'Aida' en el teatro Real: cuando más es sin duda mucho menos

‘Aida’ en el teatro Real: cuando más es sin duda mucho menos

Un momento de la representación de Aida en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.

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El Teatro Real abre su temporada con la recuperación del montaje de ‘Aida’ de Hugo de Ana que se estrenó hace 25 años. Una recargada superproducción inflada con un exceso de proyecciones que no ayuda a la representación de uno de los más famosos dramas verdianos. Eso sí, la soprano Anna Netrebko asombra con su magnífica interpretación de la protagonista. 

La temporada operística en el Teatro Real ha arrancado con el revival de la producción de Aida de Verdi que el escenógrafo Hugo de Ana estrenó hace 25 años, en la temporada 1998/1999, la de reapertura del coliseo madrileño (27 de octubre de 1997) y que ya regresó en la temporada 2018 corregida y aumentada por su propio creador. El director artístico del Real, Joan Matabosch, ha justificado este regreso con dos razones de peso: es una buena coincidencia para celebrar el 25 aniversario de la casa y una oportunidad única para mirar sin miedo el pasado del Teatro: “Es bueno saber hacia dónde queremos ir, pero también de dónde venimos”. Tal vez esto último había que tomárselo como un aviso para navegantes.

Las cosas empiezan a complicarse cuando la ópera se trata como un espectáculo circense y se olvida su vertiente teatral. Cuando es más importante el continente que el contenido y la forma prima de una manera tan exagerada que los sentimientos de los personajes corren el peligro de verse arrastrados por un torrente de oropel, gentío y un tremendo empacho de impactos visuales. Durante la rueda de prensa de presentación de este regreso de Aida, De Ana aseguró: “El uso de la tecnología transforma algo en obsoleto e inútil si no está al servicio de la parte dramática o musical”. Visto el resultado en la función del pasado 30 de octubre, se puede decir que el cazador cayó en su propia trampa.

La dirección de actores es pobre, de brocha gorda, por no decir que inexistente. Y en virtud de una puesta en escena inflada a base de un exceso de proyecciones que, a veces, raya en lo televisivo, tres de los cuatro actos de la ópera se suceden en su totalidad con una cortina técnica presuntamente transparente que separa inevitablemente al público de los cantantes. ¿Es lógico levantar una cuarta pared para pintar en ella a costa de la sagrada conexión público-cantantes? Se podría entender el uso de ese elemento si escondiera alguna atrevida o acertada traducción simbólica o metafórica en la puesta en escena que alimentara lo que libretista y compositor quieren transmitir. Desde luego, este no es el caso.

Aida, pese a que muchos de los escenógrafos del mundo se empeñen en lo contrario, es una ópera eminentemente intimista en la que el poder y la guerra son meros accesorios de un triángulo amoroso que, como en casi todo Verdi, incide tanto en el corazón como en las diferencias políticas y sociales de sus protagonistas. Aida, según los biógrafos del genio de Lucca, fue la ópera que impactó en Puccini hasta el punto de convertirlo en el compositor que fue: un perfeccionista de la dramaturgia tanto teatral como musical, capaz de llevar al espectador a un estado de emoción inconmensurable.

Menos mal que en el apartado musical esta Aida cuenta con unos ingredientes casi infalibles. Para empezar, el maestro Nicola Luisotti como director musical. Sabe dar su espacio a los cantantes, acompañándolos con mimo y pureza. Su dirección cuida, como no lo hace nada en esta producción, el conflicto íntimo de los personajes. No los vemos sufrir, los escuchamos debatirse entre la realidad y el deseo.

La soprano Anna Netrebko construyó una Aida que ya es famosa en el mundo entero. Ella juega en otra liga, sin duda, con un dominio de su voz y una transmisión de los sentimientos del personaje a su garganta que son dignos de asombro. Sabe mezclar precisión, técnica y emotividad en un cóctel explosivo en un papel que parece hecho a su medida. Su interpretación del Oh patria mia al principio del tercer acto terminó por hacer explotar a un teatro que ella se había encargado de poner bajo presión desde que apareciera en escena. El público intentó en vano que se produjera un bis, a lo que tanto la soprano como el director musical se negaron.

El tenor Jorge de León salió a arriesgar con su Radamés, pero ya en Celeste Aida, nada más arrancar la ópera, tuvo problemas. Tal vez por no haber calentado suficientemente antes de salir a escena, pues es cierto que durante toda la representación fue de menos a más. Ketevan Kemoklidze dio vida a una muy creíble Amneris, la rival de Aida en el corazón del militar Radamés. Simón Orfila estuvo perfecto como el sumo sacerdote Ramfis. Gevorg Hakobyan en el papel de Amonastro, padre de Aida, también supo meterse en la fuerza de su personaje.

El coro del Teatro Real, una vez más impecable, pese a algunas ocurrencias del director de escena.

Aquí puedes consultar los cantantes y funciones hasta el 14 de noviembre.


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Comentarios

  • Jlf

    Por Jlf, el 02 noviembre 2022

    Absolutamente de acuerdo con la imágen de esta Aida cirsense escenicamente.
    Me falta alguna reseña de la orquesta que a mi juicio suena con precisión asombrosa, sonido empastado robusto y de calidad.

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