La potencia del cine mexicano y la influencia del exilio español

La potencia del cine mexicano y la influencia del exilio español

Fotograma de ‘Allá en el rancho grande’.

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Hacemos un repaso por el potente cine mexicano, desde la Edad de Oro de los años 40 a la nueva Edad dorada. Desde Fernando Fuentes hasta el enorme éxito y prestigio de Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón. Y analizamos con los expertos la influencia de los españoles exiliados por la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Desde el director Luis Buñuel al escritor Max Aub.

Si el caminante ha paseado por el centro de Ciudad de México (CDMX) durante 2021, habrá comprobado que estaba más enloquecido que de costumbre. Al intenso tráfico, los vendedores ambulantes, los puestos de comida y los miles de viandantes diarios se ha unido un rodaje a gran escala, que ha provocado el corte de varias de sus calles. ¿El causante? Alejandro González Iñárritu, quien ha regresado a su localidad natal tras más de dos décadas sin grabar un filme en CDMX.

El último trabajo que este creador realizó en la capital federal fue Amores Perros, que supuso un antes y un después en el Séptimo Arte patrio. “Dicho largometraje dio una importante proyección internacional al celuloide del país. No en vano, desde aquel momento, las producciones mexicanas han participado en los principales festivales internacionales, como Cannes, Venecia o Berlín”, explica Víctor Gochi, especialista en la materia.

La nueva película de Iñárritu recibirá el nombre de Limbo, aunque se sabe poco de su trama final. Eso sí, podría tener un enfoque político basado en la década de los 80. Sin embargo, los responsables del proyecto han preferido mantener el misterio. A pesar de ello, proyectos como éste hablan del renacido vigor de la cinematografía en esta nación latinoamericana.

Iñárritu ha cosechado relevantes galardones a nivel mundial –ha obtenido estatuillas en los Óscar, los Globos de Oro, los Ariel, Cannes–. Unos reconocimientos que también han conseguido otros directores mexicanos, como Guillermo del Toro o Alfonso Cuarón. Todos ellos han vuelto a poner a su país en el panorama internacional del Séptimo Arte. Se está viviendo una segunda Edad de Oro.

De hecho, se ha conseguido recuperar la relevancia del cine del país, que durante gran parte del siglo XX fue la más potente del mundo en nuestro idioma. Entre 1936 y finales de la década de 1950, si se quería triunfar en este sector, había que participar en alguna producción mexicana. “Se convirtió en un referente”, explica el investigador Jorge Chaumel.

Gael García Bernal en ‘Amores perros’.

Allá en el Rancho Grande, de Fernando Fuentes (1936), marcó el inicio de la internacionalización de dichas creaciones. Y la progresión fue muy positiva. “Las propuestas mexicanas habían alcanzado en 1939 un alto nivel”, narra Chaumel en su trabajo doctoral. De hecho, “México fue el único capaz de hacer frente al poder de Hollywood en los mercados de habla hispana”, confirma la investigadora del Tecnológico de Monterrey Maricruz Castro–Ricalde. Una circunstancia que presentaría “un impacto económico, social y cultural muy importante”.

No hay que olvidar que en Estados Unidos se estaba realizando trabajos en español, pero “las audiencias no se los acababan de creer”, ya que algunos libretos ponían en una misma familia al padre hablando con acento cubano, a la madre, en castellano, y a uno de los hijos, en venezolano. “Esta situación generaba hilaridad entre el público”, explica Castro–Ricalde.

El desarrollo de una industria cultural

Este impulso del celuloide mexicano fue posible gracias a varios factores. En primer lugar, debido a la estabilidad política e institucional alcanzada durante el mandato presidencial de Lázaro Cárdenas (1934–1940), que acabó con los conflictos de la Revolución de 1910. Además, en la década de 1940 se sucedieron una serie de elementos externos que favorecieron al cine de esta nación latinoamericana. “EE UU, Europa y Asia se encontraban en guerra y sus mercados se hallaban dañados. Por tanto, se produjo una disminución de la competencia extranjera”, relata Chaumel.

Asimismo, gran parte de las inversiones culturales de Estados Unidos se desviaron hacia la fabricación de armamento. Por tanto, “su producción cinematográfica interna se vio reducida”. Y, al mismo tiempo, “Washington decidió apoyar las producciones en México –al ser un gobierno aliado– en detrimento de los trabajos argentinos, líderes hasta ese momento en habla hispana. Algo que sucedió debido a las simpatías germanófilas de sus gobernantes”.

