Un viaje al limbo (que sí, amiguitos, sí, sigue existiendo)

Un viaje al limbo (que sí, amiguitos, sí, sigue existiendo)

Un fragmento del cuadro ‘Cristo en el limbo’, de Jan Brueghel.

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Hoy, Domingo de Resurrección, ‘El Asombrario’ ha querido plantearse si el limbo realmente fue abolido o sigue existiendo. En fin, nos parece que sigue habiendo muchos limbos aquí y ahora. Viajamos a tan indómito lugar de la mano de Dan Fox, escritor, músico y director de cine, y su libro ‘Limbo’, recién publicado por la editorial De Conatus. Os ofrecemos uno de sus capítulos: “El limbo es un país limítrofe donde esperar con incertidumbre algo, o bien donde pudrirse en la certidumbre de nada”.

«Un problema técnico que presenta estar “en el limbo” es que lo abolieron en 2007. Supuestamente fue por el bien de los niños. Como quien lo abolió fue la iglesia católica, los niños os podrán decir que esto no fue garantía de nada. El limbo ya había sido tachado del catecismo católico en 1997, pero el concepto en sí no había sido oficialmente desmantelado. Después de una consulta de tres años autorizada en 2004 por el papa Benedicto XVI, la Iglesia le entabló las puertas y ventanas de manera definitiva por medio de un informe de 41 páginas de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano, de título escueto: “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo”.

Como cualquier religión, a la iglesia de Roma le gusta considerarse el Único Departamento Verdadero de Planificación de la eternidad. Sin embargo, las suyas no son las únicas leyes de zonificación teológicas. Los zoroastrianos promulgan la existencia del hamistagan, un redil para las almas cuyas buenas y malas acciones tienen el mismo peso, y los budistas tibetanos creen en el bardo, un estado de transición entre la muerte y la reencarnación. En el islam, está el barzakh (que viene del término persa que significa “barrera” o “partición”), un periodo intersticial que uno pasa entre la muerte y el Bihar al-Anwar, el Día del Juicio. Según el académico Meir Lubetski, la palabra “lmn”, en sus primeros usos en el seno de las culturas mediterráneas de la Edad del Bronce, significaba un punto en que se encuentran la tierra y el mar o bien un puerto. En latín la palabra limbus, que significa “borde” o “reborde”, describía originalmente las fronteras del Imperio Romano. La palabra evolucionó hasta significar espacios de transición e intermedio. En el uso común de hoy en día, se refiere más habitualmente a un periodo intersticial de incertidumbre mientras se espera una decisión. En ese sentido es otra forma de denominar al misterio. Geografías de puntos ciegos: el Triángulo de las Bermudas, el Área 51. El limbo puede ser la parálisis que provoca ver los antagonismos de la vida desde perspectivas múltiples. También es una estación de paso para el exiliado. O peor, un estado de abandono. La palabra abarca desde la cautividad existencial hasta los estados reales de encarcelamiento. El limbo es un país limítrofe donde esperar con incertidumbre algo, o bien donde pudrirse en la certidumbre de nada.

El cierre de la rama Católica Romana del limbo no trajo cambios discernibles a los asuntos terrenales. La eliminación del limbo del más allá pandimensional por parte del Papa Benedicto en 2007 no provocó que se esfumaran las largas colas de la Oficina de Correos, ni puso fin a las horas de espera en los aeropuertos intentando encontrar la comodidad en unos asientos diseñados por gente que creía que la “ergonomía” se escribía “p-u-r-g-a-t-o-r-i-o”. Todavía hoy en día los autobuses siguen sin llegar a su hora cuando llueve y llegas tarde al trabajo. El mensaje automatizado “Estamos sufriendo un volumen alto de llamadas” sigue otorgándonos el papel de héroes en nuestra aventura personal de Franz Kafka. (Me pregunto qué música para amenizar las esperas te ponen en el limbo. Un dron solitario y sin cambios. Una tipo pasaje-puente perpetuo que nunca da paso al estribillo. Un bucle encallado del tema Windmills of Your Mind: “Round like a circle in spiral, like a wheel within a wheel / Never ending or beginning on an ever spinning reel…”). Las decisiones pendientes sobre relaciones, solicitudes de empleo, exámenes de la escuela, plebiscitos, peticiones de tarjetas de crédito, extensiones de descubiertos bancarios, pruebas médicas, investigaciones gubernamentales, reclamaciones al seguro, comprar una casa, salir del armario, tener hijos, divorciarse, cambiar de sexo, vistas judiciales, vistas de libertad condicional, casos de eutanasia, autopsias y condenas a muerte siguen estando pendientes.

