Un viaje al Triásico ibérico en busca de enormes reptiles marinos

Un viaje al Triásico ibérico en busca de enormes reptiles marinos

Paludidraco y parahenodus (con caparazón). Ilustración: Eloy Manzanero.

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Uno de los periodos que más sorpresas está arrojando sobre nuestra Prehistoria es el Triásico, una etapa encuadrada dentro de la Era Mesozoica. “Han ido apareciendo registros interesantes de vertebrados pertenecientes a ese periodo”, asegura Francisco Ortega, investigador principal del grupo de Biología Evolutiva de la UNED. “A medida que metemos más ‘presión de investigación’, se demuestra que la referida etapa tiene más chicha en la Península Ibérica”. Os proponemos algo que siempre ayuda a relativizar la actualidad: un viaje en el tiempo, entre 251 y 201 millones de años atrás, justo antes del más ‘popular’ Jurásico. Nos vamos a encontrar con enormes reptiles marinos.

De hecho, “durante los últimos años, el conocimiento en torno a este asunto ha avanzado bastante”, explica el paleontólogo Carlos de Miguel. Gracias a ello, “han salido a la luz multitud de restos, se han descrito especies novedosas y se han redefinido fósiles que se conocían desde hace más de 50 años”. Las informaciones inéditas sobre la materia, así como la revisión de los datos ya registrados, “han permitido comprender mejor la fauna triásica ibérica, además de encuadrarla en su contexto y poder compararla con ejemplares de otros puntos, especialmente de Europa”, subraya De Miguel.

No es extraño que la potencia paleontológica peninsular sea muy fuerte. Y para muestra, un botón. En El Algarve (Portugal) se han hallado testimonios de reptiles continentales triásicos muy relevantes. Unos ejemplos a los que se añaden otros fósiles del mismo periodo excavados en el Eje Huesca–Cataluña o en el Rango del Sistema Ibérico, que comprende las provincias de Teruel, Cuenca y Guadalajara. Pero, al mismo tiempo, también se han de mencionar trabajos que se están desarrollando en Jaén, Granada, Ciudad Real y Albacete, y que están obteniendo muy buenas informaciones.

Uno de los emplazamientos más relevantes se encuentra en Alcover (Tarragona). “Se trata de un yacimiento en el que han aparecido muchos de los grupos de especies triásicas y, en no pocos casos, estaban muy bien representados”, asegura Carlos de Miguel. En este caso, los fósiles han aparecido como impresiones. “Son una suerte de siluetas”, describen los investigadores.

De cualquier forma, gracias a los datos que se logran, los expertos edifican el conocimiento sobre la fauna de la época. “Dentro de este marco general se van construyendo las peculiaridades”, confirma Francisco Ortega. “Tenemos una relativa baja información sobre el Triásico Inferior, pero cuando llegamos a hace 240 millones de años, que es cuando se inició el Medio, comenzamos a tener información interesante”.

Asimismo, en torno a determinadas especies, como los anfibios, “se está trabajando muy bien, sobre todo desde el Instituto Catalán de Paleontología”, enfatiza Adán Pérez–García, especialista de la UNED. En otros lugares, sin embargo, los esfuerzos se centran en el estudio de las huellas fósiles. Como curiosidad, la primera de ellas se descubrió hace más de 100 años en el centro peninsular. “Este rastro presenta marcas de escamas y, además, permite ver qué movimiento realizó el animal a la hora de desplazarse”, explican los científicos.

Este descubrimiento se realizó hace un siglo en los límites del actual Geoparque de Molina de Aragón–Alto Tajo. Más concretamente, en la localidad de Rillo de Gallo. “La primera alusión escrita a este hallazgo figuró en las actas correspondientes a la sesión del 13 de enero de 1897 de la Real Sociedad Española de Historia Natural”, explican los historiadores. “Aunque este resto no fue documentado hasta 1897, el mismo se encontró unos años antes. En septiembre de 1896, el catedrático Anselmo Arenas López ya tenía constancia de la existencia de la pieza”.

“Para el mencionado autor, las impresiones observadas en los márgenes laterales de la huella fueron producidos por un reptil que se movía como un dinosaurio y no por un animal que pudiera gatear por el suelo”, aseguran Díaz–Martínez y Pérez–García en el artículo Historical and Comparative Study of the First Spanish Vertebrate Paleoichnological Record and Bibliographic Review of the Spanish Chirotheriid Footprints. La antigüedad de este resto, y el interés que despertó a finales del siglo XIX, refleja la relevancia que ha ido adquiriendo el estudio del pasado a través de los fósiles. Desde entonces, la investigación paleontológica se ha incrementado exponencialmente.

Parahenodus. Ilustración de Carlos de Miguel.

La relevancia de El Atance

Gracias a ello, se ha empezado a contar con una información de calidad sobre fauna triásica. Y especialmente, en todo lo relacionado con reptiles costeros. Una realidad en la que el yacimiento de El Atance –emplazado al norte de Guadalajara– ha jugado un papel fundamental. “Este punto tiene una singularidad importante que lo hace muy llamativo en el conjunto del registro triásico español”, explica el investigador Francisco Ortega.

