La utilidad de la ‘inútil decoración’ al servicio de poderosos intereses

La utilidad de la ‘inútil decoración’ al servicio de poderosos intereses

La publicidad de los años 40, 50 y 60 centraba la imagen de la mujer en su condición de ama de casa.

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‘Los usos de la decoración’, del escritor y diseñador de Los Ángeles Nicholas Korody (Rua Ediciones), es un original y sorprendente ensayo que filosofa sobre el menosprecio que ha sufrido y sufre la decoración como disciplina digna de ser investigada, y cómo, sin embargo, sirve a poderosos intereses para la creación y difusión de estándares que permiten ‘formatear’ a las sociedades, desde la racialización a la invisibilización histórica de las mujeres y sus trabajos domésticos. Es precisamente este aspecto el eje abordado por Korody en la introducción, ‘O la utilidad de lo inútil’, de la que os ofrecemos aquí un sustancioso extracto.

Antes de dar paso al texto de Korody, le hemos pedido al arquitecto-pensador Andrés Jaque una valoración de este libro, que sabemos que aprecia: “Los usos de la decoración reflexiona sobre temas que, en los tiempos de Ikea, Grindr y la hegemonía del real estate porn, nos han obsesionado a muchos de los que escribimos sobre arquitectura: la dimensión política de los interiores y la fabricación colectiva de lo doméstico”.

“Debido a una serie de procesos socioeconómicos y jurídicos, hacia finales del siglo XVII en Europa, a las mujeres realmente se las veía como personas sin ocupación y a los frutos de su trabajo como algo sin valor. Este contrato sociosexual, íntimamente relacionado con la circunscripción de la sexualidad femenina y la mecanización del cuerpo femenino al servicio de la reproducción biológica, era en parte compensatorio para el proletariado masculino y sustituía la tierra y los recursos perdidos debido al cercamiento por la transformación apropiativa de las mujeres y su trabajo en un bien común sustitutivo al servicio de la reproducción social. Esto no solo llevó a las mujeres a situaciones de precariedad y dependencia económica, sino que también devaluó radicalmente el trabajo en general, ya que los salarios no estaban, en realidad, determinados por el verdadero coste de la reproducción de la fuerza laboral. Además, sirvió para crear nuevas divisiones dentro de la clase trabajadora, pues los intereses del proletariado masculino estaban, en ciertos casos específicos, más en sintonía con los de los hombres capitalistas que con los de las mujeres proletarias. Esta es una tendencia inherente a los procesos de acumulación originaria en general, que Federici describe como una acumulación no solo de trabajadores y recursos, sino también de diferencias y divisiones sociales. Surgieron nuevos discursos para naturalizar estas relaciones sociales, que definían a las mujeres y su labor como derrochadoras y excesivas, entre otros adjetivos.

Según este marco social, dado que la decoración es, por definición, trabajo doméstico, también es trabajo de mujeres, es decir, no es trabajo. En otras palabras, en este período, la decoración estaba incluida en las relaciones sociales capitalistas junto con las tareas domésticas en general, lo que dio como resultado la desinversión de su carácter laboral, una supresión que persiste en la actualidad. Pero la decoración no solo fue una víctima de este cercamiento histórico, sino que también se puso a su servicio. Es decir, el divorcio de la reproducción social de otros modos de producción requería la invención de un nuevo entorno espacial, el hogar capitalista, tanto como la producción industrial requería la fábrica. La decoración llevó a cabo gran parte de este trabajo, como lo demuestra la habitación ininterrumpida de la vivienda pre-capitalista a pesar de la pérdida de acceso a los recursos que la habían sostenido previamente. Al igual que a través de una nueva construcción, el primer hogar capitalista adquiere su apariencia como tal, un espacio alejado del trabajo que le proporciona al obrero un descanso de las miserias de la fábrica, a través de la decoración. Sin dicha apariencia, ni la expropiación del trabajo femenino ni el propio sistema de trabajo asalariado, basados en la ficción espaciotemporal de una correlación entre un salario y el tiempo de trabajo personificados en el verbo “char”, serían operables. Se tendría la sensación de que la vida del trabajador y su trabajo tienen lugar en el mismo sitio. La labor de la decoración es autófaga: crea ausencia de trabajo, tanto el suyo propio como en general.

