Uno de los libros que releo este verano es ‘La Odisea’
Fotograma de la película ‘La Odisea’ de Christopher Nolan.
Uno de los momentos más felices del año para mí es cuando llegan las vacaciones y tengo que elegir los libros que leeré en los días de descanso, tanto si me quedo en casa como si me retiro a algún lugar cercano para desconectar de la gran ciudad y su ruido, físico y mental. Aunque no tengo nada en contra del libro digital, siempre leo en papel, un peso (el de los libros) que no me importa arrastrar si luego puedo leer lo que me apetece en cada momento: novela, ensayo, poesía, clásicos, contemporáneos. Me vale todo. Uno de los libros que he echado este verano en la maleta es ‘La Odisea’, de Homero, en la vieja edición de portada blanca, ya amarillenta, que tengo de Cátedra.
Sé que tiene algunas limitaciones, está traducida en prosa, cuando es un poema y puede que otras más recientes sean más completas, pero le tengo cariño a mi viejo volumen, que he leído un par de veces a lo largo de mi vida. Los clásicos son clásicos porque uno regresa a ellos, como Ulises/Odiseo a Ítaca, uno vuelve a su hogar, a los libros que forman parte de nuestra educación intelectual y emocional. Pero confieso que esta vez parte de la motivación para ese regreso ha sido la película de Nolan, que, con sus deficiencias y libertades, me gustó, como me gustó, y mucho, lo que escribió sobre la película la gran Irene Vallejo en su muro de Facebook, que reproduzco porque merece la pena leerlo:
“He dejado pasar unos días antes de compartir mis impresiones sobre la Odisea de Nolan, porque tengo sentimientos encontrados. Descubrí el poema en la voz de mi padre a la orilla de mi cama, durante una sucesión de noches maravilladas: un ritual infantil. Por eso, como los niños que no aceptan ni un minúsculo cambio de sus cuentos amados, en la película añoro a Nausícaa y Areté, a los lotófagos, la argucia del nombre Nadie, el encuentro con la madre y con Aquiles en el Hades, la cama tallada en la rama de olivo, a los dioses –más allá de esa Atenea que parece encarnar la conciencia de Odiseo–. Diría que extraño incluso al Odiseo aventurero, curioso, seductor, audaz, arrogante, mentiroso, elocuente e imperfecto en todos sus claroscuros: el gran narrador de historias (me sorprende que el guion no se pregunte por nuestra necesidad de crear mitos). Elige concentrarse en el veterano traumatizado por la guerra, y esa decisión oscurece la película, la tiñe de culpa y oscuras premoniciones, más cercana a las tragedias que a la épica homérica, con una atmósfera que me evoca más la Orestíada que la Odisea.
Visualmente la película es apabullante y nos regala planos maravillosos, dejando de lado anacronismos y polémicas. Quien adapta un clásico tiene derecho a recrearlo y apropiárselo, incluso el deber de reescribir la leyenda. Nolan continúa la estela del atormentado Oppenheimer, y le reconozco el gran mérito de dialogar con los dilemas de hoy. Creará tal vez nuevos lectores de Homero: así se revitalizan los mitos. El énfasis en la ley de Zeus, la hospitalidad hacia los extranjeros, nos apela. La secuencia de episodios, desde el caballo de Troya a la matanza de los pretendientes, revela cómo faltar a esa sagrada ley de acogida rompe los equilibrios de lo humano. Y la frase que Odiseo dice a Penélope –“vivíamos en un mundo de palacios y comercio, de palabras, ciegos a su belleza, hasta que lo destruimos”–, no solo representa un giro de extraordinaria inteligencia en la trama, también parece un comentario (o un epitafio) a nuestro tiempo. Ese broche nos advierte que los bárbaros podemos ser nosotros, al desencadenar por codicia devastadoras guerras, en las que hasta los vencedores se dejan el alma y aniquilan sus Ítacas”.
Los bárbaros podemos ser nosotros, dice esta escritora, en mi opinión, una de las voces más lúcidas que tenemos hoy en España, un lujo ser compatriota de la lengua de esta mujer que nos enseñó que el infinito cabe en un junco. Visto como tratamos a los inmigrantes, a los semejantes, a los otros seres vivos, al planeta que nos acoge y que es nuestro hogar y el de miles de especies, sí, los bárbaros somos nosotros, no hace falta esperarlos, por parafrasear el título de la novela de Coetzee o los versos de Kavafis, porque la barbarie está dentro, en nuestros corazones.
Uno de los momentos que más me ha emocionado siempre de La Odisea es cuando Argos, el perro de Ulises, lo reconoce. Es el primero en hacerlo. ¿No es fascinante? Homero, quien quiera que se escondiera bajo ese nombre (hay quien sostiene que era una mujer), nos habla de la conexión con los otros seres vivos, lo que nos une a ellos, de que hay una comunicación que está por encima de las palabras y es el lenguaje de los gestos, de las miradas, del tacto, eso que hemos ido perdiendo en este tecnocapitalismo depredador de la vida.
En esa conexión entre Argos y Odiseo, ¿podría verse el germen de lo que siglos después se ha venido en llamar la escritura de naturaleza y que encontró su reverso en Moby Dick y la persecución demencial de la ballena blanca por parte del capitán Ahab? Es algo sobre lo que medito desde hace tiempo, un interrogante al que he vuelto estos días después de leer la estupenda entrevista que Marta Montojo hace a Julio Llamazares para Ballena Blanca, un referente del periodismo ambiental (con versión en papel, eso sí que es épico) que dedica su edición de verano a la escritura de naturaleza, un número muy completo y recomendable para todos aquellos que quieran acercarse a la liternatura.
Sostiene Llamazares que incluso El Jarama, la novela de Sánchez Ferlosio, es literatura de naturaleza. En un sentido amplio, sí. De hecho, desde ese punto de vista, casi toda la literatura anterior a la Revolución Industrial lo sería. Pero creo que no es casualidad que dos de los autores fundamentales y seminales de la nature writing, Susan Fenimore Cooper y sobre todo Henry David Thoreau, gestaron su obra en los albores del capitalismo, cuando los estragos de lo que se ha llamado progreso (quizás hemos sobrevalorado a Prometeo) empezaron a diezmar los ecosistemas. Es a partir de ese momento cuando se acelera el éxodo del campo a la ciudad, cuando podemos empezar a hablar de la desaparición de la cultura campesina, de un mundo rural dominado por la agroindustria, algo que nos enseñó John Berger y de lo yo mismo escribo, precisamente, en las páginas de opinión de Ballena Blanca.
Después de las palabras de Llamazares, me han entrado ganas de volver a leer El Jarama, del que renegó Ferlosio (en realidad de toda la ficción), pero el tiempo es limitado, también en vacaciones, y uno de nuestros retos como especie y como individuos es comprender que no todo es posible.
Ya que comencé hablando de regresos y acabo con Ferlosio, me encantaría volver a Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, también del autor de El Jarama, uno de los intelectuales más brillantes que ha dado la España contemporánea. Este libro, híbrido, en el que se mezclan géneros (todos los buenos lo son), abre y cierra con este poema que lo dice todo de nuestro tiempo y de la imbecilidad del Homo sapiens:
“Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos; / vendrán más años ciegos / y nos harán más malos. / Vendrán más años tristes / y nos harán más fríos / y nos harán más secos /y nos harán más torvos”.



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