Testosterona en el ritmo de la noche

Foto: Pixabay.

“Minutos después percibo en sus rostros el trance. Dopamina, oxitocina, testosterona. Están cautivados, atrapados por la atmósfera. Y quieren más alcohol, cada vez más rápido”. Nuestra serie ‘Relatos de Agosto’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado gira este año en torno al arte de la seducción. En el texto de hoy encontramos mucho alcohol, mucha música y mucha testosterona. 

Por ALEJANDRO CERDÁN

Mis oídos reconocen el retumbe del house, el bombo del reguetón o la cadencia del pop-rock, pero si mi mente cediese al sentido de la vista, oiría el orden de sus vientos y cuerdas, atendería a la precisión de sus percusiones, y escucharía, en precisa armonía, el método de una orquesta clásica. Pocos aprecian la casi sutil sinfonía que tocamos dentro de una buena discoteca. El sonido envolvente, las luces precisas, los espacios elegidos. El cliente accede repentinamente a un microclima diáfano, ve como a través de una lente de vidrio esmerilado, en contradictorio equilibrio, iluminado pero opaco, y desde que abre la puerta acústica siente un hormigueo abdominal, el del principio de una aventura en un búnker donde solo existe el presente. 

Tras ese contraste con el exterior, los instrumentos seguimos tocando, afinados, dirigidos para alimentar su disociación: El taimado y avezado DJ juega con el sonido y las luces, el servicio de sala y seguridad dispuesto en sus rangos, las risueñas relaciones públicas tientan a los cautivados. Se crea un aura, un ambiente, en el que la gente se dispersa, encandilada, seducida por un hedonismo interino, en pos de un propósito que pretendemos que olvide: Que consuma todo lo que pueda. Y es que no hay que olvidar el principal argumento para la invocación de Dionisio: el alcohol. Y esa es mi circunscripción. Soy la cara más visible de la discoteca más reconocida de Marbella. Su ministro del suministro. Soy camarero de barra.

Todos los ojos me buscan y todas las voces me apuntan, por lo que no le escucho a la primera. El clímax de Rebeca Brown en Sun rising up tampoco ayuda. Señalo mi oreja mientras roto el cuello hacia el tipo. “Dos Tanqueray con tónica, un Absolut-limón y dos Legendario-cola”, me grita de nuevo. Asiento sin mirar. Con la mano derecha, agarro las pinzas enganchadas al borde de la cubitera metálica y lleno los tres vasos que ya sujetaba con mi izquierda. Los pongo sobre la alfombrilla negra y cojo dos más. Tac, tac. Tac, tac. Dos golpes de muñeca por hielo, cuatro por copa. De una nevera de suelo plateada bajo mi mentón, saco los refrescos para colocarlos sin abrir. El casco de la Fanta-limón, próximo al recipiente más cercano, las Coca-colas en medio, y las dos tónicas junto a los más alejados. Son mi referencia. Sirvo una rodaja de limón a cada cristal y roto 180 grados. Ante mí, 50 marcas de destilados en específico orden, sobre luces led luminiscentes, que son el marco del paisaje de mis dominios. Solo he de mover mi tren superior. A mi izquierda, las ginebras: Tanqueray, un estándar, contiguo a la pared medianera. A mi derecha, los rones: Legendario, no es el más solicitado, pero no está demasiado alejado, siempre surge algún goloso. Me vuelvo de cara al público para dejar ambas botellas y alzo el brazo derecho hacia atrás sobre mi cabeza. Alcanzo el fino cuello del vodka para, en un solo movimiento, servir el primer trago. La primera botella nunca lleva tapón. Cuento, aunque no es necesario: Un Misisipi. Dos Misisipi. Los cubitos de hielo gruesos y rectangulares ocupan el volumen exacto del fondo del vaso sestriere. Turno del ron. Un Misisipi, dos Misisipi. Cambio de vaso sin levantar la botella. El gasto de licor es ínfimo, pero a simple vista les estoy llenando la copa hasta la mitad. ¿Cómo quejarse? Vierto la ginebra, cuatro Misisipi más y listo. 55 segundos, las bebidas están servidas. 

