Coradino Vega: “Nos damos más importancia de la que tenemos”

Coradino Vega: “Nos damos más importancia de la que tenemos”

El escritor Coradino Vega. Foto: Pilar de la Vega.

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El escritor Coradino Vega (Minas de Riotinto, Huelva, 1976) ha escrito Una vida tranquila (Galaxia Gutenberg), un libro que se acerca a la vida serena, paciente y contemplativa de tres artistas: el pintor Giorgio Morandi, la poeta Jane Keynon y el compositor Federico Mompou. “Intento hablar de la belleza, de seguir el camino propio en el arte y en la vida”, dice en esta entrevista. Y añade: “Los tres comparten el retraimiento como una forma de autoprotección: como algo que no tenían más remedio que hacer, porque no servían para lo contrario”.

Por otra parte, el también autor de novelas como La noche más profunda o Escarnio asegura que vivimos tiempos en los que es importante “pararse y preguntarnos hacia dónde vamos”, porque “todos nos damos más importancia de la que tenemos”. “La humildad requiere un aprendizaje continuo”.

¿Por dónde empieza uno a construir una vida tranquila?

No lo sé… Imagino que cada uno tendrá su camino… Pero quizás tenga que ver con llegar a un pacto con uno mismo; a un acuerdo en el que se logre, en la medida de lo posible, un equilibrio entre la realidad y el deseo: una razonable aceptación de que las expectativas no pueden ser ilimitadas. No creo que haya ninguna fórmula. Para mí tiene mucha importancia emplear el tiempo en lo que más me gusta: leer, hacer deporte al aire libre, observar la naturaleza, escuchar música… Eso, unido a estar de manera primordial con la gente a la que quiero. Somos aquello en lo que ponemos nuestra atención, por lo que tal vez convendría no malgastarla en cosas que nos hacen daño o no nos aportan nada. Y luego está la calma, claro. Antonio Machado hablaba de distinguir las voces de los ecos y, entre las primeras, seguir la propia. Deberíamos atrevernos a ser nosotros mismos.

Los tres artistas -el pintor Giorgio Morandi, la poeta Jane Kenyon y el compositor Federico Mompou- que centran tu última obra, ‘Una vida tranquila’, eligieron el camino de la serenidad y el sosiego, la vía apacible de lo cotidiano, el sendero de la humildad, el silencio, la moderación y la sobriedad. Una lección de vida, una forma bella de estar en el mundo…

O una aspiración; un intento, al menos. Porque el presente parece que conspira justo para lo contrario, ¿no? Estos tres artistas convirtieron su obra en una prolongación de lo que eran sus vidas, pero no tanto mediante un plan previo deliberado, me parece a mí, sino por una cuestión de temperamento. Si te fijas, entre otras muchas cosas, los tres comparten el retraimiento como una forma de autoprotección: como algo que no tenían más remedio que hacer, porque no servían para lo contrario. Tampoco se trata de hacer de la necesidad virtud. No hay cosa menos humilde que pregonar la humildad a los cuatro vientos. Yo con el tiempo cada vez desconfío más de la gente que me dice que es esto o lo otro, que sus ideas son estas o las de más allá. Me fijo en los hechos, en la forma de actuar que tiene cada uno. Lo demás solo es palabrería.

Para Schopenhauer el hombre apresurado, el hombre que no conoce la contemplación, “se caracteriza por un centro de gravedad que cae fuera de él mismo”. ¿Hacia dónde va hoy el hombre agitado, el hombre siempre activo, siempre disponible?

Pero nos hemos convertido casi unánimemente en ese tipo de persona, ¿no? Queramos o no, somos hijos de nuestro tiempo. Por eso me parece tan importante pararse y preguntarnos hacia dónde vamos. No está mal volcar la atención fuera, a las cosas que suceden delante de nuestros ojos, a los objetos materiales que nos rodean y que suelen pasar desapercibidos. Olvidarse un poco del yo. A mí toda esta nueva moda del mindfulness y demás sucedáneos de la meditación oriental, por mucho que predique lo contrario, me parece otra forma de ensimismamiento, de narcisismo posmoderno. Es como el coaching, que parece algo únicamente creado para rendir más en un mundo mercantil y no quejarnos. No se puede confundir el victimismo caprichoso con la legítima protesta. Uno no puede vivir apartado de lo que tiene alrededor. La productividad del capitalismo no puede ser extendida a todo. La prisa parece que se ha convertido en nuestro único modo de vivir, y los días transcurren sin que nos demos cuenta. Como decía Max Aub, parece que hayamos perdido de vista la vida por tenerla tan a mano. Porque esta queja de que el mundo va cada vez más rápido la ha tenido el ser humano repetidamente a lo largo de la historia.

