Relatos de Agosto: El pueblo-micelio

Foto: Pixabay.

Necesitamos una literatura que dé voz a las montañas y los ríos. Lo pedía en ‘Caminar’ Henry David Thoreau, quizás el autor más representativo de una corriente, la escritura de naturaleza, con un gran vigor. El sentimiento de pérdida de los ecosistemas y de la vida en la Tierra tal y como la conocemos ha despertado el interés de escritores, lectores y editoriales. En el Taller de Escritura de Clara Obligado hemos abordado la escritura de naturaleza desde distintas ópticas y propuestas estéticas en estos Relatos de Agosto que, desde hace varios años, os presentamos en colaboración con ‘El Asombrario’. Queda mucho agosto por delante y muchos relatos de ‘liternatura’. Disfrutadlos. Arrancamos con una visita a un inquietante ‘pueblo-micelio’.

POR BEATRIZ VELAYOS AMO

En cuanto pudo, huyó de la capital. La casa, que le habían vendido por dos duros y un apretón de manos, era preciosa pero también húmeda, y continuamente tenía que armarse de lejía y cepillo para eliminar las manchas verdes que aparecían por las paredes. Las conversaciones con sus amigos urbanitas, que esperaban noticias de sus cultivos –muerto, todo muerto– e insistían en que comprase gallinas –que posiblemente morirían también–, se disolvían en sonrisas forzadas.

Una vez a la semana, se montaba en el coche y emprendía la peregrinación hasta el supermercado, porque odiaba la idea de someterse al escrutinio de sus convecinos. Pero cuando ya llevaba lloviendo varios días, se vio incapaz de conducir por el barro y la niebla y se aventuró al centro del pueblo. Mientras esperaba a que un adolescente con la cara germinada terminase de cobrarle, se rascó el redondel blanquecino que había empezado a cubrir su brazo. Una señora mayor con el pelo recogido en una larga trenza le echó un vistazo y le recomendó posos de café y otros ungüentos para aliviar la picazón. Ella recogió su compra deprisa, pero unas horas más tarde la misma vecina tocó a su puerta y le tendió una cesta de mimbre con champiñones. De mi huerto, sonrió, y sin preguntar entró en la cocina y le explicó cómo aplicarse diversas pócimas.

Cuando el picor desapareció, se aventuró por las callejuelas empapadas hasta la casa de doña Prado a devolverle su cesta y agradecerle el consejo. Mientras merendaban, vio que junto a la sien le asomaba una pizquita vegetal, el sombrerillo de alguna seta, y se lo retiró sin pensarlo. Doña Prado hizo una mueca de dolor, pero le quitó importancia. Hija, con estos pelos todo se me enreda.

Otro vecino se presentó con su escalera a repararle el tejado. Aunque quiso impedírselo, el señor Efrén insistió y la invitó a comer un guiso de rebozuelos el domingo. Cuando terminó la semana, se presentó en su casa nerviosa, sin saber de qué hablarían. Efrén abrió la puerta limpiándose tierra de las manos leñosas, y le metió prisa para que se uniese al círculo de lugareños. Le sorprendió el poco esfuerzo que tenía que poner en entenderse con aquellos desconocidos. Admiró la belleza de compartir manchas y protuberancias que con la humedad habían comenzado a crecer por sus cuerpos.

Poco a poco, se descubrió resolviendo pequeñas necesidades de las casas cercanas sin que nadie se lo pidiera. Un poquito de sal, un murete que se estaba cayendo, un documento que no lograban comprender. Las fronteras se disolvieron con la lluvia. Ya no intentaba arrancarle setas del pelo a nadie. Le fascinaba observar cómo las colmenillas se trenzaban formando diademas sobre las sienes de las ancianas. Las amanitas enjoyaban los cuerpos con rojos y naranjas brillantes, convirtiendo las reuniones donde Efrén en fiestas de gala. En plena conversación los níscalos emergían por orejas y narices, y entre las ropas rasgadas asomaban las saprófitas enganchadas a las extremidades como casas colgantes. Cada día se examinaba ante el espejo. Los líquenes de su brazo se extendían ya entre los dedos, por la espalda, creando un mapa de conexiones misteriosas.

Una tarde, en la plaza, se cruzó con un hombre alto que le sonrió mientras la ayudaba a cargar el coche. Tenía en el brazo las mismas manchas que ella y la barba rubia entreverada de verde, como los olmos. Olía a tierra, y casi sin pensar se inclinó para poder aspirarlo más profundamente. Noches después su recuerdo la mantenía despierta. Sentía ansia de mezclarse con él, de compartirse entera.

Pasada la medianoche escuchó, en algún punto de su cuerpo que no era exactamente un órgano, las voces que la llamaban. Siguiendo esta pulsión, se adentró en el bosque. Cuando llegó al claro reconoció a algunos de sus vecinos, ya medio enterrados. La trenza de Prado, los dedos arrugados de Efrén apuntando al cielo como chantarelas. El desconocido que había despertado aquel hambre violenta en ella la esperaba, tendiéndole la mano. Cuando se tocaron, sintió que una conciencia la penetraba y llenaba cada espacio entre sus células, hasta que nada era de ella ni de otros.

Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

No hay comentarios

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.