Elogio de Adriana Ozores por Elvira Lindo en el Corral de Comedias

La escritora Elvira Lindo y la actriz Adriana Ozores en Almagro. Foto: M. Cuéllar.

La escritora Elvira Lindo y la actriz Adriana Ozores en Almagro. Foto: M. Cuéllar.

La actriz Adriana Ozores recogió ayer el premio Corral de Comedias que otorga anualmente el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro en su jornada inaugural. Publicamos el discurso que la escritora Elvira Lindo -que ha creado para la actriz algunos de sus grandes papeles en cine- pronunció anoche para agasajar a una de sus grandes amigas, heroínas y compañeras.

POR ELVIRA LINDO

Adriana, esta noche celebramos tu talento. Para una mujer vanidosa toda hagiografía sería escasa, pero para ti, que como las personas humildes siempre escuchas los halagos conteniendo el aliento y con una distancia prudente, lo de esta noche supone superar tu timidez y ensayar una sonrisa que te ha de durar hasta el final. Porque esta noche me vas a escuchar, querida y admirada Adriana. Cuando supe que te habían dado el premio del Corral de Comedias lo encontré tan lógico que me pregunté cómo no lo habías recibido antes. Y quise achacarlo a que a vista de cualquiera aún te queda mucho tiempo y trabajo por delante. Estás en el gran momento de Adriana Ozores, en esa etapa de la vida en que una parece dueña de su destino.

Yo te conocí, precisamente, en esa Compañía de Teatro Clásico que con indiscutible maestría dirigía Adolfo Marsillach. Marsillach supo ver en ti, desde aquella primera prueba en la que prestaste voz a la Melibea de La Celestina y la Isabel de El Alcalde de Zalamea, a la actriz brillante, tozuda, trabajadora, inconformista, estudiosa, en la que gracias al teatro clásico te irías convirtiendo. Hubieras sido de cualquier manera una gran actriz, pero a una actriz la definen los proyectos en los que se embarca y tú te sumaste a uno de los más excelentes de la historia reciente del teatro español.

Intuyó Marsillach que esa joven se convertiría en su cómplice durante una década, que le entendería a la perfección cuando le explicara que el verso ha de decirse como si se pensara en verso, sin afectación, como algo orgánico que nos brotara de dentro tal y como ocurre con la prosa. Puedo imaginar, como si estuviera asistiendo a aquella prueba, que el astuto director escuchó la voz de aquella joven aspirante y percibió de inmediato la musicalidad natural de su habla, esa voz preciosa que viaja de los tonos más agudos a los graves, que tiembla de miedo o que se rompe por la risa. Percibió el sabueso Marsillach que aquella muchacha, que traía en la mochila un apellido de comedia popular, estaba dispuesta a estudiar y a aprender, a analizar un texto y profundizar en él hasta que no quedara una duda sobre lo que ahí se cuenta, y que una vez comprendida la intención argumental sabría darle forma, dejarse mecer por la rima y navegar por ella con tanta naturalidad como quien interpreta una canción. Y además de todo esto, el director se fijó, estoy segura, en su cuerpo fuerte y flexible, y en ese rostro en el que los rasgos son grandes y expresivos, los ojos parecen estar creados para iluminar la última fila del patio de butacas y de la boca brota fácil una sonrisa grande.

Él supo ver en ti, Adriana, lo que luego los demás disfrutaríamos porque tu talento es por un lado sutil y por otro está al alcance de cualquier espectador. Esa doble naturaleza de gran actriz y de actriz popular te viene dada por tu origen, por ese apellido al que diste la vuelta para que sonara igual pero singular y distinto. Se ha dicho en muchas ocasiones que lo tuyo viene desde la cuna, como si fuera un elemento genético al que no hubieras podido sustraerte, pero yo tengo una opinión muy distinta: sospecho que esa maestría asombrosa tuya que hoy admiramos no es la consecuencia de haber seguido los pasos de tus mayores sino, muy al contrario, el resultado de un coraje innato, que te llevó a explorar unos caminos que no eran los que estaban previstos para una joven de tu estirpe. Podías haber sido muchas cosas, Adriana, estás dotada para las artes plásticas, y en cualquier oficio al que te hubieras dedicado habrías dejado una huella de distinción y creatividad, pero un día la jovencita que eras decidió ser lo que había sido de siempre su familia, aunque abordando el arte de la interpretación de un modo radicalmente distinto. A eso se llama rebeldía, inconformismo, a eso se le llama coraje. Y ese ir a la contra, haciendo acopio de una fuerza interior que pocos imaginan, es lo que te ha hecho furiosamente singular.

Tus virtudes, como digo, están a la vista. Quien te haya disfrutado en El vergonzoso en palacio, en la Celestina, en Don Gil de las Calzas Verdes o La verdad sospechosa, habrá quedado deslumbrado por tu gracia, pero yo a esto le sumo una cualidad que te hace única: la valentía. Ser valiente no es ser temeraria, ser valiente es vencer el miedo, una vez y otra y otra. Y ese desafío constante ha sido la historia de tu vida. Decías estos días que si se encarnan los personajes honestamente una actriz puede aprender muchas cosas sobre la condición humana, entender comportamientos más que juzgarlos, ser compasiva, hablabas de cómo ahora reconoces lo que este oficio te ha proporcionado a un nivel íntimo, te ha ayudado a construirte como persona. No lo dudo, pero yo percibo también todo eso que tú, sospecho que sin ser muy consciente, has prestado y prestas a tus personajes: en las mujeres que encarnas queda impresa tu valentía, la de quien ha de vencer constantemente una honda vulnerabilidad para enfrentarse al mundo. Esa es la verdad que te nace de muy hondo y que luego tú das forma con dedicación y estudio. Melibea, mi querida Adriana, te ha dado a ti tanto como tú le has dado a ella.

Has madurado, te has ido engrandeciendo con el paso de los años y, sin embargo, yo no puedo evitar el verte en todas las edades de tu biografía, incluso en aquellas que yo no conocí. Te veo de niña, te veo jugar con tu padre a abrir túneles en las paredes de casa para que pasen los trenes; te veo de chica y quisiera protegerte, mermar tu desamparo, darte la mano; te veo como una mujer y quiero aprender de esa dignidad tuya que te hace tan diferente a otras y a otros en esta feria de vanidades donde la moneda común es la egolatría. Eres única. Dejas huella en lo que haces. Y dejar huella en los oficios basados en la fugacidad de las palabras es una tarea difícil, solo aquellas actrices tocadas por la gracia lo consiguen.

A mis ojos, atraviesas la vida como una heroína, te veo tan digna de una gran obra el Siglo de Oro como todas esas heroínas a las que has encarnado. Por eso, si alguna vez te propones contar la peripecia de un personaje llamado Adriana Ozores, yo te prestaré mis manos para escribirte, para narrar la vida de esa mujer, Adriana, que con tanta elegancia, discreción y talento encarnas a diario. Porque mientras te entregabas, y entregas, generosamente a interpretar la vida de grandes mujeres iba construyéndose en ti un ser humano precioso, delicado y tenaz, que merece la pena conocer.

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