Tanquián, la cara positiva a la pesadilla rural de ‘As Bestas’

Tanquián, la cara positiva a la pesadilla rural de ‘As bestas’

El equipo de la granja Tanquián, con Emmely Föhring a la cabeza.

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‘As bestas’, la última –y muy recomendable– película de Rodrigo Sorogoyen, inspirada en la vida de Martin Verfondern, holandés de origen alemán que junto a su mujer se mudó a una remota aldea gallega para emprender su proyecto ecológico, vuelve a plantear el tema de la convivencia conflictiva entre dos formas opuestas de ver el rural: la de los forasteros ecologistas, que recomienzan su vida cargados de futuro, y la de los propios nativos, enraizados al lugar y cargados de pasado. Algo que ya se vislumbraba en la celebrada ‘O que arde’, que transcurre en la misma parte del mundo: la sierra de Os Ancares, en Lugo, bajo la misma penumbra ambiental y moral. Lo único que echo en falta en ese balance entre las luces y las sombras son los gozos rurales que explican el arraigo de los forasteros más allá de sus convicciones personales. Por eso, tras ver la película rescaté de mi lista de granjas ecológicas gallegas a Emmely Föhring, una alemana que en los años 90 se instaló también en una aldea lucense para cumplir su sueño: Tanquián.

Después de 30 años en los que, además de una bella granja escuela, levantó una familia numerosa en un marco incomparable –torre del siglo XVIII incluida–, este es su balance…

“Al principio de nuestra historia, 1993, Emmely Föhring y Paul Baker, se mudaron a esta tierra con la idea de crear un futuro en armonía con la naturaleza para las siguientes generaciones”. Así os presentáis en vuestra web… ¿Pero qué pasaba en Alemania hace 30 años para que tantos quisierais probar ese proyecto de vida en España, mientras aquí tantos españoles solían emigrar a Alemania?  

Yo hace 30 años que me instalé aquí, pero me fui de Alemania incluso antes. Fue como a finales de los 80. Habíamos crecido durante la Guerra Fría, con ese miedo de que en cualquier momento podíamos desaparecer del planeta, por la tensión que había entre Estados Unidos y los rusos. En Alemania también acababan de nacer los Verdes, que nos daban algo de esperanza (y que no tiene nada que ver con los que están ahora en el gobierno, porque entonces aún no eran partido, salían del movimiento verde). Nosotros no vimos espacio en esta sociedad para desarrollar las visiones que teníamos. Primero porque nadie tomaba en serio nuestras preocupaciones por el estado del planeta. Ahora todo el mundo está de acuerdo en que las cosas están muy mal, pero entonces eras más bien como un extremista, una hippy en favor de la naturaleza. Y segundo, en Alemania había falta de espacio, porque es un país muy poblado, y también muy controlado. En el campo todo está bajo control. Hablo de antes de la caída del muro, porque en el Este después sí había más espacio. Entonces, viajando, llegamos a España. Viajábamos con carros y tractores. España en ese momento era el sitio con más espacio en Europa y con menos restricciones. No como ahora. Todavía hay sitios donde hacen la vista gorda, pero donde alguien te quiera mal, las leyes españolas están casi peor que en Alemania ahora.

¿Cómo fue vuestra integración con la comunidad local y cómo evolucionó en estos 30 años?  

Parte de nuestro grupo se asentó en un lugar muy aislado de los montes de León, pero yo decidí que no quería vivir tan aislada. Yo quería vivir con la población rural española. Porque los viejos tienen mucho conocimiento, y me interesaba aprender aquello y continuar su trabajo, que no se perdiera. Y en general, la gente en mi zona es muy amable y la aceptación fue bien, poco a poco. Básicamente porque ellos vieron que nosotros desde el primer momento trabajábamos el campo. No éramos los típicos extranjeros que llegan como turistas. Empezábamos a currar, y además tengo tres hijos que nacieron aquí y fueron al colegio aquí, así que a través de ellos la integración funcionó bastante bien. También tuvimos diferencias, muy serias, con algunas personas. Fue la cosa más fea que me ha pasado en la vida. No me imaginaba que existiesen personas con tanto odio, pero no nos fuimos, lo hemos aguantado y ahora ya está. Ahora han vuelto mis dos hijas y mi hijo, después de viajar por todo el mundo, y están llevando la granja desde hace más de un año. Esto parece que impresiona muchísimo ahora que tantos jóvenes abandonan el campo. Las experiencias que tuvimos con algunos vecinos fueron tan malas que al pueblo le resulta sorprendente que los niños regresen y encima trabajen las tierras. Este hecho y las actividades que desarrollan, como retiros en la finca, documentales sobre la zona, participación en mercados ecológicos, etc., han llevado a una aceptación mejor de la comunidad rural y de las autoridades.

