Una madre blanca y su hijo negro, en el violento corazón de la selva colombiana

Una madre blanca y su hijo negro, en el violento corazón de la selva colombiana

La escritora Lorena Salazar Masso.

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Deslumbrante debut literario de Lorena Salazar Masso desde el corazón de la selva colombiana, desde el corazón mismo de la violencia. En ‘Esta herida llena de peces’, una madre y su niño viajan en canoa por el caudaloso río Atrato, entre manglares y peligros. La madre es blanca, el niño es negro. Una historia dramáticamente lírica que impresiona por la lucidez de la madre, pero incluso más por la lucidez del pequeño hijo: “Ma, no le cantes mi canción a desconocidos”. La autora conoce bien los quebrantos de los desheredados.

Hay heridas que dejan hermosas y perfectas cicatrices en la memoria. Siluetas y ecos que actúan como pequeños milagros que nos ayudan a recomponer el porvenir. Minutos de oro para hacer volar por los aires la simpleza del fatídico y artero siglo XXI. Y todo esto a priori tan apocalíptico es sin embargo el íntegro corazón de una novela excepcional escrita por una mujer joven, Lorena Salazar Masso (Colombia), que consigue gestionar a través de  valiosísimos diálogos y una estética narrativa sobrecogedora, el dolor, el abuso, la precariedad y todos esos agujeros negros en los que a diario caen, y caen en un movimiento intolerable y obsceno miles de seres humanos.

Salazar construye una fábula que hiere en una larga carrera habitada por la belleza, la valentía y el clamor de los olvidados. Y lo reúne en torno a la mirada de una madre asustada y  generosa que no comparte piel con su hijo, pero que comparte con él la extensa mirada del corazón.

Y ofrece un minucioso despliegue plástico que te atrapa desde la primera página:

“El edificio de las putas tiene el balcón cerrado –duermen hasta tarde–“.

Sus párrafos están cuajados de determinación emocional, pero también lanzan un incipiente misterio nada más comenzar la narración que hará saber al lector que se encuentra ante un caudal narrativo pegajoso y magnético:

“La gente no sabe a dónde voy, caminan junto a nosotros como si nada pasara”. 

Y juega con una dualidad que hace de este diario de desesperación un libro único. Salazar Masso ofrece una estética fascinante que a ratos desintegra hasta convertirla en un castigo visual. Ella sabe de la importancia del paisaje para conseguir la excepcionalidad, pero también sabe que a veces araña con tanta maestría la mirada de lector que tiene que volverlo insignificante encapsulándolo entre el aliento de sus poderosos personajes:

Saltar o arrojarse a la corriente. La sombra de saltar es arrojarse”. 

“Una lágrima rebosa mi ojo derecho y cae directamente en la mejilla del niño. Rueda hasta su boca, humedece sus labios y desaparece.

––El niño se tragó su lágrima–– dice la señora que va a mi lado, Carmen Emilia.

––Bueno, nunca pude darle el pecho––respondo”. 

Salazar conoce códigos sublimes para cerrar todas la etapas de un ser humano, para poner punto y final a la infancia de un niño antes de que el alarido ciego y envolvente de la violencia acabe con ella de manera inapropiada. Conoce el sabor de la mejores metáforas y lubrica con ellas la boca de quien lee.

Y conoce tan bien los quebrantos que golpean el cuerpo de los desheredados que sabe que necesita hacer una gestión fructífera de la tristeza, para que su novela no pierda su exacta verosimilitud. Narra el dolor sin dramas, sin ofuscación, a palo seco, con una claridad que desarma.

Salazar Masso convierte el caudaloso río Atrato en un purgatorio que solo ofrece salidas hacia el infierno. Hace un exhaustivo análisis del paisaje y convierte la mirada de su protagonista en la mirada de quien va a escoger la tela para su mortaja. Ella sabe que Dios tiene mala memoria para recordar algunos de los lugares que creó, para recordar a algunos hombres.

Todo lo que rodea a sus personajes es desarraigo, memorables son los flasback que narra su protagonista, y sin embargo ninguno de ellos baja los brazos, ninguno se entrega al destino pactado para ellos entre Dios y el diablo, todo es cuidado mientras dura la luz, pero sobre todo cuando llegan las sombras. Estremece ver el canto de tantos desconocidos, la ternura con que cuidan de la biografía de quien se sienta a su lado.

Esta herida llena de peces es un libro que no hace concesiones, que cuenta sin tapujos lo que su autora ha venido a contar:

“El Atrato une mercados y separa personas. El río lava la ropa, da de comer, sostiene niños, baña mujeres, esconde muertos. Cura los lamentos de los ancianos. El río no discrimina: bendice y ahoga”.

Que cuenta la trampa que es estar vivo en algunos lugares del mundo, que se aferra a un simbolismo ético que hiela la piel:

“Pedazos de selva ordenadas en cajones”.

Que es capaz de hacer valioso lo que antes no se había observado.

Salazar Masso es una Ariadna que no guarda silencio, todo lo necesario está en su boca y su denuncia será para siempre una longeva herida en muchos hogares. Su laberinto no es un juego, su laberinto es un sepulcro de lluvia fina y estallidos. Una desgarradora letanía que fulmina la comodidad del lector y lo desdobla como desdobla la lapidación la quietud de quien ha sido convertido en una diana de carne.

Salazar Masso no le tiene miedo a las palabras. Ni a su significado, ni a su peso. Las hace pasar de ser piedras que hieren al caer a transformarse en sucursales del viento más refrescante y hermoso.

Esta herida llena de peces os robará el aliento y vuestros ojos correrán sin tregua detrás de sus prodigiosas imágenes. Abrirá dentro de vosotros puntos de luz insospechados. Tratará con dureza el letargo de vuestros cuerpos, acariciará la parte más provechosa de vosotros. Os deshará la piel como deshace un execrable crimen por honor a la genética de una mujer.

No dejéis de leer esta historia porque impresiona la lucidez de la madre, pero aún impresiona más la lucidez del pequeño hijo:

“Ma, no le cantes mi canción a desconocidos”. 

Acercaos al paisaje que ofrece el río Atrato porque hiere con esa sutileza paradójicamente dramática con que hiere la lluvia el excéntrico totalitarismo del verano.

No dejéis de leerla porque su final es arrollador y valiosísimo. Porque aquí la importancia de la memoria no es una pose, sino un legado capaz de voltear el mundo. Porque Lorena Salazar Masso ha escrito un testamento categórico no en beneficio propio, sino en beneficio de la humanidad.

Una primera novela escrita por una mente brillante y comprometida. Una primera novela que hasta el más venerado de los narradores hubiese querido escribir. Una novela que reinventa el significado de la palabra eco, de la palabra denuncia y de la palabra maternidad. Sin duda Esta herida llena de peces será uno de los libros más señalados en esta década que acabamos de estrenar.

‘Esta herida llena de peces’. Lorena Salazar Masso. Tránsito Editorial. 161 páginas.


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