Simultáneamente, “los técnicos y estrellas que volvían a CDMX desde Hollywood adaptaron nuevas fórmulas y tecnologías”, estimulando el progreso de la industria en México. Un proceso en el que también influyó el exilio español, que aportó gran cantidad de mano de obra y creatividad. Muchos de estos transterrados republicanos se implicaron en el sector. Y para muestra, los casos de los directores Luis Buñuel y Luis Alcoriza, o del guionista Max Aub. “Pusieron al servicio del mismo toda su experiencia, influyendo en tramas y técnicas, por lo que se constituyeron en uno de los pilares de la Edad de Oro”, subrayan los investigadores.

En este contexto, los estrenos se incrementaron exponencialmente. De los 29 filmes de 1940, se pasó a los 70 en 1943 y a los 83 en 1945. “Todo esto puso a México, tanto en cantidad como en calidad, a la cabeza de las producciones hispanohablantes. Y en este fenómeno, fue crucial la aportación de los refugiados”, enfatiza Jorge Chaumel.

Los exiliados españoles

Pero, ¿cómo fue el inicio laboral de los transterrados españoles? A México llegaron alrededor de 25.000 ciudadanos, entre los que se distinguió gran heterogeneidad. La mayor parte de ellos fueron trabajadores cualificados, que el gobierno federal supo aprovechar. Pero, a pesar de ello, los primeros pasos de estos profesionales no fueron precisamente fáciles. Tuvieron que hacer frente a diversos obstáculos.

Entre ellos, la resistencia ideológica de ciertos sectores. “El nacionalismo existente en México, sea cual fuere su ideología, adoptó una posición defensiva. La izquierda los consideraba descendientes de los conquistadores y herederos de cierta superioridad continental, cultural y racial. La derecha, en cambio, los suponía comunistas y anarquistas que huían de la derrota en España, con peligrosas ideas revolucionarias”, relata el historiador Jorge Chaumel.

Además, también hubo oposición económica hacia los republicanos por parte de la política proteccionista de los sindicatos y agrupaciones profesionales. De hecho, bajo la presidencia de Jorge Negrete al frente del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica se observó a los exiliados hispanos como una amenaza, debido a su elevada cualificación. Así, “en defensa de los valores nacionalistas y los gremios autóctonos, se estableció –con apoyo y aceptación de los demás sindicatos– que una película sólo pudiera contar con un 35 % de extranjeros”.

Esta decisión “complicó las carreras de los recién llegados, siendo despedidos multitud de ellos”, manifiestan los especialistas. “Algunos fueron vetados de sus proyectos, otros trabajaron con pseudónimo o fueron borrados de los créditos…”. Por tanto, era cuestión de tiempo que todos, tarde o temprano, se nacionalizaran mexicanos para sortear dichos impedimentos. “Por mediación del Gobierno, se permitió acceder a la naturalización sin esperar los cinco años necesarios marcados por la normativa”. Gracias a ello, “los españoles trabajaron con mayor libertad”.

Además, “con el paso del tiempo, se comprobó el carácter humilde y trabajador del exiliado medio, por lo que desaparecieron las imágenes distorsionadas en torno a ellos”. De hecho, la desconfianza hacia los refugiados se acabó amortiguando. “Esta situación fue relajándose cuando el conservadurismo pro–español olvidó las ideologías socialistas y comunistas de los recién llegados, primando la imagen de ‘hispanos necesitados’. Del mismo modo, el anti–españolismo mexicano izquierdista descubrió el origen obrero y la ideología marxista de los refugiados, facilitando la convivencia con los nuevos camaradas”, subrayan los investigadores.

A pesar de ello, durante su estancia en México, los republicanos no pudieron intervenir en asuntos políticos. “El Ejecutivo que los había apoyado en su llegada, les prohibió hacer crítica social y política. Así, en el cine no pudieron enviar mensajes sobre la situación mexicana, la Guerra Civil española o el franquismo”, explica Chaumel. Por ello, se centraron en melodramas rancheros, musicales populares, filmes de tema religioso o adaptaciones literarias e históricas.

