Revolución y violencia: Marat y el Marqués de Sade en Matadero

Revolución y violencia: Marat y el Marqués de Sade en Matadero

El elenco de ‘Marat-Sade’. Foto: Jesús Ugalde.

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El director Luis Luque convierte la Sala Fernando Arrabal (Matadero, Madrid) en un manicomio donde un grupo de internos/actores filosofan sobre la revolución y el ser humano. Es la propuesta ‘Marat-Sade’.

Siempre resulta excitante un diálogo entre el sádico Marqués de Sade, cuyo apellido adjetiva toda una forma de ser, y Marat, el revolucionario e izquierdista francés y defensor de la acción (acompañada de terror, si es necesario) de aquella revuelta de 1789 que nos trajo libertad, igualdad y fraternidad. Esa es la propuesta de Marat-Sade, el texto del alemán Peter Weiss que ahora se representa en la Sala Fernando Arrabal, de Madrid, en Las Naves del Matadero, dirigido por Luis Luque.

Y como en la obra original, todo transcurre en un manicomio, la casa de salud de Charenton, donde pasó larguísimas temporadas el autor de Justine, el “divino marqués”. Allí, un grupo de pacientes “juegan a hacer teatro”. Representan los hechos que condujeron al asesinato de Jean Paul Marat, apuñalado por una joven campesina. El Marqués dirige una velada llena de teatro, música, canciones y filosofía. Un debate de ideas entre él y Marat.

Así, se abre el telón del telón y escuchamos al editor del El enemigo del pueblo, el hombre que sospechaba de todos aquellos que ocupaban el poder. Exige que se abran los graneros al tiempo que se pregunta –desde la bañera en la que será acuchillado– por las ambiciones de los revolucionarios cuando se hacen con el poder, por la locura de los patriotismos y por la destrucción, que afirma que existe. Su contrincante en el ring de las tablas es Sade, impecablemente vestido de negro, al que algunos han considerado el autor más libre del mundo, que cuestiona la piedad y la compasión como privilegio de los poderosos y fuertes.

Representación de ‘Marat-Sade’ en Matadero Madrid. Foto: Jesús Ugalde.

Son tiempos convulsos. Hay tensión, la revolución y el descontento se sienten; apenas han pasado unos años de esa locura que supuso el fin del Antiguo Régimen ¿y?… También hay misterio y ritmo y una coreografía que se mueve, baila y canta para hacer dudar de todo: porque las cosas no son blancas ni negras, ni hay buenos ni malos.

¡Cómo no va a violentar el tema! No hay nada claro, porque los blancos, por supuesto, no son blancos, ni los negros. ¿Quién sabe entonces, en esos y estos extraños tiempos, qué es vicio o virtud, o si la muerte, al final, es buena?

Y están los locos y locas, que hacen de coro a los dos pensadores y cantan y acompañan. Son los desquiciados cuerdos que escuchan encerrados. ¿Hay justificación para la violencia, prima el individuo y su placer o el colectivo?

Porque mientras ellos viven dando vueltas a los mismos y sangrantes asuntos, los Reyes, políticos y gestores hacen y deshacen. Es más, después de todo, después del romanticismo de los ideales y la sanguinaria y ejecutiva guillotina, volverá Napoleón como Emperador.

¿Entonces?

El conjunto suena tan actual, tan a 15M y sus revueltas y tan tremendamente cercano a los populismos que envalentonados “por el pueblo” son capaces de trepar las paredes del Capitolio estadounidense disfrazados con cuernos que asustan, tanto como pensar si la revolución está en el cambio de una misma o de la sociedad.

El espectáculo estará en cartel hasta el 14 de febrero y está protagonizado por un magnífico Nacho Fresneda, que hace las veces de Marqués de Sade, y Juan Codina, como Marat. Junto a ellos, Francisco Boira, Emilio Buale, Itziar Castro, María Lobillo, Juando Martínez, Eduardo Mayo, Adrián Navas, Pepe Ocio, Andrés Picazo, Julia Rubio y Ana Rujas. La coreografía, absolutamente milimetrada, es del israelí Sharon Fridman.


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