics interchange format, en inglés; son las animaciones que utilizamos en las redes sociales para sustituir o reforzar algún mensaje escrito–, y concluimos que en el segundo caso esos GIF añadieron un 50% más de consumo de energía. Y sería mayor si incluye fotografías y vídeos”. Fue una de las exposiciones que se oyeron en el ciclo El lado oscuro de la nube. El impacto ambiental de lo virtual organizado en varias jornadas entre octubre y noviembre entre Transición Verde, la Green European Foundation y La Casa Encendida.

Así es, más allá del consumo de energía asociado a la batería y a la red eléctrica que alimentan el móvil, el ordenador o una tableta, y que somos capaces de visualizar y contabilizar, el mundo digital es un voraz devorador de recursos y consumidor de energía, incluidos los centros de datos donde se procesan los miles de millones de mensajes, fotos, vídeos, canciones, películas y otro tipo de archivos que producimos y consumimos a diario. En la apertura del ciclo mencionado se adelantaba: “Conciliar la transición digital y la transición ecológica es uno de los mayores retos de nuestro tiempo y, por ello, debemos promover un debate público amplio y realista que incluya tanto las bondades de la digitalización como sus externalidades negativas”.

“La tecnología sin energía es escultura”

La alta dependencia de las TIC –a veces es sobredosis– “no visibiliza los millones de dispositivos, los miles de kilómetros de cables, los gigantescos centros de almacenamiento y procesamiento de datos o los satélites que conforman su inmensa infraestructura; la enorme cantidad de recursos minerales, hídricos y energéticos requeridos para su funcionamiento ni tampoco los impactos ambientales que resultan de su producción y desecho”, advertían en el ciclo El lado oscuro de la nube. Antonio Aretxabala, geólogo, investigador en temas de agotamiento de los recursos y cambio climático y colaborador de la Universidad de Zaragoza, afirmaba: “Hemos vivido pensando que no teníamos las limitaciones del mundo físico al pegar el salto del byte al gigabyte, hasta que nos hemos dado cuenta de que las limitaciones del mundo físico están ahí, porque toda la tecnología sin energía es escultura y un ordenador sin fuente de electricidad no funciona”.

La Agencia Internacional de la Energía cifra entre 200 y 250 TWh el consumo energético de los centros de datos repartidos por el planeta, alrededor del 1% de toda la demanda mundial de electricidad. Aretxabala recuerda: “El 35% de la energía la emplean en refrigerarlos, incluso en zonas frías”, y la Estrategia a largo plazo para la rehabilitación energética en el sector de la edificación en España ofrece un dato más contundente: los centros de procesamiento de datos son, con diferencia, los edificios del sector público que más energía consumen por metro cuadrado: 256 kWh/m2 año. Los siguientes en la lista, como centros penitenciarios y residencias, están entre los 137 y 152. Otras cifras que marean las aporta el portal Stackscale: con datos de 2017 había más de 8,5 millones de centros de datos en todo el mundo, aunque es difícil conocer la cifra exacta por la gran variedad de estos centros y su continuo crecimiento.

Las TIC emiten el 3% de los gases de efecto invernadero

A la par que el ciclo de La Casa Encendida, uno de sus organizadores, la ONG Transición Verde, dio a conocer el estudio Tecnologías digitales en Europa: un enfoque medioambiental del ciclo de vida, impulsado por el grupo Los Verdes/ALE en el Parlamento Europeo. De él se extraen más datos, como que cerca del 10% del consumo eléctrico de la UE se destina a las tecnologías digitales; que el mayor impacto se produce durante el proceso de fabricación (54%), antes de que los aparatos lleguen a usarse (44%); que el 71% del daño ambiental procede de los aparatos destinados al usuario final y no de los centros de datos (18% del daño) ni de la red (11%); o que el 82% de los residuos se generan durante la fabricación.

En junio de este año, la CE emitió un comunicado sobre el “hermanamiento de las transiciones ecológicas y digital en el nuevo contexto geopolítico” en el que reconoce de partida: “A menos que las tecnologías digitales sean más eficientes desde el punto de vista energético, su uso generalizado aumentará el consumo de energía”. Al englobar todas las TIC, afirma que son responsables de entre el 5% y el 9% del consumo mundial de electricidad y de alrededor del 3% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Reconoce igualmente “la falta de un marco consensuado para medir el impacto medioambiental de la digitalización, incluidos los posibles efectos de rebote”, lo que “provoca notables variaciones en estas estimaciones”.

