“Sigo creyendo, bastante ingenuamente, en la importancia de la cultura”

“Sigo creyendo, bastante ingenuamente, en la importancia de la cultura”

El escritor Miguel Ángel Muñoz.

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Aposento es la nueva novela del almeriense Miguel Ángel Muñoz (1970), una reivindicación literaria y espiritual de la escritora Mercedes Soriano (1953-2002) –colaboradora de ‘El País’ y autora de ‘Historia de No’, ‘¿Quién conoce a Otto Weininger?’, ‘Una prudente distancia’ y ‘Contra vosotros’– en la localidad en la que decidió desaparecer del mundo y de la literatura: Presillas Bajas (Almería). Pero ‘Aposento’ es mucho más que eso; estamos ante un libro mutante, a caballo entre el diario íntimo y la literatura epistolar, el apunte biográfico de figuras universales como Fernando Pessoa o Peter Handke, las cartas a la memoria de Soriano o la búsqueda interior del protagonista –un alter ego del propio Muñoz– en su relación con la vida y la escritura, donde todo converge en una novela de posibilidades infinitas. Hablamos con él.

Puedes seguir al autor, Miguel Garrido de Vega, en Twitter, aquí.

Miguel Ángel Muñoz es un escritor de raza: en su trayectoria frente al papel destacan libros de relatos –El síndrome Chéjov (2006), Quédate donde estás (2009) y Entre malvados (2016), todos ellos publicados en Páginas de Espuma–, novelas –El corazón de los caballos (Alcalá, 2009) y La canción de Brenda Lee (Menoscuarto, 2012)– e incluso un volumen de entrevistas a otros/as autores/as –La familia del aire (Páginas de Espuma, 2011). Con ocasión de la reciente publicación de Aposento por la editorial La Navaja Suiza, El Asombrario ha charlado con este autor poliédrico a propósito de la memoria, el paso del tiempo, el peso del paisaje, la escena editorial y, sobre todo, el papel –en la historia y en la vida– de quienes escriben.

En ‘Aposento’ logras algo realmente prodigioso: homenajear no solo la obra, sino también la vida de Mercedes Soriano –cuya figura habita tus páginas como eternas pregunta y respuesta– con un libro que, en realidad, no habla de ella. De forma muy acertada, eliges contar(te) tu vida, hablar de otros escritores, de la concepción de la literatura, de sus conexiones con el cine y la política, de encuentros reales, de expectativas y memoria. Y de Soriano, claro, siempre presente durante la lectura y cuya intimidad y detalles biográficos preservas con pulcritud. ¿Cómo se consigue articular un mecanismo tan complejo, y hacerlo tan bien?

En primer lugar, qué alegría que tengas esa percepción de la novela. Como bien dices, todo el libro tiene bastante de pirueta complicada, que corría los riesgos de no ser bien entendida, pero que era una evolución de mis novelas anteriores. Creo que la solución de muchos problemas que surgen durante la narración de un libro está en la estructura que se elige. Una estructura correcta puede conjurar algunos peligros que te surgen cuando comienzas a escribir sobre un tema como este, tan ambiguo y sutil. Aquí tenía el peligro de que la novela se cuenta en cuatro partes tan distintas entre sí, que por separado podrían no interesar al lector con igual fuerza, pero solo pedía algo de paciencia lectora, para que cuando el lector leyera la novela al completo le diera una sensación de unidad. A pesar de las fugas constantes que hay en el libro, creo que en realidad todos los temas planteados acaban por encontrar su sentido.

Hay un momento en la novela en que el personaje se dirige a Soriano y le dice que la novela parece que trata sobre ella, pero que en realidad trata sobre él. El personaje tiene la edad de Mercedes Soriano cuando ella murió, 49 años, una edad fantástica para recapitular, para replantearse el mundo, para alejarse de la literatura, por qué no, como hizo ella y como se está planteando hacer el personaje-escritor. Y de un modo casi socrático, el diálogo profundo y el hermanamiento que el personaje quiere establecer con la escritora muerta es un diálogo consigo mismo y una invocación de todas sus dudas y demonios. Cuando dialogas con una escritora olvidada como Soriano solo puedes hacerlo con sus libros, además de con todas las pistas que en ellos encuentras de su actitud vital, de su propia vida, y a la vez ese diálogo, para ser sincero, tiene que mostrar las cartas del personaje, sus pistas vitales.

El camino que establece la novela es una trabazón entre ambas experiencias, la de la escritora muerta y la del escritor vivo.