¿Cómo viviste las diferencias de criterio con la comunidad autóctona, por ejemplo alrededor de las energías renovables o la agricultura ecológica?  

Al llegar aquí, como nosotros hacíamos un trabajo muy manual, coincidimos totalmente con algunas de las personas que seguían sacando el heno con su carro y las vacas. Ahí colaborábamos. La mayoría de ellos ahora están muertos o ya no trabajan. Y luego, a veces venía gente y decía: «Échale esto. Échale medicina». Aquí le llaman «medicina» a los insecticidas, pesticidas… Y yo les digo: «¡No, yo no uso esto!». Y te dicen: «Ah, ya sé, ya sé que tú eres así»… Y a veces creo que se ríen de mí o les cuesta entender. Pero luego, por ejemplo, yo cultivo patatas sin medicinas, y después les digo: “Mira mis patatas, están certificadas ecológicas, las vendo a 1,40 el kilo”. Y dicen: “¡¿Qué?!». Porque ellos las venden a 30 o 40 céntimos. Y esto les convence.

En la granja producís y comercializáis fruta envasada, zumos y mermeladas de la marca Tuta fruta, ¿habéis diversificado?

La certificación incluye otras muchas cosas. También vendo mezclas de infusiones, plantas medicinales en maceta y fruta y verdura fresca. Lo vendo en mercados o al que venga a casa. Yo he estado un año y pico viajando por España y Portugal, ahora se han ocupado los jóvenes y el proyecto está dando un giro más educativo, ellos han hecho varios retiros, una es profe de yoga, la otra es una chef vegana, el tercero sabe terapia de teatro, y hacen como una mezcla de programación para un fin de semana. Esto ha funcionado muy bien. Ahora han conseguido unas ayudas de la UE para tres pequeños proyectos de permacultura, ejemplos para después enseñar otras maneras de vivir o cultivar. Y creo que a partir de ahora va a ir más en esa dirección educativa. Yo tengo ahora 56 años y estoy absolutamente harta de cavar. Quiero tener una pequeña huerta para mí y mi gente, pero para vender ya no. Y también siento que es hora de desarrollar talentos que dejé a un lado por culpa de la agricultura. Quiero hacer más arte y pasar mis experiencias en el campo a la generación siguiente.

¿Y tus hijos, te gustaría que echasen raíces aquí?   

Me gustaría que hicieran exactamente lo que les haga felices, aquí o en cualquier otro lugar.

Parece que se involucraron completamente en el proyecto de sus padres, que no es tan habitual ¿no? 

Esto le sorprende a todo el mundo, supongo que algo hemos hecho bien, ¿no?

Una vista de la granja Tanquián.

 

Sí, es para felicitaros. También ahora hay una corriente juvenil de impulso a la ecología.  

Sí, pero ellos lo han vivido toda su vida, para ellos esto no es novedad. En mi viaje estoy dando charlas sobre permacultura y cómo vivir en comunidad. Todo el mundo quiere vivir en comunidad. Miles de personas se están yendo del Norte al Sur de Europa y de las ciudades al campo. Creo que durante los años 80 y 90 teníamos una visión más clara sobre a dónde queríamos llegar… Mucha de la gente que lo hace ahora tiene muy poca visión, simplemente no aguanta más en la ciudad y piensa que el campo va a ser su salvación.

Entiendo. Vosotros teníais una convicción, y crees que ahora la gente lo hace porque no aguanta más, ¿no? 

La idea de que el campo es un lugar relajante es una ilusión. En el campo tienes que trabajar muchas más horas que en un empleo normal si quieres conseguir algo. No te lo crees, pero es así. La gran ventaja está en trabajar en algo que tiene sentido y que tú eliges hacer cada día porque así lo quieres. Entonces la motivación es otra.

Tal como lo describes, el campo puede parecer más estresante que tranquilo. ¿Por qué? 

Porque primero estás empezando con algo en lo que no tienes mucha idea. Para vivir en el campo o en comunidad lo que te tiene que gustar es el camino. No es que me voy allí y todo ya está bien. Es un proceso. Es cuando empieza el camino de hacer errores, y de esos errores vas poco a poco aprendiendo. Pero si vas con una actitud de orientación lineal hacia una meta, te vas a frustrar. Porque no te recompensa así, pocas veces las cosas salen bien. Las cosas van como van, y vas observando y aprendiendo, volviendo a tener una conexión con el mundo no humano. Pero para hacer esto te tiene que gustar este proceso, que funciona al ritmo de la naturaleza.

