Ricardo Llorca estrena 'Las horas vacías', crónica de la soledad más cruda

Ricardo Llorca estrena ‘Las horas vacías’: crónica de la soledad más cruda

Una escena de la ópera ‘Las horas vacías’ de Ricardo Llorca que se representa en los Teatros del Canal. Foto: Pablo Lorente.

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El compositor Ricardo Llorca estrena por primera vez representada su ópera ‘Las horas vacías’, una radiografía de la soledad más cruda inundada de nostalgia y autoengaño. Una obra con una música conmovedora que supone un retrato descarnado de uno de los males endémicos de la opulenta sociedad contemporánea. La triste historia de una mujer tan sola que por no tener no tiene ni nombre.

“¿Quién podrá curarme de mi mal? Siento vergüenza de mis labios muertos por no besarte. Ojalá pudiera beberte en esta noche. ¿No ves que esta soledad es insoportable?”. Estas son algunas de las frases que forman parte del libreto de Las horas vacías, ópera del músico alicantino Ricardo Llorca que acaba de estrenarse por primera vez en versión escenificada en los Teatros del Canal de Madrid, dentro de la programación que el Teatro Real realiza en colaboración con este centro de creación contemporánea de la capital.

Las horas vacías es un amargo y desesperanzado canto a la soledad y la alienación. Es una radiografía de un mal silenciosamente extendido, que precipita –como los posos del café- en el fondo de una sociedad enfermiza basada en la prisa, el individualismo, la competitividad y la apariencia. Las horas vacías nos muestra sin filtros a una mujer herida por una enfermedad mental. A una mujer atrapada por una soledad a la que ella misma alimenta, viste y cuida como si fuera su amante. Y no. Llorca no construye en un juicio de valor a una persona culpable ni débil. Simplemente está infectada. Se trata de un ser humano que padece una soledad tan grave que ha hecho metástasis en algunos de los rincones vitales de su alma.

El propio Ricardo Llorca firma el texto, junto a Paco Gámez, de esta obra que en ocasiones transita por los límites de varios géneros para difuminar o romper sus fronteras. ¿Estamos ante una ópera de cámara, un artefacto de teatro musical, una ópera en sentido estricto, un musical, teatro contemporáneo musicado? Las materias primas de las que se sirve Llorca para contar esta historia musicalmente nos ofrecen pistas: un piano, al que el compositor otorga un interesantísimo protagonismo (interpretado por Eduardo Fernández en estas funciones); una orquesta de cuerdas formada por solistas de la orquesta del Teatro Real y un coro de cantantes escogidos del Coro Titular del coliseo Madrileño. Pero sobre todo, Llorca toma la decisión de desdoblar el único personaje de su ópera en dos voces: la de la soprano Sonia de Munck y la de la actriz Mabel del Pozo. Dos mujeres que son la misma persona. Una canta. La otra habla. Una llora. La otra se confiesa. Dramáticamente es una decisión interesante, puesto que permite de forma muy inteligente que la obra trascienda desde el monólogo hacia una especie de diálogo interior que cabalga a pelo sobre aquel axioma de San Agustín: ‘Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo’.

El director musical Alexis Soriano, que ha dirigido varias obras del compositor en estrecha colaboración con él, describe Las horas vacías como una de las grandes aportaciones a las obras líricas para una sola cantante del siglo XX, -como La voz humana, de Poulenc, o El diario de Ana Frank, de Grigori Frid- en la que la música consigue recrear, desde el primer minuto, esa atmósfera de soledad e incomunicación en la que vive la protagonista. Algo a lo que también contribuye la puesta en escena de José Luis Arellano que opta por situar la acción en un minúsculo cubículo en el que a duras penas cabe una cama. Una de esas pequeñas celdas de individualidad y soledad que acechan a cambio de alquileres de precios casi pornográficos en el centro de las grandes ciudades de la Civilización Occidental.

Una cama, un ordenador portátil, una botella de vino, una copa y un perchero. Nada más hace falta. Al fondo del escenario el coro responde, a la griega, a las cuitas de la protagonista. La escenografía se completa con un gran panel en el que se proyectan imágenes que nos hablan de la relatividad del tiempo: la velocidad de vértigo a la que se mueve el reloj fuera de esas cuatro paredes en una suerte de electricidad que circula por las calles y las entrañas de la ciudad en un viaje no se sabe muy bien hacia qué destino. Proyecciones que también sirven para poner imagen, aunque sea tan solo en siluetas, a los amores imaginarios de la protagonista. A sus anhelos y recuerdos. Siluetas porque por más detalles que la invención produzca, los seres irreales siempre tendrán en la imaginación una apariencia más real silueteadas que en tres dimensiones.

La ópera comienza con una música obstinada, obsesiva, una especie de letanía sonora que sobrecoge, pero al mismo tiempo posee la inconcebible facultad de ser tremendamente conmovedora. El hilo del que primero tira Llorca para desenredar su madeja es el cancionero popular español. “Pues que jamás olvidaros puede mi corazón si me falta galardón”, una canción de Juan del Encina que es un extraordinario cimiento para una partitura que combina motivos y citas de la polifonía tradicional española y el lenguaje musical minimalista estadounidense. Concretamente del nacido en Nueva York con cabeza visible en Philip Glass, alumno al igual que Llorca de la Julliard School, en la que ahora el músico español trabaja como docente. Es inevitable encontrar ecos de la trilogía Koyaanisqatsi, Powaqqatsi y Naqoyaqtsi con música de Glass en la escena que describe el trabajo y la vida de la ciudad más alla de las cuatro paredes de la habitación de la protagonista. A la banda sonora de las tres películas, pero también y sobre todo, a algunas de las piezas para danza compuestas por el músico de Baltimore.

Una buena muestra del carácter historicista del compositor de esta obra es la decostrucción de una folía para hacer esa alabanza a los viernes: los días en los que la protagonista conecta -no sabemos bien si vía aplicación o a través de vídeollamada- con su amante imaginario. Unos viernes a los que la protagonista es adicta, incapaz de continuar con su vida, embriagada de nostalgia y autoengaño. De deseo, sexo incompleto y urgencias: “Soy yo quien te ha creado y volverás cuando yo lo diga”, le advierte enojada a la pantalla de la computadora. “El viernes me permite seguir viva. Te he creado con pedazos de otras personas. Hasta el próximo viernes todas mis horas serán vacías”. Si la realidad es un perro al que los niños han atado latas de conserva en la cola, ¿no sería mejor opción inventarse una realidad más amable? La Mujer, perdida en ese universo de deseo casi cernudiano, convoca todo su dolor, su nostalgia y melancolía en una estéril rebeldía contra una realidad tóxica y castradora.

Las horas vacías se estrenó originalmente en 2007 durante la XII Semana de Música Sacra de Benidorm, y se ha representado posteriormente en Berlín, Nueva York, San Petersburgo, Sao Paulo y Klaipėda (Lituania), siempre en versión de concierto. Este estreno mundial de la ópera representada por primera vez se realiza en coproducción del Teatro Real con los Teatros del Canal y High C Music con la colaboración de la New York Opera Society. Las representaciones tendrán lugar los días 12 y 13 de noviembre, a las 20.00 horas y el 14, a las 18.00 horas en la sala verde de los Teatros del Canal.

Información sobre las funciones y entradas, aquí. 


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Comentarios

  • Pilar del Barrio

    Por Pilar del Barrio, el 13 noviembre 2021

    Maravillosa obra!!!! Tuve el placer de ser parte del coro cuando se entrenó en Benidorm. Regalo de la vida

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