El puzle emocional que une a dos mujeres, ‘niños aparte’

El puzle emocional que une a dos mujeres, ‘niños aparte’

La escritora Julieta Valero.

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Primera novela de la poeta Julieta Valero (Madrid, 1971), un emocional puzle en torno a dos mujeres… Que ‘Niños aparte’ iba a ser una novela potente, irresistible y enérgica lo supe desde el instante en que la vi aparecer en el catálogo de Caballo de Troya. Sabía, porque he leído su poesía, que la prosa sería un combate con los supervivientes justos, y no me he equivocado. ‘Niños aparte’ es puro enigma vital, una rapsodia de deseo que construye abismos llenos de belleza. No es una poeta que escriba narrativa, es una poeta que escribe la vida en toda su extensión.

Hay frases en esta narración que se comportan como funambulistas sin dios al que ofrecer sus buenas obras.

Es, sin duda, una novela distinta y eficaz, edificante y corrosiva con los límites. Posee una fructífera extravagancia narrativa y léxica. Una respiración imperfecta de sus frases que habilita una atmósfera testifical muy concreta y ventajosa para alcanzar la atención total del lector.

Pocas veces, concretamente desde la colosal Pequeñas mujeres rojas de la escritora madrileña Marta Sanz, después de leer un libro  he necesitado tocarlo tanto, reabrirlo tantas veces. Releer sus frases para saber que en realidad existían, que no eran fruto de mi necesidad lectora, sino fruto de la imaginación y del deseo de trascendencia narrativa de otro, de otra.

Este libro ha sido una segunda piel mientras acontecía su descubrimiento. Una catapulta repleta de esclavos emocionales que después de ser lanzados contra el vacío por la narradora alcanzan la libertad.

Julieta Valero conjuga la naturalidad de muchas memorias, mece biografías que hacen de la narración un imán puro y perseverante que atrae con destreza la propia biografía del lector. Cuenta la inestable cotidianidad del deseo recién adquirido:

“Lo real es Elena; lo imaginario es que Elena sea real”.

“Abrazar a una extraña; que una extraña necesite mi abrazo. Ese drama de arena”.

Pero cuenta también con precisión y desgarro, con constancia e integridad, sin omitir palabras ni silencios, la brutalidad de los dictadores aunque use el nombre y apellidos de uno en concreto.

Niños aparte es una novela sintética, la emoción exprimida al máximo, la verdad más allá de los tendones y la carne, que despliega ese ritmo flexible capaz de incluir todos los tiempos verbales en una suerte de alegoría tan poética como áspera.

La autora hace uso de una filosofía a priori estrambótica, pero utilísima, porque el caos que surge en ocasiones para encontrar una solución depende exclusivamente del humor de quien deba sostenerlo, escrita con palabras pomposas para hacer más sencillo su fracaso y, sin embargo, entregar una paradoja difícil y al mismo tiempo deliciosa, y tan pocas veces estructurada en la literatura española:

“Escribo esto mientras Elena duerme. Utilizo esa bombillita de pinza del chino que no se gasta nunca. La eternidad era mentira: la eternidad existía, costaba 2,70”.

No es una poeta que escriba narrativa, es una poeta que escribe la vida en toda su extensión. Lean con muchísima atención, como si fuesen de nuevo niños y se encontrasen ante su primera palabra, la última parte del libro, Otros aparte, o lean estas frases que ahora transcribo para entender esa totalidad de la que acabo de hablarles:

“Este verano, Jorge y yo cogimos muchas piedras en la playa. Piedras de empuñar, planas, muy lamidas. Piedras para que un niño pinte y conquiste el mundo. La imaginación es el primer ejército”.

“Los sonidos se hicieron gustativos, las palabras tendones tendidos (ha sido aposta)”.

“Paso la tarde entre la precaución y la pulsión de tener un minuto a solas con Ella. No es nada fácil, en este Woodstock de infancia revivida que todos aquí hemos buscado”.

“Cuando ir al Mercadona es cada día la consagración de la libertad personal acabas tomando medidas”.

“El deseo de los nacionalistas es un dragón magnífico y exacto; la realidad, una bestia con cien madres”.

Esta novela posee la épica de Yourcenar y la desbordante respiración de Nin, pero sin la pretensión de provocar lo que no está cerca del corazón. Es la reflexión del logos frente a todos los espejos del mundo, de los visibles y sobre todo de los invisibles. El tuétano añadido que forma dentro de nosotros el conocimiento, esa salvación transparente:

“Leo estas frases copiadas en una entrevista a una señora mayor. En la foto que ilustra el diálogo con la periodista aparece acariciando a un gato, pero es la contraimagen de un mafioso o de un villano de película; es una vieja hermosa y sabia, que dice lo terrible de estar vivo pero lo cala con el sentido del humor que me hacía carcajear a solas esta mañana con mi café de domingo. Hule. Polución nocturna (¿se dice igual en el caso de las mujeres). Me apabulla el deseo. Es mi verdad. Lo enmascaro con el deber diario; trabajo, hablo con mucha gente, compro, como, me lavo. La lectura es lo más eficaz para contener mis divagaciones o para esponjar este cerebro obsesivo. O esta respuesta animal a la muerte”.

Julieta Valero convoca una y otra vez la utilidad subversiva del caos y pone su piel al servicio de la alegría. Es una contumaz aniquiladora de límites, la Geppeta capaz de construir a una perversa y adolescente Sherezade que no espera la muerte sino un poco de popularidad.

Por todo esto que aquí cuento, pero sobre todo por lo que callo, no dejen de leer Niños aparte, esa patria en la que nadie necesita dar explicaciones para entrar.

‘Niños aparte’. Julieta Valero. Caballo de Troya. 228 páginas.


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