Deberíamos proteger, como Francia, el patrimonio sensorial rural

Deberíamos proteger, como Francia, el patrimonio sensorial rural

Sierra de Tramuntana en Mallorca. Foto: María Rosa Ferré.

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En enero de 2021 el Parlamento francés aprobó su esperada Ley del patrimonio sensorial rural Desde ahora, el canto del gallo o el olor del ganado tienen un valor propio reconocido, lo cual representa un avance en conciencia ambiental, democrática y científica que está lejos del bucolismo al que suelen reducirse estas cosas. Los senadores franceses venían observando que los alcaldes rurales se enfrentaban con cada vez más frecuencia a conflictos vecinales entre la población local y foránea. La gota que colmó el vaso fue el litigio mediático del gallo Maurice, en la Isla de Oleron, que unos vecinos procedentes de la ciudad denunciaron en 2017 por cantar demasiado temprano.

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El problema se avivó durante la pandemia con el éxodo urbano a los pueblos. En mayo de 2020, un hombre mató de un tiro y luego empaló a Marcel, otro gallo mediático, levantando nuevas protestas. Pero el repertorio de denuncias contra el «ruido» rural va más allá y se extiende desde los cencerros de las vacas en los Alpes al canto de las cigarras que unos turistas pidieron fumigar con insecticida.

No hay que olvidar que el orgullo popular de la República tiene al gallo por símbolo nacional, y que es la autoestima del mundo ganadero y agrícola, tan mermada por la despoblación, el abandono institucional y los prejuicios y estereotipos, la que clama por sobrevivir. La nueva ley llega para introducir en el código ambiental los sonidos y olores como característicos de los espacios naturales y como parte del patrimonio común de la nación, junto con el paisaje, la calidad del aire o la biodiversidad. También encomienda a los servicios de inventarios del patrimonio regional la tarea de identificar y calificar el carácter cultural de las zonas rurales incluyendo sus elementos sonoros y olfativos, para contribuir a su valorización. De esta manera, señalan, los funcionarios locales podrán confiar en una tarjeta de identidad de las áreas rurales para apaciguar los conflictos vecinales.

La ciencia más allá del conflicto parroquial

¿Habría despertado Félix Rodríguez de la Fuente tantas conciencias de no ser por su infancia rural? “Yo recuerdo que cuando de niño me iba a los páramos de mi pueblo de Poza de la Sal y volvía vencida ya la tarde, con las primeras estrellas, a mi casa, el pueblo olía de una manera especial: era el fuego de las chimeneas, que olían entonces a carbón vegetal. A bojes. A aulagas. A leña… ¡El olor del pueblo! Mezclado quizá con el olor de pan cocido, y con el olor, un poco ácido y cálido, del ganado doméstico. Llevo clavado en lo más profundo de mi ser el olor que tenía mi pueblo cuando yo volvía por las tardes». La extinción de estos paisajes sonoros y olfativos, que durante décadas asociamos a un signo de progreso, se combate ahora con leyes o numerosos proyectos para resignificar y revertir prejuicios, como Turinea  o Escucha La Palma en España, y Odeuropa a nivel comunitario.

En este artículo defendimos hace unos años la necesidad de proteger el «patrimonio natural inmaterial» sin limitarlo al mundo agrario, porque, más allá de estos conflictos, poner en valor los paisajes sensoriales contribuiría a: 1. Visibilizar su importancia no solo para los ecosistemas, sino para nuestro propio organismo y salud física y mental. 2. Fomentar otras formas de vida y culturas alternativas a la hoy dominante, urbanizada y virtual. 3. Promover una educación que incluya esas experiencias en nuestro desarrollo cognitivo.

