Saint Nazaire: elogio del cardo borriquero según Gilles Clement

Saint Nazaire: elogio del cardo borriquero según Gilles Clement

El pie como obra de arte de Daniel Dewar y Grégory Gicquel. En Saint Nazaire. Foto: Jerome Bosger.

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Retomamos el placer de viajar ahora que comienza el espléndido tiempo otoñal, junto a Use Lahoz, ‘el viajero asombrado’. Nos vamos a Saint Nazaire (Loira Atlántico, Francia), donde prestamos especial atención al proyecto en el que el arquitecto paisajista, botánico y escritor Gilles Clement plasmó en un búnker su defensa del ‘tercer paisaje’, de los jardines de resistencia y agitación, de las revolucionarias ‘malas hierbas’. Ahí aprendemos el valor del cardo borriquero y de otras plantas ‘vagabundas’, como el gordolobo y el hinojo.

La primera vez que leí a Gilles Clement fue antes de ir a Lille, cuando la ciudad del norte de Francia fue nombrada Capital Europea de Diseño 2020 y supe que visitaría su proyecto en la Isla Derborence del Parc Matisse, emblema del espacio residual voluntario, un jardín situado en lo alto de una meseta rodeada por muros de hormigón de 7,5 metros que hasta entonces solo destacaba por esa rareza. Clement lo transformó en un parque (con forma de isla) sobre un zócalo, y sus alrededores, en un bosque que sigue siendo admirado junto a la estación Lille Europe.

En aquella lectura del Manifiesto del tercer paisaje (editorial Gustavo Gili) me llamó la atención un proyecto que el propio Clement había llevado a cabo en el interior de un búnker en Saint Nazaire. Por eso, cuando el otro día, después de estar en Nantes, llegué a Saint Nazaire, lo primero que le pedí a Agnes al encontrarme con ella fue que me llevara directamente allí.

No sabía que ese búnker no es un búnker cualquiera, por lo que este Jardin du Tiers-Paysage tampoco es un jardín cualquiera. Así lo explica él: “El ejemplo más reciente de aplicación del Tercer Paisaje es la base submarina de Saint Nazaire. Con una superficie de tres hectáreas, su imponente arquitectura incluye una losa de nueve metros de grosor sobre una dársena donde se resguardaban los submarinos alemanes durante la II Guerra Mundial. La estructura estaba pensada para que los obuses, atrapados en ella, hicieran explosión en las cámaras sin alcanzar la losa. El proyecto sigue el orden dictado por la arquitectura abandonada”.

Fiel a su idea de hacer lo posible con la naturaleza y lo menos posible contra ella, Gilles Clement ha compuesto un jardín adaptado a la arquitectura y a las condiciones extremas del lugar más icónico de Saint Nazaire. Porque esta base de submarinos fue construida en 16 meses por la armada nazi, y hoy es el emblema de la ciudad, el punto de convergencia cultural y turística. Accesible desde 1998, este tejado es una terraza a cielo abierto entre la ciudad y el mar. Clement, reconocido como uno de los grandes paisajistas y teóricos del jardín, defiende aquí con energía una manera de concebir el arte de la jardinería privilegiando el dinamismo y la evolución natural. Así se extiende un jardín (y un sistema de riego) que pone en valor especies procedentes en su mayoría del estuario del Loira “disponiéndolas bajo la forma de un pequeño bosque, de un tapiz vegetal o dejando que se instalasen al azar por efecto del viento y las aves”.

Jardin du Tiers-Paysage. El ‘tercer paisaje’ de Gilles Clement en el búnker de Saint Nazaire.

Refugios de resistencia y biodiversidad

Clement concibe el jardín como un paisaje en movimiento y considera los espacios abandonados como terceros paisajes. Escapando a la urbanización, estos lugares son refugios de resistencia y biodiversidad. El Tercer Paisaje, según Clement, lo configuran conjuntos de espacios residuales, márgenes que reúnen una diversidad biológica que no se entienden como riqueza y reservas no explotadas.

Tuve la fortuna de que mis días en Saint Nazaire coincidieron con la publicación de Elogio de las vagabundas (Gustavo Gili), inmejorable compañía en este viaje. Clement viene a decir que entre lo bueno y lo malo se desliza lo bello. Aquejada de patrimoniomanía, la flora se ve en muchas ocasiones arrastrada dentro del mayor museo del mundo, ese que conocemos como naturaleza y que, curiosamente, cada vez se le llama más “reserva”. Clement ensalza a todas esas especies de nombres exóticos, raros, originales, que campan felices por su jardín en movimiento a pesar de su mala reputación, y reivindica así esas malas hierbas que nunca mueren como el perejil del Cáucaso –una planta de porte arquitectónico, una umbelífera de mucha plasticidad capaz de adaptarse a cualquier lugar donde el suelo esté húmedo y sea profundo–, los gordolobos, el cocotero, la ambrosía, la adormidera (amapola blanca, opio), las onagras…

O el cardo borriquero, una de esas plantas “de destino oscilante” que atraviesan la historia en penumbra, planta de flores púrpuras que pasea su elegancia rústica por los taludes del mundo, planta hermosa que apreciar a distancia para evitar sus espinas (sus armas), planta muy viajera (la vemos en el Asia central o en la Europa calcárea) y además pariente de la alcachofa. “De las semillas de este cardo puede extraerse un aceite para las lámparas”; combustible ignorado al igual que todo aquel que no proceda directamente del petróleo. Se dice que de esta planta se tejía una seda de calidad. También destaca la chumbera –culturalmente tan integrada en el paisaje que “los viajeros románticos han hecho de ella un componente esencial de la naturaleza soleada y exuberante del Mediterráneo”– o el hinojo, que visto al borde de las carreteras parece una nebulosa de color verde tilo, planta de caminos sujeta a las trayectorias humanas, planta vagabunda, verdura y condimento con gran poder digestivo y diurético, una pequeña farmacia de viaje y buen fondo de cocina. En el lenguaje de la flora, hinojo significa “fuerza tranquila”, que fue, por cierto, el eslogan que utilizó François Mitterrand en su campaña de 1981.

