El París de Proust: recordando los 100 años de su fallecimiento

Una recreación de la habitación de Proust en la exposición ‘Un roman parisien’, en el Musée Carnavalet de París. Foto: Pierre Antoine.

El inmenso escritor de la introspección, Marcel Proust, murió hace cien años. ‘El Viajero Asombrado’ lo recuerda visitando la exposición ‘Un roman parisien’, en el Musée Carnavalet de París. Una evocadora y completa muestra, abierta hasta el 10 de abril.

Hace unos días, en una clase de tutoría, comentaba con una alumna mi fascinación al descubrir la Fundación Giacometti, donde han recreado el taller en el que trabajó el artista hasta 1972, ambientado como cuando pintaba y esculpía, muy cerca del original, en el mismo Montparnasse, París. Resulta sobrecogedor contemplar (con la mente y con los ojos) esas obras de arte tan contemporáneas, esos hombres deshumanizados sin nada dentro, camino del abismo, que ayer nos parecían lejanos y que hoy los encontramos a la vuelta de la esquina y en el telediario. Le hablaba con entusiasmo, pero ella, un tanto extrañada, me respondió con su innata capacidad para la enseñanza, con una pregunta:

-A ver, Use, ¿todavía no has visto la expo sobre el París de Proust en el Carnavalet?

Negué para que me explicara y, tras su explicación, le juré y me juré que iría el martes siguiente.

Así que cuando aterrizo en París me dispongo a cumplir mi palabra. Nada más entrar en  la rue des Francs Bourgeois y ver el cartel con el retrato de Proust y el título de la exposición, Un roman parisien (una novela parisina), lo primero que pienso es cómo es posible que, después de once años en París y después de haber pasado 10.000 veces por delante de este edificio del Marais, desconozca la existencia del museo, lo cual me produce una extraña mezcla de rabia y de contento que me hace constatar, una vez más, la evidencia de que París, como escuela, es inagotable.

Entro en la exposición con la alegría con la que entro en clase, dispuesto a dialogar con las obras y los documentos y las imágenes como hago con mis alumnos, que me convencen de leer otros libros y me enseñan a asomarme con otros ojos a los poemas. Descubro que Proust vivió 51 años y, salvo contadas estancias en Bretaña y en Cabourg y algunos viajes a Venecia y Holanda, apenas salió de París. El París de Proust es el París marcado por las transformaciones Haussmanianas, la proliferación de espacios verdes y abiertos, el París que supera el segundo imperio, el de la belle époque, el que asiste a la eclosión del impresionismo y al alzamiento de la Torre Eiffel; un París habitado por una burguesía inquieta por instruirse, la que a fin de cuentas ayudó en el desarrollo de la vocación literaria de este genio de la escritura y emblema universal del recuerdo por culpa de una magdalena.

Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en el 96 de la rue de la Fontaine, en el distrito 16, en Auteil, cerca del Bois de Boulogne y del Museo Marmottan, en plena efervescencia de la Comuna. Sus padres eran una pareja de ateos  de tradición republicana. En 1873 se instalaron en el 9 del Boulevard Malesherbes, cerca de la Iglesia de la Madeleine. La infancia de Proust, por tanto, transcurre entre los campos elíseos y el prestigioso Liceo Condorcet (donde estudiaron tantos ilustres: Gainsbourg, Claude Lévi-Strauss o el gran Toulouse-Lautrec). Su formación estética se nutre de visitas al museo del Louvre y de salidas nocturnas a los espectáculos de variedades propios de la época, lo que inevitablemente pondrá su semilla en el despertar de su homosexualidad y su amor. Asimismo, se inscribió en el Institute d’ Etudes Politiques y en la Sorbona, donde se licenció en Filosofía.

El lienzo de Pissarro ‘L’ avenue de l’ Opera’, de 1898.

Tuvo la suerte de conocer a Robert de Montesquiou, el bohemio del momento, poeta, aristócrata y afamado dandi, adorablemente golfo y más conde que simbolista, que tan bien definió Julian Barnes en El hombre de la bata roja. Es él quien  brinda  a Proust la posibilidad de entablar contactos con la intelectualidad, quien le presenta a su prima, Elisabeth Grefulhee (personas reales que se convertirán en personajes), al doctor Pozzi, a Sarah Bernhardt, quien le enseña los buenos barrios de la rive droite. A los 30 años, Proust ha vivido suficiente para escribir Los placeres y los días, un libro del que dirá: “No ha sido escrito, sino recolectado”.

En 1907, Proust se instala, por fin, en  el mítico 102 del Boulevard Haussmann, donde empieza la escritura de esa obra de arte total de seis tomos, En busca del tiempo perdido, cuyo primer libro, Por el camino de Swann, aparecerá en 1913.

