Tierras raras y metales, un reto para la transición ecológica

Tierras raras y metales, un reto para la transición ecológica

Coches eléctricos repostando. Foto: Pixabay.

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La transición energética verde y la digitalización tienen varios cuellos de botella. Uno de esos talones de Aquiles son los materiales estratégicos, es decir los metales y las denominadas tierras raras. La necesidad de eliminar el uso de los combustibles fósiles para disminuir el impacto del calentamiento global hace necesario un rápido cambio de dirección en nuestro modelo económico. De ahí la necesidad de cimentar la necesaria transición ecológica con las energías renovables. Pero hay que hacerlo con cabeza y justicia. No es de recibo que optemos por un modelo energético más limpio, pero de nuevo exportemos los costes sociales y ambientales a los países empobrecidos de siempre. Pepe Larios, presidente de la Fundación Transición Verde, nos propone reflexionar sobre este candente asunto.

Las nuevas renovables –eólica y solar– apenas suponen en la actualidad algo más del 3% de la energía primaria consumida en el mundo, con mayor penetración en el sector eléctrico con el 27,3% de origen renovable en 2019; aunque este sector solo representa el 17% de la energía final consumida en el mundo. En el sector transporte, que acapara un tercio de la energía consumida, las renovables solo alcanzaban un minúsculo 3,3% en 2017.

Luego, para dar los servicios necesarios con el menor impacto posible, es necesario incrementar de manera formidable las fuentes de energía renovable. Sin embargo, su intermitencia, determinados usos y su transporte hacen necesarios sistemas de almacenamiento, básicamente baterías y células de combustible. Unos sistemas que necesitan hacer uso de los metales y tierras raras para su producción. Todo un reto económico, social e industrial, y que no está exento de problemas ambientales.

Las placas fotovoltaicas, aerogeneradores, motores eléctricos, baterías, células de combustible, ordenadores, sistemas digitales y teléfonos móviles necesitan para su fabricación metales que están presentes en la corteza terrestre en proporciones de milésimas de partes por millón, ppm.

Por tanto, el escenario de desarrollo de un sistema energético descarbonizado urgente implica un gigantesco aumento de la demanda de materiales estratégicos.

La extracción de estos materiales lleva aparejada gran cantidad de movimiento de tierras con la consiguiente utilización de maquinaria pesada movida por combustibles fósiles y de procesos físicos y químicos para su aislamiento y separación de los minerales de los que forman parte. Procesos que generan grandes niveles de contaminación en las zonas mineras e instalaciones de separación. A esto hay que añadir que algunos de estos materiales se extraen ilegalmente y con niveles de degradación y explotación humana insoportables.

La UE es fuertemente dependiente del exterior para el suministro de combustibles fósiles, pero esta dependencia se acrecienta en el caso de los materiales estratégicos. China provee el 98% de las tierras raras que importa la UE, el 98% del borato procede de Turquía, y Sudáfrica suministra el 71% del platino y un porcentaje aún mayor de iridio, rodio y rutenio, metales del grupo del platino. Solo en el caso del hafnio y el estroncio, la UE lo adquiere a empresas específicas de la Unión.

¿Cómo reducir esta dependencia? Hasta ahora las alternativas propuestas son la diversificación, difícil, de proveedores, la economía circular y el autoabastecimiento sostenible. En algunos casos, pocos, la sustitución de estos materiales es viable, pero suele disminuir el rendimiento de los aparatos en los que se ha sustituido.

A esto se suma que solo el 50% de los metales más abundantes, aluminio, hierro, cobre… se recicla. Y en el caso de los metales raros su reciclaje es prácticamente inexistente, debido a que se encuentra en aleaciones y pequeñas cantidades, y se necesitan procesos complejos, generalmente con grandes riesgos de contaminación y alto coste económico.

Y aquí viene el dilema. Como parte de su estrategia de transición ecológica, la UE incluye entre sus objetivos el mito de la desmaterialización, el disfrute de bienes y servicios con menos uso de materiales y energía. Pero lo cierto es que ni la física ni ningún informe serio avalan que esto sea posible sin descargar en otros lugares y en otro tiempo los impactos de la actividad de producción.

La presencia de los materiales estratégicos en el territorio de la UE es escasa y su búsqueda ha provocado una fiebre de exploración minera con fuerte impacto en nuestro país. La UE es consciente del rechazo que la minería de estos materiales genera en la población por lo que hará todo lo posible por neutralizarlo. ¿Cuál es la alternativa? No es de recibo que optemos por un modelo energético más limpio, pero de nuevo exportemos los costes sociales y ambientales a los mismos países empobrecidos que han proporcionado la riqueza que se disfruta en los países ricos.

Difícil camino a recorrer, difícil disyuntiva, que debemos resolver de manera justa y ambientalmente más sostenible, algo que no ha ocurrido hasta ahora. Parece cada vez más claro que la salida conduce a la disminución drástica del uso de bienes materiales, incluido el ordenador desde el que escribo estas reflexiones.

Sobre esto debatiremos hoy, 16 de marzo, y el 7 de abril. Puedes apuntarte aquí 

 

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