Ovejero novela en ‘Humo’ la amenaza de una naturaleza desencajada

José Ovejero novela en ‘Humo’ la amenaza de una naturaleza desencajada

El escritor José Ovejero. Foto: Isabel Wagemann.

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Dice José Ovejero que cuando comenzó a escribir su última obra, ‘Humo’ (Galaxia Gutenberg), tenía la impresión de estar creando una novela claustrofóbica. Por ello, sus protagonistas (una mujer, un niño y un hombre) no tienen nombre ni pasado ni futuro, el tiempo no está definido y el lugar es una cabaña lejos de la ciudad, en una naturaleza cada vez más amenazante. Con estas pocas coordenadas, Ovejero crea una reflexión poética a través de las palabras y las sensaciones sobre el afecto y las relaciones personales, la supervivencia, el deseo de aprender y la amenaza de una naturaleza desencajada. Reflexiones que nos ponen “en contacto con lo que somos”. Hemos hablado con él.

Ese humo que le das de título al libro, ¿es un aviso del fin de la civilización?

Yo no me pondría tan apocalíptico. El humo es una señal y, aunque en la novela no se explica de dónde viene ni qué lo provoca, está ahí. Yo creo que la novela lo que hace es explorar lo que tiene delante: la sensación de amenaza, de extrañeza, de que la naturaleza no funciona como debería, que las cosas están un poco desencajadas… En este sentido, el humo funciona a nivel simbólico para decirnos que en algún lugar hay fuego.

Esa amenaza, esa extrañeza que empapa todo el libro, hace que la vida de los protagonistas suponga una lucha por la supervivencia. Y en esa supervivencia, destaca el cariño.

Es curioso porque la protagonista, la mujer, quiere rechazar todo tipo de cariño y afecto. Esto se debe a que al final las relaciones te atan, te obligan a hacer cosas que no quieres. Ella, por razones que no conocemos, porque no sabemos su pasado, quiere evitarlos, pero no puede. Y, gracias a ellos, sobrevive. De hecho, la mujer tiene que contar en dos ocasiones con el niño para no morir.

Y eso que son desconocidos.

Me gustaba la idea de salirme de la idea de familia tradicional y buscar otra de convivencia entre los personajes.

Tomas a estos personajes y los metes en medio de la naturaleza, sin ofrecer pasado, lugares ni tiempo. ¿Por qué no dar ningún tipo de coordenada?

Tenía la impresión vagamente de que estaba escribiendo una novela claustrofóbica. En el momento en que empiezas a dar explicaciones, empiezas a abrir. Si doy coordenadas, rompo la sensación de encierro. Cuando leemos, queremos entender. Pero a mí me parecía que era mucho más bonito no saber, sino vivir lo mismo que ellos. Tiene que ver con la sensación de cuando yo me fui al campo a vivir y me di cuenta de que los tiempos funcionan de manera distinta. Que no tienes esa misma presión. Creo que es una mezcla de cosas personales y de escritura.

En este sentido y recordando tus cuentos de Mundo extraño, me parece que la novela bebe mucho de la concepción que tienes de los relatos.

Es una novela en el sentido de que hay mayor desarrollo de los personajes y las situaciones, pero sí lo he escrito con la sensación de cuando escribo un cuento. La sensación de estar muy inmerso en la obra y la sensación de estar solo en esto, de no tocar la voz narrativa, ni la estructura, sino dejarme llevar por las sensaciones.

En el libro la protagonista va entendiendo poco a poco cómo funciona la naturaleza. ¿Fue una inmersión que viviste tú también cuando te mudaste al campo?

La protagonista vive el descubrimiento de un mundo que atravesamos muchas veces y que no nos preocupamos por él. No ya saber cómo se llaman las cosas, sino cómo funcionan, qué relaciones tienen, etc. En el caso de la mujer, que tiene que sobrevivir, se le hace obligatorio conocer su entorno. Y por eso comienza a conocerlo. Tanto ella como yo hacemos ese aprendizaje de lo que nos rodea. Yo por razones más cómodas, pero al final es lo mismo.

En ese aprendizaje le das mucha importancia al placer sensorial que producen las palabras de la naturaleza.

Es verdad que en el mundo urbano, del que no reniego, puede producir un placer de conocimiento, en las relaciones con otras personas, de experiencias…, mientras que el placer sensorial es mayor fuera de las ciudades. Entonces empiezas a educar tu mirada: distintas especies, distintas épocas. Empiezas a ver y oír más cosas. Ese punto placentero en las ciudades es difícil tenerlo.

Muestras este lado, que podría ser el idílico de la naturaleza, pero también su brutalidad.

Hablamos con demasiada ligereza de la naturaleza. Escribí hace poco en La Marea un artículo que decía que existe el campo y el paisaje. La naturaleza es muy difícil de encontrar en esa brutalidad. El proceso de civilización supone un alejamiento de la naturaleza con mucho sentido, ya que te permite sobrevivir mejor. Estar enfrentado a la fuerza de la naturaleza es estar en inferioridad siempre.

Lo que pasa es que ese alejamiento lo hemos llevado demasiado lejos y prácticamente la hemos destruido. Se trataría no de volver a la naturaleza, yo no quiero, ni loco, yo quiero poder ir a un hospital si lo necesito. Lo que sí que estaría dispuesto es dejar amplias partes de la naturaleza tal cual. A menudo decimos defender la naturaleza, pero lo que queremos es seguir explotándola. Yo creo que lo que hay que hacer es dejar una parte del mundo sin utilizarla ni ponerla a nuestro servicio.

¿Funciona el libro como una llamada de atención ante el uso que estamos dando a la naturaleza?

Más que una llamada de atención es una especie de reflexión a través de la literatura. Yo siempre digo que la literatura me enseña muchas cosas, pero no sabría decir cuáles. A través de ella voy ampliando mi percepción de lo que me rodea.

Me han preguntado varias veces si he querido escribir una distopía, y yo no tenía un aviso moral ni un propósito. No creo que sea un libro moral, sino de reflexión poética a través de las palabras, de las sensaciones. Esto nos pone en contacto con lo que somos. Y eso creo que es mucho más lo que está en el libro.

Igual que no das mucha información en el libro, tampoco lo cierras.

No hay ni castigo ni alivio. El libro tiene mucho que ver con la fragilidad, la cual se paga, pero también con la energía, con el deseo de aprender, ese placer de sobrevivir… El final equilibra esos dos posibles aspectos y no me interesa cerrarlo más. Si no, las falsea. Todas las novelas son una franja de vida. En las vidas las cosas no se cierran, no terminan. Se quedan muchas por ahí colgando, pero a menudo hemos entendido algo. Y eso es lo que me interesaba.

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