En este sentido, la decoración puede entenderse como parte y producto de procesos de acumulación originaria, tanto históricos como contemporáneos. Es decir, la acumulación originaria es recurrente –está ocurriendo aquí y ahora, y a menudo con la misma sangre y el mismo fuego– no es simplemente un hecho del pasado, como lo entienden algunos intérpretes de Marx. El avance de ciertas economías capitalistas depende del subdesarrollo de otras, que se colocan en una posición de servidumbre y endeudamiento perpetuo para que puedan ser explotadas como fuentes de materias primas, mano de obra mal pagada o no remunerada y eliminación de desechos. Pero la acumulación originaria sigue ocurriendo también en las economías capitalistas avanzadas, por ejemplo, mediante la privatización de los sistemas de asistencia social ofrecidos por los capitalismos anteriores o la incautación corporativa de bienes comunes digitales emergentes. Supeditada a bienes y materiales baratos y producidos en masa, la decoración en economías capitalistas avanzadas opera de forma constitutiva a la antigua escala global. Al mismo tiempo, como práctica espacial generalizada y cotidiana, también deja rastros de procesos nuevos y continuos de acumulación originaria inherentes a las economías avanzadas, por no decir que participa asimismo directamente en ellos.

Anuncio de mediados del siglo pasado con la típica imagen de una familia convencional, asociada con la felicidad.

La capacidad de la decoración para actuar como mecanismo de tales procesos hoy en día depende de la negativa popular –o, tal vez, de su incapacidad– a reconocerla como trabajo, que es en sí mismo el producto de la histórica acumulación originaria. Pero, en parte debido a esto, puede resultar difícil identificar cambios históricos precisos en los significados o prácticas de decoración solo a través del análisis formal. La devaluación de la decoración, agravada por el hecho de que es un trabajo continuo y sus elementos tienden a tener una vida útil relativamente corta en comparación con otros elementos arquitectónicos, ha dejado poco en lo relativo a un archivo visual de interiores domésticos, concretamente los de clase trabajadora, antes de la invención de la cámara. La historia escrita de la decoración también es escasa, muy probablemente porque no ha sido, y en gran medida sigue sin serlo, lo suficientemente importante como para historificarla. De lo que existe, la mayoría tiende a centrarse casi exclusivamente en los espacios domésticos de la nobleza y la burguesía. De hecho, si se mencionan las prácticas decorativas del siervo o del trabajador asalariado, generalmente se trata de una nota aparte o nota a pie de página que explica cómo, en condiciones de pobreza, la decoración es un exceso que ni siquiera se tiene en cuenta y mucho menos se practica. Según esta narración, la decoración no entra en los hogares de la clase trabajadora hasta el siglo XIX, con la aparición de los productos básicos asequibles producidos en masa. Pero este relato, que presupone definiciones coherentes y transhistóricas tanto para la decoración como para la domesticidad, es más una prueba de la naturalización de una subsunción total en la lógica de la mercancía que de las prácticas espaciales reales de las clases trabajadoras anteriores al siglo XIX. Es decir, la decoración, tal y como la concebimos, es fundamentalmente una decoración capitalista y simplemente no se ve afectada por la reificación, sino que es la reificación misma en forma de práctica espacial. Por ejemplo, la creencia común de que nos expresamos a través de la decoración reifica las relaciones sociales como mercancías y al sujeto como un objeto estable y duradero reducible a tal representación. Cuando decoro, yo no percibo a un trabajador en una fábrica textil sino un mantel y, a su vez, tú no percibes un mantel, sino la expresión de una parte de mí. Del mismo modo, lo doméstico, o la familia, no es una entidad autónoma, determinada que habitamos, sino que aparece como tal a través de la reificación del modo capitalista de reproducción social y, por lo tanto, opera necesariamente como un descriptor que a la vez es deíctico y está integrado en una economía de asociaciones compartidas. De esta manera, mediante una apariencia de estructuras de ordenamiento duraderas, la decoración se utiliza de forma recurrente como un medio para habituar al sujeto a cambios radicales en la vida cotidiana. En la práctica, esto significa que la decoración capitalista a menudo tiende hacia una lógica conservadora expresada formalmente a través de la estética nostálgica y el mantenimiento de estilos históricos, incluso cuando ya no se ajustan a las configuraciones sociales de la época. Por lo tanto, las apariencias formales de los productos reificados de la decoración no necesariamente exhiben con una claridad particular ni las relaciones sociales que las determinan ni los significados y usos específicos de la decoración dentro de un contexto dado. De hecho, a menudo los ofuscan intencionadamente.