«La biofilia representa una poderosa herramienta educativa para las nuevas generaciones”, nos decía en esta entrevista el profesor Almo Farina, que ha dedicado su vida a la biosemiótica y los paisajes sonoros. De hecho, hablar de «patrimonio sensorial» es hablar de visibilizar nuestros lazos bioquímicos con el paisaje, concediéndoles tanta presencia o consideración cultural como la que a todas horas publicita nuestra dependencia tecnológica. Porque los hábitos urbanos no solo parecen a veces más adictivos e incapaces de adaptarse al ritmo rural, sino que le imponen a éste sus propias dinámicas y ruidos, cual reguetón ahogando el canto de los pájaros en una piscina fluvial…

«Aquí tenemos la sierra de Tramuntana”, señala Álex Gálvez-Pol, profesor de Psicología en la Universidad de Illes Balears e investigador neurocientífico del University College de Londres, que acaba de realizar un estudio sobre el mapa emocional de Mallorca. «La sierra es Patrimonio Mundial de la Unesco, pero mucha gente la usa para ir en grandes motos, y es un escándalo. Ahora se está intentando regular la velocidad, pero aun así, si estás de senderismo, el estruendo se oye a mucha distancia de la carretera, porque resuena y le quita todo el encanto al lugar. El dominio sensorial de la audición es muy importante y la gente no se da cuenta de que es un dominio público».

Es otro de los conflictos actuales en el mundo rural, la difícil convivencia entre intérpretes del patrimonio como biólogos, arqueólogos y astrónomos, con un turismo activo más invasivo en contaminación lumínica o acústica o con actividades como carreras de trail monte a través.

Mapas emocionales: la felicidad se respira

El estudio elaborado por Gálvez-Pol identifica con ayuda de neuroimagen las regiones de Mallorca en las que la gente proyectaba sensaciones más felices, destacando la costa y la Sierra de Tramuntana, y analizó la influencia que tienen en nuestra experiencia del entorno el estado anímico y la conciencia interoceptiva, que consiste en ser conscientes, por ejemplo, de nuestro ritmo cardíaco o respiratorio. «El estudio de la cognición humana se divide de forma sencilla en la percepción por los sentidos de estímulos externos o exterocepción; la percepción del propio cuerpo en el espacio (saber que tu brazo está en una posición determinada sin mirarlo) o propiocepción; y la percepción de los órganos internos (ritmo cardíaco, presión sanguínea, actividad pulmonar) o interocepción. ¿Qué pasa? Que gran parte de estos procesos es inconsciente, pero hay otra parte que es consciente, y esto es la conciencia o sensibilidad interoceptiva (cuando tengo sed, palpitaciones, hambre, fatiga). Hay gente que tiene mucha capacidad de procesar este tipo de señales y gente que tiene poca. La que tiene poca suele tener más ansiedad. Es como un deportista que no se da cuenta de que se está haciendo daño y sigue corriendo».

«Una de las conclusiones del estudio es que los espacios naturales donde la gente reporta experiencias más positivas se correlacionan con una mayor conciencia interoceptiva, lo que sugiere que quienes tenían mayor conciencia sobre su organismo habían disfrutado más». Quizá saber interpretar nuestro organismo en un contexto que lo estimula positivamente, cuando respira la brisa del mar o el aroma de las flores, sea como saciar el apetito que abre un poco de sano ejercicio ante el paisaje que metabolizamos.

«A nivel teórico nunca se ha tenido en cuenta cómo tu conciencia interoceptiva puede influir en cómo te relacionas con el espacio, pues se tiende a pensar que somos un cerebro andante, pero no, somos un cerebro con un cuerpo y el cerebro está totalmente en sintonía con el cuerpo. En realidad, el cerebro está al servicio del cuerpo porque su función primordial es mantenerlo vivo, y busca el equilibrio psico-fisiológico conduciendo a decisiones contra el nivel de estrés». Creemos ser muy dueños de nuestras decisiones sin tener en cuenta que están condicionadas no solo por sesgos psicológicos, sino por nuestro propio organismo y hasta por los estímulos naturales y artificiales que lo rodean.

Isla de Oleron en Francia. Foto: Pixabay.

