Por qué los trabajadores pagan muchos más impuestos que los millonarios

Por qué los trabajadores pagan muchos más impuestos que los millonarios

En 2018 la reforma tributaria de Trump permitió que los milmillonarios pagaran menos impuestos que los obreros siderúrgicos, los profesores y los jubilados.

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Estos días pasados arreció la polémica por el traslado de España a Andorra que algunos conocidos youtubers como ‘El Rubius’ se disponían a hacer para pagar menos impuestos. Un buen momento para repasar la injusticia y las graves consecuencias en forma de malestar y desigualdad que implica la evasión fiscal en la cohesión de países y sociedades de la mano de esta reseña de El triunfo de la injusticia. Cómo los ricos eluden impuestos y cómo hacerles pagar’ (Taurus), de los economistas Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, recién publicado en España.

Cada cierto tiempo leemos noticias que, aunque nos escandalizan, se repiten, y ante las que mostramos tanta indignación como resignación. Me refiero a las cantidades ridículas que tal o cual gran empresa de la nueva economía global, sea Netflix, AirBnb, Amazon, Apple o Facebook, ha pagado en impuestos en España o en cualquier otro país. El desarrollo de la información suele incidir en una explicación básica y recurrente: estas multinacionales juegan con la ingeniería fiscal que les permite simular la compra/venta de patentes y derechos desde los países con tributación societaria más bajas, ya sea desde las Islas Vírgenes, desde Irlanda, Bermudas o Luxemburgo. El caso es que se sabe cómo lo hacen, los efectos que todo eso acarrea en la recaudación fiscal, cómo amplía la desigualdad y cómo extiende en el resto de la población un agravio que incentiva el pequeño fraude. ¿Por qué una nómina media habría de pagar –pongamos– un 35% de impuesto sobre la renta y una multinacional con beneficios gigantescos tiene un impuesto societario más bajo, que encima elude en paraísos fiscales?

Cuesta creer que se haya permitido algo así, y que se siga permitiendo, porque el mundo sigue funcionando en base a una competencia fiscal que nos lleva de cabeza al desastre. Esa es la tesis que defienden los economistas Emmanuel Saez y Gabriel Zucman en su interesante, certero y accesible El triunfo de la injusticia (recién publicado en español por Taurus y muy bien traducido por Pablo Hermida Lazcano).

El subtítulo resume bien el propósito último de los autores, que no es otro que el de superar la resignación y actuar: Cómo los ricos eluden impuestos y cómo hacerles pagar más. Un libro que combina análisis didácticos de la economía muy bien apoyados en datos y gráficos, pero expuestos de forma sencilla, más conclusiones contundentes respecto a los efectos que todo ello tiene en la salud de nuestras sociedades democráticas. Así, la elusión y la evasión significan el triunfo de la injusticia fiscal, que “es, ante todo, una negación de la democracia”.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Bajo qué fundamentos teóricos? ¿Con el apoyo y la presión de quiénes? A responder esas primeras preguntas dedican los autores la primera parte, mientras que la segunda propone algunas soluciones tentativas. El libro se centra en la economía de Estados Unidos, pero, dado que este país marca tendencias que posteriormente siguen otros países, su análisis es válido para el conjunto de las economías de mercado de eso que entendemos por Occidente.

La situación ha alcanzado cifras asombrosas. En 1970, los estadounidenses más ricos pagaron en impuestos un total de más del 50% de sus ingresos, lo que duplicaba el porcentaje pagado por la clase trabajadora. En 2018, a raíz de la reforma tributaria de Trump, y por primera vez en los 100 últimos años, los milmillonarios pagaron menos que los obreros siderúrgicos, los profesores y los jubilados. “Los ricos han visto retroceder sus impuestos a los niveles de la década de 1910, cuando el Estado tenía solamente una cuarta parte del tamaño del actual. Es como si se hubiera borrado un siglo de historia fiscal”, escriben los autores. La consecuencia es que a lo largo “de las últimas décadas se han disparado los ingresos de aquellos que se sitúan en la cúspide de la distribución de la renta, y de nadie más”.