No voy a preguntarte acerca del porqué del olvido de Soriano por el sector editorial, el público lector e incluso la crítica; para responder a estas cuestiones –si es que necesitan respuesta– hay sobradas opciones en el libro. Pero sí me gustaría saber si, como en aquel poema de Kavafis, crees que también en la obra de un/a escritor/a es más importante la odisea que la llegada a Ítaca.

Es que no es posible la llegada a Ítaca, salvo en unos pocos casos excepcionales de entre todos los escritores que pelean por que sus obras sean leídas. La historia de Mercedes Soriano ejemplifica la debilidad de nuestra memoria cultural, pero también la propia fragilidad de la experiencia del escritor. El escritor y su obra no existen. Son seres fantásticos que aparecen en el centro de una circunstancia completamente azarosa, el sistema editorial, en el que aquellos que por el motivo que sean se ven beneficiados por él creen ser absolutos merecedores de esa atención, como es lógico, porque nos contamos la historia que queremos oír. Mercedes Soriano publicó en la Alfaguara de los noventa, muy poderosa, escribió en El País durante años, y, sin embargo, por distintas causas que se abordan en la novela, fue aislándose del mundo y el mundo la aisló, la expulsó de sí, como a tantísimos otros autores, que desaparecen de nuestra vista apenas nos despistamos y las modas son otras, las generaciones cambian, todo con tanta rapidez que es imposible establecer un mínimo canon. Además, cuando mueres necesitas que alguien continúe luchando por tus libros. No se le puede reprochar a nadie que, después de la lucha que muchos escritores mantienen en vida para publicar, también sus hijos continúen esa pelea, casi siempre infructuosa.

En estos días estoy leyendo una novela de Richard Yates, Cold Spring Harbor, maravillosa como todas las suyas. Un escritor norteamericano que tocó la gloria, pero murió también olvidado. Cuando Sam Mendes rodó Vía revolucionaria sus novelas se reeditaron, renació un cierto mito sobre su obra y vida. Eso fue hace diez años. RBA, que publicó muchas de sus novelas, saldó sus libros junto a muchos otros de Alice Munro, por ejemplo. Hoy, salvo Vía revolucionaria, sus novelas están de nuevo descatalogadas y Yates ha pasado otra vez a la oscuridad. En apenas cinco años. Así de frágil es el mundo de la literatura.

Por tanto, a los escritores nos queda el periplo, la aventura, el gozoso acto de escribir y enfrentarnos, otra vez, pero con más profundidad y conciencia, con ese fantasma que todos somos. En ese trayecto somos invencibles.

Ya que hablamos de escritura, me llama la atención la forma –indiscreta y maravillosa– en la que expones las vergüenzas, inseguridades, anhelos, justificaciones mentales y materiales que, como buitres –o, según se mire, palomas de la esperanza– en círculo, sobrevuelan a quienes hemos escogido echar a andar por este camino solitario. Además de felicitarte por tamaño ejercicio de honestidad, te pregunto: ¿cómo de fácil o de difícil ha resultado desnudarse frente a la página?

Cuando decidí escribirla, no podía entender que pareciera que Mercedes Soriano no había pasado por el mundo, que una mujer con una obra tan importante no fuera reivindicada con ahínco o que sus libros no estuvieran al alcance de nuevas generaciones de lectores. Conforme me adentraba en la escritura de la novela y el diálogo con ese interlocutor tan necesario –esa búsqueda del interlocutor de la que hablaba Martín Gaite– representado por Soriano avanzaba, deseaba que el secreto no se desvelara. Quería y no quería que alguien reparara ese olvido. No conté ni a los amigos íntimos ese proyecto, salvo en los últimos momentos.

La soledad era absoluta y benéfica. No te diré que escribía en trance, porque mi escritura es muy racional, pero sí que no me planteaba los problemas del pudor. Creo que hay una desnudez, como dices, pero es emocional, porque también hay cierta privacidad, tanto con respecto al escritor como con Soriano. Tuve claro lo que quería contar y lo que no. El personaje entra en conflicto con la obra de ella, pero también con su tiempo, con las personas a las que conoce y con los escritores a los que lee. Con su mundo, en definitiva. Quería que el lector asistiera a un diario que es una novela epistolar que tiene crítica literaria y un pequeño ensayo y narrativa. Que hubiera un poco de todo ello y que convivieran en armonía, como buenos hermanos de la habitación de la novela, donde todo cabe.

De todos mis libros, este es el que he escrito con una mayor tranquilidad y naturalidad, sin importarme nada si iba a ser publicado o no. Eso ha favorecido al libro, supongo.