Sin embargo, esta circunstancia no se mantuvo sine die. Comenzó a cambiar de la mano de la segunda generación de exiliados, que, al haber nacido en México, ya contaban con la nacionalidad. Y, sobre todo, dicha transformación se debió a Luis Buñuel, que, tras naturalizarse en 1949, comenzó a realizar críticas a la actualidad mexicana. “Una vez adaptado al país, este director mostró la realidad social de la periferia de CDMX con el mayor realismo posible y sin concesión a la moraleja o a la estética”, explican los historiadores. “El resultado fue Los olvidados (1951), donde se relataba la delincuencia y la desesperación de los guetos de la pobreza urbana mexicana”.

‘Roma’, de Alfonso Cuarón.

El fin de una etapa

Pero, a pesar de esta renovación, la primera Edad de Oro del cine de México no fue perpetua. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, gozó –durante unos años más– del prestigio que había alcanzado desde 1936. No obstante, “tras este enfrentamiento bélico, volvieron a equilibrarse las fuerzas, por lo que el apoyo a México dejó de ser tan atractivo para EE UU”, describe Maricruz Castro–Ricalde. Además, durante este periodo Argentina también comenzó a rehacer su industria cinematográfica, por lo que se incrementó la competencia de las producciones en español…

Al mismo tiempo, el repunte del cine estadounidense –recuperado después de la contienda–, así como la aparición de la televisión, representaron serias amenazas para una industria –la mexicana– que ya daba señales de cansancio. Un proceso que se vio estimulado por “los abusos de los sindicatos y de los monopolios, estatales y privados”, rememora Chaumel.

En este contexto, las compañías productoras decidieron abaratar los costes de producción de las películas. “Se siguieron haciendo muchos filmes con el fin de copar la cartelera, pero la calidad de algunos de ellos llegó a ser ínfima”, relatan los historiadores. Mientras tanto, “se dio un incremento de precios de producción, una escasez de película virgen y, como ya se ha mencionado, un retorno de la competencia de EE UU”.

Asimismo, no se concedieron facilidades a nuevos cineastas, existía una infraestructura técnica anticuada, se redujeron las inversiones y apareció un público más exigente. Sin olvidar que existió una gestión gubernamental “nefasta”, al mismo tiempo que las temáticas y los estilos no habían evolucionado prácticamente nada. “El cine mexicano se había estancado entre la burocracia, la administración y cierta corrupción”, indica Chaumel.

Una presencia relevante: de Max Aub a Luis Buñuel

A pesar de ello, la influencia de los exiliados españoles en el Séptimo Arte de México fue muy importante. “No se entiende el cine mexicano sin Luis Buñuel, Luis Alcoriza o Carlos Velo. Asimismo, tampoco es posible imaginar las películas de Emilio Fernández El Indio sin la música de Antonio Díaz Conde, o las de Cantinflas sin los guiones de Jaime Salvador o sin la labor de los secundarios hispanos”, confirma Jorge Chaumel. Igualmente, “no se conciben las películas de terror de la época sin German Robles (Gijón, 1929–CDMX, 2015)”.

Además, la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas fue fundada, entre otros, por el actor madrileño Ángel Garasa. Incluso se debe mencionar la reseñable labor de los guionistas, campo en el que destacó Max Aub. “Escribió 38 libretos, con lo que pudo vivir mientras continuaba su carrera literaria”, explican los especialistas.

Todo ello, sin pasar por alto que muchas intérpretes españolas viajaron a México a rodar durante esta época. De hecho, se impulsaron coproducciones hispano–mexicanas, que permitieron que profesionales muy conocidas también desarrollasen su carrera al otro lado del charco. Entre ellas, Lola Flores, Amparo Rivelles, Sara Montiel o Carmen Sevilla.

Por otro lado, la crítica especializada de cine fue ocupada, en su mayoría, por transterrados. “Se llegó a decir que, en México, este sector era eminentemente español. Una vez en este país, muchos intelectuales, periodistas, cineastas o apasionados cinéfilos republicanos colaboraron con revistas culturales, cuando no crearon las suyas propias”, aseguran los historiadores.

En consecuencia, “el exilio cinematográfico republicano tuvo mucho que decir durante las décadas posteriores a su llegada a América”, confirman los investigadores. Esta herencia, en cierta medida, continúa vigente en la segunda Época Dorada del celuloide de México, en la que destacan Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro o Alejandro González Iñárritu. “El cine mexicano, desde la eclosión de la primera Edad de Oro, pasando por la etapa de crisis posterior y por las nuevas generaciones que han continuado el testigo, ha estado ligado al exilio y –en una gran parte– fue deudor de los profesionales transterrados en México”, concluye Jorge Chaumel.


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