Sesenta años sin Marilyn, el más famoso juguete roto de la historia

Sesenta años sin Marilyn, el más famoso juguete roto de la historia

La actriz Marilyn Monroe en una imagen promocional de ‘Niágara’, en 1953. Foto: Eugene Kornman CC.

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El más famoso juguete roto de la historia, Marilyn Monroe, puede ser que solo anhelara ser madre para dar amor en el sentido más puro, y actriz para saciar su sueño de niña, viviendo las vidas que una infancia y adolescencia en familias de acogida y orfanatos le habían robado. Pero sus proyectos chocaron con su propio pasado y las taras de una industria donde las mujeres eran dominadas y explotadas por hombres. Eso impulsó a Norma Jeane Baker, que así fue bautizada, a crear un personaje que no se le parecía. Este viernes se cumplen 60 años de su muerte a los 36 años. En 2022, dos películas la recuerdan: un documental de Emma Cooper y una película protagonizada por Ana de Armas.

Norma Jean Baker murió de una sobredosis de barbitúricos en su casa de Los Ángeles el 4 de agosto de 1962. Un agente encontró su cuerpo en la cama y descubrió frascos vacíos de antidepresivos esparcidos por la habitación. Las circunstancias de la muerte de la estrella más famosa de la historia del cine y, por tanto, de la que más estupideces se han escrito, siguen sin haberse aclarado 60 años después. Bien murió accidentalmente con una mezcla fatal de somníferos y alcohol al sentirse otra vez abandonada –en este caso por los hermanos Robert y John Fitzgerald Kennedy–, bien se suicidó por el mismo motivo. Las llamadas de urgencia que hizo esa noche a su gran amigo, Ralph Roberts, sugieren lo primero. Que el FBI se preocupara al día siguiente de su muerte de eliminar los registros telefónicos salientes de su casa esa noche indica que alguien muy cínico y poderoso estaba velando por su reputación.

La versión del asesinato de esta mujer dulce y, a los ojos del tópico machista, ambiciosa, solo es una suposición; en estas seis décadas no hay ninguna evidencia, ni siquiera indicio, que lo sustente. Pensar en una conspiración urdida por los Kennedy sería propio de la tendencia paranoide de la propia actriz, según diagnosis de su último psiquiatra, el doctor Greenson. Desde su separación de su tercer y último marido, el dramaturgo Arthur Miller, Marilyn Monroe estaba en lo más bajo, mezclando alcohol y somníferos, un cóctel fatal, práctica habitual entonces y de riesgos menos conocido que hoy. Hubo tesis más rocambolescas sobre su muerte, como que fue asesinada por grupos de extrema derecha ligados a la mafia para dañar la reputación de los Kennedy. La realidad, como afirma Norman Mailer en la biografía que publicó en 1973, todo lo que uno se enreda en suposiciones lo resta a glosar la gloria de la estrella que durante diez años tuvo Estados Unidos a sus pies.

Cuando murió, Norma Jeane ya había logrado llegar a la cima de la fama mundial. Probablemente querría seguir viviendo para sumar nuevos logros en su carrera como actriz, pero quizás tampoco le satisfacía lo suficiente la idea de seguir luchando en lo más alto pensando que a sus 36 años lo había experimentado ya casi todo de la vida y los hombres. Además, en 1962 los techos de cristal de las mujeres eran de hormigón. Por eso, cada vez que tenía que imponerse, ella usaba su natural dote para el posado y concertaba fotos con una revista importante. Marilyn emergía en una nueva sesión hábilmente planeada y todo lo demás, incluidos mitos de aquellos años como Elizabeth Taylor, quedaba en sombra.

Manda el sexo

En el documental de Netflix El misterio de Marilyn Monroe: las cintas inéditas, dirigido por Emma Cooper, estrenado este año, lo más son las hermosas imágenes de la hermosísima actriz. Uno que, como tantos, ya la ha mirado bastante, vuelve a verla en imágenes, fijas y en movimiento, y no puede evitar asombrarse otra vez con su arrolladora fotogenia. Era una grandísima actriz, por supuesto, pero lo que la hizo insuperable es esa fotogenia que trasciende lo meramente físico. En absoluto se trata de una fotogenia casual, la de Norma Jeane fue el fruto de años de tenacidad profesional, empeño y estudio, desde que la joven, ya casada desde los 16 años con su primer marido, James Dougherty, ingresó en el mundo de la moda a los 19 años. Norma Jeane era una virtuosa del maquillaje. Años después se estilizó mediante cirugía estética la punta de la nariz. Los gestos de la boca, los movimientos de cabeza, ese pelo rubio de corte insuperable –color herencia de la actriz Jean Harlow–, sus miradas ingenuas, provocativas, su impúdica voluptuosidad. La combinación no ha tenido igual y a eso se le sumaba su determinación como actriz. Cuenta Mailer que una vez, al principio de su carrera, la starlette con quien compartía piso le preguntó por lo que haría si la mitad de los expertos de Hollywood dijera que no tiene talento. “Si lo dijera el ciento por cien, el cien por cien íntegro estaría equivocado”, replicó.