Gálvez-Pol defiende la utilidad de esta clase de estudios, señalando: «Pueden aplicarse a cualquier lugar, no solo al mapa emocional de Mallorca. A nivel práctico cada Ayuntamiento podría pedir un mapa para evaluar las experiencias positivas o negativas de su entorno, tanto a nivel de logística urbanística como de museos y parques naturales. Desde un punto de vista más especulativo, parece haber indicios de que entornos estresantes pueden derivar en ansiedad, quizás por el tipo de actividades cardiovasculares que no puedes desempeñar, o que solo puedes desempeñar estando más preocupado de no ser atropellado, como ir en bici. Hay estudios que muestran que en el diseño del espacio, por lo visto, hay ciertas frecuencias de líneas o patrones espaciales que se acomodan más al sistema nervioso o al campo visual. En espacios urbanos puede ser que ni la planificación ni muchos arquitectos hayan tenido la cuestión cognitiva en cuenta, algo que ahora aborda la neuroarquitectura».

Democracia y variabilidad cognitiva

Por si la salud no es suficiente, hay también una razón social y democrática para proteger el patrimonio sensorial. Luis Martínez Otero, investigador del Instituto de Neurociencias (centro mixto del CSIC y la UMH, en Alicante), está embarcado en un proyecto para estudiar cómo el entorno natural y artificial nos moldean. Dos de los conceptos claves del estudio son la estadística sensorial (frecuencia con que determinados estímulos van formando desde niños nuestra propia imagen del mundo) y la variabilidad cognitiva: “Con nuestro proyecto esperamos conservar la variabilidad cognitiva de poblaciones humanas, que es algo que cada día se está perdiendo más. Cada día hay algún grupo, alguna cultura, algún idioma, que se pierde. Y con esto, al final, lo que perdemos, es variabilidad cognitiva, o sea, una descripción del género humano. Estamos arrinconándonos en una única dirección que lo que nos hace es mucho más pobres al perder capacidad adaptativa. Vivimos en uno de esos momentos críticos de la historia, ahora también con el cambio climático. Y quizá no queramos darnos cuenta, pero estamos en un punto en el que podemos ir en una dirección o en otra, adaptarnos de una forma u otra, y depende de cómo lo hagamos podemos sufrir o salir perdiendo como cultura e incluso como especie. Y reducir nuestra diversidad lo que nos hace es menos adaptativos y eficaces a la hora de poder superar este tipo de problemas».

“Los humanos hemos evolucionado para desarrollar distintas capacidades cognitivas, distintas formas de pensar y procesar información, y que conjuntamente funcionan como un sistema adaptativo complejo, como una especie de cognición colectiva. Durante la mayor parte de nuestra existencia hemos vivido en sociedades igualitarias, cazadoras-recolectoras, en las que no existía una estructura social jerárquica. Desde esta perspectiva los grupos humanos son unidades cognitivas de escala superior al individuo. Estas unidades serían capaces de llevar a cabo cognición social, una forma de cognición o codificación de información colectiva que trasciende a cada individuo, aprovechando la diversidad cognitiva, es decir, el hecho de que personas con capacidades complementarias viven e interaccionan juntas. Para mí, la cognición social, más que la individual, es fundamental para entender nuestra excepcional capacidad para adaptarnos a distintas situaciones y ambientes y, sobre todo, para entender la rapidez con que lo hacemos. Por contra, si perdemos diversidad y complementariedad, el comportamiento social y la cultura del grupo pueden volverse rápidamente mal adaptativos e insostenibles, lo cual afecta a empresas como a laboratorios de investigación».

