‘Las picardías de nuestros abuelos’, coplas y cuplés subidos de tono

‘Las picardías de nuestros abuelos’, coplas y cuplés subidos de tono

‘La Argentinita’. Foto: Archivo Casa García Lorca.

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Memoria histórica también es esto. Hoy, día de San Isidro, patrón de la ciudad de Madrid, nos detenemos en dos libros que recuperan nuestra memoria cultural más sicalíptica, nuestra tradición más subida de tono. Canciones populares despreciadas por la izquierda biempensante a la hora de construir la identidad española. Las picardías de nuestros abuelos’ es un recorrido por los cuplés eróticos que arrasaron a principios del siglo XX. ‘La vida encontrada de Encarnación López, La Argentinita’ realiza un recorrido brillante por una de las mayores personalidades de nuestra cultura, escasamente reconocida; recupera y hace justicia a una mujer valiente y singular.

Puedes seguir al autor, Rubén Caravaca Fernández en Twitter, aquí. @rubencaravaca

Los últimos textos que he ido publicando en estas páginas se han centrado en difundir aspectos olvidados de nuestra memoria más histórica y cultural; me parece una necesidad acercarnos con una visión crítica a esas realidades. El pasado Día del Libro, en las cañas posteriores tras un acto en el que participaron varias personas muy brillantes, una de ellas manifestó lo contenta que estaba por poder ir a Barcelona a ver a una de las grandes bandas de rock que ha confirmado gira en 2022; minutos después, cuando la conversación giraba entre lo global y lo local en la cultura, esta misma persona comentaba que no conocía nada de tonadillas ni coplas, ni siquiera a Concha Piquer. Esto no sorprendió a nadie –cuatro por seguridad sanitaria– y seguimos a lo nuestro.

Ignorar y despreciar nuestra cultura por encima de gustos personales es algo habitual y corriente en las élites económicas y por supuesto culturales. Cuando la tonadilla triunfa en Cádiz, la ciudad más liberal de los siglos XVIII y XIX, en Madrid, el ilustrado Leandro Fernández de Moratín consideraba a los que acudían a ese tipo de espectáculos como “vulgo” y “populacho”, despectivos comentarios que escondían su sueldo como director de la Junta de Reforma del Teatro, apoyando la inclusión en nuestra escena de propuestas foráneas para contentar a aristocracia, nobleza y Casa Real, ante los espectáculos vulgares vigentes. Complicidad entre cultura oficial, poder y economía.

Cuando el flamenco se apodera de la capital tras las migraciones forzadas del siglo XIX, los cafés-cantantes arrasan. La prensa burguesa los culpabiliza de todos los males, teniendo incluso consecuencias urbanísticas: la burguesía deja el centro de la ciudad desplazándose al barrio de Salamanca, donde se sentía más protegida del populacho al que se refería el autor de El sí de las niñas. Se podrían poner muchos más ejemplos; el más conocido, el Concurso de Cante Jondo, celebrado en Granada en 1922 donde Falla, Lorca y Fernando de los Ríos intentan dar forma a una cultura nacional, mostrando las propias contradicciones de las élites culturales, convocando un evento jondo sin los implicados en su organización. Y se produjo la paradoja de que Ramón Gómez de la Serna tuvo que concluir la conferencia inaugural antes de lo previsto, pues los asistentes –élites de la ciudad– eran incapaces de comprender las palabras del madrileño, como él mismo comentara en El Liberal: “He sido espectador y orador en la fiesta de cante jondo. Tuve que hacer la introducción a la fiesta, pero me encantó con todos los riesgos que corría elevar la voz en el bosque de la Alhambra, cuyos suntuosos árboles se doblegaran a su propio peso. No sólo dije: «señoras señores», sino que tuve que dedicar el encabezamiento a las «moras errantes» y a los «reyes moros espectrales» que por primera vez hace muchos años se veían turbados por un orador que hablase con mis estentóreos gritos de cristiano”. La desmemoria, fomentada por élites culturales e industrias mainstream, suelen intentar reconducirla autores y pequeñas editoriales documentando nuestra diversidad y pluralidad cultural, algo digno de agradecer en tiempos globales.

Antonio Gómez, que además de periodista jubilado y de haber puesto letra a canciones interpretadas por Hilario Camacho, Luis Pastor, Pablo Guerrero y un buen número de artistas, acaba de publicar Las picardías de nuestros abuelos, un recorrido por los cuplés sicalípticos que arrasaron a principios del siglo XX (para entendernos, eróticos, subidos de tono), canciones que triunfaban en un país en plena crisis social, económica y política: pérdida de las últimas colonias, guerra de Marruecos, Semana Trágica de Barcelona…, antídoto de las clases populares que hacían que los escritores que publicaban ese tipo de literatura fueran los más populares, los que más vendían e ingresos recibían, aunque actualmente nadie los mencione, ni conozcamos a casi ninguno; sólo se siguen divulgando a los políticamente correctos. Gómez, incorrecto –siempre lo ha sido y lo es más desde que está jubilado– reivindica el derecho a la pereza como haría Paul Lafargue. No es necesario desvelar el contenido de su libro, pero sí mencionar el nombre de algunos capítulos sobre textos y artistas de principios del siglo pasado: Canciones para frotar el higo, Animalillos indiscretos, La erótica de los objetos y otros fetichismos, Los peligros de la modernidad…

Estrellas más relucientes que Jueves Santo, Corpus Christi y la Ascensión

No deja de ser casual que en un hoy desaparecido teatro de Lavapiés, se presentase la canción de La pulga más picante: “Tengo una pulga dentro de la camisa / que salta y corre y loca se desliza. / Por eso quiero poderla ya encontrar / y si la cojo la tengo que matar”.