Como no podía ser de otra forma, ‘Aposento’ deja una sensación agridulce –el sabor favorito de los/as que escribimos– con respecto a la vocación literaria; por un lado, la desacralizas, y, por otro, te congracias con ella hasta reconocer su inevitabilidad. Una pregunta a bocajarro sobre el potencial transformador de la literatura: ¿Verdad verdadera o quimera narcisista? ¿Hasta qué punto influye la ficción en el mundo objetivo? ¿Es atrevido afirmar su objetividad por encima incluso de este último?

Hay tantas opiniones como experiencias personales. La historia de la literatura nos regala montones de ejemplos distintos. Yo me reconozco en ese tipo de escritores que no pueden dejar de escribir porque viven esa vocación más allá de sus sinsabores y dificultades. Nadie nos obliga a seguir, salvo nosotros mismos.

De un modo puramente empírico, si la literatura no transformara el mundo habríamos prescindido de ella hace mucho tiempo. No existe ese mundo objetivo. Millones de personas viven en el planeta sin necesidad de leer y mucho menos de escribir, pero ese mundo no es objetivo, Por muy dominadora que sea de ella, es solo una parcela de la realidad. Para una minoría tal vez cada vez más bradburiana, la literatura aporta parte del sentido de sus vidas, la necesitan como alimento y creen aún en su importancia. Todos los libros, incluso los más banales, tienen su importancia, pueden cumplir una función, pero hay un tipo de literatura que busca hablarnos de lo sagrado como si lo sagrado existiera y pudiera estar en nuestra vida. Es un engaño, claro que sí, pero ese engaño justifica seguir confiando en la literatura.

En Aposento se menciona la historia de Bach. El músico más grande de la historia, el que creó por sí solo materia sagrada, fue olvidado por completo durante siglos. Fue Mendelssohn, en el XIX, el que lo recuperó para nosotros. Hoy eso nos parece inconcebible, pero así fue.

Y minúsculas historias como la reedición inesperada, por La Navaja Suiza, de Contra vosotros, de Mercedes Soriano, junto a Aposento, me obligan a ser personalmente optimista. Sus libros están otra vez entre nosotros, eso es importante, y cambian, aunque sea de un modo lateral y mínimo, el modo en que hoy tiene que ser leída la literatura de la nueva narrativa española.

La literatura es cambiante. Está llena de olvidos y de apariciones. Y ese sustrato fantástico la hace más flexible y perdurable que ese mundo que quiere ser objetivo y nunca lo es.

Pese a que puede afirmarse que el protagonista del libro eres tú mismo en tu faceta de escritor, de lector, de padre –de ser humano–, rehúyes el ahora denostado término de la ‘autoficción’. Y edificas una estructura que transita entre el diálogo, el formato epistolar, la reseña literaria, el diario íntimo, la biografía-homenaje e incluso el relato de viajes, todo en apenas 250 páginas y logrando la consistencia de una novela. Imagino que, en un mercado editorial de propuestas tan dispersas como marcadamente unívocas, escribir semejante obra ha supuesto toda una apuesta literaria­ –y personal.

No tengo ninguna duda del carácter novelístico del libro, si nos referimos al menos a la novela contemporánea, híbrida, llena de conflictos y absolutamente libre, como por otro lado siempre fue el género. Esa es su grandeza, que puede absorberlo todo y someterlo a sus normas, que no son fijas sino reglas mutantes. Me gusta la autoficción y me parece una estrategia no tan nueva. Pero la autoficción requiere que el autor-personaje sea transformado, novelizado, se transforme en materia de ficción, al menos para que sea autoficción genuina, si esto existe. Yo quería más bien escribir un libro personal, autobiográfico, que trabajara todos los géneros que tú has mencionado y que acabara en una pura novela, de un modo claramente narrativo, como cierre estable para un libro híbrido. Por otro lado, en la literatura española tenemos ejemplos como el de Unamuno, en un libro que me gusta mucho, Cómo se escribe una novela, que juega con los géneros mucho antes de que se pusiera de moda la autoficción.

Siempre he escrito mis libros con esa necesidad de apostar contra mí, para ver qué salía. Me gusta forzar los límites y cambiar de géneros y tonos. Me ha ocurrido siempre y me temo que ya no tengo remedio.

Prefiero no hablar del mercado editorial en general, pero sí te hablaré de La Navaja Suiza, que son valientes y a los que les atraen libros un poco suicidas, como el mío. Se fijan en el texto y en su propio criterio, como siempre han hecho los buenos editores. Yo no sabía de su amor por Perec cuando les envié la novela, por ejemplo, un escritor que me ha influido muchísimo.

