Entrevistamos a uno de los mayores virtuosos de la guitarra de todos los tiempos

El guitarrista Pepe Romero.

Según se expresa Pepe Romero, con esa llaneza de los grandes genios, nadie podría sospechar que uno se encuentra ante el mejor guitarrista del planeta. Formó el conjunto Los Romero siendo un adolescente junto a su padre Celedonio y sus dos hermanos, Celín –el cerebro negociante– y Ángel, y se fueron a hacer las Américas en pleno franquismo. Con más de 15.000 conciertos ofrecidos a lo largo de su vida con las orquestas y directores más importantes del mundo, este malagueño tocado con la varita de un mago es considerado como uno de los virtuosos más grandes de todos los tiempos. Este mes podemos escucharle en el Festival de Guitarra de Málaga que lleva su nombre. Con 81 años, repasa hoy con nosotros su extraordinaria carrera en la época dorada de Hollywood. 

Este señor de alto y cívico espíritu aventurero ofrece un magnífico ejemplo de solidez artística y de imperecedero cariño a la música. Ha recibido infinidad de reconocimientos, como la orden Isabel la Católica, el Premio Andalucía de Música o la Medalla de Honor de la Academia de Bellas Artes de Granada. Pepe Romero igual sube al escenario del Carnegie Hall desatando pasiones o se toma un vino con el presidente de Estados Unidos que se toma con su amada Carissa unas lonchitas de jamón ibérico en su “cueva” del Sacromonte con toda la gitanería bailando y cantando, y la Alhambra de fondo. Es, en definitiva, un hombre íntimamente feliz.

Si quieren verlo tocar, acudan este septiembre al IV Guitar Festival Málaga ‘Pepe Romero’, impulsado por la European Guitar Foundation, que cuenta con la presencia de varios premios nacionales de guitarra y danza, y un apoteósico concierto de clausura el día 30 para celebrar el centenario de El Amor Brujo, con Pepe Romero y la cantaora Esperanza Fernández y que incluye también el Concierto de Málaga, escrito por su padre.

¿Por qué emigró la familia Romero en 1957 a Estados Unidos?

El franquismo fue una época dura y el deseo de todos los artistas era emigrar en busca de mejor fortuna. En el caso de mi padre Celedonio, que era músico, era imposible salir de España: lo invitaron a tocar en París, Roma y Londres, pero no le dieron el permiso para viajar. Yo nací en Málaga, en 1944, y después la familia trató de ir a Valencia, donde vivía un tío mío, pero mi padre, que era el guitarrista más pulcro y más fino que he escuchado en toda mi vida, veía aquello como un encierro del artista. Así que fue mi madre la que gestó la idea de irnos fuera.  

¿Quién fue su enlace?

Se le presentó una oportunidad gracias a un marino mercante de Santa Bárbara, Farrington Stoddard, y su esposa Evelyn, a los que conocimos en Málaga en 1953, mi hermano Celín los trajo a casa y contrataron a Celedonio para que les diese clases de guitarra. Mi padre y él fueron como hermanos y fue él quien nos financió el viaje a los Estados Unidos en un avión Lockheed Electra –que volaban demasiado alto y demasiado rápido, y los retiraron después–, desde Lisboa a Boston, y después a Nueva York. La primera vez que pisé suelo estadounidense fue en el aeropuerto de Boston y, al bajar del avión, pisé un dólar de plata: era una señal. Allí nos recibió un oficial de la marina de los Estados Unidos que tenía las green cards ya preparadas para todos nosotros. Así que volamos desde allí a Nueva York, donde estuvimos poco tiempo, y después nos mudamos a Los Ángeles, donde nos recibió un discípulo de mi padre, que era profesor de guitarra y músico contratado por los estudios de Hollywood. Fue él quien nos condujo hasta Santa Bárbara con ropa nueva y todo el equipaje lleno.

Es decir, que los Romero verdaderamente renacieron en la meca del cine…

Sí, sin duda, allí empezamos a conocer a mucha gente, amigos españoles, amigos de amigos… Imagínese las fiestas de Old Spanish Days de agosto en Santa Bárbara. Mi padre, una semana después de llegar, inauguró esta celebración tocando por la noche frente a la iglesia de Our Lady of Sorrows, después en la Universidad, a continuación el Teatro Lobero de Santa Bárbara, etc… Al año, nos mudamos a Los Ángeles y allí conocimos al guitarrista brasileño Laurindo Almeida, que nos invitó a asistir a una reunión de la American Guitar Society en Los Ángeles, presidida por la astróloga y guitarrista estadounidense Vahdah Olcott-Bickford, la primera mujer que grabó un concierto de guitarra, en 1919, y allí tocamos Celín y yo. Vahdah enseñaba una técnica para tocar con la mano derecha usando las yemas de los dedos para pulsar las cuerdas, en lugar de las uñas, y llegó a publicar en Nueva York el libro The Olcott-Bickford Guitar Method (1921).

