Vuelve el mítico cómic de la juventud marginal de los 70
El Vicen, protagonista del cómic ‘Sangre de Barrio’.
‘Sangre de barrio’, del mítico Jaime Martín, uno de los grandes narradores gráficos europeos, que se hizo famoso en ‘El Víbora’, es una novela gráfica ambientada en la Barcelona de finales de los 70 que retrata la realidad de un grupo de jóvenes marcados por la violencia, la marginalidad y la falta de oportunidades. La rabia de una juventud desheredada. Ahora vuelve de la mano de Norma editorial. A través de una narración de fuerte carga social, el autor explora las tensiones de la vida en los barrios obreros, el inhóspito extrarradio, donde la amistad, los conflictos familiares, la delincuencia y el consumo de drogas forman parte del entorno cotidiano.
Con un trazo de gran expresividad y una puesta en escena hiper realista, Martín construye un atractivo relato que combina acción, drama y crítica social para reflejar una época de profundos cambios en España. Lejos de mitificar a sus personajes, las viñetas muestran sus contradicciones, aspiraciones y dificultades para adaptarse, ofreciendo una mirada humana sobre una generación que creció en un contexto de desigualdad e incertidumbre.
Jaime Martín (L’Hospitalet de Llobregat, 1966) es uno de los autores más destacados del cómic español contemporáneo. Inició su trayectoria profesional en 1985 publicando en frágiles revistas del under catalán, pero fue su incorporación a la mítica revista El Víbora en 1987 la que consolidó su carrera. Allí desarrolló un estilo narrativo de fuerte carga realista y social, que alcanzó su primera gran expresión con este Sangre de barrio, obra galardonada con el Premio Autor Revelación del Salón Internacional del Cómic de Barcelona en 1990.
A lo largo de su trayectoria ha firmado títulos como Los primos del parque, La memoria oscura, Lo que el viento trae, Todo el polvo del camino y la aclamada trilogía formada por Las guerras silenciosas, Jamás tendré 20 años y Siempre tendremos 20 años, en la que explora la memoria familiar y la historia reciente de España. En 2024 publicó Un oscuro manto, una novela gráfica ambientada en el Pirineo catalán que confirma su interés por la memoria, la identidad y los conflictos sociales.
Tras el cierre de El Víbora, Jaime Martín orientó buena parte de su producción al mercado franco-belga, publicando con la editorial Dupuis y logrando una notable proyección internacional. Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas y editadas en países como Francia, Bélgica, Italia, Alemania, Estados Unidos, Brasil, Canadá o Corea del Sur, consolidando su prestigio como uno de los grandes narradores gráficos europeos. Su dibujo expresivo, el cuidado de la ambientación y su capacidad para combinar historias personales con una profunda mirada social lo convierten en una figura esencial del cómic actual.
No es una novela autobiográfica, como has dejado claro en múltiples ocasiones, pero tu historia sí que recorre un tiempo y una geografía real, en absoluto ficticia… ¿Por qué quisiste dibujar, precisamente, esa realidad?, ¿tanto te inspiraba lo que te rodeaba?
Efectivamente, no es una historia autobiográfica. Sangre de barrio está ambientada en mi ciudad, porque, cuando la escribí, era lo que mejor conocía. Gran parte de lo que aparece en ese álbum fue lo que muchos adolescentes del extrarradio de Barcelona vivimos a inicios de los 80. Cuando estás inmerso en ese ambiente desde niño, creces en él y tienes la certeza de que permanecerás atrapado durante gran parte de tu vida, es inevitable que la realidad acabe calando en el trabajo.

Jaime Martín, autor del cómic ‘Sangre de barrio’.
Ciudades grandes, como Barcelona o Madrid, crecieron en los años 70 dando lugar a esos extrarradios donde nos criamos algunos de nosotros…
Sí, la realidad que viví es parecida a la que dibujé, pero no debemos olvidar que es una historia de ficción; por tanto, para facilitar el progreso de la trama, se enlazan una serie de hechos con el fin de dramatizar el relato. Sin embargo, estoy seguro de que ese sentimiento de peligrosidad que flotaba en el ambiente lo compartirían muchas personas de mi generación que vivieron en los barrios de Hospitalet o en tantas otras ciudades de la periferia. Los atracos a punta de navaja estaban a la orden del día, y no era nada extraño encontrar jeringuillas en los abundantes descampados y en los rincones de la ciudad.
¿A qué edad empezaste a dibujar cómic y cómo aprendiste a hacerlo?, ¿cuál fue tu escuela?
