El terror y el chamanismo abducen los cuentos familiares de Ana Llurba

El terror y el chamanismo abducen los cuentos familiares de Ana Llurba

La escritora Ana Llurba. Foto: Celina Bordino.

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En su primer libro de relatos, ‘Constelaciones familiares’ (Aristas Martínez, 2020), la escritora argentina Ana Llurba despliega un imaginario oscuro y vibrante, plagado de referencias a la ciencia ficción, las distopías, lo terrorífico o el chamanismo que la emparentan con otras grandes autoras latinoamericanas de lo extraño como Mariana Enríquez, Mónica Ojeda o Liliana Colanzi.

En Constelaciones familiares nos encontramos con una prostituta transexual que huye de unos buenos chicos a través de una especie de laguna Estigia por la que flotan voces de mujeres desaparecidas; dos amigas adolescentes góticas temerosas de que el pecado les haga crecer un murciélago en el vientre; un apocalipsis demasiado familiar narrado por una caja registradora, y otro narrado por un chico que mantiene atado con correa a su primer amor en plena descomposición; una niñera que utiliza su magia ancestral para dominar a las trillizas rubias que tiene a su cuidado; una carretera sinuosa sobre la que se abalanzan, suicidas, los perros; unas extrañas mujeres que danzan bajo la luz de la luna guiadas por una estrella del rock; una adolescente que ha descubierto un plan de invasión de unos alienígenas microbianos; una muchacha que, como una sirena putrefacta, emerge de las aguas que devastaron toda una población… Y mucho, mucho más.

Abrir las páginas que guardan las cubiertas de Constelaciones familiares (Aristas Martínez, 2020), detrás de esa fantástica ilustración –tan mística, tan sugerente, supersticiosa y empoderada– de Pablo Gallo, es como abrir un cofre del tesoro repleto de posibilidades, preñado de esos what if…? que suelen dar el pistoletazo de salida a algunas de las mejores historias del género. Las 13 narraciones que conforman el primer libro de cuentos de la escritora argentina afincada en Berlín Ana Llurba (Córdoba, Argentina, 1980) condensan una imaginación arrolladora, divertida y muy trabajada.

Su imaginario resulta muy original y personal, casi distintivo, pero a la vez el lector detectará sin problema las variadas lecturas e influencias que se esconden detrás: desde la mitología clásica hasta las historias de ciencia-ficción pulp, pasando por el rock, las series televisivas de suspense o post-apocalípticas, la magia indígena, los santos de la Iglesia católica… Y todo ello se despliega de forma natural y coherente, sin que ningún ingrediente resulte forzado o prescindible, sino atrevido e irreverente en todo caso.

Hablamos con ella para adentrarnos en su peculiar mundo.

¿Qué es para ti el horror?

El horror es una herramienta, como una linterna o un bastón para explorar cosas, como el miedo y la incertidumbre. No es un medio en sí mismo. Algo que al igual que la parodia, la sátira, elementos de la scifi, el humor, recurro a ellas pensando en qué necesita la historia que quiero contar, no pensando en escribir desde un tema o un género en sí mismo. 

¿Cuáles son los temas, personajes o escenarios que unen -a modo de constelaciones- todos estos cuentos?

Creo que están los temas que me flipan como lectora: la adolescencia, el absurdo, lo sobrenatural, la mística católica y pagana, el amor, la muerte, etc… Cada cuento nació en un contexto, una casa y una vida diferentes. Cada cuento es un mundo propio, un planeta, una estrella, así que creo que la idea de constelación me cuadró por eso, y no porque el cuento homónimo sea el más representativo de todos.

¿Cuál es el origen de las narraciones de ‘Constelaciones familiares’? ¿Has reunido cuentos antiguos, los escribiste ad hoc para este libro…?