Creamos una Academia de Guitarra de un día para otro con 60 alumnos: mi padre y yo éramos profesores, yo tenía 14 años y aún estaba en bachillerato y, por la tarde, ejercía de profesor de guitarra. En Hollywood había muchos studio guitar, porque grababan para la música de ciertas películas, especialmente de los wéstern, y por entonces Tommy Tedesco, que había sido alumno de mi padre, estaba metido en ese negocio y nos echó una mano para enviarnos alumnos a la academia. La tuvimos abierta de 1958 a 1963, cuando echamos el cierre porque mi hermano Celín se marchó a hacer el servicio militar y con ese cambio se nos abrió una nueva perspectiva. Celín llegó a componer música para el wéstern y tiene un pequeño cameo tocando la guitarra en una escena de una película con Rory Calhoun en la que hay una gran pelea en un salón y él sigue tocando impasible. El chelista húngaro Gábor Rejtő, que era el favorito del músico Phil Goldberg, se encargaba de formar orquestas y de reclutar músicos para los grandes estudios, como la Metro-Goldwyn-Mayer. Y los músicos de cámara teníamos reuniones todos los fines de semana para tocar varios repertorios de guitarra para quinteto, cuarteto y trío.

¿Entonces, su hermano Celín ha sido el motor profesional de ‘Los Romero’?

Sí. Le cuento. En la mili Celín conoció a otro cadete, James Lucas, hijo de inmigrantes yugoslavos y cuyo padre había creado una nueva manera de soldar los metales en los cascos de los barcos y se había hecho multimillonario. Pues bien, quiso representar a Celín y a un barítono, de manera que fue mi hermano el que tuvo la idea del cuarteto de guitarra Los Romero con mi padre y mis hermanos, y quien le dijo a Lucas que viniese a casa, en vez de marcharse con él a Nueva York a hacer carrera, porque mi hermano siempre pensaba en la familia antes que en él. Así que James Lucas vino a casa, le encantó la idea, abrió una oficina en Manhattan con dos secretarias e inició una gira nacional de promoción de Los Romero que fue un éxito. En 1961 se gastó 250.000 dólares y contrató para que tocáramos el San Francisco Masonic Auditorium, el Orchestra Hall at Symphony Center de Chicago, el Jordan Hall de Boston, el Town Hall de Nueva York… Y en 1962 pudo contratar el mítico Carnegie Hall de Nueva York porque las críticas de los periódicos de Boston, San Francisco y The New York Times no pudieron ser mejores. Este último nos bautizó como “The Royal Family of the Guitar”. De hecho, cuando aterrizamos en Nueva York ya teníamos concertadas varias entrevistas con Barbara White, Walter Cronkite y más adelante con Ed Sullivan y Johnny Carson en televisión.

¿Cómo se iniciaron Los Romero en el complejo y lucrativo mundo de las discográficas?

Pues fue un asunto de sucesivas carambolas. En 1960, el cómico californiano de sangre inglesa Richard Buckley, que creó un divertido personaje inglés, Lord Buckley, pidió para sus números cómicos a un músico, de manera que me pidieron tocar para sus monólogos y, en uno de ellos, entre el público, se encontraba el director André Previn, que me vio y se fue directo a su discográfica, Contemporary Records, para la que grababa conciertos de jazz como pianista desde que tenía 15 años. Después, en 1962 empezamos a grabar con Mercury Records, así que dije que si querían que siguiera, a cambio mi padre y mi hermano tenían que grabar otro disco y aceptaron. El mío lo titularon Flamenco Fenómeno! y lo grabé con 15 años.

¿Qué alumnos célebres se sintieron imantados por el universo de la Academia de Los Romero?

Por ejemplo y durante meses, la actriz sueca Ann-Margret, a la que me unió una estrecha amistad; la actriz dramática Henrietta Kinnell, viuda de Murray Kinnell; la familia Ferrer-Hepburn, cuya hija Pepa Phillippa Ferrer –hija de Mel– siempre acudía a reunirse con nosotros; la actriz Lana Wood, hermana de Natalie Wood… Recuerdo que Audrey Hepburn era una mujer muy agradable, me invitaron a la fiesta del estreno de Mansiones verdes (1959), de Mel Ferrer, cuya música escribieron el polaco Bronislau Kaper y el brasileño Heitor Villa-Lobos. También iba a la ópera con Burt Lancaster, que era un gran melómano. Nuestra casa de Beach Drive la vio Celín, había pertenecido a Marlene Dietrich y la compramos; éramos vecinos de la actriz Spring Byington, que vivía sola y salía a regar sus flores. Conocimos también al pintor valenciano Sebastián Capella en su estudio residencia de La Jolla en San Diego, fui muy amigo de Ramón J. Sender, al que era maravilloso escuchar, y también traté mucho al actor mexicano Ricardo Montalbán, que era amigo íntimo de mi hermano Ángel.

