Un recorrido por los ríos de España que una vez amamos

Un recorrido por los ríos de España que una vez amamos

Bosque de ribera en el Alto Ebro, en el norte de Burgos.

En el Día Mundial del Agua, que celebramos hoy, 22 de marzo, ‘El Asombrario’ os quiere recomendar un libro de viajes y literatura, repleto de recuerdos y referencias culturales, de biodiversidad, de historias e Historia, anécdotas y denuncias a los atropellos que sufre la naturaleza ibérica. Nos referimos a ‘España no es país para ríos’, del antropólogo y escritor Ramón J. Soria Breña, recientemente editado por Alianza. Cada uno de los 40 capítulos está dedicado a un río. Os dejamos con el capítulo del Rudrón, en el norte de Burgos, asociado ya para siempre a Miguel Delibes, y que da paso a otros escritores españoles que se han fijado en algún cauce. Desde ‘El Jarama’, de Rafael Sánchez Ferlosio, a ‘El río’, de Ana María Matute, y ‘Las giganteas’, de Francisco Umbral.

“Miguel Delibes se compró una casa en un pequeño pueblo burgalés llamado Sedano, en el que había nacido Ángeles, su mujer. Hoy tiene poco más de cien habitantes y a su alrededor el campo sigue siendo más o menos salvaje o más o menos humanizado, pero no destruido. Cerca del pueblo sigue habiendo ríos limpios, como el Rudrón, llenos de truchas y soledad. Antes de casarse, Miguel Delibes recorría en bicicleta los más de cien kilómetros que separaban Molledo, el pueblo en el que pasaba el verano, de Sedano para ver a la que entonces era su novia. Esta pequeña o gran aventura la contará luego, muchos años después, en Mi querida bicicleta.

Hemos paseado algunos días una parte del Rudrón hasta el Ebro y también el río Nela en las Merindades, dos ríos delibesianos que salen en su libro Mis amigas las truchas y aún conservan su gracia. Merece la pena visitar la cascada de Tubilla y el pozo Azul. La verdad es que Miguel Delibes no tiene libro en el que no saque un río, o dos docenas, muchas veces con papeles importantes o como secundarios de lujo, fundamentales para entender quiénes son los personajes y cuál es su historia. Por ejemplo, en Las ratas. Pero me fastidia que muchos de nuestros mejores escritores del siglo xx no hayan puesto algo de energía, sabiduría, experiencia e imaginación en convertir al río en un personaje poderoso, totémico, amoroso, fantasmal, heroico, furioso, telúrico o delicado, como hicieron los mejores escritores del mundo en miles de páginas de la mejor literatura. Palabras preciosas y precisas, mojadas, salpicadas, sumergidas, ahogadas por el Tigris, el Zambeze, el Yukón, el Mekong, el Marañón, el Okavango, el Río de la Plata, el Colorado, el Pecos, el Nilo, el Ganges, el Tigris, el Teklanika, el Danubio, el Orinoco, el Sena, el Misisipi, el río Bravo, el Volga, el Níger, el Támesis, el Rubicón, el San Lorenzo, el Blackfoot, el Amazonas o el Éufrates.

Si siguieras con la lista de ríos que comenzaste a anotar de memoria ayer en uno de tus cuadernos, con los escritores que los evocaron, en las novelas que los inventaron, se te hubieran acabado las hojas. Los ríos que al final pasan a esa gran literatura ya no se olvidan. Son amados, más o menos respetados, temidos o mimados, por sus ribereños, por los países por los que pasan y por todos los lectores que luego se cruzaron con ellos en las páginas de todos esos libros que pasan a la gran historia de la literatura universal. Hasta el punto de que muchos lectores harán luego viajes, excursiones y turisteos para visitar “ese río del que habló tal escritor en aquella novela”. Vale, sí, aquí tienes las notas de los ríos, arroyos y lagunitas de Ferlosio, Sampedro, Llamazares, Delibes, Umbral, Azorín, Barea, Unamuno, Diego, Rosalía, Galdós, Fernández Flórez, Leguineche y cien más, pero no ciento uno.

Como ese poema de Machado en una fotocopia de una de las fichas que he ido acumulando:

¡Oh, Guadalquivir!

Te vi en Cazorla nacer;

hoy, en Sanlúcar morir.

Un borbollón de agua clara,

debajo de un pino verde,

eras tú, ¡qué bien sonabas!

Como yo, cerca del mar,

río de barro salobre,

¿sueñas con tu manantial? 