No en vano, este lugar se constituye como el primero en el que se han descubierto ejemplares de reptiles articulados casi completos y de gran tamaño. A esta buena noticia se une que también “se han conservado los fósiles en tres dimensiones”, por lo que “se pueden reconstruir gran parte de los esqueletos de estos animales”, explican los especialistas.

Tal es la relevancia del sitio que –en su interior– se han descrito dos nuevas especies. La primera ha recibido el nombre de Paludidraco multidentatus y se refiere a un reptil marino triásico que vivió hace 230 millones de años y que se caracterizaba por su gran talla –en torno a los tres metros de longitud– y por su cuerpo “robusto y macizo”. Algo que se ha conocido gracias al hallazgo de sus costillas y vértebras, caracterizadas por estar “muy engrosadas”. “Una circunstancia que, a priori, limitaría la gracilidad de los movimientos de este animal”.

Al mismo tiempo, su cráneo y mandíbula “parecen frágiles”, mientras que su dentadura “presenta una empalizada de dientes muy pequeños y numerosos”, pudiendo variar entre las 100 y 200 piezas. “Todas estas características nos hacen pensar que el Paludidraco multidentatus se desplazaba lentamente por el fondo marino del litoral o de lagunas costeras poco profundas, filtrando el sedimento o alimentándose de material vegetal”, asegura De Miguel.

La segunda de las especies descritas al norte de Guadalajara es una suerte de endemismo de la zona. De hecho, su denominación oficial –Parahenodus atancensis– hace referencia a El Atance, el emplazamiento donde se describió. Pero ¿qué era este animal? Se trataba de un reptil marino con caparazón, perteneciente al grupo de los placodontos. “Presenta una serie de características intermedias en relación a otros ejemplares de la misma especie, considerados más típicos”, describen los responsables del descubrimiento.

Gracias a ello, se vislumbra “cómo pudo ser la transición evolutiva entre las diferentes formas de esta especie”. Los placodontos “son, en su mayoría, sauropterigios durophagous, cuyo registro va desde el Triásico Medio hasta el Tardío”, confirman De Miguel, Ortega y Pérez–García en el artículo The Iberian Triassic fossil record of Sauropterygia: an update.

A pesar de estos buenos resultados, la labor de los responsables de El Atance continúa. No paran. “Una de las líneas sobre las que estamos trabajando ahora mismo es intentar conocer las características paleo–ambientales del yacimiento”, explica Adán Pérez–García. En este sentido, los especialistas destacan que, a pesar de la antigüedad del lugar (230 millones de años), sus estratos conservan muy convenientemente ciertos elementos, como restos de polen, de esporas, de algas, de vegetales terrestres e, incluso, de organismos acuáticos…

Por tanto, “hemos empezado a entender más y mejor el contexto en el que vivían los animales triásicos de este emplazamiento”, asegura Adán Pérez–García. “Estamos reconstruyendo un ambiente muy preciso, tanto del medio acuático como del terrestre”. En consecuencia, El Atance no sólo es importante por los fósiles que se han extraído dentro de sus límites, sino también por los restos de materia orgánica que se han recuperado en su entorno.

De todos modos, ¿se tiene información sobre el contexto ambiental general en el que se desarrolló el Triásico ibérico? “Se conoce bien, aunque de manera regional”, asegura Francisco Ortega, de la UNED. “Trabajamos con un marco temporal muy largo, durante el cual ocurrió casi de todo. Por ejemplo, en Guadalajara, en un lapso de unos 40 millones de años se observó el tránsito desde ecosistemas de ribera hacia otros contextos más próximos al litoral marino”.

Y ante la mencionada evolución, ¿se ha notado alguna adaptación de la fauna de la época a las diferentes condiciones ambientales que existieron durante el periodo? “Dependiendo del contexto, existió una especie u otra”, confirman desde la UNED. “A medida que la costa se apoderó del territorio y el nivel del mar fue subiendo, la fauna se amoldó a las nuevas circunstancias y se fue diferenciando…”.

Paludidraco. Ilustración de Carlos de Miguel.

El compromiso de los poderes públicos

Según las investigaciones han ido arrojando resultados positivos, las administraciones han mostrado “un interés creciente en la protección, conocimiento y divulgación del pasado paleontológico español”, confirma Francisco Ortega. “Se ha pasado de considerar a este patrimonio como algo anecdótico a realizar una buena gestión del mismo”.

Esta nueva apuesta se ha observado en la fundación de museos temáticos, en el impulso de normas y criterios unificados de excavación e incluso en el estímulo de la financiación pública para este tipo de investigaciones. Por tanto, “existe una tendencia a que la situación mejore y a que tengamos más y mejor información”, confirman los implicados. “¿Podríamos estar mejor? ¡Por supuesto! Pero, aunque nos quejemos, nos encontramos en el lugar que nos corresponde, de acuerdo al contexto que vive la ciencia española a día de hoy”.


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