Padilla sube al escenario los fuegos cruzados de las empresas

Foto ©Roberto Villalón

Foto ©Roberto Villalón

Las empresas son los nuevos palacios para las tramas dramáticas de poder. El escenario perfecto para que intervengan manipuladores y manipulados. Un punto de partida que da mucho juego para poner en pie una obra. De eso sabe mucho el actor, autor y director teatral José Padilla, un experto además en nuevos procesos de dramaturgia, como el ‘teatro radiado’ del barrio de Usera, y que ahora estrena ‘Los cuatro de Düsseldorf‘.

Al sincerismo, una filosofía según la cual la verdad absoluta cambiará el mundo, piensa dedicar Carlos, un ordenanza en una gran empresa alemana, los seis meses que le quedan de vida tras diagnosticarle un cáncer terminal. Esa decisión de dedicarse a predicar la verdad cambiará su vida y la de la gente que le rodea, su amante, la chica de las fotocopiadoras, su jefe -director general de la empresa- y la novia de este.

De las relaciones  de estos cuatro personajes trata Los cuatro de Düsseldorf, la nueva obra de José Padilla (Santa Cruz de Tenerife, 1976), actor, autor y director de teatro, producto de una residencia artística realizada en la sala de teatro El Sol de York. Dos meses estuvieron encerrados en una sala de ensayo Padilla, Fran Guinot, su ayudante de dirección, y los cuatro actores que participan en la obra (Mon Ceballos, Helena Lanza, Delia Vime y Juan Vinuesa) para crear esta función: “Fue un trabajo en el que partimos de cero. Un proceso de investigación completamente virgen, sin ideas preconcebidas. Algunas veces ya había hecho este tipo de trabajo, pero no partiendo de la nada, como en esta ocasión. Lo que hicimos fue ponernos a jugar para desbloquearnos y empezar a generar material dramático. Hacíamos  juegos que tiraban al subconsciente, y rechazábamos las ideas preconcebidas. Si por ejemplo uno le preguntaba a otro de qué quería hablar, y la respuesta era: de la guerra palestino-israelí, se rechazaba esa discusión. Tachados todos los grandes temas, fuimos a lo anecdótico. Donde uno cree que no hay un asunto que merezca ser contado, es justo donde está lo que merece la pena ser contado. Cada uno proponía una idea, pero no de cosas que generan conflicto y que proporcionan una estructura dramática clásica del tipo ‘alguien quiere algo y yo se lo niego’, nosotros partíamos de todo lo contrario, de cosas que nos apeteciera y a partir del sí. Yo recogía todas esas ideas y las iba escribiendo. El primer día de ensayos llegué con un acto escrito y a partir de los ensayos con los actores hemos generado el resto de la función. Y resultó que poco a poco terminamos hablando de temas como la manipulación, la enfermedad…

Uno de los temas principales en la función es la manipulación…

Sí, yo quería contar que cualquiera de nosotros podemos ser manipulados o manipuladores. Quería tratar estos temas sin plegarme al dogma del malo es malo y el bueno es bueno; quería que todos fueran grises, en parte buenos y en parte un poco cabrones.  Todos tienen paleta de grises. De hecho, el gris es un color muy recurrente en la puesta en escena. Eso es lo que trato de hacer en Los cuatro de Düsseldorf. No hay ningún malvado que al final pienses que ha recibido su merecido; lo que quería era contar desde la comedia cómo defender unos personajes cuyos actos desde un punto de vista moral, en tu vida y en la mía, son difícilmente defendibles.

Una historia de timadores al estilo clásico, que recuerda un poco a Tony Leblanc en ‘Los tramposos’.

No es que haya sido un referente para escribir esto, pero ese es el rollo. Me gusta el personaje que interpreta Tony Leblanc, pero lo que hace, si te paras a pensarlo, es reprobable, lo que pasa es que, una vez metido en la trama, resulta atractivo y conectas con esa forma de proceder.

Lo de situarla en el mundo de la empresa, ¿es paradigma hoy de procederes reprobables?

Es que la estructura piramidal de una empresa es un marco dramático muy bueno. Se cumple el mismo paradigma que en las historias  del teatro clásico. Las empresas son los nuevos palacios. La estructura que se da en las empresas representa las relaciones de poder, que es un material dramático muy potente para contar historias. Lo que sucede en Los Cuatro de Düsseldorf es eso; el último en la escala social, el súbdito, el peón más abyecto de todo el palacio, es el que pone en jaque a las empresas de todo el continente.

¿Paralelismo con el teatro clásico?

Evidentemente. Como cualquier obra. Ya no hay nada nuevo bajo el sol. En las obras de Lope de Vega y de Shakespeare está todo. Podemos variar la cantidad de ingredientes que se presentan o el formato, pero está todo allí. El hecho de que las empresas sean un material tan recurrente en las obras dramáticas, como Antonio Tabares y yo o, salvando las distancias, El lobo de Wall Street en el cine, es porque las relaciones de poder que se dan en ese marco son un material dramático muy potente y se entienden inmediatamente. Creo que por eso las usamos.

José Padilla es uno de los dramaturgos con más proyección en la actualidad. Llegó a Madrid en el año 2000 desde su Tenerife natal para estudiar interpretación en la RESAD. Ahí montó su propia compañía, Grumelot, en la que trabajaba como actor. Al terminar los estudios en 2005, comenzó a escribir sus propias obras: “Fue por una cuestión práctica. No teníamos capacidad para pagar los derechos de autor de los autores que nos gustaban. Empecé a escribir en parte porque había algo que me latía dentro, pero sobre todo porque no encontrábamos textos que se ajustaran al reparto de la compañía que teníamos, y dijimos: vamos a hacerlo nosotros. El que levantó la mano fui yo, y hasta hoy y aquí sigo».