La realidad virtual, con el metaverso a la cabeza, multiplicará el consumo

Pero una cosa tiene clara la CE: “Los estudios muestran que el consumo energético de las TIC seguirá creciendo, impulsado por el aumento del uso y la producción de dispositivos de consumo, la demanda de las redes, los centros de datos y las criptomonedas. El consumo de energía también aumentará debido al mayor uso de las plataformas en línea, los motores de búsqueda, los conceptos de realidad virtual, como el metaverso, y las plataformas de transmisión de música o vídeo”. Aparte de cuestiones referidas a la geoestrategia y la ciberseguridad, para paliar este impacto la CE aboga por un transporte, edificación y agricultura más ecológicos con tecnologías digitales, e impulsar la neutralidad climática de la industria a través de las tecnologías digitales.

No obstante, Kim Van Sparrentak, diputada neerlandesa en el Parlamento Europeo por Los Verdes/ALE y miembro de la Comisión de Mercado Interior y Protección del Consumidor, exige que la CE sea más ambiciosa en este campo. “Necesitamos legislación”, afirma, “pero en el caso de la creciente digitalización vamos muy lentos; de hecho, la CE ha tenido una respuesta decepcionante para legislar sobre los centros de datos, ya que está a la espera de que sean las propias empresas quienes propongan soluciones en temas como la reducción del consumo de agua y energía y en la generación de residuos. Necesitamos una legislación más estricta en este campo”. Van Sparrentak pone ejemplos en positivo, como algunos centros de datos en Países Bajos y Dinamarca, que derivan el exceso de calor que generan hacia redes que lo distribuyen a hogares y empresas.

“En Europa, más de 25 operadores europeos que trabajan en la nube y centros de datos y otras 17 asociaciones del sector han firmado un acuerdo para que sus instalaciones alcancen la neutralidad de carbono a través de fuentes de energía 100% renovables en 2030”, afirma Karsten Winther, presidente de Vertiv para Europa, Oriente Medio y África, empresa que provee de equipamientos y servicios a los centros de datos. Esta misma empresa ha creado una Guía para la sostenibilidad de los centros de datos

Confiar en mejorar la eficiencia, pero no ciegamente

El informe de Transición Verde marca una serie de recomendaciones, como establecer una legislación eficaz que luche contra la obsolescencia programada aumentando la duración y reutilización de los dispositivos electrónicos. Además, recomienda “reforzar la autonomía estratégica de la UE respecto a las materias primas, convirtiéndola en el líder industrial de las materias primas secundarias a través de normas y objetivos de reciclabilidad y garantizando la recogida sistemática de residuos electrónicos”.

La eficiencia energética y en la extracción y uso de materiales y recursos se cita igualmente como otra medida a tener en cuenta, pero sin confiar en ella ciegamente como solución al problema. “Hacer más eficientes a las TIC no conlleva un menor uso de energía, porque se sigue incentivando el consumo de más móviles, mejor dotados y con mayor demanda de datos”, afirma Antonio Aretxabala. “Pero como es muy difícil detener el ritmo vertiginoso del mundo virtual porque todas las empresas están volcadas en ello para seguir creciendo, hay que mantener la confianza en la eficiencia”, apostilla este geólogo.

En relación a la eficiencia sale siempre a relucir la paradoja de Jevons. La describió William Stanley Jevons, economista, filósofo y lógico inglés del siglo XIX, al constatar que el consumo de carbón en Inglaterra se disparaba a medida que se producían mejoras en las máquinas de vapor. Es decir, la eficiencia no detiene el consumo, sino que incluso lo multiplica. Por ejemplo, Netflix es más rápida, barata y ofrece mayor calidad que hace diez años, y sus suscriptores no paran de crecer. De acuerdo con un estudio con datos de 2019 de Streaming Observer, empresa que analiza el sector de las plataformas digitales de televisión y vídeo, los 139 millones de personas usuarias de Netfilx consumían 164’8 millones de horas diarias de contenidos. Ahora son ya 220 millones de usuarias.

Un minuto de Netflix o 127 vueltas al mundo en coche

Se ha mejorado en eficiencia, pero este crecimiento hace saltar por los aires todo lo ahorrado por unidad de conexión. Según los cálculos más conservadores de emisiones de CO2 por hora visionada en Netflix –extraído del artículo What is the cost of living online?, de Samuel Greengard –, estas se cifran en 32 gramos –hay estudios que lo suben a 440 gramos–. Si nos quedamos con las cifras de 2019, solo con esta plataforma y en un día –164,8 millones de horas diarias–, tenemos casi 5,3 toneladas de CO2, más que 1.500 coches completando la vuelta al mundo (25.000 kilómetros) con una emisión media de 120 gramos por kilómetro. No obstante, el mismo trabajo de Greengard recuerda que un televisor inteligente de 50 pulgadas consume 4,5 veces más energía que ver el equivalente a un vídeo on line en un ordenador y 90 veces más que en un teléfono inteligente.

