Tres deseos antes de cumplir los 30 (o los 50)

Foto: Pixabay.

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RELATOS / UN AMOR DE VERANO

Pediste tres deseos. Caíste en la trampa. “Ves cómo aquella niña que eras tú, de trenza ladeada, saca su libretita roja, pasa la lengua por la punta del lápiz y escribe una lista de tres cosas que le gustaría hacer antes de cumplir los treinta. ¿Por qué en todos los cuentos los deseos siempre son tres?”. Una nueva entrega de nuestra serie Relatos de Agosto, con un tema central: un amor de verano.

Por MARGA CANCELA NEGREIRA

“Cuando das la espalda al sol no ves más que tu sombra” (Khalil Gibran)

Hoy es tu cumpleaños y te sientes como una rata en un laberinto, te acuerdas hasta de cuando le pusiste el primer cero a tu edad. Te ves sentada en este mismo porche que ha disfrutado y sufrido todas tus edades, aquí, entre el mar y el monte, descalza y en camisón, como ahora.

Era un sábado por la mañana, había una niebla llorona. Tus padres y hermanos en la cama, los mirlos y el paisaje eran tuyos. Ves cómo aquella niña que eras tú, de trenza ladeada, saca su libretita roja, pasa la lengua por la punta del lápiz y escribe una lista de tres cosas que le gustaría hacer antes de cumplir los treinta. ¿Por qué en todos los cuentos los deseos siempre son tres? En el alféizar de la ventana buscas la maravillosa lámpara de Aladino que no es otra cosa que una vieja tetera convertida en una maceta para cactus. Recuerdas cómo la frotabas esperando un milagro.

Ahora vas a la cocina y vuelves con un café en una mano, el diario rojo en la otra. Te tocas el cuello, la comisura de los labios. El ceño, casi siempre fruncido. Acaricias las tapas desleídas. Intuyes, sabes que, entre tus deseos infantiles, tiene que estar el de viajar, tener una biblioteca y escribir cuentos. Lo sabes porque nunca dejaste de soñar con eso.

En lo que sí te equivocaste fue en tu deseo de ser como Jo, la protagonista de Mujercitas; tuviste que llegar a los dieciocho, cuando releíste el libro, para darte cuenta de la trampa. Qué decepción que tu rebelde y admirada heroína terminase siendo tan dócil como sus hermanas, no podías perdonarle que renunciara a sus sueños. También recuerdas cómo, al leer Nada, de Laforet, te habías jurado no acabar con las ilusiones rotas, como aquellas mujeres, pilladas en la tela de la araña doméstica. Pero tú también te dejaste atrapar por el “mandato familiar” como lo llamaba tu madre, y eso acabó con la ternura y los sueños de tu adolescencia. Te haces más café, sigues entrando y saliendo de tu juventud, ese auténtico cementerio de utopías fagocitadas. Y ya estás en los cuarenta.

Acurrucada en la mecedora te estiras el camisón y te enroscas como un erizo. No puedes seguir. Tiras el diario al suelo.

“Eres como el clavillo que sujeta las varillas del abanico, Marina”, te había dicho tu novio Pedro, antes de que te negaras a seguirle por las embajadas de medio mundo. Tu primer y único amor. Un par de cobardes. El pánico de desertar. El mismo que debieron sentir los anfibios al abandonar el agua. No tuviste agallas. ¿Agallas? El miedo a desertar, renunciar al amor por la libertad. ¿No habría sido más bien un acto de valentía? ¿No era eso, precisamente, lo que tú le reprochabas a Jo en Mujercitas?

Te tomas el café y contemplas los árboles desnudos, las nubes pegadas al suelo. El paso del tiempo.

Recoges el diario y, donde pone “antes de cumplir los treinta”, tachas con entusiasmo, lo cambias por “antes de cumplir los cincuenta”.

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Comentarios

  • Cati

    Por Cati, el 11 agosto 2019

    Yo ya escribí «antes de cumplir los 60». A los deseos hay que darles tiempo.

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