Asimismo, si bien los procesos históricos específicos que devaluaron el trabajo doméstico continúan atormentando el presente, en lugar de una única transformación de práctica pre-capitalista a práctica capitalista, la decoración cambia continuamente junto con las relaciones sociales capitalistas. Además, como cualquier invitado sabe, la decoración nunca es una práctica unificada, aunque casi siempre depende de estrategias compartidas, también conocidas como tendencias. Esto se debe a que la decoración, al igual que la familia que ayuda a producir, está organizada de acuerdo con una lógica paradójica: debe, a la vez, ser irreductiblemente personal y, al mismo tiempo, crear entornos discernibles que se ajusten a un conjunto de protocolos en constante cambio que deben ser aprendidos. Esto se manifiesta como un conjunto increíblemente complicado y difícil de trabajos físicos, intelectuales y creativos. Para ayudarnos a dirigir y reducir estos trabajos, se ha desarrollado un sinfín de tecnologías, desde consejos maternales y guías del siglo XIX hasta tutoriales de HGTV y YouTube. Una tendencia es una de esas tecnologías. Es, en cierto modo, un algoritmo diseñado para automatizar los trabajos de decoración. Pero, igualmente recopiladas de acuerdo con la lógica de la mercancía, las tendencias también contribuyen al trabajo de decoración cuando, al aparecer y desaparecer, crean una necesidad artificial de redecorar. Esto sirve para mantener el valor social y material de la vivienda mercantilizada, que es fetichizada independientemente de si es propia o está alquilada, en venta o embargada. La máxima “el trabajo de la mujer en casa nunca se acaba” resulta bastante literal.

Por estas razones, la decoración puede resultar difícil de apreciar. Al igual que gran parte del “trabajo femenino”, las fuerzas hermanadas de la difamación y la trivialización la han expulsado fuera de los límites de la investigación legítima y se han aliado con la reificación para disfrazar su carácter laboral de una forma de autoexpresión que es demasiado personal para el sociólogo y demasiado general para el historiador del arte. Pero, aunque se pudiera captar su atención, los recursos siguen siendo escasos en un archivo vaciado tanto por negligencia como por la lógica de autoborrado de su material. Además, entre lo específico y lo genérico, ningún producto único de los trabajos de decoración puede servir eficazmente de metonimia para el todo, mientras que las prácticas de decoración, naturalizadas y reificadas, tienden a oscurecer en lugar de a expresar las relaciones sociales que las constituyen. La decoración es tan habitual que es prácticamente inutilizable para su propio estudio directo. Pero, en cambio, si recurrimos a los usos de esta habitualidad, las maneras en que los supuestos normativos que rodean la práctica se utilizan para fines no deseados, la decoración podría surgir de las largas sombras proyectadas por su escarnio”.

‘Los usos de la decoración’, textos y diseño de Nicholas Korody. Traducción de Almudena Romay Cousido. Maquetación de Diego Lara. Rua Ediciones. 

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