¿Yo, interesado por ti?, ¿no lo habrás interpretado mal?

¿Yo, interesado por ti?, ¿no lo habrás interpretado mal?

Foto: Pixabay.

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La seducción se juega sobre un tablero que conocemos todas y con reglas bastante  validadas. Se puede jugar con franqueza o haciendo trampas, como los narcisistas, los ligones compulsivos y aquellas y aquellos que quieren creerles, inclusive si tienen que patear el tablero. Hoy quiero hablar de la seducción y los malentendidos, o el socorrido juego del malentendido.

Hay muchos más puntos de vista que personas en este planeta. En las relaciones humanas, cada una de nosotras, de nosotros, experimentamos ángulos de observación diferentes en distintos momentos e incluso nos ponemos a prueba, conscientemente, sobre lo que nos parece haber percibido en nuestros encuentros con los demás: ¿será cierto esto que sentí o yo estaba especialmente susceptible por tal otra cuestión?, por ejemplo.

En efecto, las aristas de las interpretaciones sobre lo que pasa entre dos personas se multiplican si somos obsesivas, aunque es imposible que alguien acierte, porque las certezas suelen enraizar en lugares demasiado hondos y desconocidos incluso en primera persona. Sin embargo, hay juegos compartidos, como el de la seducción, con códigos validados universalmente, que admite muchos firuletes pero va en una dirección precisa (aunque a veces nos quieran hacer dudar). Por eso, hoy quiero hablar de la seducción y los malentendidos, o el socorrido juego del malentendido, así como del yo-sí-te-creo… si me conviene.

¿Por qué iba a malinterpretarte?

En las antípodas del yo-sí-te-creo que anima a otras mujeres a dar testimonio y a la denuncia de las violencias machistas, está el “¿no te habrás equivocado?” de quienes no quieren creernos porque eso interfiere en sus planes. Pero… ni creernos ni respetar nuestro parecer. Me pasó algunas otras veces, pero tengo patentes los detalles de una anécdota reciente.

De viaje, compartiendo espacio de alojamiento y trabajo, y ya durante el tiempo libre, conozco a una persona que desde el primer minuto me mira fijamente y busca establecer ese conocido diálogo del gustarse sin necesidad de palabras, aunque con gestos de complicidad claros (estirar la pierna para tocar la tuya llamándote la atención, proponerte ayuda con cualquier cosa que tenga que ver con el contacto físico, acercarse a charlar, querer probar lo que bebes y, por fin, quedar contigo para lo que sea, al día siguiente, para ayudarte, porque conoce el lugar y tú vienes de fuera, pongamos por caso).

Esa persona te llama al día siguiente a las nueve de la mañana (aunque habéis quedado a las diez), para darte cualquier aviso relativo a esa ayuda que ya te está prestando y, de paso, recordarte que casi lo primero que hace al levantarse es reforzar los acuerdos de la noche anterior contigo. El diálogo mudo de miradas y sonrisas continúa en los momentos que habéis decidido compartir, durante buena parte del día (te invita a comer, medio os contáis la vida en el café, etcétera). Pero, entonces, sucede que, por la noche, llega una tercera persona que, en él, parece disparar el mismo gatillo del mismo juego de seducción, empezando de cero otra vez. Al principio no puedes dar crédito, pero no es la primera vez que lo vives, por lo que cierras esa vía de expectativas, porque para ti está bastante claro que es un ligón consuetudinario (o compulsivo) y que no puede parar de intentar agradar (eróticamente), con las mismas tácticas, a cada mujer nueva que se presenta en escena.

Por tu bien, estableces contigo misma uno de esos diálogos de consuelo o de humor sin autoconmiseración, intentando quitarle hierro al asunto con el consabido “menos mal que lo vi a tiempo” o cosas por el estilo.

Sin embargo, la tercera persona resulta que viene con ganas de confesiones y, un día después, tras ver en ti alguna actitud de este-tipo-no-me-hace-gracia, ella quiere explicaciones: “¿Tal no te cae bien, no?”. Tú le dices que no tienes ningún problema con él, pero que te parece ‘un poco’ seductor compulsivo. Ella quiere indagar más, pero agregando su observación: “para mí es encantador”. Obviamente es encantador (nadie que se proponga ‘encantar’ a otros/as se comporta como un gruñón), piensas, pero te lo guardas. Insiste. En realidad, quiere convencerse de que ella es un objeto de deseo único para él (algo que absurdamente intentamos confirmar todas en algún momento). “Pues, mira –ya se te escapa– igual de encantador fue conmigo cuando me conoció y me percaté por ahí del enfado de otra persona, quien claramente era la primera defraudada de aquel encanto, porque iba antes que yo”.

Soy especial y no quiero creerte

Lejos del virtuoso yo-te-creo, la chica que se lleva los favores del galán en presente procura conocer detalles que te lleven a tener esa “impresión”, siempre intercalando preguntas de incredulidad: “¿no te habrá parecido?”, “¿por qué no se lo preguntas?” o “a veces, uno interpreta mal ciertos gestos de amabilidad”. En ese punto, mi respuesta es inevitable: “Esto me parece bastante machista”.

Claro que uno puede leer actitudes amables desde ángulos ligeramente diferentes o prestando más atención a una cosa u otra, pero de ahí a no darse cuenta de que alguien juega a ligar y confundirlo con quien se comporta de un modo simple, cortés y blanco, hay un largo recorrido que ya hemos transitado las mujeres.

¿Por qué la explicación de un hombre debería tener más credibilidad? ¿Cómo es que hay que preguntarle a él?

En fin, ¿por qué habrías de darle al seductor compulsivo semejante poder y la posibilidad de despreciarte, contestándote con un condescendiente “quizá me malinterpretaste”? Y si el vuelo fuese aún más bajo, podría hasta intentar humillarte, con una sonrisa: “¿yo, interesado por ti?”

Me quedo mascullando… El último recurso del narcisista quizá consista en hacerle creer a la siguiente presa que la anterior (las anteriores) entendieron mal, que él nunca jugó a seducirlas.

A cambio, propongo el juego limpio (fair play): reconocer que participamos del ligoteo, que lo alimentamos porque el otro/la otra nos gustaba y, por lo que sea, decidimos retirarnos del tablero. Pero sin patearlo.


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