El argumento que defiende que esto no es malo en sí lo hemos escuchado o leído muchas veces: la desigualdad en sí no es rechazable, sino que lo es la pobreza. Un axioma que niega mucha evidencia científica de la relación entre ambas variables, vínculo que los autores resumen y explican de forma convincente. Las consecuencias, además, van más allá de lo económico cuando una élite cada vez más rica a costa de los demás –eso y no otra cosa es el juego de suma cero fiscal vía elusión o evasión– se nutre y a la vez se escinde del resto de la sociedad. De nuevo los autores: “Quizá nada resuma más sucintamente la metamorfosis de la economía estadounidense que esta simple ilustración. En 1980, el 1% más rico ganaba algo más del 10% de la renta de la nación, antes de los impuestos y las transferencias gubernamentales, en tanto que la proporción del 50% más pobre rondaba el 20%. En la actualidad sucede casi lo contrario; el 1% más rico percibe más del 20% de la renta nacional y la clase trabajadora apenas el 12%. En otras palabras, el 1% ingresa casi el doble que toda la población de clase trabajadora, un grupo 50 veces mayor en términos demográficos. Y el aumento en la porción del pastel que va a parar a manos de 2,4 millones de adultos ha sido similar en magnitud a la pérdida sufrida por más de cien millones de estadounidenses”.

En esa carrera de competencia fiscal a la baja se produce otra trampa argumentativa habitual que Saez y Zucman desmienten con datos. No son pocos los analistas, financieros y think tanks –el papel que estos han jugado ha sido determinante– que afirman que la elusión o la evasión se producen por ser los impuestos demasiado altos, y que al bajarlos se desincentiva dicho fraude. Gravar el capital es invitarlo a irse, por lo que bajar o eliminar sus tributos sería lo más razonable. De modo que lo que se deja de recaudar por aquí, se saca de las menguantes rentas del trabajo. “A los propietarios de capital que han prosperado, el sistema fiscal les ha dado más. De los trabajadores cuyos salarios se han estancado, han cogido más. En 2018, por primera vez en la historia moderna de Estados Unidos, el capital se gravó menos que el trabajo”, denuncian los autores. De ahí a decretar la insostenibilidad y desmontaje del Estado de bienestar, hay un paso.

Sin embargo, los datos de los autores no concuerdan con esta narrativa que baja los brazos ante la injusticia fiscal: “En contraste con lo que suele creerse, el cumplimiento tributario no aumenta necesariamente cuando se rebajan de forma drástica los tipos impositivos, sino todo lo contrario. Cuando Reagan redujo el tipo máximo al impuesto sobre la renta del 70% al 50% en 1981, se incrementaron los refugios fiscales. Desde que se redujeron los tipos impositivos estatales máximos a principios de los años ochenta (del 70% en 1980 al 55% en 1984) y luego otra vez en la década del 2000 (del 55% en 2000 al 40% en la actualidad), la elusión del impuesto sobre sucesiones ha cobrado fuerza de manera análoga”. Mientras tanto, “en 2018, por primera vez en los 100 últimos años, los 400 estadounidenses más ricos pagaron tipos impositivos más bajos que la clase trabajadora”.

Desmontar un mito

Uno de los aspectos más interesantes del libro es su insistencia en demoler mitos relacionados no sólo con teorías económicas, sino también con teorías culturales respecto a la idiosincrasia fiscal de Estados Unidos o Europa. Está extendida la creencia de que la costumbre norteamericana es la de los impuestos muy bajos y el Estado mínimo, algo que fomentaría la iniciativa privada, la innovación y, finalmente, el progreso.

De nuevo, los datos aportados por Saez y Zucman no dejan lugar a dudas: “En 1913, la tasa marginal máxima del impuesto en el país era del 7%. Tan pronto como en 1917 alcanzó 67%. En ese momento, ningún otro país del planeta gravaba con tanta firmeza a los ricos”. Entre otras razones, se hacía como contraejemplo de lo que entonces se observaba en Europa, un “antimodelo oligárquico”. Y prosiguen los autores: “Esto cambió entre 1931 y 1935, cuando la tasa aplicable a las mayores fortunas subió del 20% al 70%, para oscilar entre el 70 y el 80% desde 1935 hasta 1981. En el transcurso del siglo XX, ningún país europeo continental llegó a gravar las grandes sucesiones en línea directa (de padres a hijos) más de un 50%”. No se hacía, además, con la exclusiva intención de recaudar, sino para mantener a raya una desigualdad de cuyos aspectos nocivos eran conscientes algunos de sus líderes destacados, como Roosevelt.

