XSCAPE: si intervenimos el paisaje, intervenimos nuestra mente

XSCAPE: si intervenimos el paisaje, intervenimos nuestra mente

Dolmen en un enterramiento en Irlanda. Foto: Pixabay.

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Arqueología, filosofía y neurociencia se unen en XSCAPE, una investigación internacional sin precedentes para estudiar cómo el paisaje natural y artificial dan forma a nuestra mente y visión del mundo. Coordinado por dos miembros del CSIC, ha sido merecedor de la mayor subvención concedida por la Agencia Europea de Investigación (ERC), dotada con 10 millones de euros: “Si se confirman nuestras hipótesis, deberíamos ser muy cuidadosos con el modo en que transformamos nuestro entorno natural y construimos nuestro mundo artificial, ya que estamos también construyendo nuestra mente”, advierten el mismo año en que el mundo artificial ha superado por primera vez el peso de toda la biomasa del planeta.

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En el principio, el pensamiento intuitivo de nuestros ancestros pudo estar dominado por la mirada horizontal y por el círculo. El ascendente solar y lunar, además del ancho horizonte, pintaría en su inconsciente esas formas hasta dejar huella en los monumentos megalíticos. Más tarde, al albor de las primeras civilizaciones, la conceptualización jerárquica impuso una mirada vertical, y la aritmética del cuadrado sustituyó la magia del círculo. El paisaje empezó a domesticarse y redefinirse bajo cánones e intereses materializados en artefactos, cargados de intención, que a su vez dejaban huella e imponían su forma a las nuevas generaciones.

Partiendo de estas observaciones, el arqueólogo Felipe Criado-Boado, director del Incipit (Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC, en Santiago de Compostela) esbozó una pregunta: “Si las distintas acciones humanas sobre el medio pueden comprenderse según el concepto de espacio que tenemos, cada modelo habrá dejado una huella cognitiva. ¿Podemos rastrearla? Fue entonces cuando me puse en contacto con Luis Martínez Otero, del Instituto de Neurociencias (centro mixto del CSIC y la UMH, en Alicante), y con Manuel Blanco, especialista en percepción visual de la Universidad de Santiago de Compostela, con los que hubo una conexión inmediata y empezó a coger forma el proyecto”.

Ensanchando las fronteras de la conciencia ambiental

El proyecto Mentes materiales o completan el alemán Johannes Müller (arqueólogo de la Universidad de Kiel) y el inglés Andy Clark (filósofo cognitivo de la Universidad de Sussex), y tras un largo proceso de selección se alzó en noviembre con la cotizada Synergy Grant, de la Agencia Europea de Investigación, subvención que financia aquellos proyectos que exploren las fronteras del conocimiento con una perspectiva interdisciplinar. El equipo investigará, entre otros aspectos, cómo el mundo artificial (ciudades, edificios, artefactos) altera nuestra forma de procesar la información, nuestros patrones de pensamiento y de atención, lo cual parece obligado a medida que nuestra sobreexposición aumenta.

¿Qué hace un arqueólogo entre disquisiciones sobre el espacio, la mente y la materia? Pues arqueología del paisaje y arqueología cognitiva, disciplinas a las que Criado-Boado ha dedicado buena parte de su carrera y que tratan de dar respuesta a preguntas universales: ¿Cómo sentían y pensaban nuestros antepasados? ¿Cómo veían el mundo? ¿Su cosmovisión era más o menos fiel al mundo que la nuestra, hoy en día tan cuestionada? Su paradigma de realidad, en principio intuitivo y práctico, dependía de unas condiciones materiales naturales que la ideología o la religión fueron tergiversando y aun lastran nuestra mirada.

‘Mentes extendidas’

¿Qué hemos ganado o perdido desde entonces? ¿Cómo ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con el mundo y con los demás según nuestro entorno? “Uno de los asuntos que queremos estudiar es la variabilidad cognitiva”, aclara Luis Martínez desde Alicante. “Por ejemplo, cuando aprendemos una lengua, se articula una estructura gramatical en nuestra mente, pero cuando esa lengua muere ese tipo de estructura se pierde. Lo mismo pasa cuando nuestra mente interactúa con los estímulos del paisaje. A medida que lo transformamos esas estructuras se pierden. La globalización tecnológica parece tender a homogeneizar nuestra experiencia o percepción de la realidad, afectando a la variabilidad cognitiva”.

