‘Por qué haría yo’, el humor como antídoto contra el destino

La escritora Mary Robison.

Exigencia y disfrute, divertimento y dolor es lo que ofrece Mary Robison (Washington, 1949) en su inclasificable y valiosísimo  libro ‘Por qué haría yo’. Trasgresor y equidistante respecto a la literatura que prolifera en las mesas de novedades de todos los países el mundo, ofrece la presencia de una increíble protagonista, Money, de una peregrina efervescente y luminosa. El libro es el canto de la madre de un prisionero involuntario, de la víctima de un depredador sexual, y de una hija drogadicta. Y como chaleco antibalas, Money hace del disparate su materia de defensa, hace del humor su nota exculpatoria.

El fuego fatuo que se desprende de una América que yace muerta y que ni siquiera intuye que el sueño que ofrecía mientras iba naciendo está mutando en pesadilla. La mujer que es capaz de numerar sus pensamientos para vigorizar aún más su recalcitrante anarquía, su caos, su aniquiladora errancia. Su verborrea es completamente adictiva, no busca impactar con frases trascendentes, pero todo lo que cuenta importa y hace reflexionar. El humor y la dureza con que instala su rutina en cada página equilibran el texto hasta hacer de él un enclave lisérgico.

Por qué haría yo es una canción larga sin estribillos. Sus estrofas ofrecen el canto de una madre que tiene que vivir sabiendo que el abuso sexual que ha sufrido su hijo será una eterna prisión con vigilancia diaria para todos, que tiene que aceptar que su fracaso como madre es una imagen que se refleja en cada uno de los lugares que visita. Es la madre de un prisionero involuntario, de la víctima de un depredador sexual, y de una hija drogadicta. Es la bomba de Hiroshima viajando en coche y abandonando sobre el espejo retrovisor sentencias que pueden contarse como heridas nunca vistas sobre la musculatura de un personaje femenino. Money sabe ser extravagante para volverse imprescindible en la memoria del lector. Money hace del disparate su materia de defensa, hace del humor su nota exculpatoria. Su chaleco antibalas, el antídoto que le permite seguir adelante. Las conversaciones que mantiene con ella misma son sencillamente sublimes, la aniquilación más cínica e inteligente que puede ofrecérsele a la primera persona del singular.

Robison domina a la perfección la brevedad con que ha de contarse lo sustancial.  Expone con la exactitud con que expone el abecedario el destino de cada palabra que el futuro no es para los soñadores, ni para los libertinos ni para los inconformistas:

“Ahora sé que nada de lo que he planeado va a suceder”.

“En esta carretera todo el mundo es un coñazo. Esta carretera es un coñazo”.

“ A él le trae sin cuidado que algunos de sus conductores jamás hayan dedicado un pensamiento a Sylvia Plath”.

Money es carne de presente, carne de dolor, carne de fracaso. Ese cuerpo que la luz va devorando con la misma aquiescencia con que  devora un caníbal los pedazos de su última víctima. Una locura didáctica que recorre todos los pensamientos que puede formular un ser humano sin disimulo ni distorsión. Una mujer que sabe olvidar para sobrevivir, para poder tener acceso a otras vidas aunque esas vidas no existan más allá de su cabeza ni  de su corazón:

“Es Mev quien llama. Mev está fuera visitando a Nimrod o como sea que se llame mi padre, su abuelo”.

“Merezco más respeto, por ser quien un día fui”.

Money padece hiperactividad emocional. Es a ratos tierna con el paisaje que va atravesando. Es a veces despiadada con su fracaso como madre y despiadada con el personaje que construye para esconderse tras él:

“Nunca le digo a Paulie: Yo cuidaré de ti. Ya lo ha oído antes. Me lo ha oído a mí, a mis padres, a su hermana, a cada ex,  a sus amigos, a sus médicos, a los de su parroquia, a los de su colegio, a sus jefes, a sus vecinos, a la policía, al Estado y al Gobierno federal. No era verdad”.

“La resurrección de Campanilla es solo una de las mentiras que llena la película”.

Money está enclaustrada en la radicalidad más extrema, solo sabe perder o solo sabe ganar. El equilibrio es para ella un amante desahuciado por incompatibilidad de caracteres:

“Estoy admirando esta carta de Hacienda que he falsificado. Dice: Está usted al corriente de pagos”.

 Ese buscarse y buscarse como interlocutora añade a este libro una fluidez atómica. Todo salta por los aires a cada instante, pero todo se fusiona también a cada instante. El afán de la protagonista de no permanecer al amparo de la inercia hace de esta aventura fragmentaria una suerte de ensoñación tremendamente parecida a la verdad. El lector que la escoja como lectura deberá ser capaz de asimilar los riesgos que lleva incluidos la efervescencia de estos pensamientos que resuenan como nuevas oportunidades, como microscópicos flashbacks para minimizar el deterioro del oxígeno de quien lee.

Robison ha escrito un teorema de observancia infinita, un exorcismo sin final feliz en el que, sin embargo, subyace la alegría de haber negociado con el dolor como solo se negocia con el diablo, sin que exista la más mínima posibilidad de ponerse a salvo.

Robison ha construido el látigo con que aniquilar esa estructura flácida que forma el cuerpo de Dios. Se acabaron los castigos, se acabó la justicia parcelaria y providencial del Todopoderoso. Money es un rotundo sinónimo de la palabra libertad. La presa que adivinó la perversa combinación que Dios le pone a la vida.

Imprescindible.

‘Por qué haría yo’. Mary Robison. Traducción de Ce Santiago. Malas Tierras. 207 páginas.

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