“Son 75 euros”, aúllo de vuelta. El tipo me mira embelesado, sus pupilas brillan como un neón, saca los billetes con una sonrisa. “Menudo artista estás hecho”. No soy yo el que trabaja, es mi memoria muscular. Una maldita cadena de montaje. Henry Ford estaría orgulloso. 

Le cobro y quito las chapas de los combinados con un abrebotellas de mano. Siempre las abro al final como medida de seguridad para que no pueda servirse sin pagar. Le reconozco, es la segunda ronda del tipo. Sus amigos y él han encontrado un hueco junto a las escaleras de la zona vip, de donde un portero, casualmente, acaba de irse. Les echo entre los 30 y 40 años, visten ropa cara, zapatos y relojes brillantes, buscan llamar la atención. Junto a los escalones predomina un pequeño balcón de suelo acristalado con orientación a la pista de baile, dispuesto por unas mesas y sofás refulgentes, curvilíneos y ocupados, por tres chicas. Se sirven un champán francés. Son imagen del local, no pagan un trago. Ríen, bailan, sonríen. Ellos aún no las miran, pero saben perfectamente que están ahí. Es hora punta y no estamos llenos, pero los buenos clientes pueden salvarte la facturación. Así que pruebo a acelerar el proceso. Sonrío de vuelta. “Eh, artista, tú. Venga, os invito a un jager”. Minutos después percibo en sus rostros el trance. Dopamina, oxitocina, testosterona. Están cautivados, atrapados por la atmósfera. Y quieren más alcohol, cada vez más rápido. Estos cierran con nosotros hoy, pienso. Toco el botón de emitir del pinganillo: “Miguel, en la entrada de la zona vip de la que te fuiste hace un rato. Elena les ha colocado allí. Parecen buenos chavales, pero estate al loro”. 

No tardan en subir al balcón y les observo mientras hablan con las chicas. El bandejero les lleva refrescos para la mesa contigua que han reservado. En otras discotecas venden botellas, nosotros vendemos el espacio. No es lo mismo. Daddy Yankee martillea en los altavoces. Ellos tratan de bailar más pegados, pero ellas mantienen la distancia. Los rostros del grupo están cada vez más desencajados, pero no les noto agresivos. Veo que una de las muchachas señala al servicio. Las otras dos deciden acompañarla y las tres bajan para perderse entre el gentío. No van a volver. Estoy terminando de servir otra ronda, pero mientras recargo las hieleras me doy un momento para buscar a Miguel con la mirada. Le encuentro y él me asiente desde la distancia. Hay varios grupos junto al balcón y Miguel se acerca al que parece más sobrio. El grupo le acompaña a la mesa que han dejado las chicas. Les ha invitado a tomarse allí las copas que llevan. Se sienten unos privilegiados. No tardan en hablar con el grupo y yo no tardo en mandar otra ronda de chupitos para allá. Me señalan desde la distancia.

Son las cinco menos cuarto. La pista está ya menos concurrida, las charlas son cada vez menos animadas y los bailes cada vez más torpes. Los muchachos yacen tirados sobre los sofás, satisfechos, saciados. Apenas uno, que parece haber ligado, se sostiene en pie. El DJ debe haberlo percibido también. La noche no da para más. Suena la canción de cierre: New York, New York, de Frank Sinatra. “If I can make there, I’m gonna make it, anywhere. It’s up to you”. El público lo detecta también, porque la luz se ha clareado un poco. Pueden verse las caras, y cantan al son. Sinatra explota: “New York, New Yoooork”. Es su sostenido final, al mismo tono que la música, en un estallido sinfónico de orgullo y deseo, donde cada trompeta alza su voz como un rascacielos y él, heroico, reza a su ciudad mientras la orquesta le sostiene en un podio invisible. Y se hace el silencio. Un silencio que no es vacío, sino reverencia. Nosotros, los instrumentos, hemos cumplido.          

El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.

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