Mientras los teólogos católicos del Papa Benedicto empezaban a cuestionarse su fe y sus ideas metafísicas, Mehran Karimi Nasseri estaba iniciando su decimoquinto año consecutivo de vida en la Terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle, atrapado sin papeles y sin forma de entrar en Francia ni de regresar a Irán, su país de origen. (Por fin lo admitieron a un futuro incierto en París en 2007, pocos meses después de la abolición del limbo. Quizá el Vaticano supiera algo). En 2013, el soplón de la inteligencia americana Edward Snowden se pasó cuarenta días en el aeropuerto de Sheremetyevo mientras escapaba de las autoridades americanas. La desaparición del limbo tampoco permitió a Constantin Reliu escapar de la suspensión de la ley. El hombre de 63 años regresó a su Rumanía natal después de veinte años viviendo en Turquía para descubrir que lo habían declarado oficialmente muerto, a pesar de presentarse ante un tribunal para disputar su propio certificado de defunción en marzo de 2018.

Hay millones de solicitantes de asilo, de refugiados, inmigrantes y apátridas que viven atrapados sin países que les confieran la pertenencia a una comunidad política; sin esa ciudadanía y ese pasaporte que les concederían lo que Hannah Arendt llamaba “el derecho a tener derechos”. Los barcos de refugiados deambulan por el Mediterráneo y se les niega el asilo en un puerto tras otro. Las familias son separadas a la fuerza en la frontera de Estados Unidos y los niños son metidos en jaulas y después perdidos en centros de los servicios sociales de todo el país. Siguen preguntándose si alguna vez se reunirán. El limbo convertido en arma.

“La identidad cultural no está fijada, es un banquete móvil”, dijo Stuart Hall, que veía la Historia y el origen como una “conversación inacabada”, pero intenten ustedes invitar a ese banquete al nativista de mano dura. Los agresivos y agraviados que intentan empujar el mundo a la derecha política culpan de muchos problemas a quienes cruzan las fronteras nacionales en busca de una vida distinta. Los populistas tienen la fijación de fijar fronteras porque así ofrecen vías para controlar a los cuerpos que temen (debido a la etnicidad, el sexo, el género y la clase social) y a los cuerpos que ansían (aquéllos parecidos a los suyos propios, o más fáciles de explotar a cambio de un beneficio político). Da igual cómo de lejos viajes en el mundo, el único lugar del que no te puedes escapar es tu cuerpo de carne y hueso. Rodillas que crujen, pies que duelen, una barriga que necesita que la alimentes, una boca y una lengua adiestradas para formar palabras de una manera determinada, una forma de hablar que revela tus orígenes, unas enfermedades que te advierten de un mundo tóxico. Tu cerebro siempre habita en el mismo lugar, independientemente de adónde se pueda retransmitir tu presencia online. Tus extremidades y órganos se pueden trasladar de un continente a otro, acompañados de cualquier teléfono, ordenador portátil u otro portal de internet hecho de plástico y metal que te mantenga conectado a tu vida digital, pero esas partes corporales nunca se pueden tomar unas vacaciones las unas de las otras. (Incluso un brazo o una pierna perdidos pueden perdurar en la cámara del timón del amputado a modo de parte funcional del cuerpo, de miembro fantasma). Muchos cuerpos no pueden viajar sin encontrarse con malos tratos, prisas, negativas, restricciones o bien con el supuesto de que todos los cuerpos pueden subir escaleras y tienen la fuerza suficiente para abrir puertas y la vista para leer letreros.

