Tres magníficos libros sobre aves: recetas de salud natural

Tres magníficos libros sobre aves: recetas de salud natural

Ilustramos este artículo con un polluelo de vencejo, aprovechando que hoy es su Día Mundial. Foto: Pixabay.

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Lo recuerda Antonio Sandoval, autor de uno de esos libros: “Hay cientos de estudios científicos que demuestran que observar y disfrutar de la naturaleza, y en concreto de las aves, mejora nuestra salud”. De esta manera, su última publicación, ‘De pajareo’, que invita a salir a conocer nuestra amplia variedad de avifauna, de A Coruña a Melilla y de Girona a Fuerteventura, se convierte en un recetario de primer orden lleno de propuestas saludables. Si a ello le añadimos la fascinación por la migración de las aves que desprende ‘Sin fronteras’, el libro de Francesca Buoninconti, y el deleite con las especies más cercanas que receta José Luis Gallego en ‘Naturalistas en zapatillas’, tendremos medicina natural para rato. Y qué mejor que recomendarla hoy, 7 de junio, Día Mundial del Vencejo.    

“Cada vez se publican más libros de naturaleza, originales o traducidos. Hay mucha gente que está entrando en la naturaleza a través de la lectura”, apuntaba Antonio Sandoval en la presentación de su libro De pajareo. Rutas ornitológicas por España (Geoplaneta)  en la madrileña librería Alberti el pasado abril. “Nuestra sección de literatura de naturaleza cada vez crece más, y todas las semanas recibimos al menos un título”, añadía Lola Larumbe, directora de la librería. Solo hay que echar un vistazo a las diferentes secciones y columnistas de El Asombrario para comprobar que es así, que pasan pocos días para que un nuevo artículo haga mención a alguna de estas publicaciones. Y aquí estamos hoy, para no romper esa cadencia y recordar dos importantes antecedentes del libro de Sandoval citados en la misma presentación: Dónde ver aves en España (Lynx Edicions), de José Antonio Montero, y Dónde ver aves en la España peninsular (SEO/BirdLife), de Eduardo de Juana.

Y sí, pasear o viajar con el objetivo principal de observar aves aporta salud. Lo digo por experiencia. A veces, en pleno atoramiento mental por el trabajo, con principios de dolor de cabeza, simplemente necesito abrir la ventana, en el meollo urbano del distrito de Carabanchel, en Madrid, y escuchar los cantos de mirlos, colirrojos y/o golondrinas para salir de ese bucle malsano. Si este es demasiado fuerte, salgo a pasear entre los parques cercanos, para que una dosis mayor de gorriones, urracas, jilgueros, carboneros y hasta aves rapaces alivie esos síntomas. Por eso, me parece muy acertado que, al final de su libro, Antonio Sandoval, cuando habla de “tu ruta más personal”, elija la que protagonizan las aves más cercanas a ti. “Convierte ese paseo en una de tus rutinas más saludables, plantéatelo como un viaje”, escribe.

A partir de aquí Sandoval no deja un rincón de España sin sacarle partido pajarero. “Mantenemos nuestra propuesta a la RAE de añadir la acepción de observador y amante de las aves a la definición de pajarero”, comentaba en la presentación en la librería Alberti Ramón Martí, director de Desarrollo Institucional en la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife).

De pajareo nos lleva por todo tipo de paisajes de la península Ibérica, los archipiélagos canario y balear y, atención, Ceuta y Melilla. Reconozco que es la primera vez que leo en un libro de este tipo recomendaciones para observar al ratonero moro, el colirrojo diademado y el herrerillo africano en Melilla; o al bulbul naranjero, la chagra de Senegal y la perdiz moruna en Ceuta.

‘De pajareo’: Yo que tú no me perdería…

A todo lo anterior hay que añadir algo que a mí me motiva especialmente por mi pasión por las aves cercanas, las de los parques y jardines urbanos o rurales, ya que, según José Manuel Cabo, algunas de las especies mencionadas, como el herrerillo africano o el bulbul naranjero, se pueden ver en los parques de Melilla. ¿Que quién es José Manuel Cabo? Una de las 41 personas expertas de cada zona reflejada en el libro a las que Sandoval les ha pedido un Yo no me perdería…, una especie de delicatesen pajarera en forma de recuadro que enriquece la lectura y las ganas de emprender las visitas. Para retomar lo de los parques y jardines, me alegro que estén presentes en la publicación Salburua (Vitoria/Gasteiz), Madrid Río y Las Llamas (Santander).

Además de esas delicatesen de Yo no me perdería…, De pajareo está lleno de recursos, de ideas, de motivaciones, por las que engancharte a observar aves en diferentes puntos de España, tanto a personas muy metidas en el ajo del pajareo como a aquellas más primerizas, que además disfrutan de otros elementos del paisaje.

Martí recordaba en la presentación: “Las aves te enseñan dónde viven, reflejan arquitectura, gastronomía, tradiciones; son como cicerones”. Solo un ejemplo pegado a lo mío, aves cercanas: en el Yo no me perdería… de Vanessa Palacios, del capítulo Mérida y alrededores, recomienda “guardar al menos un tiempo para pasear por el puente romano de Mérida, con 792 metros de longitud y 2.000 años de antigüedad”. “Es un lugar único desde el que se pueden observar entre 40 y 50 especies de aves, para después terminar la jornada con merecido descanso en la histórica ciudad”.

