Angélica Liddell bucea en el dolor flamenco a través de la provocación

Angélica Liddell bucea en el dolor flamenco a través de la provocación

Una escena de ‘Terebrante’ de Angélica Liddell. Foto: Julio Gallegos.

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La siempre polémica dramaturga Angélica Liddell trae al Festival de Otoño de Madrid, tras su estreno en el Festival Temporada Alta de Girona, su nuevo espectáculo titulado ‘Terebrante’. Una reflexión sobre el dolor con la figura del cantaor Manuel Agujetas como ‘médium’ y el palo de la siguiriya como cimiento de un homenaje al flamenco más telúrico. Un show que trata de hacer de la provocación una experiencia lírica. 

El 4 de diciembre de 2003, Ángel Álvarez Caballero, crítico de flamenco del diario El País, escribió una crónica sobre un concierto de Manuel Agujetas, el cantaor flamenco nacido en Jerez de la Frontera y considerado uno de los grandes, tanto que en 1977 fue galardonado con el Premio Nacional de Cante de la Cátedra de Flamencología de Jerez: “Las cosas de Agujetas. Cuando él canta ya se sabe que vamos a encontrar a un público incondicional que constantemente le jalea y le piropea con encendidos elogios. Y él, rebosante de satisfacción, entra en el juego con evidente complacencia. Habla mucho, siempre habla mucho, de todo lo habido y por haber, y a veces se enreda en las propias palabras y no sabe bien cómo salir de ellas. Su público, ese público incondicional a ultranza, le ríe las gracias y todos tan contentos”. Álvarez Caballero tituló su crítica Perder los papeles de vez en cuando y no sabía que, en cierto modo, estaba profetizando, metafóricamente, el universo de Terebrante, último espectáculo de Angélica Liddell.

Liddell ha decidido impregnar el concepto de su último trabajo con la vida del cantaor Manuel Agujetas y utilizarlo como médium para investigar una vez más sobre el dolor. Pero esta vez en un extraño y extremo homenaje al flamenco. El resultado es un espectáculo construido con imágenes, muchas imágenes de todo lo habido y por haber que, a veces, se enredan en sí mismas y parece que, en ocasiones, Liddell no supiera salir de ellas más que apelando al salvavidas de la poesía. Parecería que desde el escenario, sin decir una sola palabra, la artista estuviera susurrándote al oído: “Esta es mi forma de hacer poesía. No es necesario que te guste”. Es innegable que es un estilo. Demasiado críptico y gratuito en ocasiones, pero un estilo.

Igual que Manuel Agujetas, la artista gerundense cuenta con un público muy fiel. Un ejército de incondicionales que la jalean y piropean haga ella lo que haga sobre el escenario. En esta ocasión, los tímidos aplausos se mezclaron con risas nerviosas cuando nada más empezar la función, la vimos enfundada en unos botines y un escueto vestidito de lentejuelas, con las bragas ostensiblemente caídas por las rodillas. Se para dándole la espalda al público, enciende un cigarro, se agacha hacia delante dejando a la vista parte de sus genitales y el culo con el que terminará sujetando el cigarrillo un par de veces, para luego volvérselo a llevar a la boca. Lo dicho, en Terebrante hay imágenes de todo lo habido y por haber.

Dice la propia Liddell en el texto que ella misma ha escrito sobre su espectáculo y que se reparte al público y la prensa: “Me quedaba por conocer el significado de la palabra Terebrante. Se trata de un dolor que no mata: enloquece”. En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española se define Terebrante así: “Dicho del dolor, que produce sensación semejante a la que resultaría de taladrar la parte dolorida”. Continúa Liddell: “No estoy dispuesta a renunciar al mal, ni al misterio, ni al infierno. Soñar con dientes significa que la muerte está cerca. Por eso, nos arrancamos los de marfil, para sustituirlos por dientes de oro”.

