Ramón Andrés: “El ruido es un arma para reducir a los pueblos”

Ramón Andrés: “El ruido es un arma eficaz para reducir a los pueblos”

El ensayista y poeta Ramón Andrés.

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La voz del sabio Ramón Andrés (Pamplona, 1955) cobija, consuela y apacigua. Sus palabras y sus gestos son reflejo de una vida tranquila, serena, una vida humilde que es feliz con lo simple, con lo necesario. “Aunque siempre he vivido con una gran austeridad -no tengo nada, ni una propiedad, nada-, la edad te enseña y ayuda a desnudarte todavía más, por fortuna”, dice en esta entrevista el autor de clásicos modernos como ‘Filosofía y consuelo de la música’ o ‘Diccionario de música, mitología, magia y religión’, ambos publicados por la editorial Acantilado, o de esa delicia de aforismos y pensamientos en prosa que ha visto este mismo año la luz bajo el título ‘Caminos de intemperie’ (Galaxia Gutenberg).

Ramón Andrés ha escrito sobre la música, sobre el silencio, sobre el hombre y lo divino. “El ruido es un arma eficaz para reducir a los pueblos. La sociedad de hoy cuestiona el silencio porque, entre otras cosas, no es símbolo de producción”, aclara este pensador y poeta, que dirige el programa Encuentros de Pamplona 72-22 , que se celebra en la capital navarra hasta el 18 de octubre y tiene como objetivo “pensar el mundo, hablar, intentar a ver en qué podemos ponernos de acuerdo los humanos”. En ese espacio se están dando cita filósofos, escritores, músicos, cineastas y artistas muy destacados de nuestro tiempo.

Al principio fueron los sonidos, la naturaleza manifestándose en el fluir del agua, en la sonoridad de una tormenta, en el romper de las olas, en el canto de los pájaros… En el origen, nuestros ancestros escucharon esa música, esos primeros rumores, esas vibraciones esparcidas por el aire y comenzaron a imitarlas a través del grito, de la voz, que con el tiempo la lengua fue modulando, convirtiendo en palabra, en lenguaje que permite nombrar, en conciencia reflexiva…

Fue un lento escuchar, un aprendizaje milenario que comportó una interiorización de la naturaleza, una asimilación del mundo exterior, enigmático y hostil. El mundo presentido, el que no alcanzaban a entender, iba más allá de cuanto podían revelar los ojos. Por eso el oído fue primordial en la creación de las más primitivas formas de ritualidad. La audición permite imaginar, la vista es determinista como lo es hoy nuestra sociedad marcada por lo visual. Cuando Nietzsche decía que el oído era el órgano del miedo, sabía lo que estaba afirmando: nada más poderoso que un inquietante sonido en la noche; un ruido en la oscuridad puede trastornarnos. Eso, en cierto modo, es lo que ocurrió a aquellos lejanísimos antepasados nuestros, sumergidos en una naturaleza poderosa y generadora de sonoridades que causaban estupor. Nuestra conciencia debe mucho a la percepción sonora. La espiritualidad es deudora de ella, tanto en Oriente como en Occidente. En la Biblia, Dios no se ve, se oye, se manifiesta a través de los sonidos de la naturaleza. La fuerza de lo divino está en su invisibilidad.

A partir de esa escucha milenaria y de ese grito originario nace el mito, ese relato oral, ficcional, que explica el mundo, que busca darle un sentido. ¿Por qué hemos roto con ese universo mítico, por qué los estamos olvidando?

Como he comentado, nuestro mundo es determinista. Para bien o para mal –no lo juzgo–, la metafísica ya es pasado, pero la falta de trascendencia tiene un precio. Hoy todo es cuerpo, superficie, evidencia. Eso hace que cada vez seamos más racionales, pero menos intuitivos. El modelo mecánico que empezó a imponerse hace siglos ha terminado por mecanizar nuestro pensamiento y nuestro estar en el mundo. Que la razón se aplique solo como lógica, como señaló hace unos años un filósofo, es una carencia de nuestro sistema mental. Lo que conservamos de mítico nos sirve, aunque sea de manera inconsciente, para no caer en los muchos cepos de la razón y escapar de esta discordia que es esta sociedad sometida a tanta violencia.

La música es memoria, recuerdo, una forma de evitar el olvido. Está en su etimología: ‘mousiké’ es el arte de las musas, que eran hijas de Zeus y de Mnemósine, que personificaba la memoria. Toda música es una visita, un reencuentro con lo primigenio, con lo originario que hay en nosotros…

Todo arte es un regreso, una vuelta al origen, por mucho que se trate de una obra que pretenda la proyección hacia el futuro. Una obra artística verdadera contiene todos los tiempos, es un arco que nos lleva del pasado al devenir más desconocido. La música, por su inigualable capacidad evocadora, es la que más nos acerca a lo anterior, a lo que no tuvo ni tiene nombre, a un pasado en el que está contenida toda la memoria humana. Y, del mismo modo, la música puede hacernos imaginar el futuro, es decir, ese universo que no conoceremos, ese que será sin nosotros. Por lo tanto, nos hace habitantes de nuestra muerte, pero no de manera dolorosa, sino natural. De la muerte que seremos.

No hay pueblo sin música. Forma parte sustancial de sus rituales y celebraciones. En Mesopotamia, en Egipto y luego en Grecia, la música era inseparable de la filosofía. Como has explicado con detalle en obras como ‘Filosofía y consuelo de la música’, los filósofos han tratado y profundizado a lo largo de la historia sobre ella. Hay algunas reflexiones y teorías fascinantes, como la de ‘La armonía de las esferas’ de los pitagóricos. ¿Cuáles eran sus fundamentos?