El otro día un amigo me decía que le jodía que en muchas editoriales modernas hubiera espacio para autores desconocidos nepalíes, que nos venden como imprescindibles, y se rajaran con escritores españoles. En La Navaja piensan de otro modo, por fortuna.

Además de para (re)conocer a Soriano, ‘Aposento’ es una magnífica forma de rendir tributo a clásicos como Pessoa, Dickinson o Perec, y a contemporáneos de la talla de Quignard, Handke, Kenneth Goldsmith y Pablo D’Ors, entre otros muchos, pero también de subrayar tu pasión por el cine en las figuras de Bergman y otros directores más actuales, como Van Sant, Sorrentino, Iñárritu o el húngaro László Nemes –responsable de la oscarizada ‘El hijo de Saúl’–. La escritura es una disciplina mestiza y de sangre oscurísima: ¿Debe el escritor buscar la pureza literaria o abrazar el caos de fuentes e influencias? ¿Fortalece el carácter autorreferencial de una obra su conexión con la actualidad o le resta conexión con lo universal?

Buscar la pureza, en cualquier faceta de la vida, conlleva crear una estructura falsa, en la que la vida no se reconoce y que por tanto es un artificio, a veces maravilloso, pero que también puede ser infernal. No existe la pureza literaria, ni la pureza ideológica, ni la pureza racial o religiosa. Somos un conglomerado de influencias, de referencias, nuestras vidas suelen ser homenajes, con pequeñas variaciones, a vidas anteriores, aunque nos creamos únicos. La literatura lo tiene claro desde hace varias décadas. Es un planeta que orbita alrededor de una estrella de referencias culturales. No es que la literatura hable de eso: es que la literatura ya es eso.

Para mí resultaba importante que el libro se expusiera ante el lector como un manual práctico de cómo se va escribiendo una novela, frente al texto y tras él, y por tanto era imprescindible que se filtrara el peso de la cultura, como brújula que inspira al personaje y que, al cabo, también va orientando la novela. Me encantaba cuando descubría relaciones no forzadas entre libros o películas de las que escribía y la propia peripecia de Mercedes Soriano. Pero al mismo nivel está la experiencia vital, trenzando también ideas que aparecían en la vida cotidiana, como el suicidio de un vecino, por ejemplo, y también en los libros de Mercedes, con esa invocación constante de la desaparición más absoluta.

Por último, es interesante lo que afirmas sobre la conexión con lo universal. Todos los libros de la historia dialogan con su época. ¿Qué otra cosa hace El Quijote? Sin embargo, hay libros llenos de referencias que desaparecen rápidamente y otros que superan esas referencias y las hacen suyas, las transforman en universales. En mi caso, necesito verbalizar en mis libros la importancia que para mí sigue teniendo la cultura, porque sigo creyendo, bastante ingenuamente, en el proyecto ilustrado.

Hace ya algo más de cuatro años –tras aquella Feria del Libro de Madrid en la que me llevé un ejemplar dedicado de ‘Entre malvados’ (Páginas de Espuma, 2016)– que tuve la primera toma de contacto con tu obra; diez magníficos relatos centrados en un tema atemporal y, para este que escribe, siempre interesante: el mal. Algunas de tus obsesiones literarias de entonces permean hasta ‘Aposento’, si bien en este se aprecia un notable cambio de registro, una mayor amplitud introspectiva e incluso cierta reconciliación con el ser humano. Esta es fácil: ¿Cuento o novela? Esta quizás no tanto: ¿Qué se perdieron Borges, Carver, Chejov o Akutagawa, por ejemplo, al optar radicalmente por el relato?

La respuesta es fácil: cuento y novela. Siempre he alternado un género y otro. Les concedo a ambos la misma importancia. El hecho de publicar mis cuentos en Páginas de Espuma, la editorial más importante del género en Hispanoamérica, ha hecho que se me vea más como escritor de cuentos, lo que no me molesta, porque el relato es algo maravilloso. Cuando publiqué mi primera novela hubo quien consideró que se notaba que era escritor de cuentos, precisamente porque había en ella una hibridez y una mezcla de géneros que, con el tiempo, he demostrado que es mi forma de entender la novela. Hay un cierto empeño en compartimentar a los escritores y a los que no lo son. O eres buen cuentista o eres un buen novelista. Los cuentos de Aldecoa son insuperables, pero sus novelas, en un novelista sin cuentos, serían mucho más consideradas, porque son espléndidas.