Más risas nerviosas y algún amago de arcada o de vómito se pudo escuchar entre el público –el pasado fin de semana, en el teatro Municipal de Girona donde se estrenó el espectáculo dentro del Festival Temporada Alta–, cuando se proyectó sobre el telón una película en la que se ve en primerísimo plano cómo un médico extrae con unas tenazas, una por una, las piezas dentales casi podridas de la parte superior de la dentadura de un paciente, dejando los ensangrentados huecos en la encía. Huecos que inmediatamente son cortados transversalmente con un bisturí dejando la encía en un puro hoyo que, previsiblemente, más tarde albergará una prótesis dental. La imagen, así en crudo, es brutal. Y, así en crudo, apela y golpea muy fuerte al espectador aludiendo al concepto de dolor Terebrante. Es, básicamente, muy desagradable y consigue su propósito. Mejor que el espectador no se boicotee a sí mismo y trate de racionalizarla introduciendo el concepto de anestesia en el show, pues se enredarían un poco las cosas. Mejor seguir la máxima de la propia artista: “Todo aquello que se puede comprender o explicar no vale nada”.

Liddell opta en este espectáculo por utilizar pocas palabras, y las pocas que utiliza son proyectadas sobre el escenario y corresponden casi en su totalidad al propio Agujetas en una de sus disertaciones sobre el flamenco: “El flamenco, yo no sé explicarlo. He sufrido mucho. Si tú no has sufrido, ¿qué flamenco vas a cantar? Para ser flamenco hay que tener una causa. ¿Cuál es la causa? Primero tienes que estar con una mujer que tú la quieras. Y que tú la dejes o que te deje. Y ahí está el sufrimiento y la queja. Si usted no tiene causa, ¿por quién va usted a cantar?». Ya lo dice Álvarez Caballero: «A veces se enreda en las propias palabras y no sabe bien cómo salir de ellas».

En Terebrante, Angélica Liddell dice que utiliza la siguiriya –ese palo del flamenco plañidero y sombrío que se compone de cuatro versos por lo general hexasílabos, excepto el tercero, que es endecasílabo– como uno de los vehículos dramáticos para su nueva propuesta: “Es un canto trágico, tan antiguo como el berrido de los machos cabríos”, dice la dramaturga. Tal vez por esto haya en su obra un rito de adoración a un macho cabrío disecado alrededor del cual bailan, a veces lúbricamente, dos mujeres en lo que parece ser una eternidad.

Terebrante es, en parte, un homenaje al flamenco; sin embargo, no suena ni un acorde de este arte. La alusión más directa es una lluvia de guitarras negras que caen a plomo desde lo alto de la tramoya al escenario. Parece que últimamente está de moda tirar cosas desde las alturas de los escenarios: Romeo Castellucci en su reciente Don Giovanni estrenado en Salzburgo este verano hace caer un moderno coche de alta gama y dos pianos de media cola con su consiguiente estruendo. En Terebrante, Liddell, además, despluma una gallina muerta a la que más tarde decapita retorciéndole el cuello con sus propias manos; se da un baño de todo tipo de bebidas alcohólicas mientras se arrastra por el escenario para terminar arropándose con una bandera gitana. Referencias de todo lo habido y por haber: vestidos religiosos, niños con máscaras, ruedas gitanas, animales desollados…

Liddell decide sustituir el flamenco por otras músicas en lo que parece una obvia maniobra de huir de lo obvio. En el escenario, sin embargo, se escuchan composiciones como la cantata Cessate, omai cessate de Antonio Vivaldi, que interpreta en directo un contratenor. En versión enlatada escuchamos referencias como el dueto de Nick Cave y su banda The Bad Seeds con Kylie Minogue, Where The Wild Roses Grow, y For Your Eyes Only, de Blondie. De flamenco, ná, pero oye, todos tan contentos.

Terebrante’, 27 y 28 de noviembre dentro de la programación del Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. 

 


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