Descripciones de lugares, relación de aves a observar y en qué épocas del año, lugares en los que detenerse a informarse, preguntar o compartir observaciones, recomendaciones sobre los mejores itinerarios, ampliación de esa información con códigos QR… son algunas de las formas de adentrarse en lugares como los Picos de Europa, el Desierto de Tabernas, la Albufera de Valencia, el Mar Menor, La Mancha Húmeda, Monfragüe o los Pirineos navarros. “El territorio que más me costó elegir y escribir fue el mío, Galicia, porque daba la impresión de que estaba traicionando a algunas zonas”. No obstante, Antonio Sandoval empieza el libro con la zona en la que se ha convertido posiblemente en el mayor experto mundial: la costa norte de Galicia, y más en concreto, Estaca de Bares.

‘Sin Fronteras’: los 80.000 kilómetros anuales del charrán ártico

Sandoval describe la migración de aves marinas desde este punto, el más septentrional de la península, como una de las mayores atracciones para la observación de aves; al que añade, por el mismo motivo, el del extremo meridional: la punta de Tarifa y su entorno. Esta fascinación por la migración se multiplica en el libro Sin fronteras. Las extraordinarias historias de los animales migratorios (Alianza Editorial) , de Francesca Buoninconti. Es cierto que la autora relata también viajes maravillosos, de cortas y largas distancias y a veces muy sufridos, de tortugas, ballenas, salmones, elefantes, ñus, renos, sapos, cangrejos y mariposas, pero la lectura se paraliza cuando lees que una de esas aves que Sandoval recomienda observar desde Estaca de Bares, el charrán ártico, recorre todos los años, en su periplo migratorio, hasta ¡80.000 kilómetros! “Esto quiere decir que en sus 20 o 30 años de vida llega a recorrer unos dos millones y medio de kilómetros: tres viajes de ida y vuelta de la Tierra a la Luna”, apunta Buoninconti.

Para aquellas personas que estamos más metidas en harinas ornitológicas, el libro no deja de ser una recopilación de cosas ya leídas y/o aprendidas, pero embelesa tanto el mundo de las migraciones que no importa volverte a sumergir en ellas. Y no digo nada para quien las lee por primera vez: ¿Por qué migran las aves? ¿Por qué lo hacen en unas fechas concretas? ¿Por qué se pegan esos palizones? ¿Por qué unas lo hacen en grupos de miles y otras en solitario? ¿Cómo aguantan algunas 11.000 kilómetros durante días sin parar a descansar, comer o beber? ¿Cómo se guían, sin necesidad de usar Google Maps o GPS? ¿Cómo les afecta el cambio climático y otras alteraciones humanas? En definitiva, entre otros apartados del libro, fascina cómo los pingüinos no vuelan, pero realizan viajes migratorios a -40º centígrados en los que combinan la “natación”, el “senderismo” y el tobogganing, deslizarse sobre el hielo con sus panzas.

‘Naturalistas en zapatillas’: Mis vecinas cigüeña, lechuza y golondrina

Pero volvamos a las aves más cercanas con el último libro destinado a servirnos de receta a base de salud en la naturaleza: Naturalistas en zapatillas. Guía práctica para descubrir la naturaleza más cercana (Libros Cúpula), de José Luis Gallego. Como en el caso de la obra de Buoninconti, aquí no solo hay aves, y además hay que agradecer al autor que despeje miedos y repulsiones atávicas hacia animales tan cercanos y necesarios como las cucarachas, las avispas, las salamanquesas o las culebras. También hay mariposas, grillos, erizos, ranas, sapos, mantis religiosas y plantas, muchas plantas, tanto las de nuestras ventanas, balcones y huertos, como las que llegan a tener porte arbóreo: chopos, olmos, plátanos de sombra, encinas y robles.

Barremos para el lado del pajareo y nos dejamos llevar por la cigüeña blanca que hay sobre el campanario de la iglesia, que ahora se encuentra en plena época de reproducción, o por la lechuza que se esconde en la caseta de labor de nuestra propia parcela, en el campo. Pero, sin salir de casa, incluso en un medio muy urbanizado, y como a mí me pasa cuando necesito despejar mi mente y abro la ventana, ahí están el mirlo y el petirrojo (“los jefes del jardín”, los llama Gallego, por el dominio territorial que ejercen) o acróbatas como los carboneros y los herrerillos. El autor ofrece recomendaciones para atraer con alimentos a algunas de estas aves, aunque también advierte que “los ornitólogos recomiendan suspender los aportes periódicamente para evitar que se vuelvan comensales adictos y recuperen su alimentación silvestre, que (en algunos casos) se basa en insectos, mucho más sana para ellos”.

Hay un aspecto del libro de José Luis Gallego que valoro en especial: no se olvida de las aves de los medios rurales. Tendemos a creer que todas las personas vivimos en ciudades, y no es así, claro. Por otro lado, la desconexión con la naturaleza también existe en nuestros pueblos. “Pero si casi no quedan aves, no sé qué sales a ver”, me dicen habitantes rurales cuando me ven con los prismáticos y la cámara de fotos. Y es verdad, las poblaciones de muchas especies han descendido una enormidad, principalmente por la intensificación agraria, pero siguen quedando muchas. Tórtolas, palomas, golondrinas, aviones, vencejos (hoy es Su Día) y gorriones comparten medios rurales y urbanos, pero Gallego anima a ver, y sobre todo escuchar, “la ópera de los campos”, la que interpretan alondras, cogujadas, totovías, bisbitas y trigueros. Música para los oídos y… lo dicho, salud para todo el cuerpo.

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