En la Green Digital Conference, celebrada a mediados de noviembre en Bilbao, se aportaron también datos que incidían en la urgencia de abordar este consumo: «Cada minuto del día se ven 452.000 horas de Netflix, lo que equivale a 5 millones de kilómetros en coche; 127 vueltas al mundo».

El impacto de ese 92% de correo basura

Cuando se escribe sobe las emisiones del mundo digital es inevitable acudir al libro How bad are bananas?: The carbon footprint of everything,  escrito por Mike Berners-Lee, experto en huella de carbono y escritor, investigador y profesor del Institute for Social Futures de la Universidad de Lancaster (Inglaterra), además de hermano de Tim Berners-Lee, creador de la red informática mundial, la world wide web. Publicado en 2010, exponía que cada mensaje que enviamos de correo electrónico produce 14 gramos de CO2. Si ese correo lleva un archivo de un mega, la emisión sube a 19 gramos y si se reenvía o se archiva, podría llegar a 50 gramos. Seguro que se han rebajado esas emisiones por correo enviado, pero a finales del pasado año, Simon J. Preis, investigador de la Universidad de Ciencias Aplicadas Amberg-Weiden (Alemania), mencionaba el trabajo de Berner-Lee para ahondar en la cuestión de las emisiones y recordar que en 2021 se mandaron o recibieron al día 320.000 millones de correos electrónicos, y lo que es peor, el 92% era correo basura o spam.

Seguir usando la nube, pero de forma comedida y sostenible

“Hay que evitar enviar correos electrónicos que necesiten confirmación de lectura, o comprimir los archivos que enviemos en estos mensajes”, expone Coral Calero como primeras opciones a plantearse para reducir nuestra huella digital de carbono. Desde la cooperativa de telefonía móvil Somos Conexión recomiendan conectarse menos, hacer limpieza de correos y de archivos en la nube, estar menos tiempo delante de las pantallas, evitar visualizaciones o descargas innecesarias, poner en modo avión o apagado el móvil si no se utiliza –especialmente de noche– y enviar menos fotos. Una experiencia personal: durante este verano pasamos tres días con sus noches haciendo vivac por la sierra de Candelario (Salamanca) y dejé la mayor parte del tiempo el móvil apagado, sobre todo para que no consumiera batería en exceso buscando antenas como loco para mantener la conexión. La batería duró de sobra los tres días para lo imprescindible.

En Somos Conexión también recomiendan recortar el número de fotos y vídeos que se suben o comparten en las redes sociales. Y también rebajar la calidad a la hora de ver vídeos y películas. Según publica en Andro4all Willennys Martínez, experta en sistemas Android y sus aplicaciones, “la cantidad de datos que gasta Netflix desde el dispositivo móvil u ordenador depende de la calidad de resolución de cada serie o película que desees reproducir”. Si la calidad es baja, se consumen 0,3 GB por hora, pero si es la máxima llega a los 7 GB. En el ciclo de La Casa Encendida se habló también que se podría evitar el 40% del consumo de energía en nuestras conexiones a Internet si activamos bloqueadores (adblockers) para filtrar contenidos y evitar publicidad, y se lanzó un mensaje a las administraciones: incluir en los pliegos de compra y conexión públicas criterios de software sostenible.

Como remate, en el mismo ciclo se concluyó: “Apostar por la sobriedad digital, el diseño ecológico, la combinación de baja y alta tecnología, el software verde, una menor renovación de los equipos o el hardware abierto y compartido tal vez sea la respuesta que lleve a un futuro digital alternativo, duradero, sostenible y democrático”. Y también se reconoció que si las tres sesiones del ciclo se hubieran realizado de forma presencial, con algunas personas viajando desde Estados Unidos o Sudamérica, el consumo de energía y las emisiones contaminantes y de GEI se hubieran multiplicado por cien en cada una de las citas. Nos quedamos, por lo tanto, por una apuesta comedida, responsable y práctica de la tecnología digital. Como dijo Coral Calero, “transitamos de la cantidad de software a la sostenibilidad del software”.

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