Cuando llueve vodka, Porno casero, Amarradas, En el cielo de mi boca son algunos de sus textos, puestos en escena en manos de otros directores hasta que se lanzó él mismo a dirigir. “Había gente como los dramaturgos Santiago Sanguinetti o Alfredo Sanzol que me decían: ¿Por qué no pruebas a dirigir tus textos? Porque lo de plegarte a la visión del otro ya lo has hecho. Era algo que no tenía en mente, pero poco a poco me fui animando y de ahí surgió Sagrado Corazón 45, que dirigí a medias con Eduardo Mayo en La Casa de la Portera”. Después llegó Haz clic aquí, para el ciclo Escritos en la escena, del Centro Dramático Nacional, que dirigió ya él solo.

¿Que seas actor influye en tu forma de escribir y dirigir?

Absolutamente, de manera determinante, porque cuando yo escribo, lo que estoy proyectando en mi imaginación antes de escribirlo lo estoy viendo desde el escenario, de dentro hacia afuera, y eso cambia completamente la forma de encarar el texto. No me imagino viéndolo desde fuera. Me pongo en el lugar del actor y pienso qué cosas tengo que hacer en el escenario para poder contar la historia.

En estos momentos de crisis, tú no paras de trabajar, ¿se podría decir que eres un privilegiado?

Soy un privilegiado porque subirse a un escenario es un privilegio, pero tener trabajo requiere un nivel de sacrificio enorme. Esta obra la hemos preparado con los medios de cada uno. Cuando empiece la exhibición y haya público habrá ganancias, pero de aquí para atrás todo se ha hecho poniendo cada uno lo mejor de sí, su arte y su tiempo para que esto funcione. Yo estoy bien entrenado en esta forma de trabajar, porque cuando empezamos con la compañía Grumelot, en 2005, era así. La diferencia es que esa época era boyante, aunque nosotros no teníamos recursos, pero ahora se da una situación que antes no se daba y es que se han abierto cauces para poder mostrar los trabajos y están surgiendo cantidad de autores nuevos, como es mi caso, actores, directores, eso en los tiempos de bonanza no ocurría. Lo que yo percibía es que había muchos recursos para grandes producciones y que estas taponaban todo, la posibilidad de emerger la impedían este tipo de grandes espectáculos. No había tantas salas como ahora, eso es algo que no debemos olvidar cuando la crisis pase, porque sería un error tremendo. Si ahora hay esta cantidad de autores, directores y actores que pueden mostrar su trabajo, es debido a esos nuevos cauces, pero también a algo que no se dice, y es que somos gente muy preparada; no es que hayamos surgido de repente por la crisis, es que tenemos un trabajo brutal detrás.

Se dice que la crisis ha dado nuevas voces, pero lo mires por donde lo mires, es lamentable, se trabaja en precario en muchas ocasiones y eso no puede ser, no debe ser. También he escuchado decir: qué bien la crisis, cómo agudiza el ingenio; pero no, si podemos trabajar es porque nos hemos preparado mucho. Nos hemos nutrido de autores extranjeros, hemos ido al extranjero a ver teatro. Nos hemos formado en teatro clásico y en muchas disciplinas, y eso permite que hoy en día estemos entrenados para que eso llegue a un público que paga una entrada y para que no se sienta manipulado ni estafado por lo que estamos presentando, porque llevamos muchos años trabajando y lo que presentamos es honesto y profesional.

Padilla es un claro ejemplo de esta preparación, él ha tocado todos los palos en el teatro. Además de actor y autor, ha traducido obras como Reventado, de Sarah Kane, La habitación azul, de David Hare, y Cloud nine, de Caryl Churchill; y ha adaptado clásicos como Enrique VIII, de  Shakespeare, para la Fundación Siglo de Oro, con la que fueron a The Globe de Londres con motivo de los JJ OO 2012.  También realizó una versión de La importancia de llamarse Ernesto con Alfredo Sanzol, al que cita como una  de sus referencias junto a otros directores como Miguel del Arco y Pablo Messiez. Entre los extranjeros, reconoce tener preferencia por el teatro anglosajón,  y autores ingleses como Tarell Alvin McCraney, Simon Stephens, Mark Ravenhill y Nick Payne, y americanos como Tony Kusher, guionista de Lincoln, y Tracy Letts, autor de Agosto.

Entre sus proyectos más inmediatos cita Story Walker, una iniciativa de la sala Kubik Fabrik que ha diseñado una aplicación de móvil para unir a los vecinos de Usera con la sala. Los hermanos Sánchez-Cabezudo, fundadores de la sala, han recabado historias del barrio a través de los relatos de los vecinos, se las han contado a un grupo de dramaturgos y estos han escrito obras basadas en ellos. Requisito imprescindible es que sean historias que han sucedido en Usera, como aquella vez en que Lou Reed fue a tocar al campo del Moscardó y se montó una batalla campal. “Participamos Miguel del Arco, Alfredo Sanzol, los hermanos Sánchez Cabezudo y yo», explicaPadilla. «Es una teatralización de historias del barrio que puedes escuchar en el móvil con unos cascos y usando un mapa que ha diseñado Ana Bustelo. Es lo más parecido al teatro radiado. Cuando me llamaron para participar en esto me sorprendió. Me parece supernovedoso y creo que en este momento hacen falta este tipo de iniciativas en el teatro”.

Días 6, 7 y 8 de marzo (20.30 h) y domingo 9 de marzo (19.00 h). El Sol de York. Arapiles, 16. Madrid.

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