Así se recuperan las salinas más antiguas del mundo

Así se recuperan las salinas más antiguas del mundo, de 7.000 años

Trabajos en las salinas de Añana. Foto: Fundación Valle Salado.

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Nos vamos al Valle Salado, en Salinas de Añana, Álava, para recorrer las salinas más antiguas del mundo, de nada más y nada menos que 7.000 años. Con ellas viajamos a lo más profundo de la Tierra y también, abducidos por lo enigmático de este paisaje blanco de impresionante silencio, a lo más profundo de nosotros mismos. El proceso de recuperación de este patrimonio natural e industrial único bien merece un viaje y un artículo ‘asombrario’.

Allí estábamos, rodeados de sol y sal, en uno de esos cálidos días de transición del verano al otoño, humanos en una curiosa convergencia de reencuentros con nosotros mismos: quien tras un proceso de cáncer decidió cambiar completamente de vida y mirar más al aire libre y la tranquilidad, quien como corresponsal en China se planteó un día: ¿qué hago yo aquí, es esto lo que quiero hacer toda mi vida?, y decidió volver a su tierra, “mi sitio”, quien retomó una relación aparcada de amor, quien desde Egipto volvió la vista hacia Iberia, quien se saturó de ciudad y decidió con su pareja irse a un pequeñísimo pueblo y abrir dos casas de turismo rural… Y ahí estamos, en fila india, como niños, disfrutando como niñas de las degustaciones y los talleres que nos proponen los que saben de eso, rodeados de un paisaje marciano o lunático, que quizá sea el que promueve ciertas confesiones, o quizá sea el baño de bosque que propone el guía Mikel nada más llegar de la gran ciudad para dejar atrás prisas y escudos y abrirnos, abrirnos a todo lo que nos rodea, al ambiente entero (nada del medio) y a lo que está agazapado dentro de nosotros, para conectar con el pasado y lo guardado en lo profundo de la tierra (luego lo cuento) y de nosotros.

Y ahí estamos, en el Valle Salado, en la localidad alavesa de Salinas de Añana, a media hora de Vitoria-Gasteiz, en, como dicen sus folletos, “un conjunto arquitectónico, paisajístico, arqueológico, geológico y medioambiental único en el mundo”. No hace falta dar muchos rodeos para justificar la frase, valga partir de este dato: “Se trata de la explotación salinera más antigua del mundo con producción ininterrumpida, más de 7.000 años de historia”. Un valle repleto de balsas blancas sobre una intrincada selva de pilares de madera de pino, que conmueve y que ha merecido reconocimientos varios: Desde 1984 es monumento nacional; es Humedal Ramsar de Importancia Internacional (entre otras cosas, por la riqueza de su flora halófila y especies como un extraño crustáceo de un centímetro llamado Arthemia parthenogenetica); en 2015 recibió el Gran Premio del Jurado Europa Nostra; en 2018 fue reconocido por la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), el primero en Europa, y en 2019 recibió la distinción más importante como Patrimonio Turístico Industrial.

Una confluencia de valores naturales e intervención humana que hacen del Valle Salado algo único, por muy publicitariamente manida que resulte la frase. Casi hasta podría decir eso de cita ineludible y escenario mágico.

Lo de SIPAM y su extensión VALSIPAM es muy chulo y desconocido y merece un párrafo en este artículo. VALSIPAM (Valorización de Sistemas Agrícolas Mundiales ) es un proyecto que promovió la Junta de Andalucía para captar Fondos europeos FEDER que terminan el próximo año, y que ha creado una red de ocho espacios con buenas prácticas en el sentido agrícola-industrial-natural en España, Francia y Portugal, desde el Valle Salado que te estoy contando a la Axarquía de Málaga –productora de uva pasa–, el sistema de riego histórico de la Huerta de Valencia y los olivos milenarios de Sénia hasta la dehesa de la Sierra de Serpa y el sistema agro-pastoril de Barroso (Portugal) y las Montañas de Cantal y el Parque Regional Marais Poitevin (Francia).