Nacida en la ciudad de Los Ángeles en 1926, bautizada como Norma Jeane Baker, de padre desconocido, hija de una trabajadora del departamento de montaje de la industria del cine (cortadora de negativos en el estudio RKO), Gladys Pearl Baker, Marilyn vivió en un mundo, especialmente en Hollywood, donde las mujeres eran dominadas y explotadas por hombres. Como explica en el documental de Cooper un importante representante de actores de la época, aún vivo, “hoy lo que manda en Hollywood es el dinero, en aquella época era el sexo”. Ella fue consciente, aunque para ella el sexo estaba lejos de tener esa importancia que le daban los hombres. Los abusos sexuales antes de la mayoría de edad referidos por ella misma en entrevistas no están acreditados. En una década –los años 50 del siglo pasado– en que el puritanismo en las relaciones sexuales se hacía a un lado para dar paso al disfrute, Norma Jeane usó su poderoso sex appeal como herramienta para lograr lo que ambicionaba.

Así, la “joven natural y muy atractiva, aunque algo tímida y vergonzosa”, como la describe el director John Huston –con quien trabajó dos veces, en La jungla del asfalto (1950) y Vidas rebeldes (1961)–, tuvo a los 23 años como primera relación de relumbrón en Hollywood a uno de los representantes más influyentes, Johnny Hyde, 30 años mayor que ella, gravemente enfermo del corazón, que había quedado cautivado viéndola contonear las caderas delante de Groucho Marx en Amor en conserva (1949). A propósito de esa escena, alguien dijo que, al caminar, el culo de Marilyn te sonreía. En esas fechas, ella ya estaba separada de su primer marido, con quien estuvo desde los 16 a los 20 años, y era conocida por su promiscuidad. Incluso había sido asaltada en su apartamento por desconocidos en, al menos, dos ocasiones.

Esas canciones, como la de Cole Porter My Heart Belongs To Daddy, que canta en El multimillonario (George Cukor, 1960), reflejan más que la anécdota de una letra que hoy sería objeto de escarnio en Twitter. Expresaba la manera en que se había conducido por una industria cuyos directores de casting trataban a las miles de aspirantes a estrellas de cine como objetos sexuales. Era parte de la llamada “época dorada” de Hollywood. Y Marilyn fue escalando, tropezando, resbalándose y volviéndose a levantar dejando en el camino a muchos colaboradores, sus muertos, con crueldad en ocasiones, sin mirar atrás, empoderada por la tenacidad en su destino.

Su protector Hyde murió de un infarto 18 meses después de empezar la relación con Marilyn Monroe y eso dejó a Norma Jeane otra vez sola, aunque ya con muchas puertas de Hollywood abiertas. Sus dos matrimonios siguientes fueron sendos fracasos; el segundo, siendo la actriz ya mundialmente famosa, con la leyenda del béisbol Joe DiMaggio, el más leal. El tercero, con uno de los dramaturgos mejor considerados de Estados Unidos, Arthur Miller, con el que probablemente esperaba su consagración como una actriz de hondos registros, pero bajo cuya influencia se precipitó, decepcionada, por el tobogán del fin de sus días por sus crecientes depresiones y adicciones a los sedantes y las pastillas para dormir.

Dos celebridades tan diferentes no fueron capaces de estar a la altura de una mujer que, cuando profundizó en el arte de la interpretación con Lee Strasberg en la mejor escuela del mundo, el Actor’s Studio de New York, era capaz de reproducir todas las emociones menos la ira. Lo recordaba el propio Strasberg en el libro de Mailer. Cuando en una escena Marilyn debía enojarse, lo que le salía era dolor. DiMaggio sentía unos celos indomables al ver a su esposa mostrarse impúdica dentro y fuera de la pantalla. Le pasó estando presente en el rodaje de la famosa escena del traje levantándose por las ráfagas de aire del metro y dejando ver sus bragas en La tentación vive arriba (Billy Wilder, 1955), ante una multitud enfervorizada. Y Miller la llegó a llamar “insoportable zorra” por escrito al poco de casarse, mientras la actriz rodaba El príncipe y la corista (Laurence Olivier, 1957) en Londres. Por ese calificativo, el tercer –y a la postre último– matrimonio de Marilyn quedó herido de muerte. Ella fue especialmente cruel con Miller, a quien además mantenía con sus ingresos. Lo despreciaba por inútil, mientras le montó los cuernos a los ojos de todos con Ives Montand. A pesar de eso, en las fotos de los dos antes de que la relación se derrumbara es donde Marilyn luce más feliz que nunca.