Dibujo desde que tengo memoria; antes de aprender a leer ya repasaba con un bolígrafo los tebeos que había por casa. Mi madre me contaba que pasaba las hojas y, cuando veía un dibujo que me llamaba la atención, empezaba a repasarlo como si el hecho de pintar encima de aquellas viñetas me permitiese absorber todo el conocimiento de sus autores. Después, cuando llegué al instituto con 14 años, en 1980, descubrí la revista El Víbora y se me abrió todo un mundo. Venía de leer cómics de género, como por ejemplo la revista Creepy o 1984, pero El Víbora lo cambió todo. Eran historias mucho más cercanas al mundo real: había sexo, drogas, rock and roll, delincuencia, problemas con la policía y con las bandas…
La banda sonora tiene su propio peso en este volumen que se reedita: Ramoncín, Barricada, Burning o Rosendo… ¿Te inspiraba también esa música a la hora de ponerte con la tinta?
La banda sonora, como bien dices, fue muy importante para mí. Básicamente escuchaba rock urbano; las letras de todos aquellos grupos eran de gran inspiración. Además, fluía en ambos sentidos, es decir, algunas estrofas me inspiraban escenas para incluir en una historia, pero también algunas viñetas pedían a gritos incluir un estribillo que le iba al pelo para redondear la narrativa.
¿Qué música te inspira hoy en día para dibujar?
Hoy en día, mi principal fuente de inspiración siguen siendo los relatos y experiencias vividas con mis amigos o familia. También me interesa mucho de qué forma los acontecimientos políticos, sociales y económicos influyen en las personas. Leo más ensayos que novelas y escucho audiolibros mientras dibujo. Por supuesto, sigo escuchando bandas interesantes como Bala, con sus letras contundentes. De todo ello hago un destilado y lo aplico tanto a historias personales como de ficción, porque incluso en la ficción me gusta dejar una cierta huella de todo aquello que me preocupa.
Lo Quinqui es algo que ha regresado a la actualidad desde hace unos años, una especie de nostalgia sobre las peligrosas bandas callejeras, los chutes, tirones a viejecitas y robos de ‘loros’ de coches… una especie de romanticismo sobre aquellos años… Tu cómic se enmarca ahí. ¿A qué crees que se debe esta fascinación actual por aquellos tiempos, sin duda, peligrosos?
Coincido contigo en que lo quinqui es algo que ha regresado a la actualidad y que ejerce una cierta fascinación sobre las generaciones más jóvenes. También creo que se ha llegado a romantizar, prestando más atención a la parte lúdica –ese rollito de chicos malos haciendo de las suyas, como quien vive una aventura sin más– sin profundizar en el porqué de todo aquello.
La realidad era mucho más desagradable: altos índices de paro y desigualdad social, barrios de alta densidad de población desprovistos de suficientes recursos, etcétera. Recuerdo que, a principios de los 80, íbamos sobrados de atracos a punta de navaja; la droga dura fue mal gestionada por toda una generación que no era consciente de las consecuencias que le reportaría, y la policía de Franco, todavía en activo, ejerciendo abuso de poder constantemente.
Recuerdo volver a casa con los amigos un domingo por la noche –veníamos del Barrio Chino de Barcelona, de una discoteca de melenudos–, entrar en el vagón del metro y encontrarnos a un yonqui sentado en el suelo inyectándose una dosis. No es que eso fuese el pan de cada día, pero tampoco era algo inusual. En otra ocasión, vi caer a un tipo desde lo alto de una azotea en las callejuelas cercanas al puerto de Barcelona, a las cinco de la tarde, y estamparse contra el suelo delante de un borracho que caminaba por la acera mientras cantaba esa ranchera que dice “una piedra en el camino”. Casi aplasta al viejo, que se quedó de piedra, sollozando ante el cuerpo del muerto. En aquellos años, era habitual que los drogadictos entrasen en los edificios viejos y subiesen a la azotea para inyectarse sin que nadie los molestase. Algunos acababan sufriendo ese tipo de percances.

Realmente, no solían tener buen final estos personajes, con una vida de usar y tirar, siempre al límite…
Había de todo, claro. Cuando era quinceañero, gran parte de los jóvenes de la generación anterior fueron pasto de la heroína; sin embargo, entre la gente de mi generación no causó tantos estragos, porque ya se hablaba mucho de las consecuencias de su consumo. Sí recuerdo muchos casos de fracaso escolar y sus derivas hacia la pequeña delincuencia. De vez en cuando nos enterábamos de que algún conocido había acabado en la trena. En una ocasión estuve dando una charla en una prisión de menores de Barcelona; iba acompañado de mi buen amigo Jordi, que también dibujaba historietas. El caso es que empezaron a entrar los reclusos en la sala y Jordi se levantó para saludar a uno: “Hostia, Patata, ¿qué haces tú aquí?”. En fin, siempre había alguien que pasaba al otro lado.
Esta que ahora se reedita fue tu primera obra dibujada en solitario a finales de los 80, ¿qué sientes al verla de nuevo con el paso de tanto tiempo?
Siento una especie de vértigo al constatar la cantidad de tiempo transcurrido, también un tortazo en la cara cuando me enfrento a un trabajo primerizo, donde lo estaba aprendiendo todo. Por otro lado, llama la atención que siga despertando este interés tantos años después. Imagino que algo hice bien.
