“Ya no basta con hablar de apocalipsis, hay que explicar qué hacer”
Ursula K. Heise, VI Premio Biophilia de Humanidades y Ciencias Sociales Ambientales por la Fundación BBVA. Foto: Fundación BBVA.
Ursula K. Heise, galardonada este año con el VI Premio Biophilia de Humanidades y Ciencias Sociales Ambientales por la Fundación BBVA, es un referente en el impulso de la conciencia ambiental a escala global desde el ámbito de las Humanidades, especialmente de las diferentes culturas que conviven en la Tierra. Catedrática de Estudios Literarios de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), no solo investiga cómo se adapta la narrativa y el activismo a cada lugar del mundo y para cada grupo de población, sino que participa en proyectos que exploran, a través de la emoción, cómo expandir unos mensajes que tienen que ver con las crisis que, más allá de guerras políticas y las autocracias populistas, amenazan a la Humanidad. Muy preocupada por lo que está pasando en su país desde que Donald Trump llegó al poder, hablamos con ella, por videoconferencia, para conocer cómo está viviendo estos tiempos turbulentos.
En muchos lugares parece que caminamos hacia atrás en concienciación ambiental, algo que es contagioso. ¿Hemos enfocado algo mal para que sigan cuestionándose realidades científicas tan evidentes como el cambio climático?
No existe una respuesta única para todo el planeta. Ha habido reacciones diferentes en distintas zonas del mundo. En Europa no hay el nivel de negacionismo que tenemos en Estados Unidos, Canadá o Australia. Y no es un problema de comunicación, sino de traducción de la ciencia a la agenda política, que no ha sido la suficiente. En Alemania se dieron pasos adelante, pero en últimos años, con la guerra con Rusia y la complicación que ha supuesto para el suministro de gas y petróleo, ahora consumen más carbón, y eso es un retroceso. En EE UU, el problema es que tenemos una industria extraccionista muy fuerte y que durante décadas ha habido campañas de desinformación del sector petrolero para que el público no conociera las consecuencias de los gases de efecto invernadero. Sí creo que está calando la necesidad de cambiar la infraestructura energética hacia las renovables, algo que comenzamos a hacer con Biden, pero se requieren muchos años. Es tan grande la escala de la transformación que resulta difícil que sea tan rápida como necesitamos. Y luego hay países como China e India que aspiran a más desarrollo y se quejan de que les pongamos límites cuando nosotros ya lo conseguimos, pero ellos no.
En Europa también detectamos que hay una corriente negacionista creciente, incluso anticientífica, con mensajes que hace pocos años eran impensables, con amenazas a científicos…
En EE UU, los científicos de temas climáticos siempre han sufrido amenazas y acoso. Ahora creo que hay una fatiga social con el cambio climático; la gente cree que ya sabe que existe, pero no sabe qué hacer. Es crucial no quedarse en transmitir los hechos, filtrados por condicionantes culturales o sociales. Hay que explicar cómo entrar en acción, porque ya no funciona decir solo que es un desastre. No se puede obviar la información, pero también explicar qué se puede hacer. Un modelo es el ex gobernador de California Jerry Brown, que lo hizo muy bien, siempre con un giro a la esperanza.
Hoy esa comunicación se realiza en gran medida a través de las redes sociales, ¿cómo ha cambiado el algoritmo el panorama a la hora de concienciar?
Hay desinformacion, pero también iniciativas para contrarrestarla con mensajes que contradicen las falsedades. Existen estudios que demuestran que la gente comparte menos bulos cuando hay otros mensajes que los desmienten. Pero las redes sociales son un problema grande. Sobre todo porque afectan a la salud mental de los jóvenes en todos los países desarrollados, así que hace falta más regulación. En mi país, en muchas escuelas ya se prohíben los móviles en clase y se intenta poner límites por edades.
Comentaba la necesidad de entrar en acción, ¿cómo hacerlo?
