‘Tinieblas’: cómo podemos aprender a perdernos en este mundo 

«Tinieblas habla de lo que significa estar perdida en relación con los demás y con el medio en el que te encuentras». Foto: Bárbara Sánchez Palomero.

La Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán de Madrid acoge hasta el 31 de mayo ‘Tinieblas’, una experiencia escénica de Edurne Rubio que desafía el tempo contemporáneo y explora la pérdida colectiva a través de una envolvente arquitectura de luz y sonido. ¿Cómo podemos aprender a perdernos en un mundo donde todo —desde nuestras calles hasta nuestros deseos— parece haber sido ya cartografiado de antemano? 

Hay días en los que el teatro no se ve; se respira y se siente. Tinieblas es una pieza que habita una atmósfera muy particular, donde el silencio y la penumbra no son solo decorado, sino personajes per se. Edurne y yo nos conectamos digitalmente entre Bruselas y Madrid para charlar, café en mano, acerca de esta obra que acaba de estrenar en el Centro Dramático Nacional. 

El perfil de Edurne es singular para una creación de este calibre, pues su mirada se despliega con comodidad entre el cine, las artes vivas y la investigación antropológica. Lo primero que le pregunto, tras superar los obligados ajustes tecnológicos que impone la distancia, es precisamente qué latía en el origen de esta propuesta. 

“Hablo de lo que significa estar perdida en relación con los demás y con el medio en el que te encuentras. Y es algo muy relativo, porque puedes saber exactamente dónde estás, pero sentirte totalmente perdida; o puedes estar perdida física o mentalmente, o puede que todo el mundo a tu alrededor lo esté. Esa pregunta abre todo un mundo de dudas y de posibles respuestas”, explica la creadora. “Me parece pertinente llevar esta cuestión al teatro porque pienso que es importante que en el escenario seamos capaces de perdernos; no transitar caminos predeterminados en los que ya sabemos a dónde vamos a llegar, sino poder alcanzar sitios inesperados gracias a la pérdida”. 

Durante el largo proceso de investigación en el que Edurne viene sumergida, el concepto de la pérdida esquivó lo íntimo para chocar de frente con la herida geopolítica de nuestro mapa actual: la de los cuerpos que se desvanecen en los tránsitos migratorios provocados por las guerras. “Investigando sobre las migraciones y los movimientos de los animales, aparecieron las migraciones de las personas y todas aquellas que se van perdiendo por el camino porque dejamos que se pierdan. Hay demasiados temas que no puedo resumir en una sola respuesta de ‘quiero decir esto’, sino que necesito hablar de todo ello”, confiesa. 

En un mundo saturado de estímulos visuales, me interesa desvelar cómo ha trabajado esa penumbra del espectador para que no genere frustración, sino que estimule la apertura del resto de los sentidos. Tinieblas desafía por completo esa inmediatez contemporánea en la que exigimos que todo ocurra al instante. Le reconozco durante nuestra charla que esa impaciencia me sacudió a mí misma en la butaca; una resistencia inicial ante la incomodidad de un tiempo tratado con elasticidad, sin prisas, puramente sensorial. 

“Por un lado, la obra plantea la pregunta de en qué mundo vivimos, pegados a una pantalla, donde todo ocurre muy rápido y parece que no tenemos elección; nos dejamos llevar por ese flow de la rapidez”, reflexiona Edurne. “Por otro lado, creo que es una temporalidad con la que vengo trabajando desde hace tiempo y que tiene que ver con mezclar el pasado y el futuro. De repente, ahí el tiempo se vuelve más elástico, porque ya no hablas de ayer, sino de hace cien años. Además, trabajo mucho sobre la naturaleza: en la obra hay unos personajes humanos, pero también hay un medio que no corresponde al tiempo del humano. Ahí emerge una reflexión sobre otro tipo de tiempo que no controlamos, una relación diferente con el entorno en el que estamos. Creo que esas inquietudes son las que me llevan a proponer unos tempos distintos que también suelo emplear en mis películas”. 

Detrás de esa colección de historias sobre personas que se difuminan en la niebla, palpita una pregunta que la artista visual lanza como un dardo al espectador contemporáneo: ¿cómo podemos aprender a perdernos en un mundo donde todo —desde nuestras calles hasta nuestros deseos— parece haber sido ya cartografiado de antemano? 

La respuesta de Edurne Rubio se encuentra en el cuerpo, en el error y en el espacio físico. Para levantar la arquitectura de Tinieblas, ha vuelto a aliarse con María Jerez en un proceso de construcción dramatúrgica que huye de lo teórico para abrazar la experimentación más pura. 