Las ciudades han cambiado, la población, los tiempos… apenas queda un recuerdo de aquellos años que tratas en tu novela, ¿son en tu opinión ahora mejores o peores tiempos para la juventud?
Es difícil saberlo, ya no soy joven y no percibo las cosas como ellos. Está claro que los tiempos que vivimos son muy diferentes, es muy posible que en una o dos décadas se produzcan cambios muy importantes en lo referente al clima y la economía. Los momentos de cambios radicales no suelen ser muy tranquilizadores, pero se acaban superando. Nuestra generación vivió años bajo la amenaza constante de una tercera guerra mundial, casi que nos hicimos expertos en misiles intercontinentales con cabeza nuclear.
Tal vez deberíamos plantearnos también cómo es la gente joven actualmente. ¿La excesiva dependencia a las redes sociales, el constante consumo de inputs sin pausa que facilite la asimilación, la reflexión y la formación de una opinión propia mediante el contraste con otras fuentes es algo que me resulta especialmente preocupante. A fin de cuentas, si el mundo sufre una deriva hacia el totalitarismo, más vale que la población tenga la cabeza bien amueblada o, de lo contrario, no habrá nadie en condiciones de plantar cara a quienes nos están conduciendo al precipicio.
Veo que has trabajado siendo tu guionista y dibujante y siendo solo dibujante, ¿qué formato de estos dos prefieres o te hace sentir mejor?
El formato en el que me siento más cómodo trabajando es cuando me encargo del guion y dibujo, de esa manera dispongo de absoluta libertad para hacer y deshacer; además, puedo abordar los temas de mi propio interés, sin necesidad de consensuar nada con la otra parte. Dicho esto, mi relación con los guionistas con los que he trabajado siempre ha sido excelente y las dos partes hemos tenido la suficiente confianza como para expresar nuestros anhelos o nuestras reticencias respecto a la forma de abordar el proyecto.
Llevas toda una vida dibujando y creo que eres la persona adecuada para responder… ¿es España un buen lugar para el cómic?, ¿se puede vivir de ello?, ¿hay buenas editoriales?, ¿se paga bien? En fin, que si me das unas breves líneas sobre este país y su industria comiquera, te estaré muy agradecido…
Es una pregunta complicada, porque cada cual te contará la historia según le ha ido el baile. Tratando de ser lo más objetivo posible, diría que, en general, no tenemos una gran base lectora como en Francia. Ese es el principal motivo por el que aquí se cobra menos: como se nos paga por ejemplar vendido, a menos lectores, menos dinero.
Ahora bien, hay que matizar: los editores avanzan una cantidad de dinero en función de las ventas estimadas. Por ejemplo, pueden adelantarte un 50% y, si luego superas esas ventas, vas recibiendo liquidaciones a medida que el libro progresa. Hay casos en los que te avanzan el 100% de la tirada, lo cual está muy bien, pero una tirada media en España ronda los 2.000 ejemplares, así que el adelanto te da para tirar dos meses… Si ese mismo anticipo se hace en Francia sobre una tirada de 12.000 ejemplares, la diferencia es más que evidente. Además, un editor puede avanzarte incluso más del 100% si prevé que la edición se agotará pronto o si tiene ventas aseguradas en el extranjero. Voy a obviar a los caraduras que no adelantan nada a sus autores hasta haber vendido lo suficiente para cubrir gastos y obtener beneficios.
Sea como sea, lo esencial es contar con una base de lectores amplia para que los adelantos nos permitan vivir dignamente durante el proceso de creación de un álbum, que, como mínimo, nos lleva un año de trabajo (tres en mi caso); algo que, en nuestro país, no suele suceder. Afortunadamente, unos pocos autores, como Raquel Córcoles o Paco Roca, venden muchísimo y su situación es ostensiblemente mejor. Diría que, en su caso, han trascendido el público puramente comiquero y han logrado llegar a un sector mucho más amplio. Esa sería la situación ideal: que nuestro trabajo interesase no solo a los lectores de cómic, sino al público general.
¿En qué estás trabajando ahora?
Actualmente estoy trabajando en una historia complementaria a mi anterior trilogía familiar. Podría definirse como una especie de fresco donde trato de contar cómo era la vida en mi barrio en 1950, basado en el testimonio de mi padre y en el de mis tías y otros familiares que en esa época tenían entre ocho y 10 años. ¿Cómo vivían los niños y niñas en aquel barrio tan pobre? ¿Cómo eran los adultos que venían de sufrir una guerra civil, con los problemas que eso conllevaba, como alcoholismo, comportamientos violentos y traumas de toda índole? Quiero mostrar también cómo subsistían las familias en aquella parte de la ciudad de l’Hospitalet de Llobregat, en un barrio especialmente pobre, con asentamientos de barracas. De hecho, mi padre vivió entre los ocho y los 17 años en una.




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