Pero ¡don Antonio, hombre! ¿Solo eso para un río que moja ocho provincias andaluzas además de Albacete, Badajoz, Murcia y Ciudad Real? ¿Nueve versos, aunque sean de don Antonio? ¿En qué novelón soberbio está el Guadalquivir convertido en un dios? Quizá también por eso, por este vacío literario, los ríos españoles importan poco. El gran Ebro y el coqueto Jarama fueron decisivos protagonistas de dos batallas clave de la Guerra Civil, pero nadie ha sabido o querido escribir un Guerra y paz con el agua de esos ríos atravesando la historia. El de Ferlosio tampoco se sale de la cosa costumbrista topográfica. Lectura obligatoria en secundaria para varias generaciones de estudiantes. En eso se nota que era un tipo de secano. Lo digo sin desdoro de Rafael, al que también admiro desde Industrias y andanzas de Alfanhuí y sus ensayos de los últimos años. Pero el río del título importa poco, es un olvidado. Por eso hoy el Jarama baja sucio y medio seco. Los alumnos que tuvieron que leer aquel libro ignoran el río y además aborrecen al pobre Rafael y también al profesor que les prescribió ese tostón. Él mismo consideró luego el libro un texto sin brillo.

Pero tengo en un pequeño pedestal al raruno de Unamuno. Nada le gustaba más a don Miguel que caminar y caminar, no le importaba la incomodidad de la intemperie o de tocar la vida o de escribir o de la libertad. Es curioso que le gustara tanto Izaak Walton y su El perfecto pescador de caña (1653). Hasta escribió en 1904 un precioso ensayo titulado Después de leer a Walton, aunque Unamuno nunca fue pescador. Miguel Delibes también es un bicho raro, otra excepción.

Escritor cazador y pescador. Es el único de su generación que conoce a fondo los ríos españoles y, además, habla de ellos en cuanto tiene ocasión y cuando no la tiene. Su literatura está llena de culebras, truchas, nutrias, ratas de agua, cangrejos, anguilas, galápagos y niños, que también son animalillos fluviales. Su amiga Ana María Matute también sabe de ríos. Junto a uno, en el pueblo de sus abuelos, tuvo una infancia casi feliz. Fue a la montaña para curarse de una enfermedad, como la amiga de Heidi. Allí descubrió la libertad junto a un río con sol, lagartijas, bosques de ribera y leyendas de lobos. Cuando escribió su libro El río tenía ya 45 años, vivía el desamor y la tristeza. La felicidad era ahora lodo de embalse y ruina. Volvió al pueblo de sus veranos en 1960, once años después de que la casa familiar del pueblo se sumergiera en las aguas del embalse de Mansilla. Cuando publica ese libro en 1963 se acaba de separar, su marido obtiene la tutela del hijo y no deja que le vea. Imagino bien su amargura y su desolación. El libro pasó sin pena ni gloria hasta casi antes de ayer.

Pero los Martín Santos, Ignacio Aldecoa, García Hortelano, Martín Gaite, Juan Marsé y todos los poetas amigos no tocarán mucho el agua salvaje. Prefieren los suburbios, los charcos abroñigales o las piscinas. Carlos Barral fusilará los últimos meros gigantes del Mediterráneo enfundado en un moderno equipo de buceo para guisarlos con ali-oli. Jorge Semprún nunca saldrá de París o de Buchenwald. Gonzalo Torrente Ballester al menos se inventa dos nuevos ríos: el Mendo y el Baralla. Gonzalo hubiera inventado y nominado el Amazonas, el Nilo y Sena si no hubieran estado ya inventados y bautizados. Pero hoy no hay lampreas ni en esos ríos de Torrente. Ni anguilas, bogas o esturiones. Camilo José Cela, salvo en su Viaje a la  Alcarria, en que sí se moja algo los pies, en el resto de su literatura no hace otra cosa que rebuscar gente pintoresca, monstruos, asesinos y tronados. Puesto a elegir tronados, prefiero el Fendetestas de El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez, que al canalla de Pascual Duarte. Sin embargo, un escritor tan urbano, tan madrileño, como Francisco Umbral nos sorprende con su fina erudición fluvial en Las giganteas. Se nota en esa novela la amistad, conversaciones y larga correspondencia que mantuvo Umbral con, primero su jefe y luego su amigo, Miguel Delibes. Deduzco que sin duda discutieron mucho de Baudelaire, del puñalito damasquinado de Antonin Artaud o de la mala leche de Fraga Iribarne, pero hablaron muchísimo más de truchas y de ríos. Ese libro es la prueba. Las giganteas eran las flores del girasol (Helianthus annuus), un cultivo frecuente en los secarrales castellanos antes del boom más rentable del maíz gracias al agua semigratis. Escribe Umbral:

“El río era grande, pardo, ancho, de un oro sucio, de un verde duro, de un negro rojo, el río era lento, raudo, solemne, salvaje, lleno de tribus y palacios, lleno de dioses y pirañas, lleno de muertos y de buques, el río venía nunca supe de dónde e iba hacia la muerte, la velocidad, la presa, el vacío, la nada, como el finisterre de las cosas o el corte a pico de los mares, sonando a coro de ángeles machos bajo los puentes, sonando a primavera menstrual, errática y desnuda, en primavera”.

