Un grupo avanza hacia el norte, allí la temperatura aún es templada

Un grupo avanza hacia el norte, allí la temperatura aún es templada

Foto: Pixabay

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Les pedimos que escribieran sobre el futuro. Y desde el Taller de Escritura de Clara Obligado nos llegaron los relatos que os estamos ofreciendo este agosto. Vamos a por el quinto. Sobre un apocalíptico éxodo. “Escucha, sé que en algún lugar hay un grupo que avanza hacia el norte. Allí la temperatura aún es templada. Venid”. “No, marchaos vosotras. Resistiremos. Todo mejorará. El gobierno no permitirá que mueran demasiados”.

POR BLANCA FERNÁNDEZ

–¿No vamos a esperarles? –pregunta Silvia, mirando el colchón más cercano al suyo. Llevan noches durmiendo en la calle. Blanca observa el cielo. Pronto amanecerá y el calor será insoportable. Ahora la atmósfera es transparente, pero una cortina de polvo lo emborronará todo. Blanca avanza agachada y toca el brazo de un hombre que duerme junto a su mujer y un niño de pocos meses.

–Despierta. Nosotras nos vamos. ¿Queréis venir?

El hombre niega con un gesto. Añade que su mujer consiguió turno en la ordeñadora. “Mañana comeremos algo”, dice. “Y aún me queda un trozo de barrita energética que lanzaron los militares”.

Blanca ve la cara de Silvia, su hermana adolescente, que le implora: “Insiste, insiste una vez más”.

–Escucha, sé que en algún lugar hay un grupo que avanza hacia el norte. Allí la temperatura aún es templada. Venid.

El hombre calla, mira a su mujer que todavía duerme y a su hijo que aprieta los puños, concentrado en su sueño.

–No, marchaos vosotras. Resistiremos. Todo mejorará. El gobierno no permitirá que mueran demasiados.

Cogidas de la mano caminan hacia las afueras. Noches pegajosas, días incandescentes, apenas árboles en su búsqueda del Éxodo, solo algún chamizo que proyecta una sombra áspera, cenizas, algún pájaro muerto. Algún cadáver con las cuencas de los ojos vacías.

Una noche, a punto ya de rendirse porque no saben dónde están, si cerca o lejos de un destino, Blanca distingue en la oscuridad un socavón que se precipita hacia el subsuelo. Descienden tanteando la pared, escalones que llevan a un frescor que apenas recordaban. Oyen murmullos que piden “calma, calma, habrá sitio para todos”, y en la penumbra ven a un grupo de unas 40 o 50 personas –hombres, mujeres, niños–, arremolinadas alrededor de un tubo gigantesco de goma verde brillante.

Pronto un hombre las descubre, el líder, sus gestos indican que está al mando. “¿Sois el éxodo?”, pregunta ella. Los demás se apiñan alrededor, excitados, llevan meses bajo tierra, quieren saber las últimas noticias.

–Todo va muy rápido –dice Blanca–. Ya no hay vida en el sur de Europa. Las pantallas de la avenida Renacimiento están siempre encendidas. Anuncian el comedero del día o que las mujeres que donen su leche en la ordeñadora de la calle Paraíso recibirán ración extra o prescindir de los ojos vendiéndolos en Luceros a buen precio. Está de moda entre los Padres del Estado colgar dos bolas nácar del espejo retrovisor.

Esa misma noche entran al interior del tubo siguiendo las indicaciones del líder. El Gusano se desplaza a gran velocidad, blando y acogedor. Blanca y Silvia se contagian de la alegría de los viajeros, se cuentan historias sobre el norte, sobre los dioses que allí imperan. Ellos son los creadores del Gusano y el líder, su profeta. Dice que necesitan hombres para repoblar la tierra, que allí no es yerma, que hay agua, que han mantenido el desierto a raya.

Hace mucho tiempo que no se sentían tan felices. Bailan apoyando los cuerpos contra las paredes tiernas y Silvia y un muchacho con bigotillo saltan y dan volteretas. El hombre líder se sienta al lado de Blanca, conversan sobre el futuro.

Pasan horas o días, es difícil calcular. Comen semillas, almendras, parece que el estómago marcase el tiempo. De golpe, el Gusano se inclina, brusco, impetuoso y se troncha en dos, las paredes se desmoronan y llega la luz. El grupo tiene los ojos cegatos ante el resplandor del día. Huele distinto. A pesar de los bailes, todos tienen las piernas entumecidas.

Blanca busca con la mirada a Silvia, que está con el chico del bigotillo. Caminan agarrados. El grupo marcha por campo abierto, el líder en cabeza. Hay robles altos, les amarillean algunas hojas como cuando llega el otoño, arbustos, tierra fértil, al fondo las montañas, demasiado silencio. Hasta que escuchan una voz sobre sus cabezas, casi celestial.

–¡Atención, atención! ¡Han llegado a su destino!

De repente, de la tierra brotan cientos de alambres que se entrecruzan hasta formar un enrejado. Perplejos, los viajeros corren, los esquivan como pueden, pero el grupo se va disgregando. Blanca se desgañita llamando a Silvia, pero la alambrada forma un gueto divisorio. Silvia a un lado, Blanca al otro. Hay mucho campo alrededor, pero todos se apiñan pegados a ambos lados de la alambrada.

–Grupo 1 –dice la voz–. Por favor, abandonen la valla. Diríjanse al centro del terreno. En fila, hagan fila.

Silvia llora. Se pega a la alambrada como un caracol, la nariz llena de mocos. “No me dejes”, suplica. A través del alambre, Blanca le seca las lágrimas con la punta de los dedos. El chico del bigotillo tiembla, pero abraza por la cintura a Silvia. Blanca piensa que estarán bien, pase lo que pase.

–En fila, hagan fila y caminen.

Y Blanca caminará con su grupo, sin dejar de mirar hacia delante. No podría soportar la visión de Silvia aún sujeta a la alambrada, los dedos rojos de tanto apretar el metal. Cuando estén en el centro de la parcela crujirá el cielo, sobre sus cabezas se craquelará como un plato roto. El grupo se apiñará, el líder pegado a ella. El sonido atronador que destrozará los tímpanos, mientras se abre un boquete y aparecerá un gancho de tres puntas, una pinza gigantesca que descenderá de un cable metálico. Se abrirán unas fauces, tres dedos aserrados que bajarán y bajarán sobre ellos hasta capturarles. Habrá gritos a ambos lados de la alambrada.

La garra atrapa al grupo 1, donde está Blanca, para conseguir el premio y asciende. Desde el aire, atrapados, agitarán brazos, piernas, llamarán a los que quedaron abajo. Y los que quedaron en tierra chillarán también. Silvia aullará entre lágrimas.

Será entonces cuando a su espalda, desde las montañas, Blanca en el aire, verá salir un cañón de fuego que calcinará a los elegidos.


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Comentarios

  • Marga Cancela

    Por Marga Cancela, el 14 agosto 2021

    Blanca, menudo pellizco he sentido con tu relato. La atmósfera, los personajes, el futuro…

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