Una historia llena de hijas perdidas para los padres

Una historia llena de hijas perdidas para los padres

La escritora estadounidense Lindsey Drager, autora de ‘El círculo de las hijas perdidas’.

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A medio camino entre la utopía, la alegoría contemporánea y un cuento de hadas gótico, ‘El círculo de las hijas perdidas’, de la escritora estadounidense Lindsey Drager, reflexiona sobre el complejo y delicado vínculo que une a padres e hijas. “La habitación de una hija, ¿es como un cofre, donde un padre guarda su posesión más preciada, o es como una jaula, donde la encierra para asegurarse de que no escapa?”.

Afirma Lindsey Drager (Ohio, EE UU, 1986) –y todos lo sabemos– que cualquier buena historia que se precie comienza con un monstruo. Pero su novela corta El círculo de las hijas perdidas (Aristas Martínez, 2021) arranca con una hija en la noche de su quinto cumpleaños. Aunque, pensándolo bien, una niña que crece, que cambia, que descubre quién es a base de aciertos y muchos errores, que se aleja del hogar, crecer, al fin y al cabo, tiene mucho de monstruoso.

A la niña de hielo que acaba de cumplir cinco años –cuenta la fábula que un día se convertirá en una afamada escultora de hielo, efímera y quebradiza– se le mueven los dientes y está segura de que es por su culpa. Algo malo ha tenido que decir para que se le caiga la boca a trozos. Su padre, un académico de la imaginaria Articulación de la Muñeca, está demasiado ocupado tanto para explicarle el mundo como para escuchar las interpretaciones que le pueda dar su hija. Pero eso sí: ritualmente, cada madrugada se acerca hasta la cama de su pequeña para contarle la historia del Club de Padres con Hijas Perdidas.

Esta historia está llena de hijas. Algunas son de verdad, otras son inventadas o solo queda de ellas un vago recuerdo. Unas son sombras, otra está hecha de hielo. Algunas desaparecieron y se las conoce como Alicias; otras han muerto y serán para siempre Dorothies. También hubo una hija que nunca fue hija, desapareció, y en su lugar ahora hay un hijo. Esta historia también está repleta de padres: Carnicero, Pescador, Herrero, Molinero, Carretero, Archivista… Todos sufren una inmensa tristeza, y se juntan en la planta 33 de una fábrica de paraguas abandonada para intentar aliviar la pena regodeándose en la de los demás. En esta historia apenas hay madres: solo se menciona de pasada, en disparatados escritos académicos, algo acerca de una máquina prodigiosa con capacidades reproductivas, una crisálida desgarrada que las hijas dejan atrás cuando nacen.

Dónde empieza un padre y dónde acaba una hija, en qué momento se juntan o, más bien, se separan, es tan difícil discernir como la parte en la que el brazo deja de ser un brazo y se convierte en una mano. Delicadas muñecas. Esta imagen anatómica también se nos viene a la cabeza mientras leemos El círculo de las hijas perdidas, una novela que en poco más de 100 páginas aborda muchos temas: no solo el vínculo paternofilial, también los estereotipos de género, la estructura social patriarcal, el despertar sexual femenino, la transición de género, la creación femenina y sus barreras…

La novela de Drager resulta narrativamente muy compleja –tanto que la traductora, en varias ocasiones, acude en nuestra ayuda como notas explicativas a pie de página–, alegórica, extraña (en el buen sentido de la palabra) y totalmente merecedora de un Premio Shirley Jackson. ¿Recuerdan las Manos dibujando de Escher? La primera parte de la historia escribe a la segunda y la segunda escribe a la primera, sin que el lector consiga descubrir qué sucedió antes o después, o simplemente qué sucedió y qué no, qué es realidad y qué es un cuento contado por un padre a la luz de una lamparita de noche.

Antes de desaparecer, las Dorothies y las Alicias solían pedirle a sus padres que les contasen la antigua historia de la niña de hielo y sus amigas imaginarias. Al mismo tiempo, la niña de hielo acaricia con la punta de su lengua los huecos que va dejando atrás el fin de la infancia. Su padre le cuenta que, a veces, las niñas se pierden, y si se alejan demasiado, se pierden para siempre. Ella, atemorizada y surcada por los vacíos, decide dejar de hablar. Para aliviar su soledad, inventa tres amigas hechas de sombras: una se llama Mary, nace con el rostro borroso, y mucho tiempo después de huir de casa, su padre encuentra un libro sobre un monstruo hecho de cadáveres y animado por la corriente que le resulta vagamente familiar, pero está firmado por un hombre; otra se llama Charlotte, y la tienen encerrada en un enloquecedor cuarto empapelado de amarillo o en el ático de una vieja casona, alejada del Museo del Lenguaje que contiene esos extraños artefactos, libros, que ella, después de huir, también publicará, aunque con nombre masculino; y, finalmente, está Virginia, sedienta de mujeres y que se rebela contra la ocupación protegida, contra el ángel del hogar. Todas ellas son fracasadas porque no cumplen con los estándares que la sociedad espera de ellas, que sus padres esperaban de ellas.

En cuanto una hija madura, cambia, en cuanto se aleja y afloja la cuerda áspera que la anuda al núcleo familiar, toda niña querida se convierte en una hija perdida. La paternidad tiene mucho que ver con el control y la posesión. Lindsey Drager escribe: “La habitación de una hija, ¿es como un cofre, donde un padre guarda su posesión más preciada, o es como una jaula, donde la encierra para asegurarse de que no escapa?”.

Las habitaciones de esta novela se van quedando metafóricamente vacías, como cascarones rotos. Desde luego, las niñas pequeñas que soñaban y fantaseaban recostadas en esas camas con dosel, que guardaban juguetes y secretos en el baúl, ya no están. ¿O es que simplemente ya no son? Una hija perdida –una hija transformada en una mujer independiente– no es muchas cosas que antes sí era, y eso puede resultar muy difícil de aceptar para un padre. La clave no reside tanto en el dónde sino en el cuándo: “(…) no puede evitar pensar que si bien los padres dan a las niñas por perdidas, tal vez las niñas ven sus ausencias de manera diferente”.

 


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Comentarios

  • Alfredo

    Por Alfredo, el 09 agosto 2021

    «La novela de Drager resulta narrativamente muy compleja –tanto que la traductora, en varias ocasiones, acude en nuestra ayuda como notas explicativas a pie de página–,»

    Quizá también tendría la traductora que haber incluído aquí algunas notas explicativas… madre mía que artículo…

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