Los autores que nombras no necesitaron buscar fuera del cuento, porque en él encontraron todo el equipaje que necesitaban para su aventura. Borges encontró una alternativa, espléndida, en la poesía. Chéjov inventó el cuento moderno, pero también el teatro contemporáneo, así que no solo fueron escritores de relatos.

Hay otro ejemplo interesante. Los cuentos de Cortázar son maravillosos; sus novelas, sin embargo, no son muy valoradas ahora. Quizás sean fallidas, pero ensayaba ese tipo de texto contemporáneo, híbrido, del que hablamos. Más allá de Rayuela, libros como La vuelta al día en ochenta mundos o Último round nos demuestran que todo está inventado.

En conexión con lo anterior, y como escritor que ha cultivado el cuento con devoción, ¿qué opinión te merece que muchos autores hoy encumbrados a la categoría de iconos de la literatura –entre ellos, los anteriores, pero también otros más actuales, como Lucía Berlin o Alice Munro– sean casi exclusivamente autores de relato y que, sin embargo, este género goce de tan poco reconocimiento social y comercial entre los lectores?

No lo sé, y es algo desesperante. Siempre pensamos que las cosas están cambiando y siempre percibimos que las cosas no han cambiado. Los autores de mi generación han escrito cuento con pasión, sin reticencias, y, si te soy sincero, eso ha influido mucho en su recepción como escritores. Muchos han dejado de publicar libros de relatos. Los/as autores/as más jóvenes lo tienen claro: no dan el salto del cuento a la novela, saltan directamente desde la novela. A las editoriales y a los suplementos eso les encanta: las cosas vuelven a ser como tienen que ser.

Aunque esto no quiere decir que no se siga escribiendo cuento, ni mucho menos, y quiero pensar que, poco a poco, los lectores de libros de relatos aumentan.

La cubierta de tu libro forma un precioso conjunto pictórico con la de ‘Contra vosotros’, obra que Mercedes Soriano publicó en 1991 y que hoy La Navaja Suiza recupera de forma complementaria. Este detalle no es casual, habida cuenta del papel fundamental que el paisaje –en este caso, el del Cabo de Gata– ejerce en tu obra y en la vida de la propia Soriano. ¿Cabe en todo territorio la posibilidad del encuentro o hay lugares que siempre estarán consagrados a la hostilidad?

Esto que comentas es muy interesante, porque uno de los temas centrales del libro es la conexión con el paisaje, el aposento al que estamos unidos. El paisaje almeriense, y especialmente el del Cabo de Gata, tiene el poder de lo esencial, de lo místico, porque en él no hay distracciones: el sol lo abrasa y lo alimenta. Hay rincones en los que pensarías haber vuelto a etapas primitivas de la humanidad, donde se refugiaría el San Antonio de Flaubert para sus aventuras místicas. Ese paisaje puede ser inhóspito, pese a estar junto al mar, y hacerte pensar que no eres bienvenido, pero es solo porque tienes que mirarlo con calma, desde una posición de entendimiento contigo mismo. En un bosque la belleza es fácil de encontrar, todo está predispuesto a la armonía, y la persona es un invitado. La belleza del Cabo es difícil, pero si la percibes, no eres invitado, sino personaje, parte del lugar. Creo que así se eligió Mercedes Soriano, parte libre de ese paisaje.

Es probable que, aparte de la búsqueda interior –y exterior– de uno/a mismo/a, la columna vertebral del libro sea la interrogación constante en torno a la memoria: cómo recordamos y cómo somos recordados. ¿Es la memoria un bálsamo engañoso? ¿Cómo crees que le gustaría ser recordado al Miguel Ángel que camina por los párrafos de ‘Aposento’, no al que responde a esta entrevista?

Sí, el libro habla de la memoria, claro. Esa memoria de la que había sido borrada Mercedes Soriano, como otros escritores de su época, que hay que releer con nuevos ojos. Para un escritor, la memoria se suele identificar con tener un lugar en las librerías, estar presente, editado, que su obra no haya desaparecido y siga siendo leída, como ahora puede ocurrir con Contra vosotros.

El libro está dedicado a mis hijas. Cuando yo desaparezca, ¿qué harán ellas con lo que he escrito? ¿Qué significará para ellas? Algunos pasajes de su infancia han quedado atrapados en el libro, aunque modificados por la mirada ficticia, pero no sé sí con los años se reconocerán en esos fragmentos, ni si reconocerán a su padre en el personaje del libro o pensarán que no es su padre, sino un personaje totalmente inventado. Pensándolo bien, no sería un mal final para la historia.


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