Por eso la investigación no tiene solo profundidad histórica, sino relevancia social y científica, con aplicación en campos tan dispares como las humanidades o la inteligencia artificial: “En neurociencia hay ahora una teoría en punto crítico”, añade Luis. “El paradigma de procesamiento predictivo, según el cual la mente no es algo aislado en el cerebro, sino la interacción del cuerpo y su entorno. Nuestro modelo interno, basado en la memoria, reconstruye o anticipa lo que ocurre fuera para darle la forma unitaria que necesitamos. Es una teoría que nace en el siglo XIX y decayó en el siglo XX pero que en el siglo XXI ha vuelto con fuerza, conectando con la filosofía de nuestro colega Andy Clark y su concepto de Extended mind (mente extendida), que postula que la mente no se limita al cerebro, sino que se extiende a los objetos que nos rodean”.

Este paradigma relacional sostiene que nuestra percepción no es la captación pasiva de una realidad objetiva, como hemos asumido, sino un proceso de inferencia activa, “una especie de alucinación controlada” por esa relación recíproca entre el cuerpo y su ambiente. Esto tiene sus ventajas y riesgos. Porque, ¿y si el primitivo pensamiento mágico que siempre hemos reducido al animismo era una forma intuitiva de reconocer esa ecodependencia o el rol activo del paisaje? ¿Y si la religión primero y el materialismo luego nos han llevado a someter, inutilizar y plastificar el paisaje, insonorizándonos de él en una realidad alternativa impregnada de ideología?

¿Nos manipula el mundo artificial? 

“A través de una monumentalidad como las pirámides de Egipto estaban construyendo sujetos sumisos, que cuando veían que el faraón se había personificado en ellas percibían su poder”, explica Felipe. ¿Es extrapolable ese efecto a la Era digital? Su colega Johannes Müller señala en un artículo de la Universidad de Kiel que la materialidad, es decir, los objetos cotidianos y el entorno construido, desempeña un papel en nuestro procesamiento de información comparable al lenguaje: “A través de su diseño y efecto, los objetos encarnan estándares e ideas. Ver no es algo objetivo, sino que depende de los contextos en los que vivamos, pero también de las relaciones de poder que nos determinan. La mirada estandarizada puede servir como medio para ejercitar el poder (…). El proyecto se centra en el potencial de acción de la cosificación en la historia del mundo. Esto es de gran relevancia especialmente hoy, cuando la comunicación tiene lugar cada vez menos a través de la escritura y la percepción juega un papel clave en las tecnologías digitales”.

El psicólogo y nobel de Economía Daniel Kahneman, en su trabajo sobre los sesgos cognitivos, explica el efecto priming recordando que “vivir en una cultura que nos envuelve con cosas que nos recuerdan el dinero puede modelar nuestro comportamiento y actitudes de un modo que desconocemos”. Desde el plástico al asfalto están cargados de referencias que pregonan usabilidad y la extienden y fijan al paisaje, facilitando nuestra vida en un sentido, pero constriñendo nuestra interpretación del mundo en otro.

La cuestión se complica en el simbólico entorno virtual, que manipula nuestra atención bajo técnicas descritas por numerosos estudios, como confirma Luis: “Son herramientas que generan adicción precisamente a través de los estímulos”. Así visto, el mundo artificial que creemos pasivo nos induce o predispone cognitivamente para una concepción determinada del mundo, de nosotros mismos y de nuestras relaciones. ¿Es fiable ese paradigma ante las crisis que sufrimos o se avecinan? ¿Tenemos derecho a otras formas de vida o les hemos cerrado la puerta bajo esa rigidez material? ¿Podrían la economía circular y los materiales biodegradables romper moldes y liberar el paisaje y nuestra mirada en una mayor interrelación?

Arte, naturaleza y pensamiento mágico

“A mí siempre me interesó cómo el paisaje estaba organizado”, recuerda Criado-Boado. “Llegué a la arqueología del paisaje a través del megalitismo. Los dólmenes son la primera arquitectura monumental que tenemos en la fachada atlántica europea y una de las primeras del mundo. En el 4.300 a.C. la Europa atlántica sufre un cambio radical: por primera vez los humanos hacen modificaciones ostensibles artificiales del mundo que le cambian la faz, y lo hacen además para permanecer en el tiempo. Para muchos arqueólogos eso significaba un cambio de destrezas técnicas, pero para mí el interés estaba en cómo había cambiado su concepción del espacio y el tiempo. Ahora sabemos que se debe al modelo interno. Los humanos nunca hacen nada para lo cual no dispongan de conceptos. Si tienes un concepto de espacio que dé por buena la naturaleza tal como es y censura su modificación, no harás construcciones que la modifiquen. Porque aquí hay otro concepto clave: la estadística sensorial. El mundo en el que estás produce una serie de estímulos que da lugar a una señal estadística determinada. Si vives en Galicia rodeado de verdes tus estadísticas visuales están dominadas por el verde”.