Son cuentos que empecé a escribir porque sí, mientras escribía poesía, y después mientras escribía mi primera novela (La puerta del cielo, publicada en Aristas Martínez en 2018). Algunos vinieron solos, a manera de catarsis de las cosas que no me gustaban de mi vida como Una sonrisa (una metáfora de cuánto odio trabajar en una oficina) y las que me dan vergüenza como Ellis Rocket (un homenaje a mi despertar sexual y mis poluciones nocturnas adolescente con Axl Rose), que son los más antiguos. Los más nuevos –como Lo más parecido a la felicidad, Orilleras o Las vírgenes negras– me los pidieron para antologías. Algunos al final no se publicaron. Hasta que un día releí el conjunto, edité (varios cuentos quedaron fuera) y me di cuenta de que ahí había un libro. Pero a diferencia de la novela, no escribí ninguno de estos cuentos pensando en el conjunto orgánico de un libro…

A la hora de crear, ¿cuáles dirías que son tus referentes? No solo literarios; también en el cine, el arte, la música… ¿De dónde proceden las influencias de tu imaginario tan particular?

Yo soy como una esponja ecléctica. Alguien me criticó que usara palabras en inglés, en alemán, en guaraní… Pero la verdad es que yo soy medio eso, una mezcla de muchas cosas, en mi historia familiar-personal, como descendiente de inmigrantes, y en mi vida profesional-personal, como alguien que se ha reinventado, vivido en tres países (y vendrán más). Las influencias van y vienen con todas estas diferentes reencarnaciones. (Risas). Escucho mucha música (ahora estoy in love con el folk chicano), leo bastante (ahora estoy con la telepatía nacional de Roque Larraquy), veo cine y ahora que vivo en Berlín también voy a muchas expos. Me fascina el humor negro en general y las autoras y artistas donde esto converge con imaginarios cercanos al terror, la scifi y lo sobrenatural. Como en las pelis de Yorghos Lanthimos. Su peli Canino inspiró mucho mi primera novela. O en los poemas de la poeta uruguaya Marosa di Giorgio (un poema suyo sobre la virgen fue el disparador para el cuento Nazaret) y el estribillo “soy una caja registradora / soy una caja registradora” de la canción Disfraz de tigre de Hidrogennesse para el cuento Lo más parecido a la felicidad.

Hace poco colaboré con el artista Paco Chanivet, que mezcla horror cósmico con humor cósmico y me divertí mucho. Mi nueva novela está yendo por ahí, por una sátira del mundo del arte contemporáneo y algunas discusiones bizantinas en torno al feminismo, que es un poco lo que más he experimentado en estos casi tres años en Berlín. Y me estoy divirtiendo mucho, a pesar de este año de tanta ansiedad e incertidumbre. Yo no vivo las influencias como angustia sino como un éxtasis constante. Supongo que es porque todavía soy una principiante, y me gustaría seguir siendo así, una Absolute Begginer hasta que me muera, como la canción de Bowie….

¿Te sientes identificada con la literatura de género? ¿Consideras que formas parte de ese ‘nicho’, o quizás que se están diluyendo las fronteras entre los géneros?

Creo que es una diferencia en la construcción del canon literario entre España y Argentina, donde autores como el Borges de Ficciones o Historia universal de la infamia o el Cortázar de los cuentos fantásticos están en el centro del canon. Allí no hay una distinción tan rígida de los géneros. A mí me interesa la ficción y el realismo psicológico, puro y duro, casi nunca me alcanza para los asuntos que quiero explorar. Y eso no me convierte necesariamente en una escritora de un género u otro.

Muchos de tus relatos están impregnados de superstición, rituales, misticismo… ¿Cuál es más interesante o fructífero para ti: el pagano o el cristiano católico?

Los dos, pero flipo con que al imaginario católico lo tengamos tan incrustado, y que cuando uno mueve el eje (como en mi novelita, con una secta cristiano ufológica, o en el cuento Nazaret) genere nuevas lecturas, nuevas miradas sobre un terreno tan transitado por la ficción y, sobre todo, el arte.

En la colección nos encontramos un par de relatos de corte apocalíptico, que reflejan el colapso de la sociedad. En 2020 la distopía se ha vuelto real. ¿Son narraciones pre o post ‘covid19’?

Hay un solo cuento que escribí en la pandemia, Lo más parecido a la felicidad. Sin embargo, la pandemia es solo un atrezzo para una absurda historia de amor que satiriza algunas teorías contemporáneas como el realismo especulativo y la ontología aplicada a objetos. En el otro cuento, Roberto y yo, una epidemia es el contexto para una rara pasión adolescente.

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