Algunas propuestas

La segunda parte –que abarca un tercio del libro– ofrece algunas potenciales soluciones. Algunas llevan años en estudio sin que hasta el momento hayan pasado de los papers a los boletines oficiales. Es el caso de un impuesto mínimo acordado entre los integrantes del G20 o de la OCDE. Pero sucede que esos paraísos fiscales están dentro, y no fuera, y serían estos los que tendrían que hacerse un improbable harakiri. Al fin y al cabo, el Ministro de Finanzas de Irlanda, con su impuesto de sociedades hiper-reducido, preside el Eurogrupo de la Unión Europea. Y un ex primer ministro luxemburgués ocupó hasta hace no mucho la Presidencia de la Unión Europea. No parece que nos movamos hacia una coordinación fiscal que establezca un terreno de juego justo para todos.

Saez y Zucman no ignoran esta realidad y proponen otra serie de medidas a presente y a futuro. Pensando en Europa y su goloso mercado interior, sugieren dar acceso sólo si se cumplen determinados estándares elevados en cuanto fiscalidad. ¿No se hace ya al imponer condiciones medioambientales y de otro tipo? Nada impide que añadan a la lista un mínimo de transparencia contable. También defienden que los futuros tratados comerciales no deberían firmarse a menos que incluyeran un acuerdo sobre coordinación tributaria.

Asimismo, proponen que Estados Unidos y Europa graven en cada país lo que una empresa de dichos territorios declaren en paraísos fiscales: “Estas dos economías juntas representan […] más del 50% del consumo mundial. Si ambas adoptaran conjuntamente el sistema que proponemos, hasta el 75% de los beneficios mundiales se gravarían como mínimo al 25%, es decir, todos los beneficios obtenidos por las multinacionales estadounidenses y europeas (el 50% de los beneficios globales) más hasta la mitad de los conseguidos por todas las demás empresas (el 35%). A nuestro parecer, un acuerdo de esta naturaleza debería ser el objetivo primordial de todos los defensores de la cooperación trasatlántica en los años venideros”.

Más allá de la viabilidad de las propuestas, el análisis global del libro es demoledor, y cuesta no ver nítidamente la línea que une todo lo que el ensayo relata y el malestar profundo en amplios sectores con la globalización y, de rebote, con la democracia que toleró y tolera situaciones tan indefendibles. La conclusión de Saez y Zucman es clara: “Si la globalización implica impuestos cada vez más bajos para sus principales ganadores (los propietarios de las grandes empresas multinacionales) e impuestos cada vez más altos para los excluidos (las familias de clase trabajadora), entonces es probable que esta no tenga futuro. […] existe un riesgo significativo de que cada vez más votantes, falsamente convencidos de que la globalización y la justicia son incompatibles, caigan víctimas de los políticos proteccionistas y xenófobos, y acaben por destruir la propia globalización”.

Lo hemos visto en directo en los últimos tiempos.


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Comentarios

  • Sancho Escudero Bueno

    Por Sancho Escudero Bueno, el 23 enero 2021

    Lo peor es que hay obreros que apoyan esas políticas.
    Otra tema es que todos conocemos a gente que no paga los impuestos que debe, o algún suministro del hogar
    y encima tienes que aguantar como presumen.
    Pobres con mentalidad de ricos.
    Al final desaparecen las politicas sociales y solo quedan trabajadores precarios que ya valoran sus trabajos como buenos, y multinacionales que exprimen hasta la última gota del Estado y sus clientes.
    Hay que cambiar la forma de consumir
    y volver a dar valor a la comunidad donde vive uno.
    Pero la gente ya no conoce a sus vecinos, ya no compra en su barrio, ya no lleva a los niños al colegio de su barrio, la única comunidad que conocen es la de vecinos.

  • JORGE MERUANE

    Por JORGE MERUANE, el 24 enero 2021

    QUE ALGUIEN POR FAVOR ME DIGA CUANTO PAGO DE IMPUESTO A LAS SUCESIONES LA SEÑORA BONO, DUEÑA DEL BANCO SANTANDER.

    APUESTO QUE NO PAGO UN CENTAVO, LOS RICOS Y SINVERGÜENZAS DE SIEMPRE.

    A LOS SERES DE LA CALLE TE QUITAN TODO, TE DEJAN UN DEPTO. Y DEBES PAGAR EL 80% PARA QUEDARTELO, ES DECIR SE PAGA DOS VECES, UNA EN LA COMPRA Y LUEGO EN LA SUCESION.

    UN ASCO.

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