“Tanto María como yo entendemos la dramaturgia desde un lugar común. Aunque tenemos trabajos muy diferentes, nos acerca mucho la manera de enfrentarnos al proceso, que consiste en estar probando todo el tiempo”, me explica Edurne, desvelando una metodología que fascinará a cualquier amante de las artes vivas. “No trabajamos en mesa; trabajamos siempre en el espacio experimentando. Vamos desarrollando ideas que se van transformando y que empiezan de una manera muy sencilla. Lo ponemos todo a prueba constantemente a través de maquetas reales”. 

En ese laboratorio escénico, el juego del ‘¿qué pasaría si…?’ se convierte en el motor de la creación. Porque para ella la dramaturgia funciona investigando unas temáticas y llevándolas luego al espacio a través del intento constante. “Es un proceso vivo donde el desapego es obligatorio”, explica Edurne. “En el camino de la experimentación se descartan hallazgos que parecen maravillosos para dejar que otras imágenes, insospechadas al principio, cobren una fuerza arrolladora. Y para ello hay que estar dispuestas a renunciar. En el proceso nos perdemos realmente; es una manera de perder el control ante las posibilidades del espacio y de la técnica”. Y es precisamente ahí, en ese vacío de control, donde la magia de Tinieblas encuentra su brújula. 

Al entrar en la Sala Francisco Nieva, se percibe de inmediato que Tinieblas es una pieza profundamente sensorial; una propuesta que bebe constantemente de estímulos de todo tipo. De hecho, cuando se escucha la lluvia o las aves en la sala, parece que están realmente allí; no solo se escucha su efecto, sino que se siente cómo el agua se transfiere de un sentido a otro. Al público le sobreviene una sensación física de que está lloviendo de verdad, se siente el frío y un intenso olor a tierra, quedando completamente transportado a ese ambiente frío de fango y cueva. Es el triunfo del sonido como arquitectura invisible, un juego de estímulos ciegos que Edurne mide al milímetro. «Ahí es donde entra la sutileza de la dramaturgia: cómo construyes y cómo entiendes que todas las escenas tienen un antes y un después. Consiste en medir qué vas dando y en qué estado colocas al espectador para que la siguiente escena cobre sentido o pueda ser sentida de esa manera. Ahí reside la dificultad y la magia», me explica Edurne con calma. 

Para ella, el secreto de este proceso constructivo está en el milímetro y en el tiempo, ajustar la temporalidad exacta, decidir minuciosamente de dónde sale el sonido a través de los seis altavoces que rodean al público en el teatro. “Necesitas varios días para experimentarlo, saber de dónde viene esa lluvia, cómo te llega, si hace falta oscuridad o luz para que la sientas más, o si hay que añadir una gota concreta para generar el efecto. Todos esos detalles determinan si algo funciona o no. Aun así, no funciona siempre para todo el mundo, incluso ni para mí. Durante varios días puedo estar dudando si dar veinte segundos más o menos, o si las dos escenas tienen que cruzarse o estar más separadas. Es un proceso precioso», culmina Edurne. 

Rubio destaca enseguida el maravilloso trabajo de Lieven Dousselaere y Sandra Vicente en sonido, en un proceso profundamente colaborativo que también suma las luces de Leticia Skrycky. “Ha sido un encaje de orfebrería sobre los silencios, decidiendo qué hacemos escuchar y qué no. Porque la idea no era ser ilustrativa”, puntualiza Edurne, «sino dejar todavía espacio en la imaginación del espectador con el sonido. Y, sin embargo, el sonido es casi el decorado. Porque no lo hay. Puedes sentir la tierra; aunque no la haya, la sientes». 

Y sí, juraría haber percibido estímulos olfativos, pero quizás ya estaba dentro de esa desorientación a la que alude Edurne: la hermosa ilusión de habitar el centro de un territorio indómito, un lugar con sus propias coordenadas geográficas donde el patio de butacas se descubre unido por un mismo hilo invisible. 

En Tinieblas, lo íntimo y lo geológico se entrelazan de forma constante. Al ver la propuesta, surge la duda de cómo se decide el equilibrio entre el documento histórico o biográfico y la abstracción artística. Para Edurne Rubio, este trabajo supone un paso muy importante en su trayectoria. Aunque últimamente ha sentido el deseo de hablar de diversos temas a partir de las palabras de otras personas, aquí buscaba una convivencia distinta entre la leyenda, la historia contada y el relato propio; un tipo de narración fragmentada por la presencia de la niebla, donde todo parece quedar suspendido. 