El meollo del asunto es que del manantial que alimenta todas estas eras brota agua (2 litros por segundo) con un grado de salinidad seis veces superior a la media de los mares del mundo; una salmuera que surge de lo más profundo de la Tierra, porque estas tierras vascas estaban cubiertas de mar; estamos hablando de hace entre 300 y 400 millones de años, cuando solo había un súper-continente, Pangea, antes de desgajarse para ir conformando el planeta como lo vemos ahora (excepto los terraplanistas, claro). Así que ahí quedó, en lo profundo de la tierra/Tierra, un gigantesco sedimento que sala las aguas subterráneas que van aflorando. Hace 7.000 años que lo descubrieron los humanos y extraían la sal –el oro blanco, el toque mágico para conservar los alimentos, la raíz de una palabra clave como es el salario– mediante vasijas puestas al fuego (algo que se sabe por los restos de cenizas y ollas de cerámica encontrados en la zona). Hasta que los romanos, grandes inventores de la civilización occidental, idearon la sostenibilidad y el sistema de absoluta eficiencia energética que ha llegado hasta nosotros: varios kilómetros de canales de madera que distribuyen la salmuera solo con la fuerza de la gravedad por las eras (plataformas de evaporación de la salmuera; reciben el mismo nombre que las que se daban para trabajar el cereal) que se cubren con pequeñas capas de esa agua salada (dos dedos), y en verano (más o menos entre mayo y septiembre), con la fuerza del sol y removiendo con paciencia y ritmo esas aguas, se va obteniendo esa sal que todos los grandes cocineros vascos (y son gente de fiar) recomiendan como la mejor del planeta; que no sala, sino que potencia los sabores, esa es la gran virtud de la buena sal, insisten en explicarnos los que de esto saben.

Un paseo por las salinas de Añana. Foto: Rafa Ruiz.

El meollo del asunto también es que, tras esos miles de años de explotación, llegó la industrialización intensiva a todos los rincones de las actividades humanas, y este proceso, por muy grandioso y único que fuera el paisaje, no resultaba rentable. Y las eras fueron quedando más y más abandonadas y destrozadas. Yo, que crecí muy cerca, en la localidad burgalesa de Miranda de Ebro, puedo decir que daba pena verlas en los años ochenta.

Hasta que las instituciones públicas –desde el Gobierno Vasco a la Diputación de Álava y el Ayuntamiento de Salinas de Añana, un pequeño y silencioso pueblo de un centenar de habitantes– se percataron del valor de lo que tenían ahí al lado: un paisaje que además solo se puede mantener si se mantiene productivo, generando sal, (bueno, tardaron en darse cuenta; porque además el proceso era proceloso; empezaron a montarlo en 2000 y ya en 2009 fructificó con la creación de la dicha –o mencionada- fundación). Y decidieron, junto con los propietarios de las eras (aunque solo dos familias continuaban con la producción de sal a finales del siglo XX), para crear la mencionada –o dicha– fundación y dar aliento a tan telúrica y maravillosa sal, comercializarla con visión siglo XXI, desde productos para los espacios gourmet de toda España (más un 30% que exportan) hasta rutas turísticas y paquetes de experiencias en el entorno, eso que ahora tanto gusta a los turistas, que no quieren sentirse solo sujetos pasivos. Y con los beneficios que van obteniendo reinvertirlos en la recuperación de tan grandioso –y cinematográfico–escenario.

En los años 60 del siglo pasado llegó a haber más de 5.648 eras a pleno rendimiento de sal –una extensión de unas 12 hectáreas (120.000 metros cuadrados)–; ahora se han recuperado en torno al 50% de las eras sostenibles del Valle Salado, y están productivas dos centenares. De ellas se obtienen unas 150 toneladas de sal de manantial, de las que unas 22 toneladas corresponden a la apreciada flor de sal (aunque el producto más delicatessen que obtienen son los chuzos de sal, esos que parecen estalactitas).

Las salinas de Añana con el pueblo al fondo. Foto: Fundación Valle Salado.

Después de dicho todo esto, hasta me dan ganas de incluir otro tópico: ¿Te las vas a perder? Ahí queda escrito.

La noche en el silencio del Valle Salado se presta a un paseo por el pueblo tan en cuesta, y a que los viajeros saquen la salmuera que llevan dentro, que, una vez en reposo, da lugar a contar esos reencuentros, esos cambios de vida, esas re-creaciones de quienes somos.

Si la llegada a lugar tan mágico a primera hora de la tarde, con el cielo amenazando tormenta (ay, las tormentas, los peores enemigos de los salineros, porque el agua dulce destroza la cosecha salada), fue un completo choque visual, de decenas de matices del blanco y decenas de matices del silencio, cuando, tras dos días intensos de explicaciones, paseos y degustaciones, dormir genial en la casa rural Madera y Sal, y comer aun más genial en El Almazen (todo un viaje a lo más profundo ya uno no sabe muy bien de dónde), les envío fotos del Valle Salado a mis amigos y amigas, las respuestas vienen llenas de admiraciones y los emoticonos esos de los ojos-corazones. Y adjetivos que, ya lo siento, vuelven a sonar a folleto turístico, pero es lo que me pusieron y el lugar, de verdad lo merece:

Qué rarísimo.

Muy curioso.

Enigmático.

Un poco de cuento de terror, ¿no?

Intrigante.

¿Te lo vas perder? Dicho está.

Más información y organización de visitas: www.vallesalado.eus

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