La exposición sigue de manera cronológica la obra de Proust e ilustra la vida del escritor con numerosos documentos de la época, entre los que destacan el lienzo de Pissarro L’ avenue de l’ Opera, de 1898, fotografías, cartas ilustradas de restaurantes como La Rue, cuadros eternos como el retrato de Jacques Émile-Blanche (sí, el pintor de la Belle Époque) que todos tenemos en mente cuando pensamos en Marcel Proust, con esa especie de orquídea brotando del bolsillo del su chaqueta y, por supuesto, el mobiliario original de la habitación de Proust donde escribió la Recherche.

Veo también un vídeo en el que Paul Morand se queja entre risas de la impuntualidad de Proust y compruebo las direcciones de sus cafés predilectos en ese París que también será el de sus héroes: todos creados por el deseo de penetrar en los medios aristocráticos parisinos que le fascinan tanto o más que las obras de arte: Charles Swann, Odette de Crecy, Gilberte… Burgueses con gustos bohemios, egoístas, cínicos, infieles, estetas mundanos y cultos, apasionados y evidentemente elegantes en la vestimenta, figurines que observan la sociedad desde la atalaya del privilegio. Y Albertine y la duquesa de Guermantes y Bergotte. El amor, el deseo, los celos, la angustia… En fin, la vida.

Tengo la inmensa fortuna de que me acompañe Anne Laure Sol, comisaria de una exposición impecable. Ella me cuenta: “Nos pareció obvio tratar este tema en el Museo de Historia de París, que guarda los muebles del dormitorio de Proust y muchos objetos que le pertenecieron gracias a donaciones de Jacques Guérin en 1973, de Odile Gévaudan, hija única de Céleste Albaret, en 1989, y de Françoise Heilbrun en 2021. Queríamos conmemorar el 150 aniversario del nacimiento del escritor, y formar parte del año de celebración proustiana que será también 2022, con motivo del 100 aniversario de su muerte”

Está tan bien ambientada la época y es tan completa la exhibición que la inmersión en el París de entonces resulta envolvente. Tiene razón Anne Laure: hay todo tipo de objetos, de recortes de prensa, de cartas manuscritas, de obras de arte, y hay también el impagable testimonio de Céleste Albaret.

Retrato de Marcel Proust.

Le comento que hace unos años se publicó en España Monsieur Proust (Capitán Swing), el libro de memorias de Céleste, ama de llaves y confidente de Proust, y que aún lo tengo pendiente de leer.

“El desafío de esta exposición es mostrar primero cuánto participó París en la formación del escritor, a través del ascenso de su familia, sus redes sociales, su relación íntima con la ciudad. La capital es el escenario casi exclusivo de la existencia del escritor, nacido y muerto en París, descendiente de la burguesía parisina por su madre, Jeanne Weil. Aparte de la importancia de las estancias normandas y los viajes, los 51 años de la existencia de Marcel Proust transcurren en un espacio muy restringido y limitado a la margen derecha del Sena. En segundo lugar, queríamos reevaluar el papel del capital en la economía de la novela. París constituye, en su oposición a las provincias, un verdadero epicentro geográfico, cultural y mental, un lugar por excelencia para cada parte de la historia”.

Viendo la exposición y atendiendo a las explicaciones de Anne Laure, resulta obvio que Proust estuvo marcado por la realidad de la capital en los últimos años del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX. Hasta la Primera Guerra Mundial, París era la ciudad más influyente y atractiva del mundo, algo que  para mí lo sigue siendo principalmente por dos motivos: porque no termina nunca y porque no es como se esperaba. Anne Laure insiste en ello: “En aquel momento, aquí se encuentran las mentes más lúcidas de la época, en el campo de las artes, de la vida intelectual, de la política. Es también una ciudad que concentra la riqueza y un cierto arte de vivir envidiado en toda Europa y más allá”. Proust, en virtud de su formación y sus predisposiciones intelectuales, participó en este extraordinario movimiento desde los años que pasó en el Lycée Condorcet y luego hasta su muerte. Dará cuenta de ello en sus artículos para Le Figaro, en su correspondencia abundantemente, pero, sobre todo, por supuesto, en la novela En busca del tiempo perdido. En este ciclo romántico, París ocupa un lugar crucial y además es citada más de 500 veces (menos que el imaginario Balbec, pero es el único lugar real junto con Venecia, donde vive el narrador, de donde se aleja a veces, pero adonde siempre vuelve).

Por el camino de Swann tiene lugar en Combray y luego en París. A la sombra de las muchachas en flor comienza aquí. El mundo de Guermantes se centra casi exclusivamente en la vida parisina. Y si París y Balbec forman el escenario de Sodoma y Gomorra, la acción de La Prisionera se reduce casi al apartamento parisino del héroe, como Albertine desaparecida (a veces titulada La fugitiva), que termina con una estancia en Venecia. El ciclo novelístico se cierra en París en El tiempo recobrado, donde el héroe, ahora dotado de una visión propia del mundo y de la literatura, puede convertirse en el narrador de su historia”.