La pieza se nutre de historias reales de personas que trabajan vigilando los bosques o con palomas mensajeras, pero el gran reto residía en la textualidad. «Tiene esa primera parte que es una descripción sencilla, un viaje entre el cuento y la narración oral. Al final, estamos hechas de eso. Buscaba algo ancestral que conectara con la necesidad de lo humano de entender a qué mundo natural pertenecemos y cómo relacionarnos con él. El cuento da la facilidad de comentar el presente, pero buscando en algo más universal». 

Esa dimensión mítica convive con momentos de una fuerza plástica sobrecogedora, como el instante de la cuerda y la ruptura de la cuarta pared cuando una de las actrices sale del público. Resulta profundamente poético ver cómo una persona del patio de butacas agarra esa cuerda sin saber muy bien qué hacer; una especie de salto al vacío al no saber cuándo soltar. En la función a la que asistí, el hombre seguía sosteniéndola mientras los espectadores de al lado le miraban con los ojos de ‘tienes que soltar’ y él dudaba en mitad de una gran metáfora. 

«Para mí es un momento clave dentro de lo que quiero contar», explica Edurne, «porque colocas al espectador en una posición donde es responsable de la persona que se marcha. Le están diciendo: ‘Agárrate, porque si no me voy a perder’. Es una responsabilidad enorme. La pieza habla también de eso: a quién dejamos por el camino. Una cosa es que tú estés perdida, y otra muy diferente es que a la gente que está a tu alrededor le importe o no que lo estés». Un instante donde el espectador se vuelve responsable, incluso, de la propia temporalidad de la pieza: cuánto resistir bajo la presión del entorno o si alargarlo al máximo por puro compromiso con el otro. «Aparte de eso, es una imagen que me encanta: ver la cuerda aparecer en la niebla, porque sientes una unión con el infinito. Es como un hilo que te une con lo desconocido». Desde la butaca, en pleno centro de la sala, esa nebulosa se percibe de forma totalmente mágica. 

Para levantar este universo, el proceso de ensayo con el elenco compuesto por Tania Arias y Somaya Taoufiki tuvo que esquivar los ritmos habituales. Al ser una coproducción, Rubio ya venía con una parte del trabajo de investigación e improvisación hecho desde Bruselas. El encuentro entre las dos actrices propició un proceso de descubrimiento mutuo muy tierno. Tania se mueve en un contexto más cercano a la performance y las artes vivas, mientras que Somaya proviene del cine y la televisión. «Ha sido muy bonito el proceso de aceptar por su parte que no son las únicas protagonistas», concluye Edurne sobre un encaje que rompe con los egos tradicionales de la interpretación. «A veces existe el miedo de querer actuar de una manera determinada y aquí la premisa era: ‘No tenéis que fingir, sed vosotras mismas». 

Al repasar la trayectoria de Edurne Rubio, se hace evidente la presencia de un hilo conductor que parece empujarnos siempre hacia abajo, hacia las profundidades de la tierra. ¿Por qué esa necesidad vital de anclarse ahí? 

«Ese es un tema muy interesante para mí, sobre todo últimamente, y tiene que ver con que soy inmigrante; vivo en Bélgica desde hace mucho tiempo. Por otra parte, mi padre realiza un trabajo etnográfico en la provincia de Burgos y es como mi gran colaborador. Mucho del trabajo que he hecho en los últimos años viene de él o nace en colaboración con él». 

Todo ello la hace conectar con algo ancestral que confiesa no encontrar en su país de adopción. «Bélgica es un país maravilloso donde soy muy feliz, pero la relación con el territorio es distinta. Cada vez que empiezo un nuevo trabajo, todo me lleva de vuelta a mi tierra”. 

Ese viaje de ida y vuelta cultural tendrá su siguiente parada precisamente en el país que la acoge: tras su paso por el Centro Dramático Nacional, la directora confirma que estrenarán Tinieblas en Bélgica el próximo año. 

Al salir de la Sala Francisco Nieva, con los ojos todavía acostumbrándose a la luz del exterior, queda flotando la certeza de que la propuesta de Edurne Rubio nos devuelve algo que la prisa contemporánea nos arrebata a diario. En mitad de un mundo hiperconectado que nos empuja a la superficie de las pantallas, Tinieblas es una invitación a apagar la vista, encender el resto de los sentidos y recordar a qué mundo natural seguimos perteneciendo.

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