Hoces del Alto Ebro y el río Rudrón.

En la novela de Umbral el Pisuerga es el protagonista absoluto. La novelita me asombra porque demuestra finos conocimientos limnológicos, piscatorios, históricos, geológicos y botánicos. El escritor utiliza “el río” para explicar la vida marginal en una ciudad provinciana y castellana, valga la redundancia, con su bulla y su crimen, sus clases sociales decimonónicas curiles y marginales, gremiales, proletas y burguesas. No se olvida Umbral de sacar a su cabra y su gitanilla, además de a Olvidito, Teresita, Francesillo, Cósima, Formalina y toda esa panda de queridos monstruos y monstruas de los que tanto gusta, afilando en cada parrafada su estilo canalla o “sublime sin interrupción”, según le da. Pero el libro me encanta, me emboba, acabo leyéndolo entero, también sin interrupción. Francisco Umbral hoy no está de moda, no se lee, pero sigue siendo un escritor entretenido, divertido, siempre original, fundamental para entender los 50 y los 60 del siglo xx, la manida Transición, la sobada Movida madrileña y la recuperación del chispeante periodismo literario español del siglo XIX que seguimos disfrutando en el XXI gracias a aquel excelente pico pala de Francisco Umbral y su amigo Manuel Vicent en mil artículos, columnas y libros durante esa la mitad del siglo xx que les tocó sufrir y disfrutar. Además, en Las giganteas es impagable el delicado y tierno cameo que obliga a hacer a Miguel Delibes como ciclista y pescador, apenas disimulado tras el nombre de Mario. Es paradójico que en 1990 fuera candidato, junto a José Luis Sampedro, al sillón F de la Real Academia Española. Ganó Sampedro, pero los dos, cada uno en su estilo, sabían de ríos.

Luego, para variar, se encuentra uno por las librerías al petimetre de Sylvain Tesson con La vida simple. Un impostado diario que nos cuenta cómo un pijo, falso aventurero de tele, explorador de su ombligo, místico de revista de peluquería, se va unos meses a vivir a todo lujo a una confortable cabaña en el lago Baikal a practicar el ermitañismo de pose bien provisto con seis carros del súper de latas

de conserva de qualité, dieciocho frascos de salsa de tomate Heinz, chismes eléctricos varios, cajas de puros, placas solares, teléfono por satélite y alcohol del bueno. Nos habla de sus existencialistas paseos sin rumbo, sus devaneos desolados, sus difíciles pescas en un agujero en el hielo, sus meditaciones de sofá borracho y de toda una sarta de previsibles y vomitivos plagios thoreausianos. Y como el tal Sylvain, va habiendo muchos de estos escritores margaritos ocupando el precioso espacio de las mesas de novedades. La mística nature writing, que en los 60 y 70 era cosa de marginales, predelincuentes y apestados, hoy es un apreciado barniz burgués, un style que cotiza tanto en las revistas de decoración como en las de alta costura, una mandanga que mocatrices yanquis, estrellas mediáticas sin escrúpulos, deportistas millonarios o influencers hastiados buscan en sus nevados retiros de invierno y en sus asuetos de entretiempo en islas semidesiertas con frigo y servicio de limpieza de habitaciones. Sylvain se pasa meses fuera del “apestoso mundo consumista” que aborrece y “durante seis meses, a cinco días de marcha del pueblo más cercano, perdido en una naturaleza desmesurada…”. Seis meses, dios, media vida, qué heroicidad tan sublime, qué fuerza de voluntad, qué entereza, qué riesgo. Me informo del pájaro y leo que “se dio la vuelta al mundo en bicicleta”, “ha recorrido a pie el Himalaya” y todas esas proezas que les gusta mucho hacer a los occidentales que se aburren, se ponen todas las vacunas, firman todos los seguros sanitarios y se llevan a un equipo de televisión para que documenten hasta los detalles más nimios de su viaje: dónde cagan, qué rarezas se ven obligados a comer, cómo se llama la culebra que se les cruza por delante o el frío que hace fuera de su parka North Face último modelo. Intuyo que corre mucho más riesgo que él mi vecina jubilada y confinada cuando sale por la mañana a comprar el pan al súper de la esquina. Tesson ha ganado el Premio Médicis de ensayo, el Goncourt y el Premio de la Academia Francesa. Por mí como si gana el Gran Hermano Vip o MasterChef. La vida nunca es simple, ni en una cabaña en el lago Baikal, ni en Walden, ni en la planta quinta de una vivienda social del ensanche de Vallecas. Sylvain Tesson es solo un ejemplo. Algún primo hermano suyo ya ha asomado la patita en España. Solo hay algo peor que uno que se dice “aventurero” en el siglo XXI: uno que escribe un libro de su aventura tras haberse leído a Thoreau en la siesta”.

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