“Si palabras como maltratada se repiten mucho, pierden su significado”

“Cuando palabras como maltratada se repiten mucho, pierden su significado”

La escritora María Fernanda Ampuero. Foto: Isabel Wagemann.

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María Fernanda Ampuero sorprendió a muchos lectores hace unos años con su libro de cuentos ‘Pelea de gallos’. Con ‘Sacrificios humanos’ (Páginas de Espuma), la autora crea a través de diferentes relatos una novela coral sobre el horror. De esta forma, busca que no se generalice ni se convierta en lugares comunes, sino que se lea con todas sus letras y la individualidad de cada caso.

‘Sacrificios humanos’ es un compendio de maltratados. Tanto social como económicamente.

Nunca había pensado en el adjetivo maltratados. Pero sí, en varios de los cuentos hay una crueldad a veces gratuita. Sin embargo, una cosa que a mí me obsesiona lograr es darles una dignidad. Que no caiga en la caricatura el pobre maltratado. Con ese tipo de palabras, sobre todo con maltratada, cuando se repiten mucho pierden su significado. La decimos tanto que se convierten en invisibles. Y cuando se usan esos adjetivos no dejas la posibilidad de que cada maltrato es distinto, de que eso no te define como persona, de que has podido ser incluso torturada. Algo que también sucede con la palabra niño abusado. Lo que yo hago con el libro es hacer que ciertas situaciones, ciertas desigualdades o torturas no se puedan generalizar ni convertir en lugares comunes. Algo que es lo peor que podemos hacer. Como cuando se habla del drama de la migración. No, no, no. En realidad estamos hablando de padres, madres y bebés que como nadie les ayuda, se ahogan en el mar, gente a la que nadie les importa que mueran en el mar y que han sido manipulados por mafias. Yo soy muy enemiga de echar balones fuera. Yo sostengo la cabeza al lector para que no mire a otro lado.

Se trata de una obra coral de horrores en la que también hay espacio para la salvación.

Creo que una suma de horrores, cuando son muchos, se vuelve insoportable. Creo que lo que yo intento es modular ciertos horrores con ciertas salvaciones. Por eso hay algunos que se salvan y otros que se vengan.

Dentro de esos horrores, los que más los sufren son las mujeres. Esa mujer que está fuera de la sociedad por no tener papeles o por su escala social o su físico.

La mujer tiene que cumplir un montón de requisitos para existir. Unos requisitos que son infinitos y que se renuevan cada cierto tiempo. Si comes mucho está mal, pero también poco. Si te maquillas o no. Si eres atractiva te persiguen y, si no, te tachan de bruja. Si logras, por fin, después de mucho esfuerzo, quererte y gustarte y exhibir tu vida y cuerpo, te cae la maldición de la edad y la vejez. Somos la madrastra de Blancanieves frente al espejo que siempre nos dice que hay alguien más bella que nosotras. Y, aunque seas consciente de la frivolidad de todo esto, de que hay gente ganando mucho dinero, es imposible salir de eso. Porque desde pequeña es lo que te enseñan. Nadie celebra una niña valiente, peleona, sino la sumisa. Por eso, en Sacrificios humanos quise hablar de mis obsesiones, de los daños que hacen muchas veces las familias.

Esto que comentas sobre la violencia sobre la mujer y todo lo que conlleva lo cuentas muchas veces a través de personajes que no llegan a entender lo que pasa a su alrededor. A veces a través de niños, pero también de adultos.

Eso es una cosa que me gusta mucho hacer. La literatura es un juego que aprendemos desde niños. Alguien te cuenta una historia que es mentira, pero lloras, te emocionas, te enamoras, te mueres de miedo… es un juego y, mientras mejor lo hagas, más interesante es. Es pura magia. En este juego, me parece que hay una herramienta muy interesante que es quien cuenta. Yo sé, y el lector también, qué está pasando. Adelantarse a lo que pasa es una cosa que nos gusta mucho a las personas. Yo juego con eso, con mirar a los ojos a la lectora. Se genera así un vínculo muy interesante que me interesa fomentar. Yo quiero que tú y yo nos miremos a los ojos y nos digamos: “Hostias, lo que está pasando”. Y por eso tengo tantos narradores niños y adolescentes.

Antes decías que te gusta obligar al lector a fijar la mirada. Así, tiene que ver la realidad, a leer historias que existen y de las que muchas veces escapamos.

Yo a mis personajes los quiero mucho. Tengo una relación muy fuerte con ellos. Quiero que se salven. Entonces me preguntan que por qué los hago sufrir tanto. Pero es que son así porque están en el mundo, no soy yo quién para cambiarlo, para que en la ficción sea un mundo piruleta. No creo en eso ni que nadie lo haya hecho, salvo los que les dan a leer a los bebés. Recuerda Willy Wonka o Caperucita. En esta última te dan ganas de decirle a su madre hija de puta, agarra tú la canasta y no mandes a la niña. Encima le pone la capucha roja para llamar la atención. Al menos ponle ropa militar para que se mezcle con el bosque. (Risas). En todos los cuentos de hadas pasan cosas espantosas. Yo vengo de aquí, por lo que no puedo fingir un mundo en el que la gente sea compasiva, dulce, protectora con la infancia, con los niños…, yo intento ser eso con ellos. Creo que es un libro que no es insoportable, porque al final es real.

Muestras una realidad, pero tu literatura también es, como abres en la primera cita del libro de Clarice Lispector: “Escribir es también bendecir una vida que no ha sido bendecida”.

Lo de las citas es algo especial. Es una especie de avance, de resumen, de declaración de intenciones, una conversación con otros libros. Yo tenía muchas dudas, pero esa cita me parecía transparente y perfecta para un libro con el título de Sacrificios humanos. Cuando piensas en estas palabras, piensas en un ser humano que se muere para complacer a un dios. Por eso, el libro conjuga con la palabra bendecir. Porque si bien tiene tintes religiosos, es una palabra que los humanos nos atribuimos para desearle al otro algún bien. Una madre te bendice. Es un poco de pensamiento mágico, de protección.

Y también le da la vuelta al título del libro.

Exacto, un poco de salvación.

Hablamos de sacrificios humanos, de horror, de violencia, pero también hay espacio para la belleza. En forma de salvación y en la manera poética que escribes.

Es algo que siempre intento hacer. Con mi anterior libro, también. El género al que yo me quería dedicar de joven era la poesía. He leído mucha, sobre todo de joven. Ha sido muy importante. Me fui dando cuenta de que a la poesía tienes que entregarle la vida y la salud mental porque los poetas se asoman a un lugar del que no vuelven. En mis cuentos hay muchas herramientas de la poesía, como la musicalidad. Yo voy a lugares de los que es difícil volver, pero intento no quedarme ahí.


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