Habrá conocido a músicos e intérpretes de primera categoría, evidentemente…

Sí, porque allí, en ese contexto, tuve el honor de conocer a Federico Moreno Torroba, Joaquín Rodrigo, Xavier Montsalvatge, Francisco de Madina, Lorenzo Palomo o Morton Gould. Desde luego, me ha pillado la época de oro de la música, las discográficas o incluso los conciertos con el mismo director y orquesta que, en mi caso, ha sido sir Neville Marriner y la Academy of St. Martin in the Fields y el sello Philips. Eso te hace construir una amistad que nos ha llevado a viajar y a tocar en todos los rincones del mundo. También he tocado con directores como Rafael Frübeck de Burgos, Jesús López Cobos, Miguel Ángel Gómez Martínez o Eugene Ormandy. Por otro lado, cuando he tocado guitarra para voz, lo he hecho junto a la soprano española Victoria de los Ángeles, la soprano estadounidense Jessye Norman –que es la mujer más encantadora, sencilla y simpática que ha existido–, la soprano neerlandesa Elly Ameling, el tenor mexicano Francisco Araiza, el barítono alemán Thomas Quasthoff o la soprano María Bayo, con quien he grabado dos discos de nocturnos y canciones para Naxos que escribió Lorenzo Palomo. También he conocido y tratado a John Williams, a Julian Bream y en el ámbito del jazz a los guitarristas Joe Pass y Leo Kottke. He tocado en la Casa Blanca para Jimmy Carter y Richard Nixon, y en la cena de gala estuve charlando con Elizabeth Taylor. He tenido una vida rica y superafortunada, me ha salido todo bien y aquí me tenéis con 81 años.

¿Cuáles son sus obras inspiradoras, sus imprescindibles de la música?

La obra que quizás me hizo encender el fuego de la música es Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega, que yo escuchaba tocar a mi padre y que habré interpretado más de un millón de veces. Como obras emblemáticas elijo La chacona de Johann Sebastian Bach, Nocturno de Federico Moreno Torroba y el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. A propósito del maestro, tengo una anécdota: Rodrigo me escribió en 1982 su última gran obra sinfónica, Concierto para una fiesta, porque de sus cinco conciertos de guitarra, le he estrenado tres: este último, Concierto andaluz y Concierto madrigal para dos guitarras. Le hice también una transcripción musical para guitarra de los Sones en la Giralda, que originalmente era para arpa y orquesta y cuyo estreno mundial tuvo lugar el año pasado en el Auditorio Manuel de Falla. Todos estamos para servir a la guitarra y uno tiene siempre que prepararse para tocar lo mejor posible, como decía mi padre, y que el gran guitarrista toque a través de todos nosotros.

¿Cuál ha sido su relación con el flamenco?

Me aficioné al flamenco en mis años mozos de Sevilla, me fascinaba de tal modo que terminaba tocándolo y lo estudié incluso con el maestro Paco Ávila, aunque siempre he sido guitarrista clásico, no flamenco. A nuestra llegada a California, en Santa Bárbara, nos hicimos amigos de Carmen Amaya, que quería que me fuese con ella a tocar, y de Sabicas, que tocaba en un café jazz llamado El Trovador. Había entonces una gran hermandad entre los guitarristas clásicos y los flamencos: las composiciones de mi padre Celedonio, por ejemplo, son muy aflamencadas, como es el caso de Suite andaluza. Me hice amigo de todos los amigos de mi padre: Esteban de Sanlúcar, Niño Ricardo, Melchor de Marchena o Manolo de Huelva visitaban mucho nuestra casa. Después he mantenido la amistad con Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Rafael Riqueni, Enrique de Melchor o Serranito. 

Ya en Los Ángeles unos amigos nos presentaron a María Rosa, que le gustaba ensayar todas las tardes y venía a practicar conmigo, igual que el padre de Rita Hayworth, Eduardo Cansino, con el que repasaba las coreografías de su academia de baile. Mi mundo era la música clásica, las fiestas de la música de cámara y me divertía tocando flamenco y repasando repertorios. Todo eran piezas de un puzle que iban encajando, porque aquella práctica de la guitarra flamenca con Eduardo Cansino y María Rosa fue el mejor entrenamiento para tocar junto a orquestas y con cualquier director, porque miro a los directores como miraba a los bailaores; por eso los directores me elegían, porque decían “quiero a Pepe, porque siempre va clavado”.

¿Qué hace ahora en su tiempo libre?

Leer, mi madre era una fanática de la literatura española, se llevó consigo su ejemplar de El Quijote y otro que transcribí yo con siete años; se puede imaginar ese bulto de papeles caligrafiados por un niño en la maleta, las azafatas pensaban que estábamos locos. [Risas]. Ella fue mi maestra y empezó a dictarme El Quijote, que acabé de transcribir a los 12 años en Sevilla. Me gusta mucho el cine y ver películas. Echo mucho de menos a mis hijos; cuando llego a California, me voy al taller de mi hijo Pepe, que es lutier, uno de los mejores del mundo, o me voy a casa de Angelina, que es profesora de piano porque siempre tuvo miedo escénico. Nuestra vida ahora, la mía y la de mi mujer Carissa, que es texana y me ha acompañado a todas partes, se orienta a ir regresando a Andalucía, sentirme de nuevo en mis raíces, porque la tierra que nos ve nacer siempre tira de nosotros.

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