Charles de Foucauld decía: “Recuerda que eres pequeño”. ¿Nos damos hoy demasiada importancia?

Sin duda, sí. Todos nos damos más importancia de la que tenemos. La humildad requiere un aprendizaje continuo. Pero Una vida tranquila intenta rehuir de dar lecciones morales, no pretende prescribir ningún modelo de conducta predeterminado. De hecho, a mí me gusta pensar que es un libro celebratorio de aquello que nos es más inmediato, de los trabajos diarios, de la materialidad entendida a la manera de Lucrecio. Es verdad que tanto Kenyon como Morandi buscaron, a través de los objetos tangibles y de un modo más o menos consciente, una especie de trascendencia, la primera incluso de espiritualidad casi religiosa. Pero yo creo que ninguno de los artistas que se mencionan en el libro llega a caer en el misticismo. No es un libro que, ni siquiera de manera indirecta, trate de la fe. Intenta hablar de la belleza, de seguir el camino propio en el arte y en la vida, incluso del heroísmo de los monjes de De dioses y hombres, pero yo no soy creyente, ni por asomo he pretendido aspirar a ningún tipo de santidad.

Ese excéntrico tranquilo que fue Giorgio Morandi no salió apenas de su Bolonia natal, vivió siempre en su casa de la Via Fondazza y se quedó soltero. Ese sedentarismo, ese provincialismo deliberado que traiciona muy pocas veces a lo largo de su vida, no le impidió desarrollar una obra original, imaginativa, cuadros cercanos que a simple vista parecen iguales y que son, en verdad, tan diferentes. Tener paciencia, callarse un poco, aprender a estar con uno mismo y, sobre todo, saber mirar intensamente también te llevan lejos…

Y quizás sea lo más difícil, ¿verdad? Me refiero a tener paciencia y saber callar, cuando todo el mundo habla o incluso grita. Guardar silencio y hablar solo cuando sea necesario, cuando no hacerlo te convierta en parte del problema. Para eso hay que tener mucho coraje. Morandi es la antítesis del artista maldito, de aquellos que se consideran a sí mismos genios. Es completamente ajeno a esa clase de arrogancia. A él le daba incluso pudor hablar de su propia obra. Era un lector continuo de Pascal, que fue quien dijo aquello de que todos los males del hombre vienen de no saber estar consigo en su cuarto. Pero Morandi no era un huraño misántropo, sino una persona cercana, amable y atenta. En el apartamiento que cultivan algunos escritores en la línea de Salinger, no solo hay desde mi punto de vista algo antipático, sino otra clase de pose, cierta impostura. Lo que une a todos los artistas que se citan en el libro también es eso, el no creerse más que nadie, como decía de nuevo Machado: el saberse ciudadanos normales que escriben, componen o pintan, y no elegidos de los dioses.

“Se puede viajar por el mundo y no ver nada”, decía Morandi. ¿Viajar está sobrevalorado?

No lo creo, depende de la actitud con que se haga. Es verdad que hace unos años, antes de la pandemia, pudo incurrirse en cierto cosmopolitismo esnob, en cierta forma de hacer turismo como tendencia, que cuando se exhibía les daba la espalda a quienes no podían permitírselo, y olvidaba en cierta medida para lo que de verdad servía una globalización de movimientos financieros y mano de obra barata. Pero no creo que viajar esté sobrevalorado, no. Lo que quizás esté subestimado, e incluso a veces sea desdeñado, es el sedentarismo entendido como lo entendía Morandi. Nosotros sabemos mucho de eso: fíjate cómo, en la crítica literaria española, se ha utilizado siempre el término “provinciano” de una manera despectiva. Josep Pla, por ejemplo, que también sale en el libro, se pasó parte de su vida viajando por el mundo como periodista y el resto recluido en su masía de Llofriu, igual que Emily Dickinson en su jardín o Montaigne en la torre de su castillo.