Las expresiones que se usan comúnmente para describir la pertenencia, para significar alguna clase de hogar, son espaciales: “encajar”, por ejemplo, o “encontrar tu lugar” emocionalmente. Pocos dirían que les gusta “ser un pulpo en un garaje”. Podemos correlacionar esas ideas con las imágenes musicales de estar “al unísono”, “en armonía”, “de acuerdo”, “afinado”; es decir, de estar viviendo y trabajando entre gente de mentalidad similar. Se trata de un lenguaje arraigado en el hecho de tener cuerpos que necesitan lugares físicos que habitar cómodamente, entre vecinos que prefieren incluirnos a excluirnos. El área liminal de una cosa, por definición, tiene que tocar el borde de otra, aunque sólo sea aire apenas imperceptible. El limbo suspende los cuerpos y las mentes en un entre. Igual que Stephanie, que, como cantaba la Velvet Underground, estaba atrapada “entre mundos” y quería saber “por qué si es la puerta no puede ser la habitación”.

Las fronteras que tradicionalmente delimitaban el género y la sexualidad se tambalean y se reconstituyen de formas nuevas. En las artes, “romper fronteras” es un concepto virtuoso hasta el cansancio. Hay quien se regocija de esto y hay quien se atrinchera, aterrado. Quienes tienen miedo a los cambios y a lo que no quieren entender piden divisiones nuevas y más fuertes. Lo paradójico es que se producen atrincheramientos parecidos entre quienes supuestamente desean que desaparezcan todas las fronteras. “La política de oposición a menudo adopta la forma de aquello mismo a lo que se opone”, escribe Paul Clinton. “Las acusaciones que se lanzan a los ‘hombres cis blancos’ refuerzan los esencialismos de los que supuestamente intentan escapar quienes creen en la fluidez de género”.

La capacidad para definir el centro es la capacidad para definir los bordes. Los grupos que no encuentran la aceptación en el medio son empujados a jugársela. La desconfianza hostiga a quienes se atreven a ir “demasiado lejos”, a quienes cruzan visiblemente fronteras interiores en busca de un conocimiento espiritual o terapéutico de uno mismo (por ejemplo, mediante las drogas que alteran la psique), o bien cruzan fronteras externas: piensen en el trágico experimento prometeico del doctor Frankenstein. Para algunos, sin embargo, la vida en los márgenes es una cuestión de principios. Quienes viven peligrosamente, provocando a la muerte a base de cortejar la desgracia por medio de las drogas o de los subidones de adrenalina de los deportes extremos. La figura de posguerra del artista cuya integridad se basaba en la negativa a venderse al establishment. Pero en plenos márgenes se construyen centros nuevos: la familia adoptiva o la comuna radical, por ejemplo, que han rechazado las estructuras tradicionales de

la comunidad en busca de modelos distintos de parentesco. Con el tiempo, el centro se expandirá y terminará por tragarse las tierras fronterizas. Lo que a ojos de una generación parece extremo –demasiado radical o vanguardista– se terminará aceptando en el canon con inevitabilidad lenta y tectónica, integrándose en la actitud del establishment, o incluso en conservadurismo modélico. La actitud indiferente cuidadosamente representada –­evitar acercarse al centro, hacerse el molón en el margen de la habitación– puede degenerar en inercia y cinismo. En los casos más extremos puede impedir a la persona hacer nada por miedo a dejar de molar: ansiedad de estatismo. Ahora el valor de lo que mola se monetiza y se recodifica, y lo usan los ricos y privilegiados para vigilar policialmente las fronteras sociales que los separan de aquéllos a quienes consideran inferiores. De manera que volvemos a encontrarnos en un loft extradimensional decorado con tonos grises minimalistas de lujo y sin vida a lo Jil Sander».

‘Limbo’. Dan Fox. De Conatus. Traducción de Javier Calvo. 142 páginas.

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