“Es una vieja conjetura, nada nuevo que no hayan tratado ya la poesía o la filosofía, pero nos faltaba entender el cómo”, añade Luis. El escritor Alejo Carpentier atribuía el componente mágico o maravilloso de la realidad y literatura latinoamericanas a la exuberancia de su paisaje. De ahí la importancia de un proyecto que integra las ciencias humanas y naturales en torno a su eslabón perdido: la mente. “Tras tres duras fases de evaluación, uno de los miembros del panel nos dijo: ‘Este proyecto es excepcional, porque es justo lo que nos falta para cerrar nuestra comprensión de cómo se construye la conciencia. Lo hemos estudiado en cuanto a las relaciones sociales, los procesos neurológicos o la psicología individual, pero nunca en relación al ambiente o entorno material”.

La playa del Poniente en Benidorm.

Indolentes ante la contaminación o el impacto paisajístico

Inmersos en una cultura más familiarizada con la tecno-diversidad que con la biodiversidad, lo extraño es que esto no se estudiara más, y puede que la razón nos la dé Borges, quien en su cuento Del rigor en la ciencia narra la historia de un imperio cuyos cartógrafos alcanzan tal precisión que crean un mapa capaz de confundirse con el territorio y sustituirlo. Es la cima de un orgullo que el tiempo acabará desgarrando en jirones de ruinas falsas. En los 80 el filósofo Jean Baudrillard ilustraba con esta fábula cómo la globalización ha materializado la cultura occidental hasta envolvernos de un simulacro “más real que lo real”. Una ilusión material más política que científica que revela su inconsistencia cuando choca contra la realidad, que tarde o temprano impone sus límites.

Límites planetarios como el climático, que llevan tiempo llamando a la puerta de ese simulacro pero que en 2020 la han derribado del aldabonazo. El mismo año en que el peso de la tecnosfera ha superado por primera vez en la historia el de toda la biomasa del planeta, según este importante estudio publicado en la revista Nature. Este sobrepeso es más reciente de lo que solemos pensar: si en 1900 la masa artificial era similar al 3% de la biomasa, desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ha multiplicado bajo la llamada Gran aceleración. En los últimos 20 años el incremento se ha doblado hasta superar la biomasa total, dando un vuelco al equilibrio planetario. Los investigadores advierten que de seguir este ritmo en 2040 la masa antropogénica triplicará la natural, que mientras tanto está en retroceso. De hecho, Baudrillard añadía: “Si fuera preciso retomar la fábula de Borges, hoy serían los jirones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa. Los vestigios de lo real”. Todo eso que marginamos y reducimos a decorado turístico o negativo del progreso. ¿Cómo hemos podido equiparar el valor de la materia desechable a la del mar, los montes, el sol o los bosques y perder nuestra humildad y asombro ante ellos?

Quizá el motivo sea esa cosificación cultural que ha canonizado nuestra mirada y estética. Lo que al principio reducíamos a contaminación visual reveló luego una contaminación acústica, y luego también lumínica; y lo que al principio reducíamos a un problema estético luego resultó ser higiénico y por último sanitario. Como si la conciencia fuese poco a poco asumiendo el politraumatismo que venía sufriendo. Pregunto a Luis si nuestra sensibilidad ética puede estar limitada por la estética: «Nuestro cerebro es muy dicotómico y esas asociaciones son fuertes porque el umbral del gusto y de las emociones oscila entre extremos. Por eso estamos también interesados en el efecto de la materialidad a través del arte”. Su conjetura es que los estilos artísticos deberían dejar una firma cognitiva y se plantean estudiar si estas interpretaciones formales del mundo influyen en la toma de decisiones morales.

La resistencia de la materia

El acrónimo XSCAPE con el que denominan el proyecto intenta dar idea de los múltiples paisajes (landscapes, cityscapes, skyscapes, seascapes…) que nos condicionan, con sus distintas oportunidades y limitaciones. El equipo, que reunirá a más de 40 personas y tiene por delante 6 años de investigación, estudiará la relación de distintas comunidades con esos ambientes, desde poblaciones rurales y urbanas occidentales a comunidades árabes o culturas del desierto y de medios andinos, cazadores recolectores en medio de la selva o de la sabana… Harán experimentos de percepción, no solo visual, que permitirán registrar el comportamiento perceptual que la materialidad genera sobre ellas. La sede del Incipit, en la Ciudad de la Cultura de Galicia, en Santiago, prevé albergar una bóveda para proyecciones inmersivas y algunas simulaciones consistirán en recreaciones virtuales tanto de firmamentos celestes pasados o futuros, como de paisajes prehistóricos o arquitecturas.