A diferencia de escritores como Balzac o Zola, Proust no ofrece un anclaje topográfico real en el texto. Aparte de algunas menciones de lugares, calles, el París de Proust (y el París de la exposición) es un mundo flotante, cuya realidad es más sociológica. Le pregunto por ello y por cómo se prepara una exposición tan trabajada como esta: “Si las descripciones precisas están ausentes, el efecto del paso del tiempo, las transformaciones de la ciudad son perceptibles y es a estas anotaciones a las que nos hemos adherido para proponer este viaje en París, que se transforma entre el final del Segundo Imperio y los años después de la Primera Guerra Mundial. Por eso, en lugar de forzarnos a una fidelidad imposible, que hubiera sido un callejón sin salida y una mala interpretación, optamos por mostrar obras que reflejan las impresiones y sensaciones vividas por el narrador en diferentes lugares de la ciudad, privilegiando a los artistas conocidos y amados por Proust, incluidos Monet, Whistler, Blanche…”.

Cuando termino de recorrer las salas, me despido de Anne Laure, pero antes de irme, vuelvo a uno de los vídeos que más me han llamado la atención; de Céleste Albaret, que pasó nueve años trabajando para el escritor,  pendiente de todas sus manías y sus citas y sus compañías y sus obsesiones y, por supuesto, de su lucha contra el paso del tiempo y la enfermedad para terminar, un mes antes de morir, el sexto tomo de su obra cumbre. Para Céleste, Monsieur Proust, que apenas salía de casa y escribía a destajo, pese a explotarla, fue un maestro de vida. Así lo cuenta en el vídeo, antes de confesar que un mediodía, tras despertarse (Proust escribía de noche a veces hasta las nueve de la mañana), le dijo:

–Ha sucedido una cosa tan hermosa esta noche en mi habitación… Me ha pasado algo tan intenso, tan bonito…  Ha sido un encuentro tan maravilloso…

–Pero ¿qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? –preguntó ella.

–Que he escrito la palabra fin

Céleste Albaret, que habla de su jefe con los ojos vidriosos, fue más que una sirvienta; su sensibilidad y su inteligencia, y la admiración que sintió por el escritor que descansa en el cementerio del Pere Lachaise, la convirtieron en confidente y testigo de excepción y probablemente en la más conmovedora de sus amistades, probablemente la más sincera.

El escritor Marcel Proust fotografiado junto a parte de su familia.

Vuelvo a tomar el metro en la estación de Saint Paul. Mi tía Ghislaine me espera para cenar. Cuando le digo de donde vengo, me confiesa que ella no ha sido capaz de leer a Proust, pero que lo seguirá intentando y que irá a la exposición. Entonces me pregunta si yo lo he leído y, después de servirme vino, le digo que sí, pero que solo un tomo, el primero, Por el camino de Swann… Y en ese momento reparo en que me acuerdo muy vagamente de lo que acontecía y de los personajes, pero sí que me acuerdo, y muy bien, de dónde y cuándo lo leí.

No sé exactamente lo que ocurría en la novela, pero sí siento la maravilla de las horas de ensoñación que se apoderaron de mí en aquella biblioteca de las Aguas, en la universidad Pompeu Fabra, en los trayectos en metro, en las esperas de los bares, en aquel tercer año de Humanidades, y sí me acuerdo de la profesora que nos impuso la lectura, Montserrat Cots. ¿Qué habrá sido de ella?, me pregunto ya casi en la cama. Cuánto aprendí con ella… Ella me hizo leer por primera vez Madame Bovary, y los poemas de Verlaine, de Rimbaud, de Baudelaire, y la Fedra de Racine y el Tartufo de Molière y tantas cosas más en cette langue française que j´aime a la follie, y también ese tomo fundacional de Proust del que no podía despegarme.

Cuánta felicidad me han dado mis profesores. Àngels Grau, Àngel Burgas, Cristobal Moyano, Javier Aparicio… Algunos me acompañan todavía y son amigos. Y así me acuerdo de Conchita, la maestra de Serrat que propició Cançó per la meva mestra y, por supuesto, invoco el corazón generoso de Louis Germain, el profesor que abrió a Albert Camus las puertas del mundo desde un aula borrosa de Argel.

No puedo encontrar en mi memoria un día en que yo fuera a la universidad sin ganas. Cuando era pequeño detestaba los fines de semana, porque no había colegio. Y ahora que soy profesor lo que más me gusta de enseñar es aprender de mis alumnos. La docencia es de las pocas actividades que realizo que aporta satisfacción inmediata. A todo eso doy vueltas ya acostado, antes de enviar mensajes a casa y de poner el despertador y el modo avión y de echarme a soñar. Cierro por fin los ojos y durante unos segundos caigo en la cuenta de la suerte que tengo de despertarme a las 6.30 de la mañana para empezar mis clases a las ocho, y pienso en lo bonito que sería si yo fuera capaz de transmitir a mis alumnos ni que fuera una décima parte del conocimiento que me transmitieron a mí mis profesores.

***

Otras propuestas de ‘El Viajero Asombrado’:

El Budapest de Bela Bartok. 

Flamencos con becas erasmus y aves que se ahorcan en el Yucatán.

 

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