La ‘mala hierba’ de Saint Nazaire

Mientras me dejo guiar por Agnes y descubro la impactante arquitectura de la reconstrucción, pienso que esas malas hierbas que no gozan del prestigio que merecen tienen mucho que ver con Saint Nazaire. Esta  fue una de las ciudades de Francia más castigadas por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En el siglo XIX, dada la capacidad de su puerto y de sus astilleros, vivió un desmesurado crecimiento demográfico y económico y fue considerada como la pequeña california bretona. De todo aquel esplendor quedó un pequeño barrio de fachadas coloridas al que se sigue llamando La Habana.

La Segunda Guerra Mundial destruyó el 85% y propició una regeneradora arquitectura en favor de la cual numerosos arquitectos mostraron una creatividad extraordinaria que sigue intacta. Hay hasta siete edificios catalogados como “architecture contemporáine remarcable”. La etiqueta fue creada en 2016 y se concede a edificios, conjuntos arquitectónicos, estructuras de ingeniería e instalaciones con menos de 100 años de antigüedad.  Arquitectura original, de notable tecnicidad, que da testimonio de la audacia y el rigor combinados con el uso del hormigón. Los edificios de nuestra ruta son tres obras determinantes:

Conjunto escultórico ‘El pie, el jersey y el sistema digestivo’.

Empezamos por la Soucoupe, ante la que uno se siente felizmente pequeño. Este Parque Deportivo se encargó a los arquitectos Roger Vissuzaine y René Rivière y al paisajista Albert Audias, que presentaron un primer proyecto en 1950 y en 1962 asombraron con una forma arquitectónica «revolucionaria», una construcción innovadora en forma de casquete esférico inclinado o nave espacial, en una superficie de 16.000 m². El uso del hormigón armado, un material sólido y ligero a la vez, permitió obtener un gran volumen abierto sin la limitación de muros de carga o pilares.

Nuestra siguiente parada es la iglesia de Sainte-Anne. En cuanto Agnes me hace aparcar la bici levanto la vista para hallar una obra colosal y deslumbrante. Mi primer pensamiento es para mi admirado arquitecto esloveno Joze Plečnik y su Parish church of the Holy Spirit, que regaló a Viena en 1910, tras haber conocido a Otto Wagner. De forma muy geométrica y rectangular, con un tejado plano, esta iglesia de Sainte Anne dista mucho de las representaciones que se pueden tener de las iglesias francesas y de las que pueblan el imaginario habitual. El campanario de 39 metros de altura está separado del edificio principal y cubierto con una representación de una biblia abierta al cielo. A ambos lados de la entrada principal, los dos imponentes cilindros están decorados por dos mosaicos que representan el trabajo de los obreros de los astilleros de Saint Nazaire. Esta obra de arte lleva el diseño del cartelista de la época, Paul Colin, y producida, cómo no, en los talleres de Jean Barillet (el gran cristalero francés de la época dorada del art déco). En el interior, las modernas decoraciones son obra de distintos artistas de mediados del siglo XX: El altar es un monolito de Maxime Adam-Tessier, decorado con representaciones abstractas de la resurrección, el Cristo de metal azul fue realizado por Albert Schilling, el tabernáculo es una obra del bisnieto de Victor Hugo, François-Victor Hugo, orfebre reconocido por su trabajo con Picasso, y las vidrieras fueron diseñadas por el artista Serge Rezvani y luego realizadas por los talleres de Jean Barillet.

Para acabar vamos al mercado, Les Halles, donde el arquitecto Claude Dommée llevó a cabo en 1948 una nueva demostración de las posibilidades del hormigón armado. No limitó este material a postes, vigas o suelos, sino que hizo de él un interesante ejemplo de su uso plástico. Así cubrió 4.000 metros cuadrados con un solo tramo de escaleras y sin soportes intermedios, de ahí que el interior revele esa bóveda singular e ingeniosamente diseñada.

No podemos despedirnos de Saint Nazaire sin visitar su playa, la que ha devuelto a la ciudad su etiqueta de balneario. En ese vértice en el que se juntan la playa y el puerto destaca la gigantesca obra de arte de Daniel Dewar y Grégory Gicquel El pie, el jersey y el sistema digestivo. Igual que por las malas hierbas, como viajero también siento especial apego por los lugares olvidados, por eso que algunos llaman los lugares que no salen en los mapas, o que no están destinados a salir en las fotografías de los catálogos de las agencias de tour operadores. Saint Nazaire es uno de ellos. No hay ningún edificio marca, no hay ninguna especialidad gastronómica determinante, no hay un monumento ante que el que pelear por hacerse el mejor selfie, no hay un hotel histórico, de hecho no hay ni centro histórico… Por todo ello volveré en cuanto pueda.


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