Pitágoras viajó a Babilonia, en tiempo de los caldeos, que eran grandes matemáticos y astrónomos. Tenían en la música una manera de entender el universo y la existencia. Para ellos era un instrumento especulativo. Lo que hizo este filósofo es trasladar aquellas teorías babilónicas y difundirlas en Grecia. Tenían el convencimiento de que el cielo, el firmamento, estaba sustentado por unas vibraciones que obedecían a las proporciones matemáticas que derivaban de la fuerza de una masa que se movía, no sabían muy bien cómo. Esas vibraciones, pensaron, generaban sonido, tal como ocurría en la Tierra. Defendieron que cada planeta, al girar, emitía un sonido definido, es decir, una nota, de modo que unas notas musicales cruzaban el universo, lo armonizaban y sustentaban. Fuerza, movimiento, vibración y sonido.

La música consuela, es alivio de males, es medicina para el cuerpo y para el alma, amansa a las fieras, como vemos en el mito de Orfeo, nos equilibra, nos sosiega, nos hace felices. Sin embargo, en nuestras sociedades de hoy impera el ruido, la estridencia, la agitación, la aceleración, la desmesura, el exceso, la hybris… ¿Cómo recuperamos nuestra música interior, nuestra armonía espiritual?

El ruido es un arma eficaz para reducir a los pueblos. La sociedad de hoy cuestiona el silencio porque, entre otras cosas, no es símbolo de producción. Quiérase o no, el silencio cuestiona y en él está implicada cierta metafísica, o si se quiere, como ocurre en Oriente, se observa en él un camino que conduce fácilmente al vacío, al no argumento, al no lenguaje. Hemos sido asaltados en nuestro interior. Somos seres expoliados por la utilidad de la producción, una producción sin fin, absurda, pero motor del mundo que los optimistas llaman civilizado. Nos han convertido en economía. Sólo la rebeldía puede llevarnos a nosotros mismos, pero habrá que hacerlo liberados de este tonelaje del ego, tan pesado, gastado y cerril.

Escribes en ‘No sufrir compañía’ que el silencio es un fijar el oído en la consciencia para discernir qué nos escinde de cuanto nos rodea, que nos separa de lo que somos. El silencio como estado mental…

Aunque parezca una paradoja, el silencio no es el reverso del ruido, o no tiene por qué serlo. Creo que el silencio es, en efecto, una cuestión mental. Podemos sentir un profundo silencio interior estando rodeados de personas. No un silencio religioso, sino un silencio humano, hijo de la existencia, nacido del fondo de las cosas que desconocemos.

Hace unos años te fuiste de la ciudad al pueblo. Ahora vives en Elizondo, Navarra. El otro día te escuché decir que allí te has ido dando cuenta que no necesitas nada. En tu nuevo libro de aforismos, ‘Caminos de intemperie’, lo dices claro: “La mía es una pequeña vida medieval. Poca comida, poca bebida. Monedas, menos que pocas. Ni una propiedad. Por las mañanas, mirlos. Al atardecer, mirlos. Trabajo, silencio, trabajo, silencio y unos señores feudales: la Razón y el Corazón”. “Saber cuándo ya basta es ya bastante”, se lee en el Tao…

Aunque siempre he vivido con una gran austeridad –no tengo nada, ni una propiedad, nada–, la edad te enseña y ayuda a desnudarte todavía más, por fortuna. Las ciudades son cajas registradoras, laberintos de vanidades. Las cosas buenas que hay en ellas quedan eclipsadas ante la necesidad de simplicidad. Es verdad que este rechazo no es una cuestión exclusiva de la gente que llega a una cierta edad, porque muchos jóvenes huyen de las ciudades. No tienen ganas de pactar más.

“Estoy feliz de los lugares en los que no he estado”, dices en otro de tus aforismos. Para viajar, a menudo, no es necesario moverse de casa…

Los viajes continuos, el trasiego sin fin, el sexto continente que son los millones y millones de turistas que, sin saberlo ellos, se mueven en tierra de nadie, nos ha hecho todavía más neuróticos de lo que somos. El viaje ya es una forma más de consumo. Lo mismo se consume objetos que kilómetros. En realidad apenas se viaja, sino que se consumen kilómetros por el hecho de no saber estar en casa. Cada vez menos personas saben lo que es en realidad una casa, porque la vida está en el exterior, lejos siempre de uno mismo. Todo esto, además, causa un grave perjuicio a este maltrecho planeta que tenemos.

Los clásicos ya explicaron todo lo importante, pero ya no los leemos, no tenemos tiempo para echar la vista atrás. ¿Qué nos enseñan todos esos sabios de la antigüedad?

Nos enseñan algo primordial, son una cura de humildad: nos recuerdan que ellos ya vivieron nuestras contradicciones. De un modo u otro, nos están diciendo que no seamos soberbios, que no hemos inventado nada.

En estos días se celebran los ‘Encuentros de Pamplona 72-22’, un espacio para la reflexión cultural y los desafíos del mundo contemporáneo, del que eres director de Programa y en el que has trabajado en el último año. ¿Cuáles son los objetivos de este evento internacional?

Uno de los objetivos de estos Encuentros es pensar el mundo, hablar, intentar ver en qué podemos ponernos de acuerdo los humanos. Vienen los filósofos más destacados, mentes privilegiadas, escritores, artistas, cineastas, músicos, todos de gran proyección internacional, de probado recorrido, junto a jóvenes que están proponiendo nuevas soluciones o, por lo menos, nuevas dudas. Va a ser un gran acontecimiento, no sólo para Pamplona. Me gustaría que fuera una fiesta del arte, de la inteligencia y la concordia.


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Comentarios

  • Cristina Urios

    Por Cristina Urios, el 27 octubre 2022

    Cuando entro en procesos de crisis en I cabeza sólo hay ruido, y caigo

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