Implicarse en asuntos locales siempre ha funcionado. De hecho, el ambientalismo de los años 60 comenzó con el eslogan ‘actúa localmente, piensa globalmente’. Es verdad que los grupos pequeños tienen más poder a nivel local que nacional o internacional, pero no es suficiente. En los años 70, la imagen que vimos de las misiones Apolo, que nos mostraron la Tierra en su totalidad, impulsaron el pensamiento planetario y no descarto el poder de esa visión. Quizá hablar de salvar el planeta esté demasiado usado, pero ha tenido mucha influencia. Además, la gente en el poder debe pensar en la globalidad. Ahora bien, mis colegas de Idaho, un Estado muy conservador, ya no pueden hablar de cambio climático global, así que lo hacen de incendios, porque allí hay muchos, y así conectan con la gente. Y en lugares como China o Indonesia utilizan la contaminación del aire en las ciudades, que es un gran problema. La ventaja del cambio climático es que sabemos qué hacer para evitarlo, porque existe el conocimiento científico para ello. Lo que falta es voluntad política y el tiempo que nos llevará cambiar las infraestructuras de la energía, que son décadas.
¿Pasa lo mismo con la crisis de la biodiversidad?
No, ahí tenemos un problema que no sabemos bien cómo solucionar. Hay alternativas de conservación, que son necesarias, pero no está claro que puedan frenar la pérdida de especies. Y está el asunto de la contaminación con microplásticos. Nadie sabe cómo sacarlos del medio ambiente. Creo que existe conciencia de que vivimos una crisis de biodiversidad, las personas lo saben, pero no son conscientes de cómo influye eso en sus vidas. Ahí el mundo de la cultura, como escritores, cineastas, creadores de videojuegos, etcétera, deben implicarse. Necesitamos una biodiversidad de mensajes. Los ambientalistas tienden a dar un mensaje científico, con datos importantes sobre deforestación, temperaturas o pérdida de especies, pero son mensajes que debe adaptarse a las distintas culturas, a diferentes clases sociales y en diferentes idiomas.
Está el plan de preservar un 30% de la tierra y un 30% de los océanos, que es un acuerdo global.
Sí, y puede ser importante, pero no está claro lo que significa. En unos sitios se entiende que en ese 30% no puede haber casas, carreteras, industrias, pero en otros eso no es posible. Por ejemplo, en Centroeuropa no hay un 30% de áreas silvestres, sin nada humano. Tampoco en la India. Creo que es irrealizable si pensamos en preservar esa naturaleza con cero intervención humana.
En todo caso, no son momentos para el optimismo, especialmente por las noticias sobre decisiones ambientales que llegan desde su país…
Son tan terribles que igual de rápido se pueden derrumbar. Los votantes de Trump querían que bajaran los precios del consumo y ahora resulta que con los aranceles van a subir. A ver qué pasa… En 2026 hay elecciones al Congreso y puede cambiar el equilibrio de poder. Por ahora vamos dando pasos gigantescos en la mala dirección en medicina, ciencia, medio ambiente… Cada mañana nos despertamos sin poder creer lo que está pasando.
En Madrid, recordaba usted la figura de Félix Rodríguez de la Fuente como un referente, ¿ahora mismo sería posible que existieran personajes como él o David Attenborough, con su misma influencia?
Es verdad que ha habido personajes que han tenido un gran impacto para la divulgación de la biodiversidad, como él o David Attenborough o el que fuera director del zoo de Frankfurt, Bernard Grzimek. Ahora no se harían los documentales que ellos filmaron hace décadas y ni tendrían ese impacto. Existen muchos cineastas jóvenes que tratan aspectos de las crisis ambientales, más del cambio climático que de la pérdida de biodiversidad, pero ahora el paisaje mediático es muy distinto. Todo se difunde por internet a través de infinidad de canales, y las audiencias se fragmentan. Y hay creadores, pero se necesitan más. Por ejemplo, con los videojuegos. Existen ya algunos en los que las personas se ponen en el lugar de otras especies, como una vía para concienciar.
También hay escritores que hacen una labor, como Richard Powers, con su gran obra titulada El clamor de los árboles (Ed. Alianza), novela que nos habla de la relación con los árboles; o la serie Un futuro desafiante, del director Scott Burns, donde no hay un gran desastre ambiental, sino historias de gente normal que trata de vivir en el futuro con las consecuencias de lo que hoy provocamos. Quizás es un modo de narrar menos espectacular, pero resulta más interesante. Lo que está claro es que hoy hablar solo del apocalipsis no basta. Hay que apoyar narrativas que hablen de sociedades más justas a nivel humano y con la naturaleza, que expliquen también cómo se puede vivir para cambiar el panorama a mejor.



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