Es verdad que ese es otro mal de nuestro tiempo que le añade dificultad a las nuevas generaciones, acostumbrados a lo instantáneo. En vuestra generación quizá todavía conocíais el tiempo que lleva conseguir las cosas…  

Las plantas y los animales tienen su propio ritmo, y da igual que la humanidad vaya acelerada. Las semillas germinan cuando germinan y no porque tú tienes prisa van más rápido. Hay que aceptar este ritmo. Yo he trabajado con más de 800 voluntarios durante estos años. Hay voluntarios que vienen de la ciudad y nunca han hecho nada en el campo, pero llegan aquí y están totalmente en su salsa, y hay otros que después de dos semanas ya saben que no les gusta.

Tu experiencia acogiendo voluntarios también es muy interesante porque te da una perspectiva amplia de cómo es ese primer contacto ‘real’ con la naturaleza, la prueba de fuego, y de la vida dentro de una comunidad eco.   

Al principio hacíamos Wwoof, ahora funciona más Workaway. Acogemos a gente que ayuda en la granja y nosotros aportamos enseñanza, alojamiento y comida. Durante los últimos 10 años he construido ese tipo de comunidad ecológica con mis voluntarios, con estancias de muchas personas distintas durante el año, que van y vienen, y yo como anfitriona. Esto ha funcionado muy bien. Y ahora, durante mis viajes, lo que más se ve es que los jóvenes necesitan ayuda urgente para formar esas comunidades. Me lo pidieron y ahora hago charlas o sesiones de facilitadora de comunidades en el rural. Es lo que ahora mismo todo el mundo quiere. Al principio, hace 30 años, lo único que querían aprender era sobre cómo cultivar en ecológico, pero ahora lo que más me preguntan es si van a tener la experiencia de vivir en comunidad si vienen a nuestra granja.

¿Estás en contacto con alguna red de personas que como tú hayáis emprendido proyectos ecológicos similares?  

No es que seamos muchísimos, pero estamos muy bien conectados. Yo llevo un año y medio viajando por el norte de España y Portugal, visitando otras comunidades y proyectos como el mío. Y luego tenemos otro grupo de trabajo común más local, que se montó hace cuatro años. Se llama Toupas. Es muy local, en la Ribeira Sacra, y nos reunimos con un fin de apoyo mutuo y práctico cada mes, durante un día. Realizamos trabajos grandes como limpieza de terrenos, leña, construcción… La iniciativa tiene tanto éxito que ya hemos dividido el grupo dos veces. El trabajo físico crea lazos más fuertes que las fiestas.

¿Y hay alguna fiesta o tradición que te haya conquistado especialmente en España o Galicia?

Me gustan todos los ritos precristianos que aún se conservan, como el Carnaval, el Samhain, los magostos…

Para terminar. Tras tu experiencia, ¿cuáles son para ti las satisfacciones que pese a las dificultades recompensan este modo de vida ecológico? 

La generosidad de esa tierra, y una vez entrado profundamente en lo que significa la autosuficiencia, el sentimiento de independencia de la sociedad consumista. Cuando llegué a Galicia pensé que el vacío rural se iba a llenar enseguida con personas como yo. Ahora, 30 años después, empiezan a venir por fin. Todavía creo que es uno de los mejores lugares dentro de Europa para hacer crecer una cultura alternativa y ecológica, y me llena de alegría formar parte de este cambio.

*Durante la entrevista sale el nombre de Martin (Verfondern) y Emmely; me dice que no sabía que habían inspirado una película en él, pero que se alegra mucho de que alguien recogiese su historia, «porque eso es algo que casi solo es posible aquí»… «Ellos llegaron un poco más tarde que nosotros, pero su visión era parecida a la nuestra. Me acuerdo de que Martin pintaba cómics sobre el conflicto con sus vecinos para lidiar con la situación. Admiro el coraje de Marga, su mujer, que se quedó ahí sola, sabiendo que lo habían matado sus vecinos».

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Comentarios

  • Ingeborg María Rossel

    Por Ingeborg María Rossel, el 18 noviembre 2022

    Hola, vivo desde hace treinta años en un pueblo situado en Negueira de Muñiz y hay mucho que hacer para mantener el rural vivo, me interesa mucho lo que escribes sobre el tema y el compromiso que tienes,. Gracias

  • Maya

    Por Maya, el 19 noviembre 2022

    Muy buen artículo, gracias por sacar la historia e vivir en el rural gallego tal y como es Emmely!

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