El silencio, la discreción, la concisión, la indiferencia por el éxito y el reposo definen al compositor Mompou. Y con ese universo forjado en lo simple supo lograr la máxima expresión musical con los mínimos elementos…

Así es. Y si te paras a pensar, esa forma de describirlo valdría también completamente para definir la manera que tenía de entender la pintura Morandi. A veces, no hace falta más. Mompou siempre quiso componer piezas musicales de una mayor enjundia instrumental, más largas, no digamos ya una sinfonía… Sin embargo, para lo que de verdad estaba dotado era para las composiciones breves para piano. Le ocurre un poco como a Chéjov, que siempre quiso escribir una novela a la manera de Tolstoi. Pero ¿quién necesita escribir una novela o una sinfonía si es capaz de crear los relatos de Chéjov o la Música callada de Mompou?

Kenyon se apartó del mundo en su casa de Eagle Pond y convirtió todo su sufrimiento en poesía, en belleza. Escribes sobre ella: “La poesía era el jardín interior y su función, mantener viva la memoria de las personas, los lugares y las cosas. El arte era el espejo del alma, individual y común, porque nos dice quiénes somos, adónde vamos, qué vale la pena y qué no”. El arte, como señalaba Simone Weil, es un artículo de primera necesidad…

Para Jane Kenyon la escritura era algo orgánico, como le ocurría también a Marguerite Duras, según se cita a su vez en otro pasaje del libro: una necesidad inevitable y una fuente de sentido para la propia vida. Lo que ocurre es que Kenyon, en lugar de contagiarnos su depresión, la ilumina de tal forma que a nosotros sus lectores nos sana, nos consuela, nos reconcilia con lo que de bueno tiene la vida partiendo precisamente de su lado más tremendo. Escribir sobre el mal y la oscuridad parece que ha adquirido hoy un renovado predicamento, pero todos los escritores que se citan en el libro buscan sin embargo una respuesta afirmativa, la luz en lugar de las tinieblas.

En cuanto a lo que comentas de Simone Weil, yo al menos lo veo así. Sin belleza no es posible la justicia social. El arte no puede ser una cosa solo de elites refinadas, de una minoría con gusto exquisito. Hay que darle a todo el mundo la oportunidad de que pruebe la belleza, por eso soy tan defensor de una educación pública de calidad. Al respecto, pocos proyectos hay más hermosos, y a la vez más serios, que las Misiones Pedagógicas de la Segunda República española.

Por otro lado, si uno lee los testimonios de algunas supervivientes del terror estalinista, no puede salir indemne de la forma que tenían de memorizar la poesía para asegurar no solo la preservación de la cultura, sino para mantener con vida su lado más humano y no convertirse en animales, que era lo que pretendían sus verdugos. Eso también lo ha contado muy bien Monika Zgustova. Hablo, por ejemplo, de poemas como los de Anna Ajmátova, que acabaría siendo un modelo de referencia para Jane Kenyon.

En el mundo de hoy no sabemos esperar, no aguardamos a que la vida se exprese y nos sorprenda. Lo queremos todo para ya, en este mismo instante. Tenemos mucho que desaprender…

Puede ser, sí. Desaprender los hábitos que han acabado por sumergirnos en esta vorágine de datos y dificultad de concentrarse. O de hacer una severa selección de información que guarde a la vez las normas básicas de cortesía, porque pasamos con demasiada facilidad de la avalancha a la no respuesta. De eso también hablaba Simone Weil, de la capacidad de atención como uno de los bienes más preciados y como paso previo clave en el ejercicio de la percepción sensible. Al respecto, es verdad que en Una vida tranquila hay una defensa cerrada de la atención plena, con los cinco sentidos, a las cosas que nos gustan mucho o que nos rodean. Pero, como ya comenté antes, no es una queja nueva. Es verdad que ahora esa inmediatez parece muy acrecentada. Sin embargo, en mi opinión, hay que tener cuidado con el peligro de la nostalgia y su reflejo reaccionario.

¿Lo revolucionario es renunciar?

Lo está siendo en cierto modo, ¿no? Desde la gente que dice basta al chantaje de un trabajo con condiciones abusivas, en eso que creo que se ha llamado en Estados Unidos la “gran dimisión”, a hábitos de austeridad y reciclaje relacionados con la conservación del medio ambiente. Es un poco como el wu wei de la antigua sabiduría zen: hacer no haciendo. Pero hasta para ser revolucionario de manera tan modesta hay que tener un colchón de seguridad. Los pobres rara vez pueden permitirse el lujo de hacer revoluciones, sobre todo hoy día; suelen estar demasiado exhaustos y agobiados.


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Comentarios

  • José Luis

    Por José Luis, el 24 abril 2022

    Me ha resultado muy interesabte ese punro de vista, nos hace falta parar un poco el tiempo y respirar

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