Reencuentro con el edén de pecados y delicias del Bosco en El Prado

Reencuentro con el edén de pecados y delicias del Bosco en El Prado

Tríptico del ‘Jardín de las delicias’ del Bosco. Foto: Museo del Prado.

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El Museo del Prado acaba de rebasar los dos siglos y para celebrar su 201 cumpleaños ha reabierto su sala dedicada a El Bosco, que llevaba cerrada desde el 12 de marzo, remodelada para la ocasión. Un reencuentro con todas esas figuras diminutas entregadas a la lujuria, al pecado, condenándose al infierno mientras disfrutan de esa verde pradera con flores gigantes y árboles de turgentes frutos rojos como una promesa de felicidad efímera, un edén fuera del tiempo donde coexiste el bien con el mal en su habitual y enigmático equilibrio.

Quizá porque hoy es miércoles, o porque es mediodía, la nueva sala dedicada a El Bosco en el Museo del Prado está vacía, pero el año pasado recibía cada día a 7.000 visitantes. El Prado así, casi sin gente, es un raro privilegio. En el silencio de los pasillos, bajo el tenue resplandor de focos y claraboyas, flota una melancolía lechosa y algo hipnótica que me hace dudar de que exista el mundo de ahí fuera y solo esté vivo todo lo que hay en los cuadros: los reyes, los guerreros y las vírgenes, los dioses y las ninfas, los caballos, los leones, los pájaros y las serpientes, los ríos, los árboles. Aquí dentro solo existen los sueños, los temores y dudas, las obsesiones que atrapó el tiempo en los lienzos, y nosotros solo podemos atravesar fugazmente la imaginación de los artistas sin comprenderla del todo, maravillados.

El Museo del Prado acaba de rebasar los dos siglos desde su inauguración en 1819 y para celebrar su 201 cumpleaños en noviembre invitó a figuras de la danza como Blanca Li, Carmen Werner, María Pagés, Dani Pannullo, Antonio Ruz, Mónica Runde, Chevi Muraday, Iratxe Ansa o Daniel Abreu a bailar ante los cuadros más icónicos de esta Sala de El Bosco. Además, María de la Peña, responsable de prensa de la pinacoteca durante más de una década, acaba de publicar en la editorial La Fábrica el libro Diez artistas y el Museo del Prado, donde Eduardo Arroyo, Miquel Barceló, Rafael Canogar, Alberto García-Alix, Carmen Laffón, Antonio López, Blanca Muñoz, Soledad Sevilla y Juan Uslé hablan de su vinculación creativa con el museo y relatan sus primeras visitas. La mayoría de los artistas recuerda haber visto en su infancia un museo solemne y frío, siempre medio vacío porque entonces no recibía tanto público, y donde incluso, como cuenta Canogar, las salas abrían sus ventanas a la contaminación de la calle.

Tríptico del ‘Carro de heno’ del Bosco. Foto: Museo del Prado.

‘La Adoración de los Magos’ del Bosco. Foto: Museo del Prado.

Yo no recuerdo exactamente la primera vez que fui al Prado, pero guardaba en mi mente una imagen de salas grises en cuyas paredes colgaban demasiados cuadros que no sabía si era cierta; la memoria nos engaña tanto. Para su reapertura en junio, tras el cierre forzado por la pandemia y bajo el lema #vuelvealPrado, la pinacoteca reunió en la Galería Central y las salas adyacentes 249 de sus obras más representativas en la exposición Reencuentro, donde además hay varios paneles que muestran cómo era el museo hace años. Allí he visto en esta mañana fotografías que constatan mi frágil evocación en blanco y negro: los cuadros ordenados en caprichosas cuadrículas llegaban casi hasta el techo en una sucesión abigarrada cuya contemplación, sala tras sala, te dejaba exhausta, sin aire.

Pero aquí, en este espacio amplio y remozado, contra el intenso azul verdoso de las paredes, los cuadros de El Bosco reverberan de color y de detalles. Podría estar contemplándolos durante horas. La verdad es que no sé cuánto rato llevo absorta con mi libreta en la mano, disfrutando de la sala sin nadie, pero debe de ser mucho porque el vigilante bosteza bajo la mascarilla en su rincón y yo empiezo a sentir hambre. Frente a El Jardín de las Delicias, descubriendo nuevos detalles, anoto: el hombre pez, los perros rabiosos, unos seres monstruosos que surgen de los tejados, los frutos gigantes. Anoto: la perspectiva de un paisaje en tonos azules como una ciudad futurista, las ciudades incendiadas. Anoto también: los lagartos que se comen al guerrero sobre el filo de un cuchillo, los pájaros que alimentan a los hombres, el crucificado en el arpa, los unicornios blancos, el carrusel de la orgía. Hay decenas de seres diminutos suspendidos en movimiento sobre el óleo de la tabla, como figurantes en un gran plano representando un papel, y cada pequeño rostro que observo tiene su propia expresividad porque está detenido en el sentimiento concreto con el que le pensó el pintor: dolor, felicidad, miedo, ansia, ira, burla, abatimiento, duda. Alguno de esos rostros me observa a mí. Este tríptico es una película, y en cada centímetro de sus tablas viven los personajes y está sucediendo algo.