El nobel Daniel Kahneman nos previene de ello: «El mundo que imaginamos no es una réplica precisa de la realidad; nuestras expectativas sobre la frecuencia de los acontecimientos están distorsionadas por la prevalencia y la intensidad emocional de los mensajes que nos llegan». ¿Es nuestra cultura virtual socialmente representativa? ¿Y ecológicamente? ¿Hasta qué punto nos abduce e impide conocernos a nosotros mismos inhibiendo nuestra conciencia exteroceptiva e interoceptiva, el aquí y el ahora? En los últimos 30 años han volado las tapas o paredes del mundo analógico que nos mantenía dentro de unos cauces cognitivos y morales más o menos estables, quedándonos a la intemperie digital. «Precisamente en este mundo donde ya no hay límites, la diversidad es tan importante”, añade Luis. “La globalidad no significa uniformidad, sino que es un equilibrio difuso. Se trata de globalizar la diversidad. Somos diversos y nuestra fuerza es que globalmente podamos aunar esa diversidad. Si yo soy distinto a ti, no tengo que fundirme contigo, sino mantener mi identidad para contribuir al global, porque esa es la manera en la que el conjunto va a mejorar».

El patrimonio sensorial, una lengua universal

La educación de las nuevas generaciones ante la crisis de sentido global es un tercer argumento. El neurobiólogo Francisco Varela nos dejó antes de morir un mensaje que sintetiza el valor cosmopolita del patrimonio sensorial, un antídoto contra las burbujas identitarias en las que hoy tantos colectivos se refugian. En su opinión, el materialismo a ultranza desde el que hoy entendemos el mundo no es más realista que otras interpretaciones, sino solo la que se ha impuesto, como antes la religión. «Está tan metida en los huesos de la gente que no da lugar a reflexión».

Para el sentido común, hoy la realidad es solo su superficie objetiva y cuantificable, lo subjetivo no es un conocimiento válido. Pero «ese reduccionismo físico es una camisa de fuerza» que no permite comprender la naturaleza. «Mi lectura de la situación actual está marcada por la irrupción del pensamiento global, que significa que en cada una de las culturas, lo que eran puntos de referencia relativamente estables, aparecen de pronto cuestionados, y eso genera un sentimiento de nihilismo, de pérdida de valores, por lo que la juventud está como en un limbo, sin puntos de referencia, con lo que eso implica de violencia, dogmatismo o fundamentalismo. La tarea actual es crear un pensamiento que recobre la posibilidad de tener un punto de referencia, un lugar de origen que no sea parroquial y pueda tener una visión universal, global, y al mismo tiempo recupere las raíces y la tierra donde uno está».

Quizá para huir de la tentación tradicionalista de un patrimonio sensorial rural, Varela apelaba a la experiencia, un vínculo que todos entendemos y nos permite integrar todas esas pulsiones identitarias con la naturaleza, como Spinoza o Einstein la entendieron, equiparable al Dios de algunas religiones. ¿Qué mejor ejemplo que la cultura latinoamericana o mediterránea como puente entre cosmovisiones tan dispares como Oriente y Occidente? «Yo prefiero expresarlo en el pensamiento de Kitaro Nishida”, concluía, “y en su concepto de basho (tierra, hogar, base material y espiritual), que no implica para nada valores chovinistas, sino la experiencia vivida, que solo desde ahí puede globalizarse. Esa manera de entender el basho, que supera el parroquialismo y se abre al pensamiento planetario, pasa por reentender las raíces de lo que uno es como ser humano, por el redescubrimiento de nuestra experiencia. Y en cierta manera, por lo tanto, a lo mejor el futuro cultural pasa por un reencantamiento de la vida espiritual entendida como constante revalorización de lo que uno vive momento a momento. Porque ahí está la fuente de la vida”.

Y para muestra, Félix: «Durante las vacaciones que yo tenía en mi infancia, cuando volvía a mi Poza de la Sal, yo cosechaba multitud de sensaciones, las metía en mi cabeza con verdadera hambre, porque yo quería luego durante todo el invierno rígido, disciplinado, del internado, tener imágenes para que cuando estaba sentado en mi pequeño pupitre y el fraile hablaba de no sé qué cosas seguramente muy interesantes, pudiese pensar en mis pájaros, en mis llanuras soleadas… En mi libertad. En mi vida de niño prehistórico, que creo que ha debido de ser la época más feliz para los niños».


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