De la plenitud del vacío a la plena vacuidad

De la plenitud del vacío a la plena vacuidad

El insoportable peso de la vacuidad (2021) / ©los díez

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Vacío frente a vacuidad. No es lo mismo el vacío inspirador, protagonista de, por ejemplo, gran parte del cine de Ingmar Bergman, ese vacío existencial que nos confronta a la muerte, a la pareja, al silencio, ese vacío en definitiva existencial; que la vacuidad, que podría resumirse en una quebradiza pompa de jabón, carente del más mínimo contenido y cuya infinitud se encuentra precisa y paradójicamente en su pequeñez e insignificancia. Es la vacuidad de ese yo egocéntrico que configura una esfera cuyo radio es cero y que se ha convertido en seña de identidad de nuestros tiempos.

Quien se haya acercado a este artículo atraído por el poema objeto que lo acompaña y se haya fijado en el título de este, tal vez haya recordado el pregnante, archiconocido y parafraseado título de la novela La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Pero aquí no quiero hablar de la disyuntiva vital entre gravedad y levedad, entre peso y ligereza a la que se veía abocado Tomás, el protagonista arquetípico de la obra kunderiana, tensionado vitalmente entre términos antitéticos como velocidad y lentitud, olvido y recuerdo o broma y trascendencia.

En esta ocasión quisiera hablar de la vacuidad a la que hace alusión el título de la obra y que, creo, se ha convertido en una de las señas de identidad de este siglo que durante mucho tiempo se atisbó como horizonte, e incluso más allá, como meta visionaria, pero que finalmente se ha manifestado como un siglo tan prosaico, banal y contradictorio como cualquiera de sus antecesores.

Volviendo al tema que nos ocupa, la vacuidad, quisiera primeramente rememorar un término cercano a ella pero cuyos matices la distancian de manera notable. Hablo del vacío, de ese vacío protagonista de, por ejemplo, gran parte del cine de Ingmar Bergman, ese vacío íntimo que nos confronta a la muerte, a la pareja, al silencio, ese vacío en definitiva existencial, si se me permite la transcendencia del término, tan en desuso hoy en día. Hablo también de esos vacíos vitales que se nos presentan a lo largo del discurrir de nuestros días; de ese vacío que en el estruendo del silencio nos permite oírnos a nosotros mismos, si sabemos, y queremos, escuchar; de ese vacío que otorga la soledad plena, escogida y fértil del creador que encuentra en su propio yo el nexo que lo vincule, a través de su obra, al otro; del vacío de esa solitud buscada y asumida de la que habla Hannah Arendt y que no hay que confundir con la soledad, o en el peor de los casos, el aislamiento excluyente, creada por una sociedad egoista y utilitarista que margina a aquel que no produce pero, sobre todo, no consume; de ese vacío que nos permite percibir la calma de los tiempos y los espacios y alejarnos de la velocidad, de esa movimiento incesante hacia ninguna parte, esa aceleración que tiende al vértigo del olvido y nos aleja de la asunción del recuerdo.

En contraposición a ese vacío, que bien podemos visualizar como una esfera infinita en cuyo centro se encuentra nuestro propio yo, encontramos esa vacuidad cuya realidad tangible podría resumirse en una frágil y quebradiza, pero eso sí, iridiscente, pompa de jabón, carente del más mínimo contenido y cuya infinitud se encuentra precisa y paradógicamente en su pequeñez e insignificancia. Hablo de la vacuidad de ese yo egocéntrico que configura una esfera cuyo radio es cero y cuya amplitud e influencia muere antes incluso de haber nacido; hablo de la vacuidad del ruido histriónico, de la cacofonía de imágenes y mensajes emitidos por ubicuas pantallas; hablo de la vacuidad de las falsas relaciones que tienen como único interlocutor al propio yo sin intención alguna de encontrarse en y con el otro, conversaciones que devienen en monólogos sin audiencia ni interlocutor, difundidos ante smarphone manejados a modo de espejos narcisistas.

Pero que quede claro, este artículo ha sido escrito desde el optimismo más comprometido, entendiendo que el vacío, frente a la vacuidad, se nos presenta como esa frontera retadora que nos incita a ser alcanzada a sabiendas de la imposibilidad de culminar dicha empresa; ha sido escrito, por tanto, desde la gravedad, la lentitud y la broma, metamorfoseada, eso sí, en ironía, sabiendo que la vida puede estar en todas partes.


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