Cuando nos sentimos como un vencejo encerrado en una jaula…

Cuando nos sentimos como un vencejo encerrado en una jaula…

Un pollo de vencejo común.

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Del invierno vital de ‘Los vencejos’ de Fernando Aramburu a los vencejos que caen al suelo en primavera y verano y no pueden retomar el vuelo, según nos explica el experto divulgador del mundo de las aves y periodista Javier Rico. De los centros de internamiento de inmigrantes a esa sensación de ruido y monotonía que nos acorrala. De la ‘Meditación del vampiro’ de Hipólito Navarro a ‘La náusea’ de Sartre.

Más que acumular información inútil, creo que en la escuela deberían enseñarnos a mirar, a mantener esa curiosidad infantil por todo lo que nos rodea, “del ahí”, que diría Jorge Riechmann. A los niños nacidos en este mundo hiperconsumista se les llena de regalos en algunas celebraciones, pero cuando son casi bebés la mayoría de las veces solo se interesan por el envoltorio. Esto es así hasta que un buen día, siendo aún muy tiernos, les pasamos nuestro móvil para que se entretengan y nos dejen tranquilos mientras nos tomamos una cerveza con los amigos en una terraza, por ejemplo. En eso consiste hoy nuestro rito de iniciación.

Por eso me parecen tan importantes iniciativas como A ver aves, de Javier Rico y María Luisa Pinedo, de quienes he hablado ya en este Asombrario. Javier y María Luisa nos enseñan a mirar el cielo (y la tierra), no solo a los niños de los colegios con los que colaboran cuando se lo piden, también a los adultos. Hace un par de semanas, junto a otros compañeros de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), salimos a ver aves con ellos en el barrio de Carabanchel, Madrid. Si uno afila su mirada hacia arriba (el cielo), pero también hacia abajo (los setos y arbustos de los parques), puede encontrar en un simple paseo más de 20 especies de aves, algunas muy frecuentes, como el mirlo, con su pico naranja, o las ubicuas urracas, pero también palomas torcaces o, incluso, una pareja de halcones.

“Aún no han llegado los vencejos”, nos dijo en una de las paradas Javier Rico. Detrás de nosotros estaba la antigua cárcel de Carabanchel, lo que queda de ella más bien, un terreno que los vecinos quieren que se utilice para dotar de instalaciones a este barrio populoso y combativo. La cárcel se ha trasladado ahora un poco más allá. Con el eufemismo de siempre, lo llaman centro de internamiento para inmigrantes. A las personas que llegan de otros lugares a buscarse la vida se les encierra allí, hasta su deportación, por el delito de haber atravesado una frontera que no debían.

Me vino a la mente un vencejo encerrado en una jaula.

“Si nos encontramos un vencejo en el suelo”, nos explicó Javier, “es posible que no esté muerto. Quizás es solo que no le haya funcionado su sistema de flotación”. Como se pasan la vida en el aire (pueden estar más de tres años sin tocar el suelo), sus patas son pequeñas y frágiles y no están adaptadas a la tierra firme. Para ayudarles a remontar el vuelo, hay que agarrarlos de las patas y ponerlos boca abajo, hasta que su musculatura recobre el vigor necesario para regresar al cielo. Según SEO/BirdLife, la población de vencejos ha disminuido en Madrid, donde llegan en primavera desde África para anidar. Casi un 30% en los últimos años. Por la contaminación y porque ya no encuentran el edificio donde anidaron la última vez. A pesar de ser aves migrantes y muy libres, también son de costumbres fijas.

La novela de Aramburu

Estas aves fascinantes son también personajes fundamentales de la última novela de Fernando Aramburu, Los vencejos (Tusquets), en la que he habitado durante las últimas semanas y que transcurre en otro barrio madrileño, La Guindalera. Los vencejos no aparecen en el esquema inicial que la edición incluye de los personajes que rodean a Toni, el protagonista y narrador, pero están presentes/ausentes en una novela que, aunque no hiciera falta, me confirma una vez más que Fernando Aramburu es uno de los grandes narradores actuales en español. El título es siempre importante en una obra. Suele decirse que en un microrrelato lo es aún más, pues forma parte de la propia narración. Pienso en uno de los microcuentos que más me gustan y que más he analizado en mis clases, Meditación del vampiro, de Hipólito Navarro. Sin esa meditación del vampiro que abre todo perderíamos la voz del narrador. Aunque pueda parecer paradójico tratándose de una novela de casi 700 páginas, creo que con Los vencejos ocurre lo mismo que con un buen micro, el título vertebra gran parte de la historia que nos cuenta Aramburu.