En su tiempo, El Bosco era el pintor de moda entre los nobles y, pese la cristiana austeridad de sus costumbres, a Felipe II le gustaba coleccionar sus cuadros. Gracias a eso el museo conserva seis de los que han llegado hasta hoy atribuidos al pintor, que apenas son una veintena. No es difícil imaginar al rey atacado por la gota pasando horas muertas en la contemplación de estas escenas para aliviar su dolor, observando el goce de estas figuras diminutas entregadas a la lujuria, al pecado, condenándose al infierno mientras disfrutan de esa verde pradera con fuentes y estanques sobrevolada por aves exóticas de plumas iridiscentes, con flores gigantes y árboles de turgentes frutos rojos como una promesa de felicidad efímera, un edén fuera del tiempo donde coexiste el bien con el mal en su habitual y enigmático equilibrio.

Puede que la fascinación que a lo largo de los siglos ha suscitado la obra de El Bosco provenga de ese inagotable talento escenográfico y narrativo, y de la perspicacia con la que comprende a sus personajes, que suelen actuar de forma mezquina o atolondrada y resultan tan vivos y atemporales, tan parecidos a nosotros. Lubbert, el enfermo de Extracción de la piedra de la locura, nos mira resignado dejando que el falso médico con un embudo por sombrero extraiga la flor de la lujuria de lo alto de su frente, mientras la mujer con el libro en la cabeza se aburre y el fraile pontifica aferrado a su jarro de cerveza. Nuestras obsesiones crecen como flores de piedra, y si no se extirpan nos infectan de locura.

Mirando al pobre Lubbert me estoy acordando de la obsesión de Orson Welles por El Quijote que relata Agustín Sánchez Vidal en la novela Quijote Welles, editada por Fórcola, en la que una periodista se propone escribir su biografía a través de entrevistas y encuentros con el director, que vive sus horas bajas y es mirado por todos como un loco. Durante años, ofuscado con Don Quijote, Welles ha ido rodando trozos de una película sin guion que nadie quiere financiar, y que nadie ha visto. Y de pronto, a través del cuadro, veo esta sucesión de espejos: la locura de Don Quijote se refleja en Welles, cuya locura quiere a su vez reflejar en su película la del hidalgo. Welles admitió siempre la influencia de Goya, un pintor a su vez influido por el Quijote. “Cuando volví a España en 1951” le dice en un pasaje del libro a la periodista a propósito de su película Mister Arkadin, “lo primero que hice fue ir al Museo del Prado y allí había una exposición de sus grabados. Los murciélagos de los títulos de crédito, que reaparecen en la decoración del baile suspendidos sobre los asistentes, los tomé de uno de los más famosos, El sueño de la razón produce monstruos”.

Hace cuatro años, para conmemorar el quinto centenario de la muerte de El Bosco, el museo le dedicó una exposición temporal que superó las 600.000 visitas, todo un récord para la institución. Por eso me resulta tan extraña, mientras salgo, la perspectiva de la Galería Central con apenas un puñado de personas aquí y allá que parecen un poco desorientados; aquí la oferta es inmensa. En esta quietud los cuadros adquieren una fabulosa cualidad sonora, como si hablasen fuerte entre ellos para poder escucharse de una punta a otra. Todos gritan y son tan hermosos que no sé a cuál mirar; no sé qué haríamos ahora, pienso, si no existiera el arte y la literatura, si los museos tuvieran que cerrarse para siempre. Por fortuna, el Prado se ha preparado para un tiempo nuevo y como si hubiera despertado de un breve letargo vuelve distinto pero igual, se diría que más consciente de todo lo que guarda dentro y puede darnos. Así nos gusta pensar que hemos vuelto también nosotros.

MUSEO DEL PRADO

Nueva Sala del Bosco.

Reencuentro. Hasta el 28 de febrero.

Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931). Hasta el 14 de marzo.

El Greco en Illescas. Hasta el 28 de febrero.

El otro tesoro. Los estuches del Delfín. Hasta el 10 de enero.


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Comentarios

  • Marta

    Por Marta, el 08 diciembre 2020

    Me encantaría leer mas articulos de este autor.

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