Por fin, un soplo de suerte para mi tía

Por fin, un soplo de suerte para mi tía

Foto: Pixabay.

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“Hace poco me confesó que llevaba 75 años rezando para que las cosas le fueran más o menos bien, pero que todavía no alcanzaba a notar los resultados”… Hasta que por fin le sonríe la suerte. Es lo que cuenta el nuevo relato de nuestra serie ‘El viaje de las heroínas’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado.

POR VÍCTOR ORTEGA 

Mi tía Gertrudis, que es una gran bebedora, tiene un talento extraordinario: hace flotar envoltorios de caramelo soplando con la boca. Como vive sola, trato de visitarla dos veces por semana. Hace poco me confesó que llevaba 75 años rezando para que las cosas le fueran más o menos bien, pero que todavía no alcanzaba a notar los resultados y empezaba a impacientarse. Yo no sabía que fuera religiosa porque se pasa el día maldiciendo. Mi tía no tiene posesiones, así que estábamos sentados sobre dos cajas de cartón.

–¿Te parece que no rezo lo suficiente, Abelardo? –me preguntó a través de un vaso de coñac.

Siempre me llama Abelardo, aunque mi nombre es Alejandro.

No supe qué contestar (sólo tengo 52 años y todavía no me he decidido a pensar en serio en esas cosas), pero recordé cierto episodio en que ella le había dado un puñetazo a un monaguillo. Se lo hice saber con suma delicadeza.

–¡Dios mío! –dijo–. ¿Será por eso que soy tan desgraciada?

A la semana siguiente, mientras estábamos lanzándoles piedras a unos patos salvajes, llamaron a mi tía de los supermercados Shopper. Tiene el mismo teléfono desde hace 17 años, un modelo diminuto que lleva escondido dentro de las medias. Como no suele llamarle nadie, cuando le sucede piensa de inmediato en la desgracia.

–¿Quién ha fallecido? –le dijo al teléfono. Escuchó un momento y tapó el auricular para dirigirse a mí–. Falsa alarma. Es un caraculo del supermercado.

Volvió a colocarse el teléfono en la oreja mientras seguía apedreando con la mano que tenía libre. Al cabo de un minuto, colgó y me dijo:

–¡Ha pasado! ¡Alabado sea Dios y alabada sea la Virgen! ¡Me han seleccionado para una compra-reloj y voy a salir por televisión!

Después de la llamada fumamos tres cigarrillos cada uno y caminamos hacia la casa de mi tía. El trayecto fue patético, porque es una mujer supersticiosa y temía estropear su nueva racha de fortuna. Dimos un rodeo de 45 minutos para esquivar el barrio chino; al parecer, los ojos asiáticos son una rendija maligna por donde siempre se escapa la suerte. Mi tía se detuvo frente a un escaparate y señaló un vestidito de flores. Junto a nosotros había unas niñas señalando el mismo vestido.

–¿No sería perfecto para la televisión? –dijo mi tía mirando mi billetera.

Entramos en la tienda y le compré el vestido, y después seguimos caminando. Las niñas nos siguieron unos metros hablando en voz baja, pero mi tía las ahuyentó con una palmada. Cuando estábamos en la puerta del edificio, dijo que el mundo estaba lleno de mierdasecas, pero que ya no importaba porque ahora iba a salir por televisión.

Al otro día por la tarde me senté en el borde de la cama y encendí el televisor. La presentadora del evento tenía la cabeza pequeña, y como el cuerpo lo tenía normal, me hizo pensar en una pera. En la puerta del supermercado había un cartel grande que decía: IV Ceremonia de los Premios Compra-reloj, y mi tía estaba debajo del cartel con su vestido de flores. Yo levanté los ojos por encima del televisor y parpadeé dos veces para ahuyentar una idea. Después, la presentadora le acercó un micrófono:

–¿Preparada?

Pero ella no contestó porque estaba saludando a unas personas como hacen los monarcas. Su aspecto no era muy distinguido. Nadie parecía sentir envidia por la premiada, lo que me llevó a preguntarme qué clase de situación era esa. Sonó una bocina. Un gran reloj inició la cuenta atrás y mi tía desapareció en el interior del supermercado a una velocidad impresionante.

Mientras las agujas retrocedían, la presentadora trató de entrevistar a un niño que tenía forma de botijo. Explicó que, como había sido la mano inocente del sorteo, iba a contarnos qué había supuesto esa experiencia para él.

–Nada –dijo el niño, y se metió un dedo en la nariz.

Después hubo una pausa publicitaria que aproveché para merendar. Cuando volví a mirar la televisión, en el reloj de la pantalla sólo quedaban unos pocos segundos. Entonces sonó la bocina otra vez y la presentadora llamó a mi tía con un grito muy agudo. Ella salió empujando un carro repleto de botellas de coñac. En la mano llevaba una caja con vasos de cristal; rasgó el cartón de la caja, cogió un vaso y arrojó la caja con los otros vasos dentro del supermercado.

–¿Cuáles son los productos que ha seleccionado? –dijo la presentadora. Tenía una sonrisa triste que hacía pensar en los problemas.

Mi tía destapó una de las botellas, se sirvió un vaso y dio un sorbito prudente.

–¿Qué tenemos por aquí? ¿Un poco de licor?

Mi tía tomó un sorbo más largo y dedicó al líquido que quedaba en el vaso una sonrisa afectuosa. Luego sacó un caramelo del escote de su vestido y lo abrió con cuidado. Lanzó el caramelo a la presentadora, se colocó el envoltorio sobre los labios y sopló con la cabeza inclinada hacia atrás. El papelito osciló un momento hasta que se quedó flotando en el aire. Yo subí el volumen de la televisión: podía oír los soplidos de mi tía y podía notar su ligereza. Me quedé quieto, como si un movimiento mío pudiera hacer caer el papelito. Como si el nuevo equilibrio de las cosas dependiera de mi admiración.

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