Montand, como antes Hyde, fue trofeo de caza mayor. Frank Sinatra otro. Cuando fracasó en la empresa de dejar de ser la más deseada –y envidiada– de las actrices para empezar a ser considerada y respetada por sus trabajos interpretativos, con la película Vidas rebeldes, escrita por Arthur Miller, coprotagonizada por Clark Gable y Montgomery Cliff, cuando todo eso se vino abajo, acabó en el peor lugar: en la boca de los lobos Bob y Jack Kennedy, dos políticos de la aristocracia estadounidense con fama de depredadores sexuales. Lo cuenta en detalle el documental de Emma Cooper. No sabemos más de las relaciones de Marilyn con ellos porque toda esa documentación la hicieron desaparecer los servicios de inteligencia norteamericanos con su muerte. Joe DiMaggio, que le había insistido hasta la saciedad que abandonara el cine, fue quien organizó su entierro en el cementerio Westwood, en Los Ángeles (California), una ceremonia íntima donde prohibió la presencia de celebridades de Hollywood y los Kennedy. Las fotos de su rostro reflejan su completa desolación. Pueden verse en Internet. Enterró a Marilyn con un ramo de rosas y durante 20 años ordenó que se enviaran tres ramos iguales cada semana a su tumba.

“¡No soy una huérfana!”

A Norma Jeane ya la había abandonado su padre antes de nacer. Y le arrebataron la infancia. A su madre la internaron en un psiquiátrico y nunca conoció a su padre. Quería conocerlo a toda costa. Cuando a los 25 años le dieron una pista fiable sobre su paradero y lo llamó (era un hombre apuesto y viril con parecido a Clark Gable, de profesión lechero en el momento de la llamada), este no se puso al teléfono. Su mujer le dio el recado: “Dice el señor Mortensen que te pongas en contacto con su abogado de Los Ángeles. ¿Tienes para apuntar?”. Una vez, jugando en una fiesta, dijo que lo que más deseaba era poder conocer a su padre para acostarse con él sin que lo supiera y preguntarle después qué se siente por haber hecho el amor con su propia hija. A ella la fueron trasladando por múltiples familias de acogida y orfanatos, pero siempre negaba la mayor. “¡No soy una huérfana!”, gritaba.

Su infancia la hizo quebradiza. Pero en ella también descubrió el cine en sesiones vespertinas, cualquiera que fuera la película, mala o buena. Se enamoró de la pantalla de plata. Marilyn bailaba como actuaba, con menos técnica que verdad, cantaba con poco timbre, pero voz penetrante, nasal, hacía reír, seducía con solo mirar. Su fulgor sobrepasó todas las barreras que se le levantaron. Alguien muy cercano dice en el documental de Emma Cooper: “Si tuviera que elegir entre ser actriz y madre, hubiera elegido madre, sin duda”. Hubiera elegido amor. Así es como lo presenta el documental. Como cantó en el rol de Sugar Kane de Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959), “quiero ser amada por ti, por nadie más que por ti”. Fueron los sucesivos fracasos lo que no resistió.

Alguien escribió: “No sé en la suya, pero en mi burbuja algorítmica y personal tengo superávit de mujeres con la ambición hecha pedazos. Profesionales que renuncian a pomposos ascensos, porque han entendido que nadie quiere ser jefa de un sistema si solo sirve para marchitarlas en su silla. Adultas llorando bajito en el baño del trabajo, incapaces de seguir el ritmo y al borde del colapso”. Después de años adicta a los somníferos y los sedantes, tras muchos abortos (entre 10 y 15) e innumerables intentos de suicidio, Norma Jeane colapsó.