En el mismo escenario donde Pablo Iglesias Posse, como presidente del PSOE y de la UGT, protagonizara alguna de sus célebres intervenciones, donde echó a andar la izquierda republicana madrileña, donde celebraban anualmente su asamblea los toreros, ¿todo casual?, ¿natural esas confluencias en un barrio tan popular?

Las protagonistas de aquellos espectáculos de variedades eran mujeres valientes, decididas y autosuficientes, que no tenían ningún reparo en usar sus cuerpos para lograr sus objetivos. ¿Cómo llevar esa contradicción?, ¿o no la tenían? La mayoría de ellas eran de procedencia muy humilde, algunas forzadas, otras tuvieron que ejercer la prostitución para poder sobrevivir, como La Fornarina, que fue expulsada del Ateneo por indecente y homenajeada por los propios ateneístas cuando triunfó en Europa, la doble moral de las élites culturales evidenciada. Álvaro Retana, encarcelado en la República y condenado a muerte por los fascistas, libre tras años en prisión decía: “Si tres jueves hay en el año que relumbran más que el sol –Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión–, hay tres estrellas que relumbran más que todos los astros conocidos en el firmamento de las variedades –Fornarina, Raquel Meller y Chelito– por su maestría en la frivolidad”.

No todas eran humildes. José Blas Vega, otro gran investigador de nuestra cultura popular, decía: “Si hubiéramos de nombrar alguna estrella reina de las variedades, creemos que sería La Argentinita la más idónea y representativa para ostentar ese título. Sobre todo, por la variación que fue marcando su vida artística como cupletista, bailarina, maquietista, actriz, cancionetista, bailaora y coreógrafa, pero además con el agravante que, en cada una de estas manifestaciones, su conocimiento y su repertorio era de gran amplitud”. Musa de la Generación del 27, de las primeras en dirigir su propia compañía artística, la primera en estrenar íntegramente El amor brujo, la que, exiliada en Nueva York, sacó adelante una producción con textos de García Lorca, música de Manuel de Falla y escenografía de Salvador Dalí. La comadre de Lorca –así se refería a ella el poeta– fue cupletista no por necesidad, sino por reconocimiento a un género en el que estaba cómoda y por su admiración por unas predecesoras que salieron adelante en un mar de dificultades; la misma que cantaba este tango: “Tengo un conejito precioso / Y si tú lo quieres ver / Vente al corral de mi casa / Y allí te lo enseñare”.

La Argentinita, musa del 27

A Encarnación López Júlvez, que fallecía en la Quinta Avenida de Nueva York en 1945, nos aproxima Paulina Fariza Guttmann en su libro La vida encontrada de Encarnación López, La Argentinita. Un recorrido brillante por una de las mayores personalidades de nuestra cultura, escasamente reconocida, la misma a la que suelen referirse habitualmente los medios como “la otra”, por sus relaciones con Joselito e Ignacio Sánchez Mejías, olvidándose de sus aportaciones, con comentarios, cuando los hacen, que parecen extraídos del NO-DO franquista. Ignorando que participó en el duramente criticado y abucheado primer montaje teatral de Lorca, siendo la única que se salvó de tanto comentario negativo. La que protagonizaba pioneras campañas publicitarias. La que ha dejado auténticas joyas musicales como Colección de Canciones Populares Españolas, con el mismo Lorca al piano, y que cada año reestrenan jóvenes artistas. La que hizo aportaciones singulares a nuestro naciente cine musical. A la que Concha Piquer copia en su primer espectáculo tras la guerra, Las calles de Cádiz, que La Argentinita y su hermana Pilar López, posiblemente nuestra mayor bailarina, pusieran en marcha en el Teatro Español en la República, acompañadas por un buen número de gitanos en escena, algo sin precedentes.

A esa artista innovadora, valiente, atrevida y vanguardista nos acerca con rigor Fariza, llenando un vacío, aproximándonos a sus valores artísticos, de género y estilos, haciendo justicia con una investigación necesaria para conocer a una personalidad única.

En momentos políticos como los actuales, al neofascismo se le combate también mostrando orgullo por nuestra cultura popular. Por los artistas que simbolizan lo mejor del país. Los comprometidos con nuestra diversidad, los no excluyentes, los que con sus propuestas trabajaron por una sociedad más libre, justa, diversa. Desconocerlos es dar alas a los que se esconden en un nacionalismo tan reaccionario como rancio, representan a excluyentes, opresores y déspotas, los mismos que ignoran a los que con sus aportaciones contribuyeron a una sociedad más plural. Memoria histórica también es eso.


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