¿Somos capaces de entender la inteligencia de una ardilla o una cerda?

Las protagonistas de la película ‘Okja’.

El famoso biólogo-etólogo Frans de Waal fallecía el 14 de marzo; nos dejaba muchas preguntas que no hemos sabido responder y muchas otras en el aire: ‘¿Somos suficientemente inteligentes para entender la inteligencia de los animales?’. A través del estudio del comportamiento de los animales, sobre todo de los simios, el autor de ‘La edad de la empatía’ nos interpeló y nos mostró un camino para conocernos a nosotros mismos. Preguntas que también nos plantea el ciclo ‘Cine y Ciencia’ que organiza el CNIO en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

‘¿Somos suficientemente inteligentes para entender la inteligencia de los animales?’, se preguntaba el primatólogo holandés Frans de Waal en un libro con el mismo título. “Parece muy injusto preguntar si una ardilla es capaz de contar hasta diez cuando no forma parte de la vida de una ardilla. En cambio, las ardillas son muy buenas a la hora de recuperar nueces escondidas, y algunas aves son absolutamente expertas”, escribió, y dimos cuenta de ello en esta misma sección. No se puede medir la inteligencia de los otros animales con los criterios de los humanos. Quizás un perro no se reconozca en un espejo porque básicamente su manera de ver el mundo es a través del olfato. Lamentablemente, hace unos días Frans de Waal nos dejó y algunas de las preguntas necesarias que hemos de hacernos como humanos quedarán sin plantear y, en consecuencia por responder. A través del estudio del comportamiento de los animales, sobre todo de los simios, el autor de La edad de la empatía, libro que causalmente andaba releyendo estos días, nos interpeló y nos mostró un camino para conocernos a nosotros mismos.

De Waal recogió el testigo de Darwin cuando dijo que somos más parecidos a los monos de lo que pensamos. Durante su vida se empeñó en bajarnos del pedestal en el que nos hemos colocado y, al mismo tiempo, en un proceso inverso, quiso ascender a nuestros primos evolutivos. “La mayor receptividad a nuestros paralelismos con los animales nos hace la vida más fácil a los biólogos, de ahí mi decisión de subir un escalón para ver si la biología puede arrojar alguna luz sobre la sociedad humana”. De hecho, en un momento dado de su formación, Frans de Waal sintió la necesidad de estudiar política y sociología para entender y ampliar el campo de la biología.

En esa reconsideración de los humanos en la escala evolutiva, Frans de Waal nos dice que, en contra de lo que nos hemos creído, nunca fuimos los reyes de la sabana, sino más bien carroñeros y cazadores de segunda. La seguridad es la primera razón de la vida social, sostenía; de ahí que se empeñara en desmontar un segundo mito, de origen rousseauniano, falso: que la sociedad humana es la creación voluntaria de unos hombres autónomos. “La ilusión aquí es que nuestros ancestros  no dependían unos de otros, que no tenían  compromisos, que su único problema era que, al ser tan competitivos, el coste de la rivalidad se hizo demasiado oneroso. Como animales inteligentes que eran, decidieron renunciar a unas pocas libertades”. La realidad, más bien, sostiene Frans de Waal, es que dependemos unos de otros para la supervivencia, que lo que prima en la sociedad, como en la naturaleza por otro lado (ya lo demostró Lynn Margulis), es la interdependencia, no la competitividad.

Como digo, Frans de Waal fue uno de los etólogos que nos enseñó a mirar de otra manera a los animales, a conocerlos. Durante buena parte del siglo XX, los científicos, imbuidos de antropocentrismo, especismo y un conductismo mal entendido, estudiaban a los animales como si fuera máquinas que no sienten ni padecen, en la estela del pensamiento cartesiano. Pienso, luego existo, es la máxima simplificada del filósofo francés. Visto así, como los animales no piensan, (no piensan como nosotros, le corregiría años después de Waal), carecen de derechos. Esa idea equivocada y muy extendida, terriblemente injusta y miope, que solo se debe a nuestra ignorancia y soberbia como especie, permitió la proliferación de macrogranjas a lo largo de los siglos XX y XXI, con la ayuda inestimable de la ciencia.  Los animales dejaron de verse como seres sintientes y se convirtieron en productos manufacturados para el consumo. Dejaron de acompañarnos en nuestro devenir vital. Hasta que aparecieron investigadoras como Jane Goodall o el propio De Waal, entre otros.

Desde hace unos años, la etología no deja de sorprendernos con nuevos descubrimientos sobre el comportamiento de los animales. Frans de Waal nos enseñó que los chimpancés, los bonobos, los delfines o los elefantes también  tienen la capacidad de sentir empatía hacia sus congéneres, lo que contribuye a desmontar la idea  de que en la naturaleza prima solo una competencia sin límites por la supervivencia, aprovechada torticeramente por el neodarwinismo social. Sabemos ahora que las orcas tienen la menopausia para poder cuidar de sus nietas o que los cerdos tienen cierta capacidad simbólica (no dejen de leer Hay alguien en mi plato, en Plaza y Valdés, por Barbara J. King), que las hormigas asisten a su propio entierro y las ballenas cargan con sus fallecidos durante semanas (de nuevo les recomiendo otra lectura, La zarigüeya de Schrödinguer, Plaza y Valdés, por Susana Monsó).

Ciclo cine y ciencia con la cerda transgénica ‘Okja’

Y es que la ciencia no es neutra y la interpretación de la realidad física depende de los ojos que miren a través del tubo de ensayo. De ahí que me resulte muy oportuno el ciclo de Cine y Ciencia que se está proyectando en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (del 7 de marzo al 13 de junio), organizado por el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, dirigido por la prestigiosa bióloga molecular María Blasco, en el que he tenido la oportunidad de participar. Antes del debate, moderado por el filósofo Ramón del Barco, vimos la película Okja, del director surcoreano Bong Joon-ho.

Okja es una cerda transgénica que ha criado y cuidado una niña y su abuelo en las montañas de Corea, sin que la pequeña sepa el origen ni el destino del animal, con quien establece una complicidad, una manera de mirarse que no entienden los adultos, sin duda uno de los logros del filme. La manipulación de las grandes corporaciones, la publicidad de la industria cárnica, la falsa solución de los transgénicos para erradicar el hambre, los límites del activismo o de la propia ciencia son algunos de los temas que plantea esta película que no había visto durante su estreno, en 2017.

Aunque muy diferente, guarda relación con otra película, documental, que vi hace pocos años en las salas de cine, Gunda, de Víctor Kossakovsky, también protagonizada por una cerda.  Podríamos decir que Gunda es el contrapunto de Okja. Mientras que Kossakovsky apuesta por el minimalismo y la austeridad (en su película no aparecen los humanos), la de Bong Joon–ho es todo un espectáculo, con mucha acción, mezcla de géneros, trama trepidante, efectos especiales. Dos miradas complementarias que denuncian nuestro antropocentrismo y ponen en el foco la sintiencia de los otros animales.

¿Qué nos tendría que decir hoy Pedro el Rojo, el protagonista del famoso cuento de Kafka, Informe para una Academia, cuando se cumple un siglo de la muerte del escritor checo?

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