Por cierto, las desavenencias con Billy Wilder en el rodaje de Con faldas y a lo loco fueron las más divertidas. Una vez le dijeron a Wilder que debía ser más indulgente con Marilyn, pues ella era “la sal de la tierra”. “Pues que sepa que la sal de la tierra acaba de mandar a freír espárragos a mi ayudante de dirección”, replicó el director. Su compañero de elenco en el filme, Tony Curtis, la besó después de tener que repetir decenas de tomas y afirmó que era “como besar a Hitler”. En otra escena, Curtis tuvo que repetir tantas veces una toma en la que tenía que comer pollo, más de 50, que no volvió a comer pollo hasta un mes más tarde.

‘Blonde’

El próximo 23 de septiembre se estrenará en Netflix la película Blonde, dirigida por Andrew Dominik. Blonde, ha dicho Dominik, es la película que lleva persiguiendo más de diez años. No son tantos. Mezclando elementos reales y de ficción, está basada en la novela homónima de Joyce Carol Oates nominada al premio Pulitzer y a mejor libro del año en Estados Unidos en 2000.

En su libro, Oates describe cómo Norma Jeane perdió su identidad para convertirse en Marilyn. Eso hace la película a priori interesante. ¿Quién, cómo, por qué, era la mujer que se ocultó tanto tras las múltiples máscaras que perdió el aire en el escondrijo? Luchó por salir, quiso imponer su dignidad, pero su fragilidad psicológica y la falta de información sobre las consecuencias de las adicciones y las abstinencias cíclicas la fueron arrastrando como en un tornado hasta el fatal desenlace. En la biografía de Norman Mailer se lee: “Su enfermedad es la consecuencia de la llegada de todas aquellas enfermedades que ha descuidado en el pasado, de todo ese congreso sexual con hombres que no ha amado, y de todas las inconclusas horas con los hombres que ha amado, de todas las mentiras que ha dicho, todas las mentiras que se han dicho de ella, todas las humillaciones sin vengar que duermen como escorpiones desnutridos en la carne inquieta. ¡Peor! Toda la inconclusa demencia familiar, más sus propios nervios destrozados. Más la necesidad de descansar en alguna identidad final. (Hasta en su última entrevista para Life reconoció: “Mi trabajo es el único terreno sobre el que he podido pisar con firmeza… Para decirlo lisa y llanamente, parezco tener toda una superestructura sin base”).

Ana de Armas

La cubana Ana de Armas será Marilyn en Blonde. A España llegó a los 18 años y aquí se dio a conocer de colegiala en la serie de televisión El internado (2007-2010). La carrera es fulgurante. La hemos visto en Blade Runner 2049 (2017), La Red Avispa (2019), Sin tiempo para morir (2021) y Aguas profundas (2022). El de Marilyn es, sin duda, el papel más exigente de su carrera. En su cuenta de Instagram ha dicho que el director Dominik “quería que el mundo experimentara lo que realmente se sentía al ser no solo Marilyn, sino también Norma Jeane. Me pareció que esa era la versión más atrevida, luchadora y feminista de su historia que jamás había visto”. Producida por Plan B Entertainment, productora de Brad Pitt, es su gran apuesta para los próximos Óscar. Por lo pronto, ya ha logrado una primera distinción: es la primera película de Netflix que recibe la calificación NC-17 en Estados Unidos. Además de Ana de Armas, el reparto incluye a Bobby Cannavale, Adrien Brody, Julianne Nicholson, Xavier Samuel y Evan Williams.

Marilyn murió sola en la cama de su apartamento de Los Ángeles hace 60 años, pero la belleza de su alma sigue viva en la mente de millones. Recordémosla con el panegírico que leyó en su funeral Lee Strasberg: “Otros eran físicamente tan hermosos como ella, pero obviamente en ella había algo más, algo que la gente vio y reconoció en sus actuaciones y con lo cual se identificó. Tenía una cualidad luminosa, una combinación de ansiedad, esplendor y ternura que la marginaba, y sin embargo la gente quería ser parte de ella, para compartir la infantil ingenuidad de que era al mismo tiempo tan retraída y no obstante tan vibrante”.


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Comentarios

  • Gema Rivero

    Por Gema Rivero, el 01 agosto 2022

    Encantada de seguir en contacto con tu gran trabajo.

  • Danny Faux

    Por Danny Faux, el 07 agosto 2022

    Si. Quiero leer más artículos de este periodista.

    • Luis Roca Arencibia

      Por Luis Roca Arencibia, el 07 agosto 2022

      En la página de El Asombrario accedes a todos los artículos de cine publicados en la revista. Si quieres otros artículos de cine, sigue este blog, publico artículos que han salido en el periódico La Provincia. Si quieres leer artículos de viaje, busca en su página de El Viajero de El País. Muchas gracias por el comentario.

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