“De alguna forma, entornos materiales más complejos parecen explicar la aceleración de tiempo histórico que vivimos”, concluye Criado-Boado. Aceleración que el escritor Stefan Zweig atribuía al siglo XIX en estos términos: “Durante los miles y tal vez cientos de miles de años transcurridos desde que la singular criatura llamada ser humano pisara la Tierra, no hubo ningún otro medio de locomoción terrestre superior a la carrera de un caballo, a una rueda en marcha o a un barco de vela o a remo (…). Inalterablemente alejados en el espacio y en el tiempo, los países están tan separados unos de otros en la época de Napoleón como bajo el imperio romano. La resistencia de la materia aún prevalece sobre la voluntad humana”.

Para ilustrar esa aceleración, Zweig añadía como contraste: “El siglo XX, si baja la vista, se encuentra un mundo sin secretos. Toda la Tierra ha sido explorada, los más lejanos mares surcados. Las regiones que apenas una generación antes aún permanecían dichosas y libres en la penumbra del anonimato, atienden ahora servilmente a las necesidades de Europa (…). El último rincón despoblado, las selvas del Amazonas, es víctima de la tala”. Irónicamente, tras doblegar aquella resistencia en el mundo artificial que hoy nos rodea entre crisis sanitarias y ambientales, el instinto natural de la voluntad humana ha terminado haciendo frente a la doble resistencia, física y simbólica, de la materia.

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Comentarios

  • angel coronado

    Por angel coronado, el 27 marzo 2021

    Cito esta frase como base de mi comentario: “Los humanos nunca hacen nada para lo cual no dispongan de conceptos. Si tienes un concepto de espacio que dé por buena la naturaleza tal como es y censura su modificación, no harás construcciones que la modifiquen.”.
    El concepto es la clave. La propuesta inquieta, porque la existencia del concepto, condición humana por excelencia, es a la vez, y como tal, naturaleza. Naturaleza, activa y pasiva en pacífica (¿pacífica?) coincidencia. Este planteamiento me recuerda las palabras del astrofísico Eddington sobre la ciencia. No las cito de forma textual por no tener a mi disposición el original (creo recordar el título de la obra, editada por los años medios del siglo pasado con el nombre de “Nuevos Senderos de la Ciencia”), pero de una forma bien aproximada decían: “Hemos descubierto unas huellas extrañas sobre la playa de lo desconocido. Examinadas con detalle por la ciencia, llegamos a la conclusión de que tales huellas son humanas, son nuestras”.
    Cabe recordar el ascenso imparable de la ciencia y de la razón a partir del Renacimiento para culminar en el siglo XIX en el que, al tiempo de llegar a una cima (toda la filosofía de Las Luces y posterior idealismo romántico toma como modelo el paradigma o sistema de la ciencia), muestra ya los primeros síntomas del giro radical que se producirá de forma tan clara en el siglo XX y al que pertenece de lleno el pensamiento de científicos como Eddington y sobre todo Einstein. Y de una forma tan precisa científicamente, como desconcertante bajo su particular punto de vista, en el artículo que comentamos que de una forma tan lúcida nos sitúa en ese nuevo cruce de caminos entre naturaleza y cultura a cargo de nuevos conceptos de ciencia natural o exacta frente a ciencia humana o filosofía, antropología, e incluso ética y estética incluidas.
    Permítaseme terminar con otra cita tan esclarecedora como larga: “Inmersos en una cultura más familiarizada con la tecno-diversidad que con la biodiversidad, lo extraño es que esto no se estudiara más, y puede que la razón nos la dé Borges, quien en su cuento Del rigor en la ciencia narra la historia de un imperio cuyos cartógrafos alcanzan tal precisión que crean un mapa capaz de confundirse con el territorio y sustituirlo. Es la cima de un orgullo que el tiempo acabará desgarrando en jirones de ruinas falsas. En los 80 el filósofo Jean Baudrillard ilustraba con esta fábula cómo la globalización ha materializado la cultura occidental hasta envolvernos de un simulacro “más real que lo real”. Una ilusión material más política que científica que revela su inconsistencia cuando choca contra la realidad, que tarde o temprano impone sus límites.”

  • Angel Sancho

    Por Angel Sancho, el 27 marzo 2021

    al final todo se reduce al incremento de la poblacion ,como vas a conserbar un bosque o una playa con lo que cuesta el metro cuadrado de especulacion.

  • Nieves

    Por Nieves, el 28 marzo 2021

    Muy interesante, gracias.

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