Y lo que nos cuenta es bien sencillo, y complejo y hondo y divertido/triste a la vez. Narrada con la estructura de un diario, el personaje principal, Toni, profesor de Filosofía en un instituto, nos confiesa ya en la primera página su desencanto con la vida y cómo en el plazo de un año ya no estará entre nosotros. “No voy a durar mucho. Un año. ¿Por qué un año? Ni idea”, leemos en el tercer párrafo. Y en el siguiente: “No me gusta la vida. La vida será todo lo bella que afirman algunos cantantes y poetas, pero a mí no me gusta. Que no me venga nadie con alabanzas al cielo del ocaso, a la música y a las rayas de los tigres. A la mierda toda esa decoración”. Sobre estas certezas, tan poco comerciales en términos de mercado editorial, Aramburu levanta una historia inmensa y ambiciosa, no solo en extensión, también desde el punto de vista literario. ¿Cómo lograr la atención de un lector a lo largo de casi 700 páginas con una historia en la que el narrador, un tipo normal por otro lado, nos cuenta que se va a suicidar? Elegir un diario como estructura es todo un reto. Sobre todo cuando el personaje principal y narrador es además un tipo corriente y rutinario, lo que necesariamente implica que su recuento de los días puede e incluso debe caer en la monotonía.

Si Aramburu fuera un novelista menor, como algunos de quienes recelaron del éxito imprevisto de Patria (la envidia, ya sabemos, es algo habitual en este país cainita), tal vez habría optado por seguir con una novela similar. Ya he contado por aquí mi fascinación por esta obra, en la que el autor vasco nos demuestra su excelente pulso narrativo (se puede enseñar a escribir, sí, doy fe de ello, pero esa capacidad para hipnotizar a un lector solo está al alcance de algunos narradores) y su manejo de la tercera persona.

Ursula K. Le Guin recuerda en Conversaciones sobre la escritura (Alpha Decay) la maestría de genios como Tolstoi para manejar la tercera persona y dar voz a decenas de personajes, sin que el lector se dé cuenta. Algo parecido a lo que hace Aramburu en Patria, una novela coral y total, en la que el lector desatento puede llegar a pensar que está narrada en primera persona, por la capacidad del escritor vasco para modificar el punto de vista. Como los grandes novelistas europeos, pienso por ejemplo en Ian McEwan, Aramburu ha optado, sin embargo, en Los vencejos por una estética diferente a Patria.

Y lo es, diferente, en cuanto a andamiaje literario, sí, pero creo que no tanto en cuanto a la ambición y al retrato que hace de la sociedad. Si en Patria supo plasmar la vida en el País Vasco desde que nace ETA hasta que declara su disolución, en Los vencejos nos trae un retrato de la sociedad española de hoy a partir del diario de un tipo común y corriente, Toni, de sus reflexiones y del recuento de su vida y de las personas que le rodean. Patachula, el único amigo de Toni, creo que tiene la misma estatura literaria que el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa.

‘La náusea’ de Sartre

Cuando comencé a leer Los vencejos me vino a la cabeza inevitablemente La náusea, de Sartre, que leí en mi adolescencia. Los protagonistas de ambas novelas comparten un cierto nihilismo, pero, por suerte para los lectores, Toni tiene un gran sentido del humor y ese rechazo a la vida que confiesa en la primera página no viene tanto por el extrañamiento existencialista de Antoine Ronquetin, sino por el desencanto y desapego hacia todo lo que le rodea, incluida la política, que aparece como ruido de fondo. Toni retrata a veces su día a día con pulcritud funcionarial, pero otras se deja llevar por la ironía, pocas veces por la melancolía. Ni siquiera su hijo, Nicolás (al que llama Nikita), se ha convertido en lo que había esperado. Tampoco cree ya en el amor de pareja después de su divorcio; se limita a satisfacer sus necesidades sexuales. Toni tiene muy pocas lealtades, entre otras su perra, Pepa, y acudir a diario al bar de Alfonso, donde comparte risas y confidencias con Patachula; la aparición de Ágeda, como un bumerán que viene del pasado, cambiará muchas cosas.

Creo que Los vencejos no es una novela para leer sin más, sino para vivir en ella durante algún tiempo. A través de las palabras de Toni, de la radiografía descarnada que hace de lo que le rodea, sin paños calientes y con total honestidad, Aramburu nos enseña a mirar, a buscar y esperar con renovado entusiasmo en los pliegues del cielo la llegada, nuevamente, de los vencejos en primavera.


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Comentarios

  • Angela Navarro Fernández

    Por Angela Navarro Fernández, el 15 febrero 2022

    Excelente artículo sobre «Los Vencejos». Coincido en el concepto de «habitar» en él durante 700 páginas y seguiría con otras tantas, por sus acertadas reflexiones, `por su valentía, por la forma de abordar el suicidio y por su humor e ironía.

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