Las tortugas ‘plastificadas’ del Mediterráneo: hasta en sus músculos

Las tortugas ‘plastificadas’ del Mediterráneo: hasta en sus músculos

Una tortuga boba. Foto: Pixabay.

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En el Día Mundial del Reciclaje, hoy 17 de mayo, os queremos contar un caso muy plástico y concreto de hasta qué punto el no reciclaje de nuestros desechos, el no avanzar rápido hacia la economía circular, puede causar alteraciones muy graves en nuestro entorno… y en nosotros mismos. Os hablamos de ‘las tortugas plastificadas’ del Mediterráneo. Un estudOio que nos debería servir de alerta. Porque si les pasa a las tortugas y cetáceos, ¿por qué los humanos vamos a estar libres de esta ‘plastificación’ de nuestros organismos?

Nadie sabe a ciencia cierta cuánto plástico acumulan nuestros océanos. Algunas estimaciones hablan de entre 15 y 51 billones de piezas de todo tamaño flotando de un polo a otro, y en toda la columna de agua. Otros estudios apuntan a que cada año entran ocho millones de toneladas plásticas a los mares y que unos 150 millones están navegando de un lado a otro mientras lees este texto. A la penosa imagen de fauna marina rellena de esa basura, ahora nuevas investigaciones confirman que compuestos plastificantes creados por los humanos ya forman parte intrínseca del cuerpo de algunos animales como las ballenas o los delfines. Pero las que se llevan la palma son las tortugas bobas.

Así lo acaba de confirmar un trabajo realizado por científicos del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) y la Universidad de Barcelona, que antes ya investigaron este asunto en los cetáceos. Por primera vez, demuestran que hay una acumulación de aditivos químicos asociados a estos materiales en los tejidos musculares de la emblemática especie Caretta caretta en el Mediterráneo, un mar que es una auténtica sopa de plástico y está transformando una especie cuya evolución se remonta a hace 200 millones de años.

Ya se sabía que las tortugas bobas –como se las conoce por al atolondramiento que tienen cuando salen a tomar el sol– ingieren plásticos, petróleo y otros tipos

de residuos que flotan en el mar porque los confunden con algunos de sus alimentos favoritos, las medusas o los calamares. Este impacto, unido al de la pesca accidental y el exceso de urbanización en costas donde anidan, las sitúan como “especie vulnerable” en la conocida Lista Roja de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN).

Las imágenes de tortugas marinas enredadas en aperos de pesca o flotando entre pajitas y botellas de agua son emblemáticas en las campañas ambientales, pero ahora además sabemos que, si mal les sienta llenar el estómago de estos desperdicios casi indestructibles, los aditivos químicos que los acompañan puede tener consecuencias que aún se desconocen una vez integrados en sus organismos, a fuerza de estar expuestos a ellos de forma crónica. “Conseguimos las muestras de los músculos de tortugas que habían aparecido muertas en la costa catalana y de Baleares entre 2014 y 2017. Allí proliferan las bolsas, tapones, bastoncillos… y también microplásticos; el estudio demuestra que no sólo les afectan a nivel físico, porque quedan atrapadas o se bloquea su sistema digestivo, sino que a nivel químico tienen unos niveles de acumulación de contaminantes que están ahí aunque no los veamos”, explica la química del CSIC Ethel Eljarrat, que lidera el estudio publicado en la revista Environmental Pollution.

Tortuga boba.

En total, analizaron 19 compuestos químicos que están considerados disruptores endocrinos, neurotóxicos y posiblemente cancerígenos. En investigaciones previas ya los encontraron bioacumulados en otros organismos marinos y ahora los descubrieron en los 44 ejemplares de Caretta caretta analizados, con niveles que van de los 6 a los 100 nanogramos por gramo de músculo. Es una cantidad similar a la que ya tienen de otros contaminantes, como los bifenilos policlorados PCB o el insecticida DDT. Todo un cóctel químico para el organismo de un reptil. Determinaron también que las más afectadas eran las tortugas de la costa balear, que provienen de la costa argelina, la zona donde hay más basura plástica de todo el Mare Nostrum.

Además, aunque la ingesta directa de basura flotante es fuente principal de esta contaminación, también se comen los plastificantes que están en otros animales que forman parte de su dieta, como los mencionados calamares o las sardinas, que por cierto también forman parte de nuestra alimentación. Y surge la pregunta: ¿Tendremos plastificantes en nuestros músculos? “El año pasado publicamos que había estos compuestos en tejidos de delfines y ballenas y también en el krill antártico que se comen estas últimas porque lo ingieren como microplásticos o nanoplásticos al filtrar el agua, pero ahora resulta que en tortugas marinas los niveles son mucho más elevados. Y no sabemos cómo les afectará a su salud porque son compuestos que no existían antes en sus cuerpos. Tampoco sabemos cómo nos afecta a nosotros comer sardinas, merluzas o anchoas que tienen estos plastificantes incorporados”, apunta Eljarrat.

La investigadora, que es una referencia en la ciencia sobre contaminación por plásticos en los océanos, reconoce la dificultad “de hacer visible lo que no se ve porque está bajo el agua, pero que puede hacer daños muy importantes”. Y tiene clara una cosa: “Esta contaminación no acabará mientras no tengamos una auténtica economía circular, que consiste en no generar absolutamente ningún impacto. Por desgracia, la pandemia covid-19 ha sido un paso atrás en consumo de plásticos, así que es importante saber lo que estamos haciendo en los mares, que nos alimentan con seres vivos que los habitan”.

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